Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Rosario, anciana y mendiga trabajadora, ha muerto

Una vez me acerqué a ella y le reñí porque me parecía deplorable que con su edad estuviera en el mismo lugar anclada a la inclemencia de las cinco de la tarde de un verano cualquiera

  • Pobreza en España, en una imagen de archivo.

Hace más de una semana, cuando visitaba la Toscana y Florencia en particular y disfrutaba de su arte y paisajes (con el síndrome de Stendhal a mis espaldas) moría la anciana del Mercadona. Lo sé porque al volver a Sevilla e ir a su “antiguo puesto de trabajo” ella ya no estaba y un par de mujeres sudamericanas improvisaban un cartel y un ramo de flores secas pegados en la pared anunciando su muerte. En ese momento me enteré que se llamaba Rosario aunque nunca le pregunté su nombre. Al parecer había sufrido un desvanecimiento y el vigilante de seguridad había alertado al 061. Ya hacía tiempo que no hablaba con ella o simplemente casi la ignoraba cuando iba a comprar al supermercado.

En frente de un flujo constante de gente entrando y saliendo del Mercadona, sentada en el asiento de un andador, extendía su brazo con su mano sosteniendo un vasito de plástico o solo la mano desnuda para pedir alguna limosna. Otras veces se limitaba a pedir a la gente que le comprase algo, no sé, cosas como una botellita de gazpacho o una bandejita de pollo. Se adaptaba bien al rigor de la meteorología (salvo cuando llovía mucho o al menos yo no nunca la vi con ese tiempo ) con una toquilla de lana cubriéndole los hombros y el pecho, en invierno, y más fresquita con una sombrilla playera, en verano.

Venía observando que su figura se va encogiendo cada vez más con los años, pero lo que más me llamaba la atención era su cara cada vez más oscura y ajada y su cabecita que empezaba a ser el del tamaño de un garbancito malo. Sentada siempre en su andador, se la veía charlar animadamente algunas veces con alguna persona conocida (o desconocida) ,y otras, manejando un móvil antediluviano casi de juguete. Más adelante ya estaba en una silla de ruedas, con el mismo pelo recogido y con una medallita de una virgen en el pecho. Con su mirada casi de ciega y acompañada por una chica que vendía flores dispuestas a sus pies, parecía una sacerdotisa de piedra dispuesta a entrar en trance y proferir un oráculo a cualquiera que saliera del supermercado.

Una vez me acerqué a ella y le reñí porque me parecía deplorable que con su edad estuviera en el mismo lugar anclada a la inclemencia de las cinco de la tarde de un verano cualquiera. Y ella tras un “es la vida” y “rascándole” un poco más yo, me confiaba que su hijo estaba enganchado a la droga y que no podían vivir con su escasa pensión. Por eso no me extrañó verla un día entrar en una freiduría, sacar un puñado de monedas y comprar un cartuchito de algo para su cena.

Sería mucho simplificar que era una indigente anciana, siempre repeinada (al menos al principio) con su batita de colores, que como otros u otras, solemos ignorar en el juego de mirar el horizonte cuando algo no nos cuadra. Ignorar es fácil porque es más normal ver al anciano o a la anciana de postín en sus últimas días bien arregladitdos en un barrio de ricos, acompañados en su marcha de caracol, o empujadas en su silla de ruedas por una sudamericana, lejos de la hambruna de una mendiga; porque la asistenta del viejecito rico puede traerles los yogurcitos y los dulces que más le gusta, mientras los hijos apuran la decisión futura de ingresarlos en una residencia de bien.

Podría decir también que esta mendiga de supermercados hubiera debido estar atendida por un cuidador, vigilada por los servicios sociales y médicos hasta que las condiciones lo hubiesen permitido o hubiera aparecido muerta en su silloncito delante del televisor y no pudiera podido acudir a su empleo (esta vez sin entrecomillar) . Porque estoy seguro que seguía aguantando todo esto para mantener a su hijo y sus cosas, porque también lo estoy de que le hubiera sentado mal que alguien hubiera denunciado su situación y atacara su sentido maternal enquistado.

Pero era también una mujer responsable y constante en su mendicidad, de las que no fallaban casi ningún día anclada en su sitio, pasando horas y horas por la mañana y por la tarde con el tedio del paso de las horas y hablando de vez en cuando con alguien. Una anciana que parecía hermanada con los ancianos de Japón o de China que se ven obligados alargar su vida laboral por no tener acceso a pensiones dignas ni a servicios asistenciales adecuados.

Rosario acabó muriendo en el hospital tal vez porque dejó de trabajar como mendiga frente al paraíso del todo alimentación, de las bolsas y carritos llenos, de las cajeras con pantalones ajustados y amabilidad obligada y del vigilante de gimnasio rondando pasillos. Me da pena no haber conocido tu historia.

Hace más de una semana, cuando visitaba la Toscana y Florencia en particular y disfrutaba de su arte y paisajes (con el síndrome de Stendhal a mis espaldas) moría la anciana del Mercadona. Lo sé porque al volver a Sevilla e ir a su “antiguo puesto de trabajo” ella ya no estaba y un par de mujeres sudamericanas improvisaban un cartel y un ramo de flores secas pegados en la pared anunciando su muerte. En ese momento me enteré que se llamaba Rosario aunque nunca le pregunté su nombre. Al parecer había sufrido un desvanecimiento y el vigilante de seguridad había alertado al 061. Ya hacía tiempo que no hablaba con ella o simplemente casi la ignoraba cuando iba a comprar al supermercado.

En frente de un flujo constante de gente entrando y saliendo del Mercadona, sentada en el asiento de un andador, extendía su brazo con su mano sosteniendo un vasito de plástico o solo la mano desnuda para pedir alguna limosna. Otras veces se limitaba a pedir a la gente que le comprase algo, no sé, cosas como una botellita de gazpacho o una bandejita de pollo. Se adaptaba bien al rigor de la meteorología (salvo cuando llovía mucho o al menos yo no nunca la vi con ese tiempo ) con una toquilla de lana cubriéndole los hombros y el pecho, en invierno, y más fresquita con una sombrilla playera, en verano.

Venía observando que su figura se va encogiendo cada vez más con los años, pero lo que más me llamaba la atención era su cara cada vez más oscura y ajada y su cabecita que empezaba a ser el del tamaño de un garbancito malo. Sentada siempre en su andador, se la veía charlar animadamente algunas veces con alguna persona conocida (o desconocida) ,y otras, manejando un móvil antediluviano casi de juguete. Más adelante ya estaba en una silla de ruedas, con el mismo pelo recogido y con una medallita de una virgen en el pecho. Con su mirada casi de ciega y acompañada por una chica que vendía flores dispuestas a sus pies, parecía una sacerdotisa de piedra dispuesta a entrar en trance y proferir un oráculo a cualquiera que saliera del supermercado.

Una vez me acerqué a ella y le reñí porque me parecía deplorable que con su edad estuviera en el mismo lugar anclada a la inclemencia de las cinco de la tarde de un verano cualquiera. Y ella tras un “es la vida” y “rascándole” un poco más yo, me confiaba que su hijo estaba enganchado a la droga y que no podían vivir con su escasa pensión. Por eso no me extrañó verla un día entrar en una freiduría, sacar un puñado de monedas y comprar un cartuchito de algo para su cena.

Sería mucho simplificar que era una indigente anciana, siempre repeinada (al menos al principio) con su batita de colores, que como otros u otras, solemos ignorar en el juego de mirar el horizonte cuando algo no nos cuadra. Ignorar es fácil porque es más normal ver al anciano o a la anciana de postín en sus últimas días bien arregladitdos en un barrio de ricos, acompañados en su marcha de caracol, o empujadas en su silla de ruedas por una sudamericana, lejos de la hambruna de una mendiga; porque la asistenta del viejecito rico puede traerles los yogurcitos y los dulces que más le gusta, mientras los hijos apuran la decisión futura de ingresarlos en una residencia de bien.

Podría decir también que esta mendiga de supermercados hubiera debido estar atendida por un cuidador, vigilada por los servicios sociales y médicos hasta que las condiciones lo hubiesen permitido o hubiera aparecido muerta en su silloncito delante del televisor y no pudiera podido acudir a su empleo (esta vez sin entrecomillar) . Porque estoy seguro que seguía aguantando todo esto para mantener a su hijo y sus cosas, porque también lo estoy de que le hubiera sentado mal que alguien hubiera denunciado su situación y atacara su sentido maternal enquistado.

Pero era también una mujer responsable y constante en su mendicidad, de las que no fallaban casi ningún día anclada en su sitio, pasando horas y horas por la mañana y por la tarde con el tedio del paso de las horas y hablando de vez en cuando con alguien. Una anciana que parecía hermanada con los ancianos de Japón o de China que se ven obligados alargar su vida laboral por no tener acceso a pensiones dignas ni a servicios asistenciales adecuados.

Rosario acabó muriendo en el hospital tal vez porque dejó de trabajar como mendiga frente al paraíso del todo alimentación, de las bolsas y carritos llenos, de las cajeras con pantalones ajustados y amabilidad obligada y del vigilante de gimnasio rondando pasillos. Me da pena no haber conocido tu historia.

Comentarios