Opinión

Sin mujeres no hay democracia

Mientras sigamos infrarrepresentadas en los parlamentos, en las direcciones de las empresas, en el trabajo, en el hogar, en las escuelas, en las calles y en todos los lugares donde se toman decisiones, la ecuación básica de la democracia seguirá sin resolverse

  • El Día Internacional de la Democracia se celebra el 15 de septiembre.

Con motivo del Día Internacional de la Democracia, conviene recordar que Abraham Lincoln definió este sistema en su célebre discurso de Gettysburg de 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Aquella definición pareció perfecta hasta que el movimiento de las mujeres demostró que estaba incompleta: faltaba la mitad de la población. Ese ideal democrático no empezó a materializarse hasta 1920, cuando la Decimonovena Enmienda reconoció el derecho al voto de las mujeres estadounidenses tras décadas de lucha sufragista. 

Algo parecido ocurrió en España once años después. La Constitución de la Segunda República de 1931 sólo pudo llamarse democrática porque, por primera vez, consagraba la igualdad jurídica entre mujeres y hombres y extendía el sufragio a ambos sexos, una conquista que llevó el nombre propio de Clara Campoamor y el de toda una generación de feministas, entre las que destacan Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos y Rosario Acuña, que llevaban décadas reclamándolo.

Sin mujeres, era androcracia  

La lección de fondo es sencilla y, sin embargo, se olvida con frecuencia: mientras la mitad de la población quedó fuera del derecho al voto, lo que existió en Occidente no fue una democracia, sino lo que con precisión podría llamarse una androcracia, el gobierno de los hombres, por los hombres y para los hombres. La filósofa y feminista Amelia Valcárcel lo resume con una idea potente: sólo una civilización feminista puede considerarse plenamente democrática. 

Ese principio, sin participación de las mujeres no hay democracia real, es el hilo que atraviesa este 15 de septiembre, Día Internacional de la Democracia, cuyo lema para 2026, "Cuando cada voz cuenta, la democracia cumple", recuerda que votar cada cuatro años no basta: una democracia se mide por instituciones representativas, por un poder repartido de forma equilibrada y por la calidad real de la participación de toda la ciudadanía, en el que las mujeres deben estar incluidas en igualdad de condiciones que los hombres y se garantice la separación de poderes y el imperio de la ley. Y, como señala la política, abogada y feminista Lidia Falcón, para que haya democracia real y efectiva, y no sólo formal, es preciso que la ciudadanía cuestione las bases económicas del  sistema capitalista neoliberal y se produzca una verdadera transformación social que redistribuya la riqueza.  

Democracia y derechos de las mujeres: lo que dicen las cifras

El deterioro de los derechos de las mujeres y niñas no se limita a episodios puntuales; es estructural, y los datos lo confirman. Según el último informe conjunto de la Unión Interparlamentaria y ONU Mujeres, a comienzos de 2026 las mujeres ocupan el 27,5% de los escaños parlamentarios del mundo, apenas tres décimas más que el año anterior y el avance más lento desde 2017. Sólo el 22,4% de los cargos ministeriales están en manos de mujeres (un retroceso frente al 23,3% de 2024); y únicamente 28 países tienen hoy a una mujer al frente del Estado o del Gobierno, frente a 101 países que jamás la han tenido. 

La presencia femenina también cae en la presidencia de los propios parlamentos, que ha bajado al 19,9%. Un dato explica en parte esa desaceleración: tres de cada cuatro parlamentarias encuestadas por la UIP declaran haber sufrido amenazas públicas por ejercer su cargo, muy por encima de sus colegas varones.

España parte de una posición relativamente aventajada, pero no escapa a la misma fotografía desigual. El Congreso de los Diputados ronda el 43% de representación femenina, muy por encima de la media mundial, pero esa paridad se diluye a medida que se asciende en la escala del poder económico: las mujeres ya superan el 40% en los consejos de administración del IBEX 35 (un hito histórico impulsado por la nueva ley de paridad) pero apenas ocupan entre el 22% y el 27% de los puestos de alta dirección de esas mismas compañías, y sólo una de ellas, Ana Botín en Banco Santander, preside de forma ejecutiva una empresa del selectivo. 

A esa brecha de poder se suma la salarial: la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres se mantiene en España en torno al 18-19%, explicada en gran parte por la mayor parcialidad laboral femenina, la desprotección jurídica que sigue afectando a las mujeres que son madres, las interrupciones de carrera derivadas de los cuidados y otras causas asociadas a la discriminación laboral que sigue afectando a las madres. Y, una vez más, tenemos que recordar que, según el Foro Económico Mundial, faltan 123 años para que mujeres y hombres alcancemos la plena igualdad en derechos, oportunidades y condiciones de vida, es decir, si todo va bien habría que esperar al año 2149.

¿Por qué esto es un problema de democracia?

Desde Lincoln hasta las sufragistas, la historia de la democracia moderna ha sido, en buena medida, la historia de ampliar ese permiso a quienes por nacer mujeres nos negaban el derecho a la igual dignidad y humanidad que los hombres. Retroceder en la representación política de las mujeres, en su presencia en los espacios donde se decide, o restringir nuestros derechos y libertades, no es una guerra cultural, ni una guerra de sexos, es un debate sobre si queremos seguir construyendo el sistema que se perfecciona con más de sí mismo, la democracia; o si decidimos mutar a un sistema de gobierno espurio que ponga en jaque el mismo sistema de derechos humanos.

Las mujeres somos más de la mitad de la población mundial. Mientras sigamos infrarrepresentadas en los parlamentos, en las direcciones de las empresas, en el trabajo, en el hogar, en las escuelas, en las calles y en todos los lugares donde se toman decisiones, la ecuación básica de la democracia seguirá sin resolverse, porque sin mujeres no hay democracia. 

Con motivo del Día Internacional de la Democracia, conviene recordar que Abraham Lincoln definió este sistema en su célebre discurso de Gettysburg de 1863 como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Aquella definición pareció perfecta hasta que el movimiento de las mujeres demostró que estaba incompleta: faltaba la mitad de la población. Ese ideal democrático no empezó a materializarse hasta 1920, cuando la Decimonovena Enmienda reconoció el derecho al voto de las mujeres estadounidenses tras décadas de lucha sufragista. 

Algo parecido ocurrió en España once años después. La Constitución de la Segunda República de 1931 sólo pudo llamarse democrática porque, por primera vez, consagraba la igualdad jurídica entre mujeres y hombres y extendía el sufragio a ambos sexos, una conquista que llevó el nombre propio de Clara Campoamor y el de toda una generación de feministas, entre las que destacan Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos y Rosario Acuña, que llevaban décadas reclamándolo.

Sin mujeres, era androcracia  

La lección de fondo es sencilla y, sin embargo, se olvida con frecuencia: mientras la mitad de la población quedó fuera del derecho al voto, lo que existió en Occidente no fue una democracia, sino lo que con precisión podría llamarse una androcracia, el gobierno de los hombres, por los hombres y para los hombres. La filósofa y feminista Amelia Valcárcel lo resume con una idea potente: sólo una civilización feminista puede considerarse plenamente democrática. 

Ese principio, sin participación de las mujeres no hay democracia real, es el hilo que atraviesa este 15 de septiembre, Día Internacional de la Democracia, cuyo lema para 2026, "Cuando cada voz cuenta, la democracia cumple", recuerda que votar cada cuatro años no basta: una democracia se mide por instituciones representativas, por un poder repartido de forma equilibrada y por la calidad real de la participación de toda la ciudadanía, en el que las mujeres deben estar incluidas en igualdad de condiciones que los hombres y se garantice la separación de poderes y el imperio de la ley. Y, como señala la política, abogada y feminista Lidia Falcón, para que haya democracia real y efectiva, y no sólo formal, es preciso que la ciudadanía cuestione las bases económicas del  sistema capitalista neoliberal y se produzca una verdadera transformación social que redistribuya la riqueza.  

Democracia y derechos de las mujeres: lo que dicen las cifras

El deterioro de los derechos de las mujeres y niñas no se limita a episodios puntuales; es estructural, y los datos lo confirman. Según el último informe conjunto de la Unión Interparlamentaria y ONU Mujeres, a comienzos de 2026 las mujeres ocupan el 27,5% de los escaños parlamentarios del mundo, apenas tres décimas más que el año anterior y el avance más lento desde 2017. Sólo el 22,4% de los cargos ministeriales están en manos de mujeres (un retroceso frente al 23,3% de 2024); y únicamente 28 países tienen hoy a una mujer al frente del Estado o del Gobierno, frente a 101 países que jamás la han tenido. 

La presencia femenina también cae en la presidencia de los propios parlamentos, que ha bajado al 19,9%. Un dato explica en parte esa desaceleración: tres de cada cuatro parlamentarias encuestadas por la UIP declaran haber sufrido amenazas públicas por ejercer su cargo, muy por encima de sus colegas varones.

España parte de una posición relativamente aventajada, pero no escapa a la misma fotografía desigual. El Congreso de los Diputados ronda el 43% de representación femenina, muy por encima de la media mundial, pero esa paridad se diluye a medida que se asciende en la escala del poder económico: las mujeres ya superan el 40% en los consejos de administración del IBEX 35 (un hito histórico impulsado por la nueva ley de paridad) pero apenas ocupan entre el 22% y el 27% de los puestos de alta dirección de esas mismas compañías, y sólo una de ellas, Ana Botín en Banco Santander, preside de forma ejecutiva una empresa del selectivo. 

A esa brecha de poder se suma la salarial: la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres se mantiene en España en torno al 18-19%, explicada en gran parte por la mayor parcialidad laboral femenina, la desprotección jurídica que sigue afectando a las mujeres que son madres, las interrupciones de carrera derivadas de los cuidados y otras causas asociadas a la discriminación laboral que sigue afectando a las madres. Y, una vez más, tenemos que recordar que, según el Foro Económico Mundial, faltan 123 años para que mujeres y hombres alcancemos la plena igualdad en derechos, oportunidades y condiciones de vida, es decir, si todo va bien habría que esperar al año 2149.

¿Por qué esto es un problema de democracia?

Desde Lincoln hasta las sufragistas, la historia de la democracia moderna ha sido, en buena medida, la historia de ampliar ese permiso a quienes por nacer mujeres nos negaban el derecho a la igual dignidad y humanidad que los hombres. Retroceder en la representación política de las mujeres, en su presencia en los espacios donde se decide, o restringir nuestros derechos y libertades, no es una guerra cultural, ni una guerra de sexos, es un debate sobre si queremos seguir construyendo el sistema que se perfecciona con más de sí mismo, la democracia; o si decidimos mutar a un sistema de gobierno espurio que ponga en jaque el mismo sistema de derechos humanos.

Las mujeres somos más de la mitad de la población mundial. Mientras sigamos infrarrepresentadas en los parlamentos, en las direcciones de las empresas, en el trabajo, en el hogar, en las escuelas, en las calles y en todos los lugares donde se toman decisiones, la ecuación básica de la democracia seguirá sin resolverse, porque sin mujeres no hay democracia. 

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