Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Horadar el genocidio

Los chavales juegan al fútbol entre las ruinas, sus amigos amputados por las bombas israelíes también están allí, animando o compartiendo el juego en lo que pue

  • La pareja, Mohammad Ahliwty y Saja al-Masri, que se van a casar en unos días, se están preparando para su boda dentro de una tienda de campaña en un campamento de desplazados.

Gaza es casi dos millones de personas. Personas que tienen su día a día hipotecado por el asedio y los ataques israelíes. Su día a día medio olvidado en los medios de comunicación. Y bajo la capa de olvido la vida cotidiana transcurre, porque el pueblo palestino es fuerte, resiliente, está profundamente vivo. Miles y miles de millones invertidos en tecnología y armamento por Israel y EE. UU. en su tarea genocida y, sin embargo, la vida de todos los días busca resquicios de normalidad en medio de los sinsabores.

Muchos no pueden volver a sus hogares porque ya no existen o están al otro lado de la Línea Amarilla -algo más de la mitad del territorio gazatí que se ha apropiado Israel-. Otros han vuelto a su casa semiderruida por los bombardeos y han instalado la tienda de campaña en la que viven junto a ella y, cada día, con los escombros y barro, van reconstruyendo lo que fuera su hogar. Como la Franja de Gaza a día de hoy es un gran derribo, se pueden ir recogiendo marcos de ventanas, trozos de hierro..., pero lo que no se encuentra es paja para mezclarla con el barro y hacerlo resistente. Hay quien lo soluciona recorriendo las barberías y recolectando cabellos como sustituto. Alguien pensará: ¿pues no sería mejor usar cemento? Puede, pero Israel restringe o niega la entrada de muchos materiales en la Franja.

En Gaza, el nuevo semestre universitario comienza a finales de marzo, y los campus están derruidos. Los estudios, en la medida de lo posible, han continuado en línea. Sin embargo, entre el tiempo que lleva abastacerse de agua y comida, entre las dificultades con la electricidad y la cobertura, no es tarea sencilla seguirlos; además, ¿qué hacer con los grados que incluyen prácticas? Una ONG ha creado un modesto espacio académico con un horario semanal rotativo para que pueda acceder el mayor número de estudiantes de diferentes centros; uno de ellos es el Colegio de Enfermería, cuya sede cae al otro lado de la Línea Amarilla. Al menos, unos cientos de estudiantes pueden reunirse y aprender junto a otros compañeros y el profesorado. Esa satisfacción, a veces, conlleva esfuerzos tales como levantarse a las cinco de la mañana para estar en clase a las nueve, por las dificultades con el transporte, o llegar después de recorrer varios kilómetros a pie. Nada de esto es obstáculo para ellos ni ellas ahora que pueden comenzar o retomar sus estudios al menos un día presencial.

 

Cuando llega el buen tiempo se corren los maratones. El Maratón Internacional de Palestina va por su décima edición -aunque se celebra desde 2013- y partió de Belén, Cisjordania. Como los gazatíes no pueden cruzar para participar, pues están cercados por el ejército israelí, lo han hecho dentro de la Franja -que es un pañuelito de chica y más ahora que Israel se ha quedado con más de la mitad-, así que se conforman con correr cinco kilómetros a lo largo de la carretera costera. Hay una modalidad para personas amputadas -muchas después de tantos bombardeos-, de dos kilómetros, y carreras infantiles y familiares para que participe y disfrute todo el mundo. En Cisjordania sí se hace el maratón completo, aunque se da dos vueltas a la misma ruta, porque no hay suficiente territorio para correr los 42 kilómetros sin tropezar con zonas colonizadas por Israel. Y ya sabemos que solo le gustan los desplazamientos de palestinos cuando lo ordenan antes de sus ataques.

El Día de la Madre lo celebramos aquí el primer domingo de mayo. En Gaza, y el mundo árabe, se celebró el veintiuno de marzo. Aquí es un día alegre con regalos, comidas fuera de casa... Allí puede que sea un día de gozo o de duelo: según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el 70 % de personas asesinadas por los ataques de Israel son mujeres y niños. Las madres lucen ese día sus mejores prendas y se hace una comida especial. Quizá en muchas familias no haya podido ser de esta manera, pero en todo caso, es un día de agradecimiento a quien nos dio la vida y nos cuidó. Es difícil ser madre en Gaza: la desnutrición y la falta de asistencia médica en el embarazo, el triple riesgo de muerte en el parto, la retirada de la leche por falta de salud... Decenas de miles de mujeres también deberían celebrar a la par el Día del Padre, pues han quedado viudas y ahora su esfuerzo para sacar adelante a la familia se duplica. Si los genocidas quieren quebrar al pueblo palestino, no lo conseguirán: es un pueblo que ama a sus madres.

La economía gazatí está sumamente deteriorada, la tasa de paro supera el 70 %. Afecta sobre todo a los más jóvenes, hombres y mujeres, que no se arredran. Una muestra: programadores y desarrolladores de aplicaciones, veinteañeros y veinteañeras, buscan ganar un dinero a la vez que ser útiles a su comunidad. Una joven trabaja en una aplicación que ayude a llegar a un destino compartiendo gastos, dado lo difícil y caro que está el transporte. Un joven se centra en una aplicación para buscar y restituir pertenencias perdidas. Y no se trata de objetos de valor, sino de documentos, objetos personales...: los que unos perdieron en los bombardeos israelíes, otros los encuentran entre los cascotes: publicar lo que se encuentra, buscar lo que se perdió. Y lo mejor, su desarrollo será aplicable a la búsqueda de criaturas desaparecidas, a la búsqueda de familiares de niños y niñas que van por la vida solos.

Según UNICEF unos 40.000 niños han quedado huérfanos de uno o de los dos progenitores. Por añadidura, más de una criatura se pierde entre las tiendas de campaña y le es difícil dar con su “casa”. ¿Será sencillo todo esto? No: cuesta bastante dinero disponer de las tecnologías necesarias por básicas que sean, y se encarecen por día; además, en estos más de tres años sus habilidades y conocimientos tecnológicos han quedado obsoletos; por otra parte, también será necesario que un número importante de gente adopte las aplicaciones para que sean útiles; y en cuanto a la localización de menores, es imprescindible la cooperación de las autoridades de Gaza. Que la electricidad y la conexión a internet sean estables, eso depende mucho de Israel. De tesón, ilusión y esperanza van sobrados.

Casarse en Gaza, ¡cuánto han esperado algunas parejas! Y ahora hacerlo entraña pequeñas dificultades, mucha alegría y sus dosis de tristeza. Nada es como antes, sin embargo, el cariño es el mismo y se prepara la boda como se puede. Es tradición que el hombre dé una dote a la familia de la novia: hay a quien no le queda más remedio que acordar hacerlo a plazos. A la novia le encantaría estrenar vestido, pero se conforma con llevar uno prestado, que incluso puede que tenga algún pequeño desgarrón. La madre de la novia -el padre sucumbió en un ataque israelí- acepta lo que puede el novio, sabe cómo están las cosas, y anima a su hija con el vestido prestado mientras recuerda para sí la celebración de su propia boda, tan diferente. Al novio corresponde montar la casa que será el futuro hogar. Todo está muy caro: las maderas, las lonas, para montar una tienda de campaña. Y la celebración habrá de ser modesta, quizá en un pequeño café. O puede que formen parte de una boda colectiva de las que organiza una asociación turca, con actuaciones para disfrutar de la jornada: un respiro de alegría.

Los chavales juegan al fútbol entre las ruinas, sus amigos amputados por las bombas israelíes también están allí, animando o compartiendo el juego en lo que pueden. Algunos formaban parte de los equipos infantiles y juveniles, incluso conservan sus botas de futbolista, pero más de uno ya no tiene a su padre, su madre o sus hermanos que lo anime. El balón, las botas, correr y regatear, tirar a gol son más que un juego, es exorcizar el sufrimiento, chutarlo y mandarlo bien lejos durante un buen rato. La Asociación Palestina de Fútbol ha conseguido montar un campeonato juvenil en un campo de los pocos que han sobrevivido, puesto que los bombardeos de Israel han destruido más de dos centenares de instalaciones deportivas. Los chavales, cuyo sueño es llegar a ser un famoso jugador

profesional, están al tanto de todos los equipos de renombre y sus jugadores. ¿Qué de extraño tendría que los entusiasmara el juego de Lamine Yamal, un joven de dieciocho años, un chico casi de su edad? Así que, cuando Lamine ondeó la bandera palestina el día de la celebración de su equipo, ese gesto recorrió miles de kilómetros: alguien se acordaba de ellos en mitad del éxito, un admirado jugador de fútbol los hacía visibles. Un mural con Yamal sosteniendo una bandera palestina, pintado por dos artistas gazatíes sobre un muro de unas ruinas, deja constancia agradecida de ese gesto.

El profesor Walter D. Mignolo propone el término “re-existir” frente a solo resistir. Y se me vienen al pensamiento las palestinas y los palestinos de Gaza de todas la edades. Las gentes de Gaza, que no solo resisten en el día a día buscando su más elemental subsistencia, sino que procuran poner los medios para seguir con su existencia plena, construirla a diario en la medida de sus posibilidades y preservar sus costumbres, tradiciones y dignidad horadando así el genocidio.

Gaza es casi dos millones de personas. Personas que tienen su día a día hipotecado por el asedio y los ataques israelíes. Su día a día medio olvidado en los medios de comunicación. Y bajo la capa de olvido la vida cotidiana transcurre, porque el pueblo palestino es fuerte, resiliente, está profundamente vivo. Miles y miles de millones invertidos en tecnología y armamento por Israel y EE. UU. en su tarea genocida y, sin embargo, la vida de todos los días busca resquicios de normalidad en medio de los sinsabores.

Muchos no pueden volver a sus hogares porque ya no existen o están al otro lado de la Línea Amarilla -algo más de la mitad del territorio gazatí que se ha apropiado Israel-. Otros han vuelto a su casa semiderruida por los bombardeos y han instalado la tienda de campaña en la que viven junto a ella y, cada día, con los escombros y barro, van reconstruyendo lo que fuera su hogar. Como la Franja de Gaza a día de hoy es un gran derribo, se pueden ir recogiendo marcos de ventanas, trozos de hierro..., pero lo que no se encuentra es paja para mezclarla con el barro y hacerlo resistente. Hay quien lo soluciona recorriendo las barberías y recolectando cabellos como sustituto. Alguien pensará: ¿pues no sería mejor usar cemento? Puede, pero Israel restringe o niega la entrada de muchos materiales en la Franja.

En Gaza, el nuevo semestre universitario comienza a finales de marzo, y los campus están derruidos. Los estudios, en la medida de lo posible, han continuado en línea. Sin embargo, entre el tiempo que lleva abastacerse de agua y comida, entre las dificultades con la electricidad y la cobertura, no es tarea sencilla seguirlos; además, ¿qué hacer con los grados que incluyen prácticas? Una ONG ha creado un modesto espacio académico con un horario semanal rotativo para que pueda acceder el mayor número de estudiantes de diferentes centros; uno de ellos es el Colegio de Enfermería, cuya sede cae al otro lado de la Línea Amarilla. Al menos, unos cientos de estudiantes pueden reunirse y aprender junto a otros compañeros y el profesorado. Esa satisfacción, a veces, conlleva esfuerzos tales como levantarse a las cinco de la mañana para estar en clase a las nueve, por las dificultades con el transporte, o llegar después de recorrer varios kilómetros a pie. Nada de esto es obstáculo para ellos ni ellas ahora que pueden comenzar o retomar sus estudios al menos un día presencial.

 

Cuando llega el buen tiempo se corren los maratones. El Maratón Internacional de Palestina va por su décima edición -aunque se celebra desde 2013- y partió de Belén, Cisjordania. Como los gazatíes no pueden cruzar para participar, pues están cercados por el ejército israelí, lo han hecho dentro de la Franja -que es un pañuelito de chica y más ahora que Israel se ha quedado con más de la mitad-, así que se conforman con correr cinco kilómetros a lo largo de la carretera costera. Hay una modalidad para personas amputadas -muchas después de tantos bombardeos-, de dos kilómetros, y carreras infantiles y familiares para que participe y disfrute todo el mundo. En Cisjordania sí se hace el maratón completo, aunque se da dos vueltas a la misma ruta, porque no hay suficiente territorio para correr los 42 kilómetros sin tropezar con zonas colonizadas por Israel. Y ya sabemos que solo le gustan los desplazamientos de palestinos cuando lo ordenan antes de sus ataques.

El Día de la Madre lo celebramos aquí el primer domingo de mayo. En Gaza, y el mundo árabe, se celebró el veintiuno de marzo. Aquí es un día alegre con regalos, comidas fuera de casa... Allí puede que sea un día de gozo o de duelo: según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, el 70 % de personas asesinadas por los ataques de Israel son mujeres y niños. Las madres lucen ese día sus mejores prendas y se hace una comida especial. Quizá en muchas familias no haya podido ser de esta manera, pero en todo caso, es un día de agradecimiento a quien nos dio la vida y nos cuidó. Es difícil ser madre en Gaza: la desnutrición y la falta de asistencia médica en el embarazo, el triple riesgo de muerte en el parto, la retirada de la leche por falta de salud... Decenas de miles de mujeres también deberían celebrar a la par el Día del Padre, pues han quedado viudas y ahora su esfuerzo para sacar adelante a la familia se duplica. Si los genocidas quieren quebrar al pueblo palestino, no lo conseguirán: es un pueblo que ama a sus madres.

La economía gazatí está sumamente deteriorada, la tasa de paro supera el 70 %. Afecta sobre todo a los más jóvenes, hombres y mujeres, que no se arredran. Una muestra: programadores y desarrolladores de aplicaciones, veinteañeros y veinteañeras, buscan ganar un dinero a la vez que ser útiles a su comunidad. Una joven trabaja en una aplicación que ayude a llegar a un destino compartiendo gastos, dado lo difícil y caro que está el transporte. Un joven se centra en una aplicación para buscar y restituir pertenencias perdidas. Y no se trata de objetos de valor, sino de documentos, objetos personales...: los que unos perdieron en los bombardeos israelíes, otros los encuentran entre los cascotes: publicar lo que se encuentra, buscar lo que se perdió. Y lo mejor, su desarrollo será aplicable a la búsqueda de criaturas desaparecidas, a la búsqueda de familiares de niños y niñas que van por la vida solos.

Según UNICEF unos 40.000 niños han quedado huérfanos de uno o de los dos progenitores. Por añadidura, más de una criatura se pierde entre las tiendas de campaña y le es difícil dar con su “casa”. ¿Será sencillo todo esto? No: cuesta bastante dinero disponer de las tecnologías necesarias por básicas que sean, y se encarecen por día; además, en estos más de tres años sus habilidades y conocimientos tecnológicos han quedado obsoletos; por otra parte, también será necesario que un número importante de gente adopte las aplicaciones para que sean útiles; y en cuanto a la localización de menores, es imprescindible la cooperación de las autoridades de Gaza. Que la electricidad y la conexión a internet sean estables, eso depende mucho de Israel. De tesón, ilusión y esperanza van sobrados.

Casarse en Gaza, ¡cuánto han esperado algunas parejas! Y ahora hacerlo entraña pequeñas dificultades, mucha alegría y sus dosis de tristeza. Nada es como antes, sin embargo, el cariño es el mismo y se prepara la boda como se puede. Es tradición que el hombre dé una dote a la familia de la novia: hay a quien no le queda más remedio que acordar hacerlo a plazos. A la novia le encantaría estrenar vestido, pero se conforma con llevar uno prestado, que incluso puede que tenga algún pequeño desgarrón. La madre de la novia -el padre sucumbió en un ataque israelí- acepta lo que puede el novio, sabe cómo están las cosas, y anima a su hija con el vestido prestado mientras recuerda para sí la celebración de su propia boda, tan diferente. Al novio corresponde montar la casa que será el futuro hogar. Todo está muy caro: las maderas, las lonas, para montar una tienda de campaña. Y la celebración habrá de ser modesta, quizá en un pequeño café. O puede que formen parte de una boda colectiva de las que organiza una asociación turca, con actuaciones para disfrutar de la jornada: un respiro de alegría.

Los chavales juegan al fútbol entre las ruinas, sus amigos amputados por las bombas israelíes también están allí, animando o compartiendo el juego en lo que pueden. Algunos formaban parte de los equipos infantiles y juveniles, incluso conservan sus botas de futbolista, pero más de uno ya no tiene a su padre, su madre o sus hermanos que lo anime. El balón, las botas, correr y regatear, tirar a gol son más que un juego, es exorcizar el sufrimiento, chutarlo y mandarlo bien lejos durante un buen rato. La Asociación Palestina de Fútbol ha conseguido montar un campeonato juvenil en un campo de los pocos que han sobrevivido, puesto que los bombardeos de Israel han destruido más de dos centenares de instalaciones deportivas. Los chavales, cuyo sueño es llegar a ser un famoso jugador

profesional, están al tanto de todos los equipos de renombre y sus jugadores. ¿Qué de extraño tendría que los entusiasmara el juego de Lamine Yamal, un joven de dieciocho años, un chico casi de su edad? Así que, cuando Lamine ondeó la bandera palestina el día de la celebración de su equipo, ese gesto recorrió miles de kilómetros: alguien se acordaba de ellos en mitad del éxito, un admirado jugador de fútbol los hacía visibles. Un mural con Yamal sosteniendo una bandera palestina, pintado por dos artistas gazatíes sobre un muro de unas ruinas, deja constancia agradecida de ese gesto.

El profesor Walter D. Mignolo propone el término “re-existir” frente a solo resistir. Y se me vienen al pensamiento las palestinas y los palestinos de Gaza de todas la edades. Las gentes de Gaza, que no solo resisten en el día a día buscando su más elemental subsistencia, sino que procuran poner los medios para seguir con su existencia plena, construirla a diario en la medida de sus posibilidades y preservar sus costumbres, tradiciones y dignidad horadando así el genocidio.

Comentarios