Los chavales de hoy en día no quieren tener amigos. Pasan de ellos, así de claro y meridiano. Así lo sentencia un reciente estudio que ha bautizado a la generación presente como la “generación de la soledad”.
No deja de ser paradójico que esos mismos jóvenes, capaces de aglutinar cinco mil seguidores en cualquier red social, rehúsen del concepto más llano y tradicional de la amistad. Uno, observador por antonomasia, analiza el panorama y llega a la conclusión que da origen y motivo al título de la columna: ¿Por qué será que no me sorprende?
En un ejercicio de introspección y de vuelta al pasado, pensar en nuestra (mi) infancia, deja un regusto casi mitológico. Hablamos de una era en la que los amigos era un tesoro incalculable. Gentecilla que se forjó bajo el áspero pavimento de las plazas, de las meriendas de pan con nocilla y rodillas desolladas.
Llámenlo casualidad, pero esos vínculos, que a día de hoy perduran con la resistencia del acero, se fraguaron en un ecosistema que hoy parece extinguido: el de la interacción física obligatoria.
Actualmente, hemos decidido que el silencio en el salón de casa es un bien superior a la salud mental de nuestra descendencia. Hemos sustituido el "vete a jugar a la calle y no vuelvas hasta que se enciendan las farolas" por el dispositivo electrónico de turno.
No nos engañemos. Hoy en día, a un niño en edad temprana se le encaja una tableta en las manos con la misma urgencia con la que se le cambia un pañal cagado. ¿El objetivo? Que deje de molestar. Y el resultado es lo que yo llamo un autismo inducido.
¿De qué nos vamos a asustar si la vida de un niño transcurre tras una pantalla de cristal líquido?
Después nos echamos las manos a la cabeza con las tasas de bullying que asolan colegios e institutos. Los expertos se devanan los sesos con protocolos, leyes y charlas de concienciación. Pero, ¿por qué será que no me sorprende que el acoso esté en máximos históricos?
Esos niños criados en el autismo inducido de las pantallas llegan a la adolescencia con unas carencias afectivas del tamaño de una catedral. La falta de interacción física genera una desconexión emocional tan profunda que el dolor ajeno les resulta ciencia ficción.
Al final, esta "generación de la soledad" corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que la autonomía absoluta es solo una forma elegante de llamar al aislamiento y que, sin el otro, el camino no solo es más largo, sino terriblemente más vacío y aburrido.
Gracias por la lectura y feliz lunes.



