“Matrix nos rodea. Está por todas partes. Puedes verla si miras por la ventana. O al encender la televisión. Puedes sentirla cuando vas a trabajar. Cuando vas a la iglesia. Cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad”. Así describía Morfeo a la simulación por ordenador de una realidad paralela creada por máquinas inteligentes para mantener a la humanidad prisionera y extraer su energía en el mítico filme finisecular de las hermanas Wachowski.
Existe una Matrix del nacionalcatolicismo españolista cuya versión oficial de la historia no siempre se impone mediante decretos y que efectivamente podemos ver en nuestra televisión, capaz de infiltrarse a través de los intersticios de la programación que pasa por más inocua. Esta mañana de viernes lo ha hecho en La 2 de TVE en un presuntamente aséptico programa de cocina y turismo, De tapas por España.
El capítulo en cuestión era “Sevilla, la ciudad de los descubrimientos” y por medio de diversas fuentes, bajo el descargo de responsabilidad de que “este programa no se responsabiliza de las opiniones ofrecidas por sus invitados”, ha difundido uno de los mitos fundacionales clave del Estado español. Se trataba de una reemisión, por aquello del principio goebbelsiano de que la repetición sistemática de la mentira la acaba erigiendo en verdad, de un programa de 2024 y en ella uno de los participantes, cuya identidad no es concretada, comenta en el minuto 18:26 que el que luego sería rebautizado como castillo de San Jorge de Triana se cede a los caballeros de la Orden homónima “después de la reconquista de la ciudad en 1248”.
Por supuesto, no es la única vez que este mito historiográfico aparece en el programa, incluso aplicado a la misma ciudad, el cual, en tanto acto de reincidencia y en uno de los capítulos de temporadas posteriores correspondiente al presente año, hace que la presentadora vuelva a “Sevilla, ciudad universal”, para dar voz al delegado de medios del Cabildo catedralicio, quien nos cuenta en el minuto 18:02 que “cuando San Fernando reconquista la ciudad no edifica una catedral nueva”. Cuatro minutos después, en el 22:24, la directora gerente de la Institución Colombina explica que “esta biblioteca se crea en el siglo XIII cuando Fernando III reconquista Sevilla”.
El término y concepto de “Reconquista”, mucho más reciente de lo que se suele suponer, acepta una interpretación de la historia según la cual una España ya existente fue invadida por unos extranjeros infieles y recuperada por los españoles cristianos a lo largo de una guerra sin pausa de ocho siglos, lo que supone en realidad ignorar el influjo dejado por la sociedad andalusí y negando, de entrada, tres aspectos: primero, la fragmentación política que fue la tónica dominante en Iberia a lo largo de la Edad Media; segundo, la diversidad de proyectos políticos de cada uno de los reinos ibéricos; tercero, los propios ritmos del proceso de conquista territorial sobre el territorio de Al Ándalus.
La alusión a “La Reconquista”, tal como repasa Martín F. Ríos Saloma en el libro del mismo nombre, es utilizada para referirse al enfrentamiento entre cristianos y musulmanes en la Península, pero el término no aparece sino hasta 1796, año de publicación del segundo tomo del Compendio cronológico de la historia de España de José Ortiz y Sanz. Su consolidación tuvo lugar en el último cuarto del siglo XIX, en el que la investigación histórica encontró su culmen en la Historia general de España coordinada por el político e historiador malagueño Antonio Cánovas del Castillo, proyecto que se presentó como la versión de la historia del grupo burgués detentador del poder, que entendía el devenir histórico español como un proceso ininterrumpido desde la (inexistente) batalla de Covadonga hasta los mismos años del entonces reinante Alfonso XII, época concebida por sus actores y beneficiarios como la Restauración por antonomasia, en la que a un tiempo se restablecían la monarquía como sistema político, la dinastía reinante y la religión católica, amén del orden, leyes y privilegios y valores de la burguesía.
Es necesario poner en relación toda la mitología desarrollada respecto a los ocho siglos de Estado/s o proto-Estado/s andalusí/es en la península Ibérica y el período de la conquista de los reinos del Norte peninsular con la presencia colonial española en Marruecos. Esta última, ya en el período 1859-1860, consigue unir tanto al nacionalismo liberal de Castelar como al católico en la resistencia a la decadencia imperial, como se refleja en la celebración común del triunfo en la batalla de Tetuán en 1860; una victoria que refuerza la imagen de los “moros” como enemigos demonizados, deshumanizados y animalizados, según disecciona Jaime Pastor en Los nacionalismos, el Estado español y la izquierda. No perdamos de vista que es en el siglo XIX cuando se sientan las bases simbólicas del nacionalismo español (y, en realidad, la propia España como ente jurídico-político).
La “Reconquista” es considerada uno de los episodios más invocados de todo el relato que da lugar a la Historia de España en clave absolutamente teleológica hasta el punto de considerarlo, de hecho, su eje. La expresión misma de “Reconquista” y la estructuración del tiempo que implica trastocan ese largo período de ochocientos años minimizando las guerras frecuentes entre reinos cristianos y exagerando las relativamente escasas guerras contra los “musulmanes” confiriendo al conjunto una unidad de propósito que raramente tuvo y teledirigiendo todo el curso de los acontecimientos hacia la conquista de Granada, como si este fuese el final que tenían en mente todos los participantes a lo largo de ocho siglos. En aras de la extrema simplificación, todo lo que no ayuda a esa progresión hacia el final esperado se elimina o relega a un segundo plano, ya sean los retrocesos de las fronteras cristianas, las estrategias no conducentes a la conquista de tierras “musulmanas” o la preferencia por imponer tributos a las taifas en vez de conquistarlas, por ejemplo.
Sin embargo, la peripecia de los reinos cristianos medievales peninsulares fue cualquier cosa menos una progresión lineal, como explica Miguel Anxo Murado en La invención del pasado. Lejos de caminar hacia una supuesta unidad peninsular, se dirigió hacia una fragmentación cada vez mayor y llegó a haber hasta siete reinos cristianos simultáneamente. Incluso entre la conquista de Córdoba y Sevilla por Fernando III, considerada como el culmen reconquistador, y la desaparición del reino de Granada, pasan todavía dos siglos y medio, pero el concepto encajaba con las ideas previas del historiador decimonónico Modesto Lafuente convirtiendo la presencia musulmana en algo provisional y en constante retirada, así como desplazando el foco de la acción hacia los reinos cristianos. El resultado es una gran narrativa clásica de unidad (el reino visigodo), pérdida (conquista musulmana), lucha (reconquista) y redención (toma de Granada). De tal modo, y de acuerdo con la síntesis que realiza Alejandro García Sanjuán en su artículo académico “Al-Andalus en la historiografía nacionalcatólica española: Claudio Sánchez-Albornoz”, la Reconquista se convertirá en el fundamento clave del discurso historiográfico basado en la afirmación del catolicismo como principio definidor exclusivo de la identidad nacional española, hasta el punto de que el franquismo la elevaría a las máximas cotas, convirtiéndolo en principio legitimador de la dictadura.
Ahora bien, pese a la evidencia científica que cada vez se está encargando en mayor medida de desmontar toda esta mitología y sin menoscabo del conocimiento del pasado real que se va manejando en los círculos académicos especializados, el relato de tebeo inoculado en la ideología de la historia escolar y el discurso mediático dominante nos hace todavía susceptibles de asumir un sentido común falseado y reaccionario. “Una cárcel para tu mente”, que decía Morfeo. No obstante, aquí entra en juego la voluntad de cuestionamiento y la mentalidad crítica de la audiencia y la ciudadanía. Porque “nadie puede contarte lo que es Matrix. Tienes que verlo tú directamente”.
“Matrix nos rodea. Está por todas partes. Puedes verla si miras por la ventana. O al encender la televisión. Puedes sentirla cuando vas a trabajar. Cuando vas a la iglesia. Cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad”. Así describía Morfeo a la simulación por ordenador de una realidad paralela creada por máquinas inteligentes para mantener a la humanidad prisionera y extraer su energía en el mítico filme finisecular de las hermanas Wachowski.
Existe una Matrix del nacionalcatolicismo españolista cuya versión oficial de la historia no siempre se impone mediante decretos y que efectivamente podemos ver en nuestra televisión, capaz de infiltrarse a través de los intersticios de la programación que pasa por más inocua. Esta mañana de viernes lo ha hecho en La 2 de TVE en un presuntamente aséptico programa de cocina y turismo, De tapas por España.
El capítulo en cuestión era “Sevilla, la ciudad de los descubrimientos” y por medio de diversas fuentes, bajo el descargo de responsabilidad de que “este programa no se responsabiliza de las opiniones ofrecidas por sus invitados”, ha difundido uno de los mitos fundacionales clave del Estado español. Se trataba de una reemisión, por aquello del principio goebbelsiano de que la repetición sistemática de la mentira la acaba erigiendo en verdad, de un programa de 2024 y en ella uno de los participantes, cuya identidad no es concretada, comenta en el minuto 18:26 que el que luego sería rebautizado como castillo de San Jorge de Triana se cede a los caballeros de la Orden homónima “después de la reconquista de la ciudad en 1248”.
Por supuesto, no es la única vez que este mito historiográfico aparece en el programa, incluso aplicado a la misma ciudad, el cual, en tanto acto de reincidencia y en uno de los capítulos de temporadas posteriores correspondiente al presente año, hace que la presentadora vuelva a “Sevilla, ciudad universal”, para dar voz al delegado de medios del Cabildo catedralicio, quien nos cuenta en el minuto 18:02 que “cuando San Fernando reconquista la ciudad no edifica una catedral nueva”. Cuatro minutos después, en el 22:24, la directora gerente de la Institución Colombina explica que “esta biblioteca se crea en el siglo XIII cuando Fernando III reconquista Sevilla”.
El término y concepto de “Reconquista”, mucho más reciente de lo que se suele suponer, acepta una interpretación de la historia según la cual una España ya existente fue invadida por unos extranjeros infieles y recuperada por los españoles cristianos a lo largo de una guerra sin pausa de ocho siglos, lo que supone en realidad ignorar el influjo dejado por la sociedad andalusí y negando, de entrada, tres aspectos: primero, la fragmentación política que fue la tónica dominante en Iberia a lo largo de la Edad Media; segundo, la diversidad de proyectos políticos de cada uno de los reinos ibéricos; tercero, los propios ritmos del proceso de conquista territorial sobre el territorio de Al Ándalus.
La alusión a “La Reconquista”, tal como repasa Martín F. Ríos Saloma en el libro del mismo nombre, es utilizada para referirse al enfrentamiento entre cristianos y musulmanes en la Península, pero el término no aparece sino hasta 1796, año de publicación del segundo tomo del Compendio cronológico de la historia de España de José Ortiz y Sanz. Su consolidación tuvo lugar en el último cuarto del siglo XIX, en el que la investigación histórica encontró su culmen en la Historia general de España coordinada por el político e historiador malagueño Antonio Cánovas del Castillo, proyecto que se presentó como la versión de la historia del grupo burgués detentador del poder, que entendía el devenir histórico español como un proceso ininterrumpido desde la (inexistente) batalla de Covadonga hasta los mismos años del entonces reinante Alfonso XII, época concebida por sus actores y beneficiarios como la Restauración por antonomasia, en la que a un tiempo se restablecían la monarquía como sistema político, la dinastía reinante y la religión católica, amén del orden, leyes y privilegios y valores de la burguesía.
Es necesario poner en relación toda la mitología desarrollada respecto a los ocho siglos de Estado/s o proto-Estado/s andalusí/es en la península Ibérica y el período de la conquista de los reinos del Norte peninsular con la presencia colonial española en Marruecos. Esta última, ya en el período 1859-1860, consigue unir tanto al nacionalismo liberal de Castelar como al católico en la resistencia a la decadencia imperial, como se refleja en la celebración común del triunfo en la batalla de Tetuán en 1860; una victoria que refuerza la imagen de los “moros” como enemigos demonizados, deshumanizados y animalizados, según disecciona Jaime Pastor en Los nacionalismos, el Estado español y la izquierda. No perdamos de vista que es en el siglo XIX cuando se sientan las bases simbólicas del nacionalismo español (y, en realidad, la propia España como ente jurídico-político).
La “Reconquista” es considerada uno de los episodios más invocados de todo el relato que da lugar a la Historia de España en clave absolutamente teleológica hasta el punto de considerarlo, de hecho, su eje. La expresión misma de “Reconquista” y la estructuración del tiempo que implica trastocan ese largo período de ochocientos años minimizando las guerras frecuentes entre reinos cristianos y exagerando las relativamente escasas guerras contra los “musulmanes” confiriendo al conjunto una unidad de propósito que raramente tuvo y teledirigiendo todo el curso de los acontecimientos hacia la conquista de Granada, como si este fuese el final que tenían en mente todos los participantes a lo largo de ocho siglos. En aras de la extrema simplificación, todo lo que no ayuda a esa progresión hacia el final esperado se elimina o relega a un segundo plano, ya sean los retrocesos de las fronteras cristianas, las estrategias no conducentes a la conquista de tierras “musulmanas” o la preferencia por imponer tributos a las taifas en vez de conquistarlas, por ejemplo.
Sin embargo, la peripecia de los reinos cristianos medievales peninsulares fue cualquier cosa menos una progresión lineal, como explica Miguel Anxo Murado en La invención del pasado. Lejos de caminar hacia una supuesta unidad peninsular, se dirigió hacia una fragmentación cada vez mayor y llegó a haber hasta siete reinos cristianos simultáneamente. Incluso entre la conquista de Córdoba y Sevilla por Fernando III, considerada como el culmen reconquistador, y la desaparición del reino de Granada, pasan todavía dos siglos y medio, pero el concepto encajaba con las ideas previas del historiador decimonónico Modesto Lafuente convirtiendo la presencia musulmana en algo provisional y en constante retirada, así como desplazando el foco de la acción hacia los reinos cristianos. El resultado es una gran narrativa clásica de unidad (el reino visigodo), pérdida (conquista musulmana), lucha (reconquista) y redención (toma de Granada). De tal modo, y de acuerdo con la síntesis que realiza Alejandro García Sanjuán en su artículo académico “Al-Andalus en la historiografía nacionalcatólica española: Claudio Sánchez-Albornoz”, la Reconquista se convertirá en el fundamento clave del discurso historiográfico basado en la afirmación del catolicismo como principio definidor exclusivo de la identidad nacional española, hasta el punto de que el franquismo la elevaría a las máximas cotas, convirtiéndolo en principio legitimador de la dictadura.
Ahora bien, pese a la evidencia científica que cada vez se está encargando en mayor medida de desmontar toda esta mitología y sin menoscabo del conocimiento del pasado real que se va manejando en los círculos académicos especializados, el relato de tebeo inoculado en la ideología de la historia escolar y el discurso mediático dominante nos hace todavía susceptibles de asumir un sentido común falseado y reaccionario. “Una cárcel para tu mente”, que decía Morfeo. No obstante, aquí entra en juego la voluntad de cuestionamiento y la mentalidad crítica de la audiencia y la ciudadanía. Porque “nadie puede contarte lo que es Matrix. Tienes que verlo tú directamente”.
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