Cuando las palabras comienzan a perder su sentido genuino, a perder su esencia y a desvincularse de lo que en el común significan, a ser tergiversadas, no queda más remedio que preguntarse qué poder las está manipulando y para qué. ¿Qué finalidad persiguen arrebatándoles su significado usual y cotidiano? 

Neutralizar” no es una palabra que en el diccionario tenga como sinónimos matar o asesinar; sin embargo, se lee con frecuencia en comunicados del ejército israelí que un palestino fue “neutralizado”: las tropas "neutralizaron" a un "terrorista" que "lanzó piedras" contra los soldados. Las comillas no son mías, sino de la noticia; en la que también se puede leer que era un adolescente de diecisiete años y había sido tiroteado por soldados israelíes en Cisjordania. Ni matas ni asesinas, “neutralizas”, todo aséptico, como el material de un quirófano: aquí no se habla de un ser humano, se lo deshumaniza para convertirlo en un objeto que hay que quitar de en medio. 

Una excavadora. Imprescindible en la construcción y en las obras de las carreteras. En miniatura, un juguete que da alas a la imaginación infantil. En nuestra cultura, es una palabra constructiva, y además, nos remite a bienes que necesitamos y usamos. Si viviéramos en Cisjordania o en Gaza, sería una máquina enorme, tipo buldócer, con una pala de más de cuatro metros de ancho que se lleva por delante escuelas, calles, viviendas, centros de salud, olivos... De construir a destruir, de máquina necesaria a arma de guerra en manos de Israel: de su ejército y de los colonos.  

Hacer limpieza es algo cotidiano, necesario para el bienestar. Terminas la limpieza y miras con satisfacción: todo despejado y reluciente. Pero, a veces, hay otra palabra que le hace compañía: étnica. Y esa palabra se ensucia, y ya no es sinónima de bienestar, sino de desplazamientos y asesinatos, del sufrimiento de un pueblo, el pueblo palestino. Limpieza étnica es lo que lleva haciendo Israel desde hace mucho para apropiarse de los territorios palestinos: Gaza y Cisjordania. 

Otras palabras como asesinato o genocidio pierden su valor cuando son repetidas un día tras otro. Pierden su horror y dureza bajo la impunidad con la que asesinos investidos de poder los perpetran. Acabamos por sentir, con impotencia y tristeza, que es algo que no tiene remedio, y las palabras se diluyen o no queremos escucharlas más. 

Cuando era niña, un patrón era una plantilla de papel, que utilizaba mi madre para señalar y cortar las partes de un vestido para luego coserlo. Una palabra sencilla y amable que permitiría un disfrute. Ahora, la palabra patrón la encuentro en artículos sobre Líbano. El ministro de Defensa de Israel se ufana de seguir en Líbano el mismo patrón que en Gaza: desplazamientos masivos de la población, bombardeos y ataques a civiles y personal sanitario, destrucción de centros médicos, etcétera. 

Hay palabras que con unos se pueden usar y con otros no. Se puede llamar asesino o terrorista a un miembro de Hamás o Hezbolá, pero no se puede llamar asesino o terrorista a un ministro de Seguridad de Israel que brinda con champaña tras la aprobación de una ley. Una ley que permitirá aplicar la pena de muerte por ahorcamiento a los palestinos, sin necesidad de juicio previo, incluido menores.  

Tampoco está permitido aplicarlas a presidentes o primeros ministros que ordenan asesinar a decenas de miles de civiles. En Gaza, Cisjordania, Líbano, los civiles no son muertos, son personas asesinadas con una finalidad. No mueren de muerte natural, por accidente o por enfermedad. ¿Es asesinato o muerte el resultado de que Israel no deje evacuar a los enfermos graves gazatíes, de que Israel no deje entrar suficientes camiones de ayuda humanitaria, material médico y el combustible necesarios en Gaza, de que no deje entrar los materiales imprescindibles para arreglar el saneamiento de las aguas?  

Hay palabras que se encogen, que se vuelven endebles y quebradizas. Palabras y expresiones que mueren antes de nacer: la Junta de Paz para Gaza es una junta económica; un Alto el Fuego es un acuerdo que solo significa que una parte debe someterse y la otra puede seguir atacando impunemente; hubo una Fundación Humanitaria de Gaza, patrocinada por EE.UU., en cuyos repartos de comida, mercenarios y el ejército israelí disparaban contra los palestinos, incluso niños, que acudían por alimento para sus familias. Humanitaria, Paz, Acuerdo... nacen ya ocupadas por los intereses políticos, económicos, geopolíticos... Palabras que nacen cercenadas por el deseo desbocado de poder, por la codicia desmedida y la impunidad plenamente consentida. 

De pequeña, cuando acompañaba a mi madre a la mercería, ella pedía: “Enséñeme los botones de muestra”. Y en unos cartones, cosidos, le mostraban todos los tipos de botones. Todo lo anterior son botones de muestra, un pequeño cartoncito. Busquemos, cada uno y entre todos, los cartones necesarios para ver con claridad lo que las palabras, en boca de los poderes, nos ocultan. Defendámoslas de ellos y reivindiquemos su significado genuino, devolvámosles su valor antes de que el uso engañoso en sus bocas y sus medios las desgasten, tergiversen y se vuelvan irreconocibles.

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