Opinión

Espíritu de sacrificio para los demás

Ese es el terreno sobre el que germina el neoliberalismo español, que no llegó como un trasplante anglosajón en los años ochenta, sino como un virus de expansión parsimoniosa pero inexorable que muta en función del contexto

  • Feijóo en una imagen de un acto con los empresarios vascos.

El 13 de mayo de 1940 Winston Churchill pedía en la Cámara de los Comunes británica “sangre, sudor y lágrimas” y, por aquello que decía Karl Marx de que la historia ocurre primero como tragedia y se repite después como farsa, Alberto Núñez Feijóo prometió en un mitin hace unos días “un Gobierno que os pida sacrificio”. Hay quien ha visto en esta frase un desliz poco atinado desde el punto de vista de la mercadotecnia electoral; “está diciendo que nos van a crujir como lleguen a La Moncloa”, ha pensado más de uno, con motivos. Sin embargo, puede que haya que tomarse el mensaje en serio porque quizá sea la reactivación del significante más antiguo y  eficaz de la derecha española.

Aunque mientras Churchill ofrecía lo mismo que pedía y Feijóo pide y no ofrece, la involuntaria parodia sabe qué fibras tocar y dónde hacerlo. En 1969, el escritor Max Aub regresó a Barcelona tras treinta años de exilio, un viaje del que nació La gallina ciega, diario donde anotó una frase estremecedora: “Aquí no es que no haya libertad. Es peor: no se nota su falta”. Más que la represión en sí, revelaba algo más profundo, la desaparición del deseo de libertad, y constataba que los españoles “se han conformado con su pobreza”. Alberto Santamaría lo llama el principio Aub: la capacidad del poder para producir un sentido común donde la ausencia de libertad y de justicia social se vuelve invisible. Pier Paolo Pasolini lo formularía años después a su manera: “Creo, y lo creo profundamente, que el verdadero fascismo es eso que los sociólogos, con excesiva bondad, han denominado «la sociedad de consumo»”; no el de las camisas negras , sino el que ha impuesto un único modelo de vida.

Ese es el terreno sobre el que germina el neoliberalismo español, que no llegó como un trasplante anglosajón en los años ochenta, sino como un virus de expansión parsimoniosa pero inexorable que muta en función del contexto. En España encontró el huésped perfecto del nacionalcatolicismo y la retórica del esfuerzo de origen religioso (sacrificio, abnegación, disciplina) se resignificó en clave productiva, de tal modo que el sujeto-trabajador ya no se redimía ante Dios sino ante el mercado.

La genealogía de esa retórica atesora una trayectoria tan continua como implacable. En 1942, el Caudillo de España por una gracia de Dios emitió en Lugo una confesión que condensa el cinismo fundacional del régimen: “Nuestra Cruzada es la única lucha en que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Y habló de construir una “minoría selecta por su fe y por su espíritu”. Veinte años después, en pleno desarrollismo tecnocrático (estamos ahora en 1961), la retórica se adaptó pasando de la cruzada, precisamente, a “un gigantesco esfuerzo y sacrificio vivido heroicamente con ánimo de salvación”, siendo interpelado el sujeto nacional a afanarse por un destino común. Entretanto, las nuevas escuelas de negocios (IESE, ESADE, ICADE), la Asociación para el Progreso de la Dirección y el Opus Dei difundían la “buena nueva” de la gestión empresarial y la gestión de personal se transformaba en producción del mismo; nacía el empresario-héroe.

Pero la línea no se interrumpe con la llamada democracia. En 2012, en lo peor de la crisis económica, el campechano Borbón apelaba a la “responsabilidad, solidaridad, templanza y espíritu de sacrificio”; M punto Rajoy, no muy ajeno a las exhortaciones del Generalísmo, a “una nación dispuesta a sacrificarse para conquistar un futuro mejor”; Cristóbal Montoro, por su parte, con lenguaje contable, proclamaba en el Congreso español que “Nos conviene renunciar a lo que no es financiable” mientras defendía el mayor recorte de gasto público del período posfranquista advirtiendo de que “de la crisis se sale trabajando más”: la inmolación ya no se invocaba en nombre de Dios ni de la patria, sino de la sostenibilidad fiscal, mientras la renuncia se presentaba no como una decisión política sino como una ley natural de la economía. El mamporrero de las Azores lo formuló sin rodeos en 2023 apostando por “volver al rigor económico aunque eso signifique pasar apuros” y el año pasado afirmaba que “el populismo es entregar dinero a costa de los que producen”. Por su parte, la versión del PP con esteroides, Vox, ha radicalizado ese marco con su “cultura del esfuerzo” frente a la “cultura del subsidio”, con las paguitas como comodín despectivo.

Obviamente, sabemos que todas estas exhortaciones al sacrificio no están exentas de la más cruda hipocresía y quienes lo invocan no son ejemplos de austeridad. “Ese hombre” de El Ferrol se enriqueció con la guerra que decía librar por la patria. El Emérito emiratí ha acumulado un fortunón opaco al calor del trono español; Aznar percibe una pensión vitalicia de 79.336 euros anuales, dispone de coche oficial con conductor pagado con fondos públicos, su fundación FAES recibe más de un millón de euros en subvenciones cada año (además de donaciones privadas de Florentino Pérez o Juan Roig), Rupert Murdoch le ha retribuido como consejero de News Corp con más de 5 millones de dólares desde 2006, a todo ello se suma su puesto como miembro del Consejo Asesor Internacional de Barrick Gold (la mayor productora de oro del mundo), su hijo Alonso dirige Afiniti en España (empresa con matriz en el paraíso fiscal de Bermudas y de la que el propio padre es administrador de la sociedad offshore) y su también vástago José María Aznar Botella reluce en el negocio inmobiliario liderando la cadena de apartamentos turísticos de lujo Copla Living. Montoro está hoy imputado por presuntamente haber cobrado a través de su despacho Equipo Económico para favorecer con cambios legislativos a empresas gasísticas. En cuanto a Vox, recibe decenas de millones de euros desde 2021 en subvenciones públicas. La exhortación al sacrificio de Feijóo no busca repartir el coste, sino legitimar que unos pocos sigan acumulando mientras la mayoría renuncia.

Sin embargo, el entramado discursivo es siempre el mismo, construir una dicotomía moral entre productores y parásitos, y funciona entre amplias capas de la sociedad que dejan de percibir al trabajador como obrero (sujeto político con derechos y potencial conflicto de clase) y lo conciben como operario (ejecutor de tareas, mera pieza en el engranaje productivo). Alfons Aragoneses, en Neofascismo. La bestia neoliberal, documenta cómo la retórica fascista y franquista (valga la redundancia) ya operaba esa transformación, no dirigiéndose a un sujeto con conciencia de clase sino despolitizando a este y presentando el trabajo como un acto de sumisión a la comunidad al tiempo que construía al enemigo interno (el sindicalista, el huelguista; en definitiva, el rojo) como amenaza. En el mismo volumen, Guamán y Pérez Rey periodizan un derecho del trabajo fascista que precede al capitalista y al neoliberal, y que ya trataba al trabajador como enemigo potencial. El neoliberalismo no inventa esa operación pero la hereda y la muta: quien recibe una ayuda no se esfuerza y quien no se esfuerza no la merece. La paguita no designa propiamente una prestación concreta sino un sujeto sospechoso y esa gramática se recita en la calle: cuando en una manifestación con reivindicaciones sociales algún espontáneo nos increpa gritándonos “poneros a trabajar” (¿a quién no le ha pasado?), no está inventando un insulto; antes bien, está simplemente reproduciendo el sentido común producido durante décadas y que Santamaría llama “ciudadanía de baja intensidad”, es decir, un inconformismo mercantil (ascender, trepar, competir) dependiente del conformismo político. El régimen generó sujetos con poca capacidad para ejercer sus derechos, reducidos a la condición de electores periódicos, sin poder sustantivo para cuestionar el sistema que los precariza, tan ocupados en escalar que no cuestionan el sistema que les obliga a hacerlo.

El principio Aub enseña que el poder no se sostiene solo con discursos explícitos; se sustenta, sobre todo, con un doble movimiento: la construcción del olvido (lo que no se recuerda no se reclama) y la gestión de lo invisible (lo que no se nombra no se discute). Sobre ese vaporoso terreno de las emociones, los afectos y las aspiraciones se libra hoy buena parte de la batalla política en la que el sacrificio es un significante en disputa cuyo significado ha logrado fijar la derecha en clave neoliberal (esfuerzo individual, productividad, desprecio a las ayudas) pero que no es natural ni inevitable. Manuel Monereo intenta contraponer al sacrificio neoliberal otro de carácter solidario y, frente al desarrollo como negocio, un nuevo desarrollismo democrático y planificado.

Churchill ofrecía sangre, sudor y lágrimas y sudor quedándose en Londres frente a los ataques alemanes; Feijóo… en fin. La diferencia es toda la distancia entre un líder y un gestor de la desigualdad. Si el franquismo logró que no se notara la falta de libertad ni la de justicia social, el neoliberalismo ha heredado esa misma operación: gestionar los límites de lo decible y pensable para invisibilizar la injusticia. No pidamos más sacrificio; al contrario, hagamos visible quién paga el que ya se está haciendo. Y disputemos, con ello, el sentido mismo de la palabra.

El 13 de mayo de 1940 Winston Churchill pedía en la Cámara de los Comunes británica “sangre, sudor y lágrimas” y, por aquello que decía Karl Marx de que la historia ocurre primero como tragedia y se repite después como farsa, Alberto Núñez Feijóo prometió en un mitin hace unos días “un Gobierno que os pida sacrificio”. Hay quien ha visto en esta frase un desliz poco atinado desde el punto de vista de la mercadotecnia electoral; “está diciendo que nos van a crujir como lleguen a La Moncloa”, ha pensado más de uno, con motivos. Sin embargo, puede que haya que tomarse el mensaje en serio porque quizá sea la reactivación del significante más antiguo y  eficaz de la derecha española.

Aunque mientras Churchill ofrecía lo mismo que pedía y Feijóo pide y no ofrece, la involuntaria parodia sabe qué fibras tocar y dónde hacerlo. En 1969, el escritor Max Aub regresó a Barcelona tras treinta años de exilio, un viaje del que nació La gallina ciega, diario donde anotó una frase estremecedora: “Aquí no es que no haya libertad. Es peor: no se nota su falta”. Más que la represión en sí, revelaba algo más profundo, la desaparición del deseo de libertad, y constataba que los españoles “se han conformado con su pobreza”. Alberto Santamaría lo llama el principio Aub: la capacidad del poder para producir un sentido común donde la ausencia de libertad y de justicia social se vuelve invisible. Pier Paolo Pasolini lo formularía años después a su manera: “Creo, y lo creo profundamente, que el verdadero fascismo es eso que los sociólogos, con excesiva bondad, han denominado «la sociedad de consumo»”; no el de las camisas negras , sino el que ha impuesto un único modelo de vida.

Ese es el terreno sobre el que germina el neoliberalismo español, que no llegó como un trasplante anglosajón en los años ochenta, sino como un virus de expansión parsimoniosa pero inexorable que muta en función del contexto. En España encontró el huésped perfecto del nacionalcatolicismo y la retórica del esfuerzo de origen religioso (sacrificio, abnegación, disciplina) se resignificó en clave productiva, de tal modo que el sujeto-trabajador ya no se redimía ante Dios sino ante el mercado.

La genealogía de esa retórica atesora una trayectoria tan continua como implacable. En 1942, el Caudillo de España por una gracia de Dios emitió en Lugo una confesión que condensa el cinismo fundacional del régimen: “Nuestra Cruzada es la única lucha en que los ricos que fueron a la guerra salieron más ricos”. Y habló de construir una “minoría selecta por su fe y por su espíritu”. Veinte años después, en pleno desarrollismo tecnocrático (estamos ahora en 1961), la retórica se adaptó pasando de la cruzada, precisamente, a “un gigantesco esfuerzo y sacrificio vivido heroicamente con ánimo de salvación”, siendo interpelado el sujeto nacional a afanarse por un destino común. Entretanto, las nuevas escuelas de negocios (IESE, ESADE, ICADE), la Asociación para el Progreso de la Dirección y el Opus Dei difundían la “buena nueva” de la gestión empresarial y la gestión de personal se transformaba en producción del mismo; nacía el empresario-héroe.

Pero la línea no se interrumpe con la llamada democracia. En 2012, en lo peor de la crisis económica, el campechano Borbón apelaba a la “responsabilidad, solidaridad, templanza y espíritu de sacrificio”; M punto Rajoy, no muy ajeno a las exhortaciones del Generalísmo, a “una nación dispuesta a sacrificarse para conquistar un futuro mejor”; Cristóbal Montoro, por su parte, con lenguaje contable, proclamaba en el Congreso español que “Nos conviene renunciar a lo que no es financiable” mientras defendía el mayor recorte de gasto público del período posfranquista advirtiendo de que “de la crisis se sale trabajando más”: la inmolación ya no se invocaba en nombre de Dios ni de la patria, sino de la sostenibilidad fiscal, mientras la renuncia se presentaba no como una decisión política sino como una ley natural de la economía. El mamporrero de las Azores lo formuló sin rodeos en 2023 apostando por “volver al rigor económico aunque eso signifique pasar apuros” y el año pasado afirmaba que “el populismo es entregar dinero a costa de los que producen”. Por su parte, la versión del PP con esteroides, Vox, ha radicalizado ese marco con su “cultura del esfuerzo” frente a la “cultura del subsidio”, con las paguitas como comodín despectivo.

Obviamente, sabemos que todas estas exhortaciones al sacrificio no están exentas de la más cruda hipocresía y quienes lo invocan no son ejemplos de austeridad. “Ese hombre” de El Ferrol se enriqueció con la guerra que decía librar por la patria. El Emérito emiratí ha acumulado un fortunón opaco al calor del trono español; Aznar percibe una pensión vitalicia de 79.336 euros anuales, dispone de coche oficial con conductor pagado con fondos públicos, su fundación FAES recibe más de un millón de euros en subvenciones cada año (además de donaciones privadas de Florentino Pérez o Juan Roig), Rupert Murdoch le ha retribuido como consejero de News Corp con más de 5 millones de dólares desde 2006, a todo ello se suma su puesto como miembro del Consejo Asesor Internacional de Barrick Gold (la mayor productora de oro del mundo), su hijo Alonso dirige Afiniti en España (empresa con matriz en el paraíso fiscal de Bermudas y de la que el propio padre es administrador de la sociedad offshore) y su también vástago José María Aznar Botella reluce en el negocio inmobiliario liderando la cadena de apartamentos turísticos de lujo Copla Living. Montoro está hoy imputado por presuntamente haber cobrado a través de su despacho Equipo Económico para favorecer con cambios legislativos a empresas gasísticas. En cuanto a Vox, recibe decenas de millones de euros desde 2021 en subvenciones públicas. La exhortación al sacrificio de Feijóo no busca repartir el coste, sino legitimar que unos pocos sigan acumulando mientras la mayoría renuncia.

Sin embargo, el entramado discursivo es siempre el mismo, construir una dicotomía moral entre productores y parásitos, y funciona entre amplias capas de la sociedad que dejan de percibir al trabajador como obrero (sujeto político con derechos y potencial conflicto de clase) y lo conciben como operario (ejecutor de tareas, mera pieza en el engranaje productivo). Alfons Aragoneses, en Neofascismo. La bestia neoliberal, documenta cómo la retórica fascista y franquista (valga la redundancia) ya operaba esa transformación, no dirigiéndose a un sujeto con conciencia de clase sino despolitizando a este y presentando el trabajo como un acto de sumisión a la comunidad al tiempo que construía al enemigo interno (el sindicalista, el huelguista; en definitiva, el rojo) como amenaza. En el mismo volumen, Guamán y Pérez Rey periodizan un derecho del trabajo fascista que precede al capitalista y al neoliberal, y que ya trataba al trabajador como enemigo potencial. El neoliberalismo no inventa esa operación pero la hereda y la muta: quien recibe una ayuda no se esfuerza y quien no se esfuerza no la merece. La paguita no designa propiamente una prestación concreta sino un sujeto sospechoso y esa gramática se recita en la calle: cuando en una manifestación con reivindicaciones sociales algún espontáneo nos increpa gritándonos “poneros a trabajar” (¿a quién no le ha pasado?), no está inventando un insulto; antes bien, está simplemente reproduciendo el sentido común producido durante décadas y que Santamaría llama “ciudadanía de baja intensidad”, es decir, un inconformismo mercantil (ascender, trepar, competir) dependiente del conformismo político. El régimen generó sujetos con poca capacidad para ejercer sus derechos, reducidos a la condición de electores periódicos, sin poder sustantivo para cuestionar el sistema que los precariza, tan ocupados en escalar que no cuestionan el sistema que les obliga a hacerlo.

El principio Aub enseña que el poder no se sostiene solo con discursos explícitos; se sustenta, sobre todo, con un doble movimiento: la construcción del olvido (lo que no se recuerda no se reclama) y la gestión de lo invisible (lo que no se nombra no se discute). Sobre ese vaporoso terreno de las emociones, los afectos y las aspiraciones se libra hoy buena parte de la batalla política en la que el sacrificio es un significante en disputa cuyo significado ha logrado fijar la derecha en clave neoliberal (esfuerzo individual, productividad, desprecio a las ayudas) pero que no es natural ni inevitable. Manuel Monereo intenta contraponer al sacrificio neoliberal otro de carácter solidario y, frente al desarrollo como negocio, un nuevo desarrollismo democrático y planificado.

Churchill ofrecía sangre, sudor y lágrimas y sudor quedándose en Londres frente a los ataques alemanes; Feijóo… en fin. La diferencia es toda la distancia entre un líder y un gestor de la desigualdad. Si el franquismo logró que no se notara la falta de libertad ni la de justicia social, el neoliberalismo ha heredado esa misma operación: gestionar los límites de lo decible y pensable para invisibilizar la injusticia. No pidamos más sacrificio; al contrario, hagamos visible quién paga el que ya se está haciendo. Y disputemos, con ello, el sentido mismo de la palabra.

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