Estos días los escaparates se llenan de vuelta al cole: mochilas nuevas y niños que sonríen a una libreta. Y me parece bien, porque no hay campaña que venda mochilas poniendo a un niño somnoliento y sin ganas de nada. Pero luego llega el fin de semana antes de empezar y en casa aparece otra cosa: la mirada perdida, el “quiero más días de vacaciones”, “uff, otra vez”… y ya en clase, la primera semana por lo menos, me encuentro 30 cuerpos sentados que todavía están en agosto.
En septiembre les pedimos a los adolescentes aquello que a nosotros también nos cuesta, y tanto nos cuesta que hasta le hemos puesto nombre: lo llamamos síndrome posvacacional, lo contamos en el trabajo con toda naturalidad, nos reímos, nos entendemos y hasta se nos perdona el mal humor de los primeros días.
Con ellos, en cambio, sacamos algo que nos encanta hacer pero que no nos gusta nada que hagan con nosotros, sí, adulto, sí: el maravilloso sermón: que con los meses de vacaciones que llevas cómo te vas a quejar, que ahora ya toca espabilar, que ya te quejarás cuando trabajes… Y yo siempre digo lo mismo: si esto funcionara, ya habríamos cambiado todos esas veces que nos sermoneó un amigo, la pareja o nuestra madre.
Y perdonad, pero debajo de esa desgana hay mucho más que pereza. Lo que traen esos primeros días son dudas, incertidumbres y ese pellizco en el estómago por, con quién me tocará este año, si caeré con quien me gusta, si podré seguir con mi deporte, cómo será el profe nuevo, si voy a ser capaz. Y hay algunos, que no vuelven con ganas por razones más serias: no tener a nadie con quien sentarse, un grupo que se cerró y no se ha vuelto a abrir, un año malo del que en casa no se supo del todo.
Nada de esto significa esperar a que se les pase, ni justificarles todo, significa que la vuelta se va preparando entre todos y que eso lleva algunas semanas, no un discurso la noche antes. Sentarnos con ellos antes de que salte el primer conflicto para acordar de nuevo los horarios de comidas, de llegadas y de extraescolares, las tareas de casa y las pantallas; puedes ser muy bonito despedir el verano con una comida o cena de todos, y por supuesto esta preparación es gradual, los especialistas recomiendan adelantar la hora de acostarse quince o veinte minutos cada día durante la última semana y no llenar de actividades los primeros. Además, un apunte, las vacaciones son para descansar y bajar el ritmo, faltaría más, pero bajar el ritmo no es puro descontrol o nada de estructura. En verano caben igual responsabilidades en casa, un campamento, un voluntariado o un trabajillo. A quien no ha tenido ninguna obligación en ocho semanas le cuesta muchísimo tener seis de golpe el lunes, y eso es tarea nuestra, no suya.
Recordemos, adultos, que la vuelta nos cuesta a todos, que es algo natural y normal, y que eso no nos exime de nuestra vuelta. Pero si nos la podemos hacer más sencilla, más agradable y responsable para todos. ¿Y si este curso, antes de soltar la frase de siempre, probamos otra cosa?: “qué difíciles son las vueltas, ¿eh?”, un “¿hay algo del curso pasado que no quieras que se repita?”, o un “¿qué necesitas de mí estos primeros días?”. Y eso sí, después recomiendo pararse a escuchar. No hace falta más.
Estos días los escaparates se llenan de vuelta al cole: mochilas nuevas y niños que sonríen a una libreta. Y me parece bien, porque no hay campaña que venda mochilas poniendo a un niño somnoliento y sin ganas de nada. Pero luego llega el fin de semana antes de empezar y en casa aparece otra cosa: la mirada perdida, el “quiero más días de vacaciones”, “uff, otra vez”… y ya en clase, la primera semana por lo menos, me encuentro 30 cuerpos sentados que todavía están en agosto.
En septiembre les pedimos a los adolescentes aquello que a nosotros también nos cuesta, y tanto nos cuesta que hasta le hemos puesto nombre: lo llamamos síndrome posvacacional, lo contamos en el trabajo con toda naturalidad, nos reímos, nos entendemos y hasta se nos perdona el mal humor de los primeros días.
Con ellos, en cambio, sacamos algo que nos encanta hacer pero que no nos gusta nada que hagan con nosotros, sí, adulto, sí: el maravilloso sermón: que con los meses de vacaciones que llevas cómo te vas a quejar, que ahora ya toca espabilar, que ya te quejarás cuando trabajes… Y yo siempre digo lo mismo: si esto funcionara, ya habríamos cambiado todos esas veces que nos sermoneó un amigo, la pareja o nuestra madre.
Y perdonad, pero debajo de esa desgana hay mucho más que pereza. Lo que traen esos primeros días son dudas, incertidumbres y ese pellizco en el estómago por, con quién me tocará este año, si caeré con quien me gusta, si podré seguir con mi deporte, cómo será el profe nuevo, si voy a ser capaz. Y hay algunos, que no vuelven con ganas por razones más serias: no tener a nadie con quien sentarse, un grupo que se cerró y no se ha vuelto a abrir, un año malo del que en casa no se supo del todo.
Nada de esto significa esperar a que se les pase, ni justificarles todo, significa que la vuelta se va preparando entre todos y que eso lleva algunas semanas, no un discurso la noche antes. Sentarnos con ellos antes de que salte el primer conflicto para acordar de nuevo los horarios de comidas, de llegadas y de extraescolares, las tareas de casa y las pantallas; puedes ser muy bonito despedir el verano con una comida o cena de todos, y por supuesto esta preparación es gradual, los especialistas recomiendan adelantar la hora de acostarse quince o veinte minutos cada día durante la última semana y no llenar de actividades los primeros. Además, un apunte, las vacaciones son para descansar y bajar el ritmo, faltaría más, pero bajar el ritmo no es puro descontrol o nada de estructura. En verano caben igual responsabilidades en casa, un campamento, un voluntariado o un trabajillo. A quien no ha tenido ninguna obligación en ocho semanas le cuesta muchísimo tener seis de golpe el lunes, y eso es tarea nuestra, no suya.
Recordemos, adultos, que la vuelta nos cuesta a todos, que es algo natural y normal, y que eso no nos exime de nuestra vuelta. Pero si nos la podemos hacer más sencilla, más agradable y responsable para todos. ¿Y si este curso, antes de soltar la frase de siempre, probamos otra cosa?: “qué difíciles son las vueltas, ¿eh?”, un “¿hay algo del curso pasado que no quieras que se repita?”, o un “¿qué necesitas de mí estos primeros días?”. Y eso sí, después recomiendo pararse a escuchar. No hace falta más.
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