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Opinión

La derrota más hermosa de Conan Doyle

Celebraremos este 22 de mayo porque entendemos perfectamente la magnitud de lo que creó

  • El rodaje de la serie 'Young Sherlock' en Jerez. -

Algunos escritores pasan la vida persiguiendo una obra maestra y otros terminan huyendo de ella, categoría en la que podemos englobar a Arthur Conan Doyle. Durante décadas intentó convencer al mundo de que Sherlock Holmes era solo una parte de su producción literaria. Había escrito novelas históricas, relatos de aventuras, ensayos, textos de divulgación e incluso obras que él mismo consideraba muy superiores al detective de Baker Street. Sin embargo, cuanto más empeño puso en alejarse de su criatura, más parecía empeñado el público en impedírselo.

La anécdota es conocida. Harto de que todo girase alrededor de Holmes, decidió matarlo en las cataratas de Reichenbach. Pensaba dedicar su tiempo a asuntos más elevados, a las obras por las que deseaba ser recordado. Pero la reacción de los lectores fue tan desproporcionada que acabó devolviendo la vida al detective. Sherlock Holmes había dejado de pertenecerle y se había convertido en patrimonio de los lectores.

No cuesta imaginar cierta resignación que resume perfectamente su frustración en aquella frase que se le atribuye sobre que si dentro de cien años solo se le recordaba por haber creado a Holmes, consideraría que su vida había sido un fracaso.

Pues aquí estamos casi un siglo después de su muerte, en una ciudad del sur de España, preparando un fin de semana dedicado precisamente a este personaje. Y lo curioso es que verdaderamente funciona. Porque aunque hubo quien tachó el nacimiento de nuestra sociedad literaria de excentricidad simpática, la realidad ha sido bastante distinta.

Se repite con frecuencia que la gente ya no lee, que los clásicos han dejado de interesar y que todo debe adaptarse a los nuevos formatos para sobrevivir. Luego aparece un detective creado en 1887 y reúne a más de un centenar de personas en Jerez de la Frontera. Y es que los grandes personajes literarios tienen una capacidad extraordinaria para sobrevivir a sus propias épocas. Cambian los formatos, cambian los lectores y cambian las modas, pero ellos permanecen. Cada generación encuentra una puerta distinta para entrar en Baker Street y este fin de semana volverá a ocurrir algo parecido.

Inauguramos en la Biblioteca de la UCA la exposición De Baker Street a Jerez, una propuesta que explora precisamente ese viaje improbable entre la literatura victoriana y nuestra ciudad. También realizaremos la ruta literaria dedicada a Young Sherlock, la reciente producción audiovisual que ha convertido numerosos espacios de Jerez en escenarios internacionales. Resulta difícil no sonreír al contemplar cómo una ciudad que Conan Doyle jamás conoció termina formando parte del  imaginario visual de su personaje más célebre.

Y todavía quedan más proyectos por delante, algunos especialmente ambiciosos. Pero permitidme que no entre hoy en detalles y deje el tema para dentro de dos viernes.

Por lo pronto, celebraremos este 22 de mayo porque entendemos perfectamente la magnitud de lo que creó. Porque algunos personajes terminan escapando de las manos de sus autores y adquieren vida propia. Porque muy pocos escritores consiguen que una creación siga reuniendo lectores, asociaciones y actividades más de un siglo después.

Y porque, al final, hasta el propio Conan Doyle habría tenido que admitir que pocas derrotas son tan dignas como ser recordado durante generaciones por haber creado uno de los personajes más universales de la literatura.

 

Algunos escritores pasan la vida persiguiendo una obra maestra y otros terminan huyendo de ella, categoría en la que podemos englobar a Arthur Conan Doyle. Durante décadas intentó convencer al mundo de que Sherlock Holmes era solo una parte de su producción literaria. Había escrito novelas históricas, relatos de aventuras, ensayos, textos de divulgación e incluso obras que él mismo consideraba muy superiores al detective de Baker Street. Sin embargo, cuanto más empeño puso en alejarse de su criatura, más parecía empeñado el público en impedírselo.

La anécdota es conocida. Harto de que todo girase alrededor de Holmes, decidió matarlo en las cataratas de Reichenbach. Pensaba dedicar su tiempo a asuntos más elevados, a las obras por las que deseaba ser recordado. Pero la reacción de los lectores fue tan desproporcionada que acabó devolviendo la vida al detective. Sherlock Holmes había dejado de pertenecerle y se había convertido en patrimonio de los lectores.

No cuesta imaginar cierta resignación que resume perfectamente su frustración en aquella frase que se le atribuye sobre que si dentro de cien años solo se le recordaba por haber creado a Holmes, consideraría que su vida había sido un fracaso.

Pues aquí estamos casi un siglo después de su muerte, en una ciudad del sur de España, preparando un fin de semana dedicado precisamente a este personaje. Y lo curioso es que verdaderamente funciona. Porque aunque hubo quien tachó el nacimiento de nuestra sociedad literaria de excentricidad simpática, la realidad ha sido bastante distinta.

Se repite con frecuencia que la gente ya no lee, que los clásicos han dejado de interesar y que todo debe adaptarse a los nuevos formatos para sobrevivir. Luego aparece un detective creado en 1887 y reúne a más de un centenar de personas en Jerez de la Frontera. Y es que los grandes personajes literarios tienen una capacidad extraordinaria para sobrevivir a sus propias épocas. Cambian los formatos, cambian los lectores y cambian las modas, pero ellos permanecen. Cada generación encuentra una puerta distinta para entrar en Baker Street y este fin de semana volverá a ocurrir algo parecido.

Inauguramos en la Biblioteca de la UCA la exposición De Baker Street a Jerez, una propuesta que explora precisamente ese viaje improbable entre la literatura victoriana y nuestra ciudad. También realizaremos la ruta literaria dedicada a Young Sherlock, la reciente producción audiovisual que ha convertido numerosos espacios de Jerez en escenarios internacionales. Resulta difícil no sonreír al contemplar cómo una ciudad que Conan Doyle jamás conoció termina formando parte del  imaginario visual de su personaje más célebre.

Y todavía quedan más proyectos por delante, algunos especialmente ambiciosos. Pero permitidme que no entre hoy en detalles y deje el tema para dentro de dos viernes.

Por lo pronto, celebraremos este 22 de mayo porque entendemos perfectamente la magnitud de lo que creó. Porque algunos personajes terminan escapando de las manos de sus autores y adquieren vida propia. Porque muy pocos escritores consiguen que una creación siga reuniendo lectores, asociaciones y actividades más de un siglo después.

Y porque, al final, hasta el propio Conan Doyle habría tenido que admitir que pocas derrotas son tan dignas como ser recordado durante generaciones por haber creado uno de los personajes más universales de la literatura.

 

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