Permítanme que haga mía la tediosa frase. Prometo que lo hago para bien. Lo comprenderán pronto, ya verán.
Como en el de cualquier mortal, en mi DNI está la foto —en la que salgo de aquella manera—; pone el nombre y los apellidos tomados de momá y de popá. Y ellos, a su vez, de mis abuelos. También aparece la calle donde vivo; bueno, donde vivía. Y es que la gentrificación y la más absoluta dejadez a la que someten a los barrios obreros de las ciudades nos afectan a todos.
¿Y lo de gitano?
Eso no lo pone. Ya quisieran algunos, pero no lo pone. Ser gitano es muchas cosas, pero, si nos ponemos antropológicos, digamos que es una identidad cultural. Y una persona tiene, a su vez, múltiples identidades. Por eso, ser gitano es perfectamente compatible con ser andaluz, trabajador social, cofrade, comunicador, hijo, escritor, padre, creador de contenido, marido y ganador de un Enrique Barrero, copón, que también hay que decirlo.
Pues resulta que abro el ordenador en Fakali el pasado miércoles para, como de costumbre, hacer el monitoreo sobre el racismo antigitano en los medios. Ahí, en el primer resultado de la búsqueda, encuentro el siguiente titular: "Un programa que no se lo salta un gitano", acompañado de una fotografía donde aparecemos el maestro Farruquito y quien escribe a su lado.
"Me cago en la má", pienso para mis adentros. Hago clic y leo la crítica de Rebeca Argudo, articulista de ABC, sobre Gloria Bendita, el primer late night romaní de la historia de la televisión española, emitido en RTVEPlay.
En sus primeros párrafos admite no saber que un programa puede ser gitano. "Quizá sí una boda o un tigre de porcelana a tamaño real cubierto de espejitos y brillibrilli. Pero no un programa", refiere. Y es que, a estas alturas, quien vive lejos de la gitanidad se traga el estigma y termina reproduciéndolo en un texto. Uno más del conservador diario que nos adelantaba en una nota que la periodista venía a "espabilarnos frente a la hegemonía de un falso progresismo que ha llegado a convertir algunas causas en armas de batalla cultural: cancelación, censura, movimientos identitarios, feminismos, revisionismo histórico…". Un sol —pero de cara—.
No termina de aclarar en su artículo si le gustó o no —deducimos que nones—, pero sí se ceba con el alma del proyecto: hablar de cultura romaní y ponerla en el centro del debate cultural, político y musical… pero desde la gitanidad. Sin discursos ajenos. Y deducimos que eso no le gustó. Es normal que incomode a quien está acostumbrado a escribir en una merienda de blancos donde los demás no formamos parte de la fiesta. Salvo, por supuesto, cuando toca señalarnos desde las páginas de sucesos de su periódico.
Aún recuerdo cuando una de las firmas más relevantes de su diario pedía un muro para las Tres Mil Viviendas en plena pandemia y reclamaba la intervención del ejército. O cuando otro afamado escritor de su periódico hablaba de las "gordas gitanas carteristas de la feria". En cualquier caso, Argudo continuaba con su dialéctica voraz hacia el programa. Tosca y cutre, si me preguntan.
Afirma no conocer al presentador y creador del espacio, Ariel Carmona, a quien afea vestir de traje, hablar de sanidad pública y opinar sobre Trump, "porque los monólogos gitanos se parecen a los de los payos", asegura. No le digan a nadie que, cuando Trump decide atacar un país o cuando sube los aranceles, también afecta a los gitanos. Y a los payos del mundo, como decía Pascual González.
Y es que las cosas del mundo nos afectan a todos, con nombres y apellidos, sin borrarnos. Sin embargo, en ese proceso de despojo y menosprecio, a los otros dos intervinientes del programa nos quita el nombre, reduciéndonos a una etiqueta: al youtuber Vivi Escudero lo llama "humorista" y a mí, simplemente, "un gitano que viene a hablar de apropiación cultural". No tenemos nombres ni trayectorias profesionales para Rebeca Argudo. Somos eso: gitanos. Sin nombres, sin apellidos y, por supuesto, sin estudios. Esos son los gitanos de Rebeca, a quien su diario presentaba como "una china en el zapato de la hegemonía".
Una hegemonía que ella misma parece afrontar mal cuando se trata de la existencia del primer programa netamente romaní tras seis siglos de presencia gitana en España. Claro, que hace seiscientos años no había televisión, pero sí pragmáticas. Y una hegemonía tan blanca y tan arcaica como buena parte de los marcos desde los que todavía se nos mira.
Aprovecho para recordarle también que, según la sociología, la apropiación cultural no puede producirse desde las minorías hacia las mayorías. Precisamente eso era lo que abordaba en mi intervención en el programa, donde profundicé en el cante, en la pírrica representación romaní en los espacios de desarrollo político y cultural dentro del flamenco, y en figuras como Tío Luis el de la Juliana, la Paquera, Fernanda o Bernarda...
No, no puede haber apropiación cultural gitana hacia la paya, porque entonces hablaríamos de asimilación cultural, que es un concepto distinto. Pero, puestos a asimilarnos, los gitanos nos hemos ‘liao’ la manta a la cabeza y ya hasta escribimos. Y escribimos sobre lo que nos parece, incluso sobre nuestras identidades vernáculas. E incluso ya hemos llegado a presentar programas de televisión en prime time. Y se habla de gitanidad, de humor, de flamenco o de política. Y todo en clave gitana.
Eso es Gloria Bendita: otro ejercicio de reparación de todo lo mucho que queda por reparar. Y es que, al final, ¿qué pone en nuestro DNI? ¿O es que el problema nunca fue lo que pone, sino quién tiene derecho a ocupar el espacio público, ese que nos pertenece a todos, con su propia voz? Por cierto, tengo que renovar el documento. Qué lástima que no se puedan renovar las cabezas también.
Permítanme que haga mía la tediosa frase. Prometo que lo hago para bien. Lo comprenderán pronto, ya verán.
Como en el de cualquier mortal, en mi DNI está la foto —en la que salgo de aquella manera—; pone el nombre y los apellidos tomados de momá y de popá. Y ellos, a su vez, de mis abuelos. También aparece la calle donde vivo; bueno, donde vivía. Y es que la gentrificación y la más absoluta dejadez a la que someten a los barrios obreros de las ciudades nos afectan a todos.
¿Y lo de gitano?
Eso no lo pone. Ya quisieran algunos, pero no lo pone. Ser gitano es muchas cosas, pero, si nos ponemos antropológicos, digamos que es una identidad cultural. Y una persona tiene, a su vez, múltiples identidades. Por eso, ser gitano es perfectamente compatible con ser andaluz, trabajador social, cofrade, comunicador, hijo, escritor, padre, creador de contenido, marido y ganador de un Enrique Barrero, copón, que también hay que decirlo.
Pues resulta que abro el ordenador en Fakali el pasado miércoles para, como de costumbre, hacer el monitoreo sobre el racismo antigitano en los medios. Ahí, en el primer resultado de la búsqueda, encuentro el siguiente titular: "Un programa que no se lo salta un gitano", acompañado de una fotografía donde aparecemos el maestro Farruquito y quien escribe a su lado.
"Me cago en la má", pienso para mis adentros. Hago clic y leo la crítica de Rebeca Argudo, articulista de ABC, sobre Gloria Bendita, el primer late night romaní de la historia de la televisión española, emitido en RTVEPlay.
En sus primeros párrafos admite no saber que un programa puede ser gitano. "Quizá sí una boda o un tigre de porcelana a tamaño real cubierto de espejitos y brillibrilli. Pero no un programa", refiere. Y es que, a estas alturas, quien vive lejos de la gitanidad se traga el estigma y termina reproduciéndolo en un texto. Uno más del conservador diario que nos adelantaba en una nota que la periodista venía a "espabilarnos frente a la hegemonía de un falso progresismo que ha llegado a convertir algunas causas en armas de batalla cultural: cancelación, censura, movimientos identitarios, feminismos, revisionismo histórico…". Un sol —pero de cara—.
No termina de aclarar en su artículo si le gustó o no —deducimos que nones—, pero sí se ceba con el alma del proyecto: hablar de cultura romaní y ponerla en el centro del debate cultural, político y musical… pero desde la gitanidad. Sin discursos ajenos. Y deducimos que eso no le gustó. Es normal que incomode a quien está acostumbrado a escribir en una merienda de blancos donde los demás no formamos parte de la fiesta. Salvo, por supuesto, cuando toca señalarnos desde las páginas de sucesos de su periódico.
Aún recuerdo cuando una de las firmas más relevantes de su diario pedía un muro para las Tres Mil Viviendas en plena pandemia y reclamaba la intervención del ejército. O cuando otro afamado escritor de su periódico hablaba de las "gordas gitanas carteristas de la feria". En cualquier caso, Argudo continuaba con su dialéctica voraz hacia el programa. Tosca y cutre, si me preguntan.
Afirma no conocer al presentador y creador del espacio, Ariel Carmona, a quien afea vestir de traje, hablar de sanidad pública y opinar sobre Trump, "porque los monólogos gitanos se parecen a los de los payos", asegura. No le digan a nadie que, cuando Trump decide atacar un país o cuando sube los aranceles, también afecta a los gitanos. Y a los payos del mundo, como decía Pascual González.
Y es que las cosas del mundo nos afectan a todos, con nombres y apellidos, sin borrarnos. Sin embargo, en ese proceso de despojo y menosprecio, a los otros dos intervinientes del programa nos quita el nombre, reduciéndonos a una etiqueta: al youtuber Vivi Escudero lo llama "humorista" y a mí, simplemente, "un gitano que viene a hablar de apropiación cultural". No tenemos nombres ni trayectorias profesionales para Rebeca Argudo. Somos eso: gitanos. Sin nombres, sin apellidos y, por supuesto, sin estudios. Esos son los gitanos de Rebeca, a quien su diario presentaba como "una china en el zapato de la hegemonía".
Una hegemonía que ella misma parece afrontar mal cuando se trata de la existencia del primer programa netamente romaní tras seis siglos de presencia gitana en España. Claro, que hace seiscientos años no había televisión, pero sí pragmáticas. Y una hegemonía tan blanca y tan arcaica como buena parte de los marcos desde los que todavía se nos mira.
Aprovecho para recordarle también que, según la sociología, la apropiación cultural no puede producirse desde las minorías hacia las mayorías. Precisamente eso era lo que abordaba en mi intervención en el programa, donde profundicé en el cante, en la pírrica representación romaní en los espacios de desarrollo político y cultural dentro del flamenco, y en figuras como Tío Luis el de la Juliana, la Paquera, Fernanda o Bernarda...
No, no puede haber apropiación cultural gitana hacia la paya, porque entonces hablaríamos de asimilación cultural, que es un concepto distinto. Pero, puestos a asimilarnos, los gitanos nos hemos ‘liao’ la manta a la cabeza y ya hasta escribimos. Y escribimos sobre lo que nos parece, incluso sobre nuestras identidades vernáculas. E incluso ya hemos llegado a presentar programas de televisión en prime time. Y se habla de gitanidad, de humor, de flamenco o de política. Y todo en clave gitana.
Eso es Gloria Bendita: otro ejercicio de reparación de todo lo mucho que queda por reparar. Y es que, al final, ¿qué pone en nuestro DNI? ¿O es que el problema nunca fue lo que pone, sino quién tiene derecho a ocupar el espacio público, ese que nos pertenece a todos, con su propia voz? Por cierto, tengo que renovar el documento. Qué lástima que no se puedan renovar las cabezas también.
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