Nuestro mundo está últimamente tan agitado como una colmena en plena obra. O como Pamplona ante la visita de un nazi. Todo anda tan revuelto que en la escasa quincena que media entre una columna y otra, ha ocurrido de todo. Reaccionarios votando con reaccionarios y como reaccionarios en el Congreso, convocatoria electoral por sorpresa, precampaña bronca como pocas, acampadas que siguen en pie por la dignidad humana, desfile militar de gala con insultos crónicos al presidente del país, la muerte de una señora de ochenta y siete años. La mente y el alma no dan abasto para asimilar todo lo que nos está tocando vivir en estas convulsas semanas. La sempiterna desunión de la izquierda, los militares apalizando migrantes, los discursos de odio y la desfachatez moral escalando posiciones… y en el medio los de siempre: los que no podemos más.
Resulta muy complicado tratar de explicar lo que ocurre, por mucho que el bueno de Sherlock Holmes nos insistiera en sus aventuras en que los misterios más vulgares son los más interesantes. Digamos que la fascinación está ya muy lejos, y ha quedado desbancada por la rabia, la apatía y el asco profundo. Eso es lo que muchos sentimos cuando vemos que hay gentuza mofándose de una anciana que no ha podido cumplir su sencilla última voluntad: morir en su casa. Cuando los hay que la llaman jeta, y justifican un desahucio inhumando porque la señora no saludaba en el ascensor o porque iba al bingo por las tardes. Vergüenza de especie. Prefiero quedarme con la otra cara: la de quienes lloraron su muerte, quienes sin conocerla se emocionaron con ella, sufrieron con ella, para quienes algo ha cambiado para siempre. Ahí es donde atisbo la oportunidad que aún nos queda.
Y en medio de la indignación más absoluta que recorre las calles y las plazas, los de siempre ⎯y algunos nuevos⎯ intentan sacar tajada. Demostrando que siempre se puede ser un poco más duro, un poco más freak, un poco más ruin. La maldad y la inconsciencia funcionan mejor en estos tiempos si es a golpe de clic y de usuario sin rostro. Por eso hay una amplia maquinaria engrasada creando bulos que la gente desesperada pueda comprar. Y por eso funciona: por la necesidad atávica de creer. Necesitamos confiar, creer en algo, asirnos a una teoría que pueda explicar lo que ocurre; especialmente cuando lo que ocurre es tan difícil de explicar.
A todo esto, los Reyes esta semana en Ceuta, proclamando el españolismo del territorio español y muy español, sumidos en un mar de banderitas patrias y vítores de “Borbón guapetón”. Y anoche en Barcelona, a la gala de los Planeta, que este año tocaba joven promesa. Pocos reductos quedan ya para confiar algo en el mundo, pero yo me sigo quedando con quienes lloraban por ella. Sin conocerla. Ojalá inspiren a quienes tienen aún unas horas para tomárselo en serio y brindarnos una salida. De no hacerlo, quedará en su conciencia. Esperemos que la tengan.
Nuestro mundo está últimamente tan agitado como una colmena en plena obra. O como Pamplona ante la visita de un nazi. Todo anda tan revuelto que en la escasa quincena que media entre una columna y otra, ha ocurrido de todo. Reaccionarios votando con reaccionarios y como reaccionarios en el Congreso, convocatoria electoral por sorpresa, precampaña bronca como pocas, acampadas que siguen en pie por la dignidad humana, desfile militar de gala con insultos crónicos al presidente del país, la muerte de una señora de ochenta y siete años. La mente y el alma no dan abasto para asimilar todo lo que nos está tocando vivir en estas convulsas semanas. La sempiterna desunión de la izquierda, los militares apalizando migrantes, los discursos de odio y la desfachatez moral escalando posiciones… y en el medio los de siempre: los que no podemos más.
Resulta muy complicado tratar de explicar lo que ocurre, por mucho que el bueno de Sherlock Holmes nos insistiera en sus aventuras en que los misterios más vulgares son los más interesantes. Digamos que la fascinación está ya muy lejos, y ha quedado desbancada por la rabia, la apatía y el asco profundo. Eso es lo que muchos sentimos cuando vemos que hay gentuza mofándose de una anciana que no ha podido cumplir su sencilla última voluntad: morir en su casa. Cuando los hay que la llaman jeta, y justifican un desahucio inhumando porque la señora no saludaba en el ascensor o porque iba al bingo por las tardes. Vergüenza de especie. Prefiero quedarme con la otra cara: la de quienes lloraron su muerte, quienes sin conocerla se emocionaron con ella, sufrieron con ella, para quienes algo ha cambiado para siempre. Ahí es donde atisbo la oportunidad que aún nos queda.
Y en medio de la indignación más absoluta que recorre las calles y las plazas, los de siempre ⎯y algunos nuevos⎯ intentan sacar tajada. Demostrando que siempre se puede ser un poco más duro, un poco más freak, un poco más ruin. La maldad y la inconsciencia funcionan mejor en estos tiempos si es a golpe de clic y de usuario sin rostro. Por eso hay una amplia maquinaria engrasada creando bulos que la gente desesperada pueda comprar. Y por eso funciona: por la necesidad atávica de creer. Necesitamos confiar, creer en algo, asirnos a una teoría que pueda explicar lo que ocurre; especialmente cuando lo que ocurre es tan difícil de explicar.
A todo esto, los Reyes esta semana en Ceuta, proclamando el españolismo del territorio español y muy español, sumidos en un mar de banderitas patrias y vítores de “Borbón guapetón”. Y anoche en Barcelona, a la gala de los Planeta, que este año tocaba joven promesa. Pocos reductos quedan ya para confiar algo en el mundo, pero yo me sigo quedando con quienes lloraban por ella. Sin conocerla. Ojalá inspiren a quienes tienen aún unas horas para tomárselo en serio y brindarnos una salida. De no hacerlo, quedará en su conciencia. Esperemos que la tengan.
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