viéndolas venir

Un Rey celestinesco para arreglar lo de Ceuta

El rey se vuelve para preguntarle a la niña si ha visto lo que ha dicho, y la niña compone una cara antológica que resume las consecuencias del amor, de que alguien te prefiera por encima de todo: del arreglo de tu ciudad patas arriba, del cole, del Rey de España.

  • El Rey de España con unos niños en un colegio ceutí.

Qué ternura de Rey celestinesco. Tenía que ser Ceuta la ciudad española, y africana, que nos reconciliase con el ser humano a pesar de tantos pesares desde este pasado verano que no terminar de pasar. Y además con unos elementos que en principio nos parecerían tan contradictorios: unos niños pequeños de los que solo sabemos que él es Mohamed y ella, simplemente ella; un colegio con el nombre de nuestro Premio Nobel de Literatura en 1977 Vicente Aleixandre; una crisis migratoria y fronteriza de por medio; y un rey que es nuestro Rey, el último Borbón cuya transparencia en su actitud obliga a que no nos caiga mal.

El instante es histórico y la lección es para no olvidarla, supongo que ya la han visto aunque no hayan reparado del todo: el monarca le pregunta al niño que qué es lo que más le gusta del cole. Y, de entre todas las cosas que podrían pasársele por la cabeza al mismísimo Rey, suelta el niño que “Ella”, y la señala. A la chica con que comparte pupitre y recortables.

El rey se vuelve para preguntarle a la niña si ha visto lo que ha dicho, y la niña compone una cara antológica que resume las consecuencias del amor, de que alguien te prefiera por encima de todo: del arreglo de tu ciudad patas arriba, del propio colegio, del Rey de España. La cara de la niña, entre tímida, feliz y consciente, es la cara de la esperanza del ser humano.  

Porque pueden arribar peligros a la costa, pueden invadir la ciudad en la que vives y puede venir a tu cole el Rey de España en persona si quiere o si lo dejan, incluso sentarse en tu pupitre como si nada, por peregrino que parezca todo esto. Puede ocurrir. Es posible que el Rey no venga solo, sino con el presidente de tu ciudad autónoma, y con una nube de periodistas y fotógrafos que todo lo convierten en circo, incluso un día normal de clases, un miércoles en medio de cualquier parte. No es descabellado pensar que incluso salgas en el telediario de mediodía, con don Felipe sin saber qué hacer con el cetro real, y que tu mínima conversación con el monarca se haga viral y se repita en todas las cadenas de televisión como un bucle ya sin sentido.

Puede que cueste creerlo, pero es posible que ocurra. Que el Rey te sonría, que te pregunte aparentando comodidad cuando en realidad no cabe en la sillita de niños donde se le ha ocurrido hacer un alto en el camino. Y que te pregunte, por romper el hielo o porque sabe que ahí va a regalar un corte para los informativos, qué es lo que más te gusta del cole, como una pregunta tonta, tontorrona, tontísima, propia de reyes que se dejan caer entre sus súbditos, aunque tú no sepas qué es eso de súbdito; la típica pregunta de quien cree que su interrogante es de plástico y que la respuesta que obtendrá será igualmente de plástico. Y va y se equivoca. Y surge el milagro.

Porque tú, ni corto ni perezoso, Mohamed, con toda tu infancia a cuestas y con tu adolescencia prematura en la yema de tu dedo índice, no tienes más cabeza que para ella. De hecho en ese instante en que el Rey te pone en bandeja la posibilidad de que te declares, no pierdes la oportunidad histórica y levantas la mano y arrojas el índice de tu mano derecha, lánguidamente, y dices bajito que “Ella”, sin más. Y es el Rey, allí agachado sobre la sillita minúscula, con todo el pupitre inundado de recortables y el aula llena de gente importante pululando y esperando que el monarca se levante para la siguiente cosa mariposa, en ese momento, digo, es el Rey el que descubre que ni todo lo que allí se cuece, ni Ceuta ni Melilla ni el Estrecho ni las diferencias entre moros y cristianos o españoles y marroquíes ni las precipitadas elecciones generales son tan importantes como vuestra historia sin contar aún.

Y por eso se vuelve, entre feliz y envidioso de envidia sana y sorprendido y jocoso para preguntarle a ella si ha visto lo que tú has dicho. Si lo ha visto, le dice, no si lo ha oído, sino si lo ha visto, porque las cosas importantes que el otro dice hay que verlas con los ojos y con los oídos y hasta con las manos. Y la chica hace un gesto de feliz resignación que nos ha reconciliado a todos con la vida, ancha y presurosa que sigue fluyendo por debajo de esta otra vida que se empeñan en que creamos. Y es entonces, viendo la cara del niño decidido y de la niña felicísima, cuando nosotros nos preguntamos, más asombrados que nadie, cómo es que nos cuesta tanto volver a ser como niños para darnos cuenta de lo que verdaderamente importa.

Gracias, Felipe, por hacerlo posible.

Qué ternura de Rey celestinesco. Tenía que ser Ceuta la ciudad española, y africana, que nos reconciliase con el ser humano a pesar de tantos pesares desde este pasado verano que no terminar de pasar. Y además con unos elementos que en principio nos parecerían tan contradictorios: unos niños pequeños de los que solo sabemos que él es Mohamed y ella, simplemente ella; un colegio con el nombre de nuestro Premio Nobel de Literatura en 1977 Vicente Aleixandre; una crisis migratoria y fronteriza de por medio; y un rey que es nuestro Rey, el último Borbón cuya transparencia en su actitud obliga a que no nos caiga mal.

El instante es histórico y la lección es para no olvidarla, supongo que ya la han visto aunque no hayan reparado del todo: el monarca le pregunta al niño que qué es lo que más le gusta del cole. Y, de entre todas las cosas que podrían pasársele por la cabeza al mismísimo Rey, suelta el niño que “Ella”, y la señala. A la chica con que comparte pupitre y recortables.

El rey se vuelve para preguntarle a la niña si ha visto lo que ha dicho, y la niña compone una cara antológica que resume las consecuencias del amor, de que alguien te prefiera por encima de todo: del arreglo de tu ciudad patas arriba, del propio colegio, del Rey de España. La cara de la niña, entre tímida, feliz y consciente, es la cara de la esperanza del ser humano.  

Porque pueden arribar peligros a la costa, pueden invadir la ciudad en la que vives y puede venir a tu cole el Rey de España en persona si quiere o si lo dejan, incluso sentarse en tu pupitre como si nada, por peregrino que parezca todo esto. Puede ocurrir. Es posible que el Rey no venga solo, sino con el presidente de tu ciudad autónoma, y con una nube de periodistas y fotógrafos que todo lo convierten en circo, incluso un día normal de clases, un miércoles en medio de cualquier parte. No es descabellado pensar que incluso salgas en el telediario de mediodía, con don Felipe sin saber qué hacer con el cetro real, y que tu mínima conversación con el monarca se haga viral y se repita en todas las cadenas de televisión como un bucle ya sin sentido.

Puede que cueste creerlo, pero es posible que ocurra. Que el Rey te sonría, que te pregunte aparentando comodidad cuando en realidad no cabe en la sillita de niños donde se le ha ocurrido hacer un alto en el camino. Y que te pregunte, por romper el hielo o porque sabe que ahí va a regalar un corte para los informativos, qué es lo que más te gusta del cole, como una pregunta tonta, tontorrona, tontísima, propia de reyes que se dejan caer entre sus súbditos, aunque tú no sepas qué es eso de súbdito; la típica pregunta de quien cree que su interrogante es de plástico y que la respuesta que obtendrá será igualmente de plástico. Y va y se equivoca. Y surge el milagro.

Porque tú, ni corto ni perezoso, Mohamed, con toda tu infancia a cuestas y con tu adolescencia prematura en la yema de tu dedo índice, no tienes más cabeza que para ella. De hecho en ese instante en que el Rey te pone en bandeja la posibilidad de que te declares, no pierdes la oportunidad histórica y levantas la mano y arrojas el índice de tu mano derecha, lánguidamente, y dices bajito que “Ella”, sin más. Y es el Rey, allí agachado sobre la sillita minúscula, con todo el pupitre inundado de recortables y el aula llena de gente importante pululando y esperando que el monarca se levante para la siguiente cosa mariposa, en ese momento, digo, es el Rey el que descubre que ni todo lo que allí se cuece, ni Ceuta ni Melilla ni el Estrecho ni las diferencias entre moros y cristianos o españoles y marroquíes ni las precipitadas elecciones generales son tan importantes como vuestra historia sin contar aún.

Y por eso se vuelve, entre feliz y envidioso de envidia sana y sorprendido y jocoso para preguntarle a ella si ha visto lo que tú has dicho. Si lo ha visto, le dice, no si lo ha oído, sino si lo ha visto, porque las cosas importantes que el otro dice hay que verlas con los ojos y con los oídos y hasta con las manos. Y la chica hace un gesto de feliz resignación que nos ha reconciliado a todos con la vida, ancha y presurosa que sigue fluyendo por debajo de esta otra vida que se empeñan en que creamos. Y es entonces, viendo la cara del niño decidido y de la niña felicísima, cuando nosotros nos preguntamos, más asombrados que nadie, cómo es que nos cuesta tanto volver a ser como niños para darnos cuenta de lo que verdaderamente importa.

Gracias, Felipe, por hacerlo posible.

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