Que se mueran. No sirven pá ná rebuznan los vecinos mientras la carne oliva se hace ovillo negro en la oscuridad pactada. Ellos se lo han buscao proclama el Dios del infierno a los que se creen libres de pecado. Lo nuestro pá nosotros ladrá el cancerbero, el perro de las tres cabezas. Y yo le digo a él: tres veces perro. Y el campo de Moguer, a esas cuatro de la tarde, es un horno que carboniza las pieles de los desafortunados. Se esconden los lagartos. En cambio, ellas con velo azul junto a la semilla de las fresas. Ellos con sombrero de paja llorando con las simientes de la cebolla.
Todos con ojos negros, curtidos en la fatiga y la sorpresa, intensamente despiertos. Eso es lo que le duele a la gente mala. Que otros, con mucho menos, estén más vivos que ellos silban los jilgueros. Y resuena mi amado Juan Ramón en las sombras quemadas de los olivos sedientos mientras siguen trabajando por sobrevivir los desheredados: Y yo me iré y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido, y se quedarán los pájaros cantando. Y los que odian no saben todavía que no se llevarán nada al otro mundo. Sólo portarán su odio negro y oscuro para siempre. Quien sabe de dolor, todo lo sabe cuentan que dijo Dante.
La carretera a Palos sortea promesas a punto de desfallecer. Las cinco de la tarde. Futuros derretidos en el arcén. Dos mujeres del Estrecho caminan bajo el imperio del sol para darle de beber a los suyos y que ahora trabajan, a destajo, para arrancarle a la tierra frutos que serán para otros aunque si sigues aquí, al lado de mis palabras y de estas personas, tú no eres otro. Tú eres de todos. Te sabes hecho, milagrosamente, tanto de horizontes cercanos como de acentos por conocer. Invasión gritan los del puñetazo trapero y los cuatro apellidos godos. Aquí tenéis se ofrecen los que nada tienen que temer. Aquellos del cielo abierto.
Que se mueran. No sirven pá ná rebuznan los vecinos mientras la carne oliva se hace ovillo negro en la oscuridad pactada. Ellos se lo han buscao proclama el Dios del infierno a los que se creen libres de pecado. Lo nuestro pá nosotros ladrá el cancerbero, el perro de las tres cabezas. Y yo le digo a él: tres veces perro. Y el campo de Moguer, a esas cuatro de la tarde, es un horno que carboniza las pieles de los desafortunados. Se esconden los lagartos. En cambio, ellas con velo azul junto a la semilla de las fresas. Ellos con sombrero de paja llorando con las simientes de la cebolla.
Todos con ojos negros, curtidos en la fatiga y la sorpresa, intensamente despiertos. Eso es lo que le duele a la gente mala. Que otros, con mucho menos, estén más vivos que ellos silban los jilgueros. Y resuena mi amado Juan Ramón en las sombras quemadas de los olivos sedientos mientras siguen trabajando por sobrevivir los desheredados: Y yo me iré y estaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido, y se quedarán los pájaros cantando. Y los que odian no saben todavía que no se llevarán nada al otro mundo. Sólo portarán su odio negro y oscuro para siempre. Quien sabe de dolor, todo lo sabe cuentan que dijo Dante.
La carretera a Palos sortea promesas a punto de desfallecer. Las cinco de la tarde. Futuros derretidos en el arcén. Dos mujeres del Estrecho caminan bajo el imperio del sol para darle de beber a los suyos y que ahora trabajan, a destajo, para arrancarle a la tierra frutos que serán para otros aunque si sigues aquí, al lado de mis palabras y de estas personas, tú no eres otro. Tú eres de todos. Te sabes hecho, milagrosamente, tanto de horizontes cercanos como de acentos por conocer. Invasión gritan los del puñetazo trapero y los cuatro apellidos godos. Aquí tenéis se ofrecen los que nada tienen que temer. Aquellos del cielo abierto.
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