Hace algo más de una semana que terminó el Mundial de EEUU, México y Canadá. Para algunos, otro Mundial de la vergüenza tras los de Rusia y Qatar, pero celebrado, al fin y al cabo. Mucha vergüenza, pero récord histórico de equipos participantes y de duración, porque a Trump e Infantino, en este tipo de acuerdos, no hay capricho que se les resista. Terminó el Mundial y, aunque había posibilidades reales, creo que nadie estaba seguro al 100% de que España podría salir campeona por segunda vez en su historia, para convertirse en el único país que recibe una segunda estrella durante este frenético siglo XXI.
Ganó España, jubilando a Cristiano Ronaldo y a Messi, y dejando la participación de Mbappé como la peor de su trayectoria tras jugar dos finales seguidas. No obstante, diez días después, da la sensación de que la alegría no ha sido tan grande como lo hubieran sido el enfado o la decepción tras perder la final contra una Argentina que no rascó bola y que se dedicó a entorpecer, patalear y repartir.
Hoy siguen algunos argentinos hablando de una mano negra contra ellos y, en España, tras una celebración que, a los que vivimos hace 16 años el gol de Iniesta, se nos quedó insípida, los temas inmediatos a tratar fueron otros: que no había tanto carisma como en 2010 (algo muy posible), que la sensación de equipo era mayor, pero que faltaban estrellas, o que nunca algo es tan bonito como la primera vez. Tal vez esto último sea lo más real de todo. Aunque Ferran hizo el gol en el 106', solo diez minutos antes del 116' de Iniesta (evitando penaltis y con una emoción muy similar), la alegría posterior parece haber ido desvaneciéndose a la devastadora velocidad a la que se viven hoy las cosas.
Tal fue el abandono a la gesta deportiva (que lo es), que lo primero que vimos circular por redes, además del gol desde 400 ángulos, fue que Ferran, aunque héroe de la final, ya no era ni tan guapo, ni tan héroe. De momento corrió como la pólvora la noticia de que tenía más de 20 viviendas en propiedad a través de su empresa, y gran parte de la afición lo señaló como especulador, negándole por momentos la corona de la excelencia personal. Luego se demostró que no, que lo que tiene son oficinas, y los de la mano rápida en Twitter tuvieron que recular.
Pero no, no es esto una defensa a Ferran, ni a cualquier otro millonario que nos haga olvidar por momentos el día a día con un agónico gol que traiga la Copa del Mundo. Es simplemente la reflexión de alguien que gritó el tanto como el que más, que despotricó de los argentinos como si en 2022 no se hubiera alegrado de su victoria y que pudo ver con su padre, al igual que la primera, la segunda estrella masculina. Es solo un recordatorio para quienes viven buscando el esplendor moral, fustigándose ante cualquier contradicción tan señalable como humana. Estaría bueno que, tras comernos un Mundial hecho al antojo del tirano del mundo contemporáneo o hacer la vista gorda con la construcción de los estadios de Qatar, nos echáramos las manos a la cabeza porque un goleador millonario se dedicara a asegurar su patrimonio mediante la compra sin escrúpulos de viviendas a granel.
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