Ni estudios científicos ni buena opinión llegada de los países orientales ni siquiera las largas vacaciones de forasteros en el verano de las playas andaluzas. Ha hecho falta el cambio climático para que la siesta se desprenda de esa mala prensa que la culpaba de todos los males del sur.
Hace años coincidí por profesión con un alemán que criticaba el carácter español, más en particular o casi exclusivamente el de los españoles del sur, cada vez que tenía ocasión, que solía ser siempre que abría la boca. El susodicho, con la arrogancia del que se cree superior, te aplastaba con teorías sustentadas en ese acientifismo de la escuela del Cuarto Mileno que tanto predicamento tiene entre difamadores y creadores de contenidos. Aseguraba este tipo conocernos bien tras años viviendo en Córdoba sin dar un palo al agua, extrañado de que su parasitismo no recibiera crítica alguna (ni qué decir tiene que él no se consideraba un parásito).
Sin embargo, fueron pasando los años, se fue comiendo sus ahorros y un buen día tuvo que inventar algo con que mantener su gandulería germana en territorio español. Entonces, montó una academia de alemán y español para los extranjeros que recalaban por el barrio de San Andrés. Este hombre, que hablaba un español pulcro y sin contaminación ambiental, defendía en sus clases una “gramática antropológica”, por darle un nombre pretencioso como era él, que consistía básicamente en insultar el carácter español a través de las particularidades de nuestro propio idioma.
Arremetía, por ejemplo y de forma especial, contra un tipo de estructura que en las gramáticas recibe el nombre de se de involuntariedad. Estas son construcciones del tipo “a Julián se le rompió el teléfono” o “a mis alumnos siempre se les olvida el bolígrafo en casa”. Jamás diría algo así un alemán, remarcaba con tono impertinente, pues en su germana lengua materna se admitiría la torpeza al dejar caer el aparato al suelo diciendo algo así como ‘Julián rompió el teléfono’ o ‘mis alumnos siempre olvidan el bolígrafo en casa’. Yo le rebatía defendiendo la riqueza y precisión de aquella estructura nuestra que distinguía un acto voluntario, “rompí el móvil”, de otro accidental en el que además se asumía la responsabilidad. En “se me olvidó el bolígrafo” hacíamos saber que fui yo quien lo olvidé (implícito en el me) y con ese se nos excusábamos del olvido, pues significaba que no habíamos actuado de mala fe, es decir, a sabiendas. Y sobre todo servía para distinguir entre una torpeza y un acto masoquista, pues no es lo mismo decir “se me rompió la pierna” que “yo rompí mi pierna”.
En el sur nos persigue una fama de graciosos, vagos y maleantes que es difícil de erradicar. Los ojos del norte no solo han visto en el lenguaje esos genes irreparables; también en nuestras costumbres —en esto tanto las miradas nórdicas de dentro como de fuera de España—. Cuántas veces no habré oído y leído aquella máxima, que no evidencia, de que la siesta es fiel reflejo de nuestro espíritu despreocupado e irresponsable. ¡Ves, ves, en la siesta tienes la prueba!”, sentenciaba el alemán.
El pensamiento de aquel soporífero profesor era y es compartido por una elocuente mayoría, aunque en otras mentes solía ser unas veces con humor, otras con simpatía condescendiente, aunque nunca con empatía o comprensión. Solo los países orientales como Japón han aplaudido la siesta de antiguo, al considerarla como una sana costumbre, un descanso a mitad de la jornada con efectos reparadores que multiplica la productividad vespertina del trabajador.
Pero no ha sido la sabiduría oriental la que ha liberado a la siesta de la culpa. De unos años a esta parte, el cambio climático ha expandido el calor aplastante del sur al norte y, ahora sí, ahora entienden que hay tramos del día, cuando el sol estival aprieta, en que los cuerpos no responden y que es de estúpidos rebelarse ante el poder de las altas temperaturas. Por fin la siesta no es de vagos; desde que el sopor de la hora sexta adormece los cuerpos nórdicos, el estrés ha entrado en nuestro lenguaje y en nuestra forma de comprender esa cabezada larga de la sobremesa. Hoy, la siesta es una terapia médica a través de la cual combatimos el estrés que las altas temperaturas provocan en los cuerpos. En el norte no existe la pereza, ni antes ni ahora, no nos confundamos; el cambio climático ha llevado el calor y el estrés. Me pregunto si la pereza habrá quedado en estas tierras o se habrá absorbido como lo haría un quiste benigno. Ya no puedo preguntar al de aquella academia de El Realejo, porque cerró al segundo verano hace ya muchos años.
Quien domina el lenguaje, controla el pensamiento y rige el mundo. No me quejaré más, porque ahora, cuando caigo rendida a la siesta, no me invade ningún sentimiento de culpa, hasta creo notar cómo desaparece el estrés de la jornada matutina.
Ni estudios científicos ni buena opinión llegada de los países orientales ni siquiera las largas vacaciones de forasteros en el verano de las playas andaluzas. Ha hecho falta el cambio climático para que la siesta se desprenda de esa mala prensa que la culpaba de todos los males del sur.
Hace años coincidí por profesión con un alemán que criticaba el carácter español, más en particular o casi exclusivamente el de los españoles del sur, cada vez que tenía ocasión, que solía ser siempre que abría la boca. El susodicho, con la arrogancia del que se cree superior, te aplastaba con teorías sustentadas en ese acientifismo de la escuela del Cuarto Mileno que tanto predicamento tiene entre difamadores y creadores de contenidos. Aseguraba este tipo conocernos bien tras años viviendo en Córdoba sin dar un palo al agua, extrañado de que su parasitismo no recibiera crítica alguna (ni qué decir tiene que él no se consideraba un parásito).
Sin embargo, fueron pasando los años, se fue comiendo sus ahorros y un buen día tuvo que inventar algo con que mantener su gandulería germana en territorio español. Entonces, montó una academia de alemán y español para los extranjeros que recalaban por el barrio de San Andrés. Este hombre, que hablaba un español pulcro y sin contaminación ambiental, defendía en sus clases una “gramática antropológica”, por darle un nombre pretencioso como era él, que consistía básicamente en insultar el carácter español a través de las particularidades de nuestro propio idioma.
Arremetía, por ejemplo y de forma especial, contra un tipo de estructura que en las gramáticas recibe el nombre de se de involuntariedad. Estas son construcciones del tipo “a Julián se le rompió el teléfono” o “a mis alumnos siempre se les olvida el bolígrafo en casa”. Jamás diría algo así un alemán, remarcaba con tono impertinente, pues en su germana lengua materna se admitiría la torpeza al dejar caer el aparato al suelo diciendo algo así como ‘Julián rompió el teléfono’ o ‘mis alumnos siempre olvidan el bolígrafo en casa’. Yo le rebatía defendiendo la riqueza y precisión de aquella estructura nuestra que distinguía un acto voluntario, “rompí el móvil”, de otro accidental en el que además se asumía la responsabilidad. En “se me olvidó el bolígrafo” hacíamos saber que fui yo quien lo olvidé (implícito en el me) y con ese se nos excusábamos del olvido, pues significaba que no habíamos actuado de mala fe, es decir, a sabiendas. Y sobre todo servía para distinguir entre una torpeza y un acto masoquista, pues no es lo mismo decir “se me rompió la pierna” que “yo rompí mi pierna”.
En el sur nos persigue una fama de graciosos, vagos y maleantes que es difícil de erradicar. Los ojos del norte no solo han visto en el lenguaje esos genes irreparables; también en nuestras costumbres —en esto tanto las miradas nórdicas de dentro como de fuera de España—. Cuántas veces no habré oído y leído aquella máxima, que no evidencia, de que la siesta es fiel reflejo de nuestro espíritu despreocupado e irresponsable. ¡Ves, ves, en la siesta tienes la prueba!”, sentenciaba el alemán.
El pensamiento de aquel soporífero profesor era y es compartido por una elocuente mayoría, aunque en otras mentes solía ser unas veces con humor, otras con simpatía condescendiente, aunque nunca con empatía o comprensión. Solo los países orientales como Japón han aplaudido la siesta de antiguo, al considerarla como una sana costumbre, un descanso a mitad de la jornada con efectos reparadores que multiplica la productividad vespertina del trabajador.
Pero no ha sido la sabiduría oriental la que ha liberado a la siesta de la culpa. De unos años a esta parte, el cambio climático ha expandido el calor aplastante del sur al norte y, ahora sí, ahora entienden que hay tramos del día, cuando el sol estival aprieta, en que los cuerpos no responden y que es de estúpidos rebelarse ante el poder de las altas temperaturas. Por fin la siesta no es de vagos; desde que el sopor de la hora sexta adormece los cuerpos nórdicos, el estrés ha entrado en nuestro lenguaje y en nuestra forma de comprender esa cabezada larga de la sobremesa. Hoy, la siesta es una terapia médica a través de la cual combatimos el estrés que las altas temperaturas provocan en los cuerpos. En el norte no existe la pereza, ni antes ni ahora, no nos confundamos; el cambio climático ha llevado el calor y el estrés. Me pregunto si la pereza habrá quedado en estas tierras o se habrá absorbido como lo haría un quiste benigno. Ya no puedo preguntar al de aquella academia de El Realejo, porque cerró al segundo verano hace ya muchos años.
Quien domina el lenguaje, controla el pensamiento y rige el mundo. No me quejaré más, porque ahora, cuando caigo rendida a la siesta, no me invade ningún sentimiento de culpa, hasta creo notar cómo desaparece el estrés de la jornada matutina.
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