Agosto se desploma sobre el calendario como un telón pesado, dejando atrás el espejismo salado de las costas, las toallas apretadas como piezas de un tetris imposible sobre la arena y la invasión silenciosa, pero constante, de las maletas con ruedas que repiquetean a cualquier hora del día y de la noche contra los adoquines. Con el último suspiro del mes, se consuma el gran éxodo de vuelta.
Durante este paréntesis estival, las ciudades de origen se vacían de alma y se llenan de una urgencia ajena. Los barrios costeros y de interior que sufren la marea alta del turismo ven alterado su compás vital hasta lo inaguantable. Adiós a la masificación que colapsa los paseos marítimos; adiós a la angustia de dar quinientas vueltas buscando un hueco imposible donde aparcar el coche; adiós, sobre todo, a esa legión anónima de visitantes que, por lo general, parecen considerar el territorio que pisan un mero parque temático de usar y tirar. Salvo honrosas excepciones, les importa tres carajos la historia, el descanso del vecino o la preservación del entorno; incapaces de comportarse cívicamente, entienden el ocio como una patente de corso para el descontrol, el ruido desmedido y el desprecio sistemático por las normas básicas de la convivencia vecinal.
¿Nos hemos vuelto más intransigentes con los años? El núcleo de la discordia no reside en el confort tecnológico, sino en el tejido moral y social. Antes había, sencillamente, más respeto por todo y por todos. Antes se convivía mejor porque el espacio público se entendía como un bien compartido y custodiado por una comunidad que se reconocía a sí misma. Hoy, la hipercomercialización del ocio ha triturado el sentido de vecindad. No es fobia al viajero; es legítima defensa de la dignidad cotidiana. Así de sencillo.
Todo esto, nos ha llevado a experimentar una especie de anhelo por el regreso, aunque sepamos perfectamente lo que nos espera al otro lado de la puerta.
Porque retornar a la normalidad implica también aceptar de nuevo las cadenas invisibles del engranaje moderno. Volvemos a ser clasificados y cosificados por el sistema productivo. Dejamos atrás la supuesta libertad estival para volver a comportarnos e interactuar como meros individuos definidos por un número de afiliación, por una nómina, por una categoría laboral o por un rol estandarizado en la gran maquinaria económica.
El éxodo estival no es solo un movimiento geográfico de millones de personas que cambian la playa por la oficina; es un tránsito emocional entre dos formas de alienación. Del descontrol caótico y ruidoso de un turismo depredador y deshumanizado, pasamos de inmediato al orden milimétrico y frío del engranaje laboral. Entre el ruido de la calzada atestada de turistas que se marchan y el tic-tac implacable del despertador que marca el inicio de la semana de trabajo, nos queda sin embargo el latido íntimo de lo auténtico. Porque la verdadera patria no es el destino de postal que se consume en quince días, ni tampoco la celda gris del cubículo de oficina, sino esa frágil resistencia cotidiana con la que tejemos nuestros afectos, defendemos el respeto mutuo y nos negamos a ser, por completo, solo un número más en la gran contabilidad del mundo.
Disfrute lo poco que le quede, si es que le queda algo.
Gracias por la lectura y feliz lunes, último de agosto.
Agosto se desploma sobre el calendario como un telón pesado, dejando atrás el espejismo salado de las costas, las toallas apretadas como piezas de un tetris imposible sobre la arena y la invasión silenciosa, pero constante, de las maletas con ruedas que repiquetean a cualquier hora del día y de la noche contra los adoquines. Con el último suspiro del mes, se consuma el gran éxodo de vuelta.
Durante este paréntesis estival, las ciudades de origen se vacían de alma y se llenan de una urgencia ajena. Los barrios costeros y de interior que sufren la marea alta del turismo ven alterado su compás vital hasta lo inaguantable. Adiós a la masificación que colapsa los paseos marítimos; adiós a la angustia de dar quinientas vueltas buscando un hueco imposible donde aparcar el coche; adiós, sobre todo, a esa legión anónima de visitantes que, por lo general, parecen considerar el territorio que pisan un mero parque temático de usar y tirar. Salvo honrosas excepciones, les importa tres carajos la historia, el descanso del vecino o la preservación del entorno; incapaces de comportarse cívicamente, entienden el ocio como una patente de corso para el descontrol, el ruido desmedido y el desprecio sistemático por las normas básicas de la convivencia vecinal.
¿Nos hemos vuelto más intransigentes con los años? El núcleo de la discordia no reside en el confort tecnológico, sino en el tejido moral y social. Antes había, sencillamente, más respeto por todo y por todos. Antes se convivía mejor porque el espacio público se entendía como un bien compartido y custodiado por una comunidad que se reconocía a sí misma. Hoy, la hipercomercialización del ocio ha triturado el sentido de vecindad. No es fobia al viajero; es legítima defensa de la dignidad cotidiana. Así de sencillo.
Todo esto, nos ha llevado a experimentar una especie de anhelo por el regreso, aunque sepamos perfectamente lo que nos espera al otro lado de la puerta.
Porque retornar a la normalidad implica también aceptar de nuevo las cadenas invisibles del engranaje moderno. Volvemos a ser clasificados y cosificados por el sistema productivo. Dejamos atrás la supuesta libertad estival para volver a comportarnos e interactuar como meros individuos definidos por un número de afiliación, por una nómina, por una categoría laboral o por un rol estandarizado en la gran maquinaria económica.
El éxodo estival no es solo un movimiento geográfico de millones de personas que cambian la playa por la oficina; es un tránsito emocional entre dos formas de alienación. Del descontrol caótico y ruidoso de un turismo depredador y deshumanizado, pasamos de inmediato al orden milimétrico y frío del engranaje laboral. Entre el ruido de la calzada atestada de turistas que se marchan y el tic-tac implacable del despertador que marca el inicio de la semana de trabajo, nos queda sin embargo el latido íntimo de lo auténtico. Porque la verdadera patria no es el destino de postal que se consume en quince días, ni tampoco la celda gris del cubículo de oficina, sino esa frágil resistencia cotidiana con la que tejemos nuestros afectos, defendemos el respeto mutuo y nos negamos a ser, por completo, solo un número más en la gran contabilidad del mundo.
Disfrute lo poco que le quede, si es que le queda algo.
Gracias por la lectura y feliz lunes, último de agosto.
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