Opinión

La IA en campaña electoral: el ejemplo también importa

El vídeo difundido por el PP, que recrea mediante IA la imagen y la voz de varias figuras vinculadas al PSOE, es un ejemplo reciente de un fenómeno que trasciende a los partidos y las fronteras

  • Las imágenes con IA publicadas por el PP.

La inteligencia artificial generativa ha irrumpido con fuerza en las campañas electorales. Vivimos en la era de la IA y sus posibilidades para la comunicación política son enormes. Desde la aparición de ChatGPT, de OpenAI, y de otras muchas herramientas, nuestra forma de trabajar ha cambiado. La IA nos permite optimizar tareas, acceder a cantidades ingentes de información —siempre contrastándola—, generar textos, crear imágenes y vídeos para diseñar campañas más dinámicas y creativas. Pero, precisamente porque sus posibilidades eran impensables hace menos de tres años, también nuestra responsabilidad debe estar a la altura. La cuestión no es si debemos utilizar la IA en campaña, sino cómo y para qué lo hacemos.

El vídeo difundido por el PP, que recrea mediante IA la imagen y la voz de varias figuras vinculadas al PSOE, es un ejemplo reciente de un fenómeno que trasciende a los partidos y las fronteras. En distintos países, la inteligencia artificial se ha incorporado a la comunicación política, también mediante vídeos, imágenes y audios manipulados que pueden distorsionar la realidad e influir en la percepción de la ciudadanía. No todos estos contenidos son deepfakes, pero evidencian los riesgos de una tecnología capaz de alterar imágenes, voces y percepciones, e influir en el debate público.

El Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, en su artículo 50, establece obligaciones de transparencia para determinados contenidos generados o manipulados mediante IA, incluidos los deepfakes (imágenes, vídeos o audios creados o manipulados mediante inteligencia artificial para hacer creer que una persona ha dicho o hecho algo que nunca ocurrió).

No voy a entrar en su interpretación jurídica ni en las posibles consecuencias legales de una denuncia, eso da para otro artículo o para una entrevista más a fondo con un experto en Derecho Digital. Mi reflexión se centra en el uso ético y responsable de esta tecnología, porque cumplir la ley no siempre es suficiente.

La Unión Europea ha sido pionera en aprobar un marco integral para regular la IA. Sin embargo, el desarrollo de esta tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, hasta el punto de que algunas disposiciones pueden quedar desfasadas incluso antes de su aplicación. Aun así, contar con un marco normativo es un paso fundamental. Pero la regulación, por sí sola, no basta: hacen falta también formación, criterio y responsabilidad.

Los equipos de comunicación, los profesionales que gestionan las redes sociales y los representantes públicos que dan el visto bueno a los contenidos deben ser conscientes de sus riesgos. No basta con dominar las herramientas: hay que saber cuándo y para qué utilizarlas y asumir las consecuencias de lo que se publica. Hablamos de una tecnología que puede resultar muy peligrosa si se utiliza sin criterio ni responsabilidad. Por eso, no debemos preguntarnos únicamente si su uso es legal, sino también si es ético y responsable.

Llevamos años organizando cursos y talleres para enseñar a nuestros menores alfabetización mediática y digital, a contrastar la información y a respetar a los demás. Les explicamos que una imagen o una voz pueden manipularse hasta hacer decir a una persona algo que nunca ha dicho.

¿Y qué ejemplo les estamos dando si convertimos la suplantación de identidades mediante IA en un recurso más de la confrontación política? ¿Qué impedirá que hagan lo mismo con sus compañeros de clase y lo difundan como una simple broma? La manipulación de imágenes y voces puede tener consecuencias muy graves y, cuando se utiliza para humillar o acosar, alimentar situaciones de ciberacoso.

Por eso urge extender la alfabetización mediática y digital a toda la sociedad, también a quienes tienen una mayor capacidad de influencia. Los equipos de comunicación política necesitan formación específica en el uso ético, seguro y responsable de la IA. Y quienes autorizan la publicación de estos contenidos deben asumir su responsabilidad. Hay quien dirá que ésta es una visión conservadora del uso de la IA en campañas electorales, pero prefiero pecar de prudente, teniendo en cuenta la herramienta tan poderosa de la que hablamos y de las consecuencias que puede acarrear un uso inadecuado.

Demasiada crispación hay ya en la calle y demasiada confrontación en las redes. Necesitamos campañas que permitan debatir ideas, contrastar programas y ofrecer soluciones, no alimentar una escalada de provocaciones. Las redes sociales para escuchar las demandas de los ciudadanos e interactuar con ellos desde el respeto y no para convertirlas en campos de batalla. Eso es lo que enseñamos en el aula cuando impartimos talleres de alfabetización mediática y digital.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a comunicar mejor. Aprovechemos su potencial, sin olvidar que la responsabilidad última sigue siendo humana.

Las campañas deben ganarse con propuestas y programas. Y también deben servir de ejemplo a las futuras generaciones.

La inteligencia artificial generativa ha irrumpido con fuerza en las campañas electorales. Vivimos en la era de la IA y sus posibilidades para la comunicación política son enormes. Desde la aparición de ChatGPT, de OpenAI, y de otras muchas herramientas, nuestra forma de trabajar ha cambiado. La IA nos permite optimizar tareas, acceder a cantidades ingentes de información —siempre contrastándola—, generar textos, crear imágenes y vídeos para diseñar campañas más dinámicas y creativas. Pero, precisamente porque sus posibilidades eran impensables hace menos de tres años, también nuestra responsabilidad debe estar a la altura. La cuestión no es si debemos utilizar la IA en campaña, sino cómo y para qué lo hacemos.

El vídeo difundido por el PP, que recrea mediante IA la imagen y la voz de varias figuras vinculadas al PSOE, es un ejemplo reciente de un fenómeno que trasciende a los partidos y las fronteras. En distintos países, la inteligencia artificial se ha incorporado a la comunicación política, también mediante vídeos, imágenes y audios manipulados que pueden distorsionar la realidad e influir en la percepción de la ciudadanía. No todos estos contenidos son deepfakes, pero evidencian los riesgos de una tecnología capaz de alterar imágenes, voces y percepciones, e influir en el debate público.

El Reglamento europeo de Inteligencia Artificial, en su artículo 50, establece obligaciones de transparencia para determinados contenidos generados o manipulados mediante IA, incluidos los deepfakes (imágenes, vídeos o audios creados o manipulados mediante inteligencia artificial para hacer creer que una persona ha dicho o hecho algo que nunca ocurrió).

No voy a entrar en su interpretación jurídica ni en las posibles consecuencias legales de una denuncia, eso da para otro artículo o para una entrevista más a fondo con un experto en Derecho Digital. Mi reflexión se centra en el uso ético y responsable de esta tecnología, porque cumplir la ley no siempre es suficiente.

La Unión Europea ha sido pionera en aprobar un marco integral para regular la IA. Sin embargo, el desarrollo de esta tecnología avanza a una velocidad vertiginosa, hasta el punto de que algunas disposiciones pueden quedar desfasadas incluso antes de su aplicación. Aun así, contar con un marco normativo es un paso fundamental. Pero la regulación, por sí sola, no basta: hacen falta también formación, criterio y responsabilidad.

Los equipos de comunicación, los profesionales que gestionan las redes sociales y los representantes públicos que dan el visto bueno a los contenidos deben ser conscientes de sus riesgos. No basta con dominar las herramientas: hay que saber cuándo y para qué utilizarlas y asumir las consecuencias de lo que se publica. Hablamos de una tecnología que puede resultar muy peligrosa si se utiliza sin criterio ni responsabilidad. Por eso, no debemos preguntarnos únicamente si su uso es legal, sino también si es ético y responsable.

Llevamos años organizando cursos y talleres para enseñar a nuestros menores alfabetización mediática y digital, a contrastar la información y a respetar a los demás. Les explicamos que una imagen o una voz pueden manipularse hasta hacer decir a una persona algo que nunca ha dicho.

¿Y qué ejemplo les estamos dando si convertimos la suplantación de identidades mediante IA en un recurso más de la confrontación política? ¿Qué impedirá que hagan lo mismo con sus compañeros de clase y lo difundan como una simple broma? La manipulación de imágenes y voces puede tener consecuencias muy graves y, cuando se utiliza para humillar o acosar, alimentar situaciones de ciberacoso.

Por eso urge extender la alfabetización mediática y digital a toda la sociedad, también a quienes tienen una mayor capacidad de influencia. Los equipos de comunicación política necesitan formación específica en el uso ético, seguro y responsable de la IA. Y quienes autorizan la publicación de estos contenidos deben asumir su responsabilidad. Hay quien dirá que ésta es una visión conservadora del uso de la IA en campañas electorales, pero prefiero pecar de prudente, teniendo en cuenta la herramienta tan poderosa de la que hablamos y de las consecuencias que puede acarrear un uso inadecuado.

Demasiada crispación hay ya en la calle y demasiada confrontación en las redes. Necesitamos campañas que permitan debatir ideas, contrastar programas y ofrecer soluciones, no alimentar una escalada de provocaciones. Las redes sociales para escuchar las demandas de los ciudadanos e interactuar con ellos desde el respeto y no para convertirlas en campos de batalla. Eso es lo que enseñamos en el aula cuando impartimos talleres de alfabetización mediática y digital.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a comunicar mejor. Aprovechemos su potencial, sin olvidar que la responsabilidad última sigue siendo humana.

Las campañas deben ganarse con propuestas y programas. Y también deben servir de ejemplo a las futuras generaciones.

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