En el camerino del Falla con Las Niñas de Cádiz, su ritual y la función por hacer: "Me doy cachetadas, vivo del teatro"
La compañía, camino de la década y cargada de cientos de bolos y reconocimientos, ha levantado el telón de la 41 edición del FIT de Cádiz con 'La reina brava', dos noches de Shakespeare a la gaditana —la segunda hoy jueves— con un Gran Teatro Falla expectante y a reventar de público. lavozdelsur.es las ha acompañado en las horas previas a su gran noche
La puerta trasera del Gran Teatro Falla es un ir y venir, un salir y entrar, dos horas y media antes de que comience la función. No es una noche cualquiera. Arranca la 41.ª edición del Festival Iberoamericano de Teatro (FIT) de Cádiz y levanta el telón a lo grande: dos noches consecutivas con La reina brava, la última producción de Las Niñas de Cádiz. Apenas han quedado entradas ni para este pasado miércoles ni para la tarde-noche de este jueves. Dos millares de almas de Cadi, Cadi, y de quienes vienen a Cádiz cada año persiguiendo la mágica experiencia de convivir y asistir a un festival único, capaz de tender puentes y de hacer dialogar los más diversos acentos y territorios.
Nos recibe Ana López Segovia (Zaragoza, 1974; Hija Adoptiva de Cádiz desde el pasado julio). "Estoy acojonati", es lo primero que le sale al recibir a lavozdelsur.es a la autora y directora de una compañía que va camino de la década de existencia. Un grupo teatral andaluz que tomó el quiñonesco testigo de Chirigóticas y que mantiene unas constantes vitales y una identidad tan marcada como reconocible, pero al tiempo capaz de reinventarse en cada texto (aquí, un Shakespeare contemporáneo) y en cada puesta en escena (un salón del trono a punto de verse salpicado de sangre).
Recorren los pasillos hacia el camerino Rocío Segovia (Cádiz, 1986) y Alicia Rodríguez (Sevilla, 1975), las otras integrantes de este trío que ha hecho de la sátira, el esperpento y el ingenio esencialmente gaditano un género teatral propio. Antes pisamos el escenario. Bea Francos, que entre otras cosas diseña las luces del espectáculo, marca la cuenta atrás: cuándo y cómo sonará el timbre, cuándo entrará el público... y ruega puntualidad. "Joe, será para lo único que somos puntuales en Cádiz…", suelta una de estas Niñas, curtidas ya por unos 60 bolos con este último trabajo. Un espectáculo que, desde su estreno en mayo del año pasado, se ha alzado con el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Teatro Vegas Bajas y con dos galardones en los Premios José Estruch 2026: Mejor Autoría (Ana López Segovia) y Mejor Actriz (Alicia Rodríguez).
"Tráete todas las gomillas que puedas…", pide Rocío por teléfono. La plancha, las botellas de agua, el vestuario, las bombillas de los espejos del camerino, la voz calentando y una ventana abierta que deja ver la calle trasera del Gran Teatro Falla de Cádiz. Bajo uno de los espejos, un reguero de estampas de Vírgenes y Cristos junto a la botella de Anís del Mono que sirve siempre para terminar de calentar la garganta. El ritual de Las Niñas incluye unos minutos de recogimiento ante las imágenes, un ‘matraquito’ de anís con un brindis y una retahíla de "mucha mierda, señoras" entre unas y otras.
Por los pasillos del Falla, con las últimas indicaciones.
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JUAN CARLOS TORO
"¿La crítica que más nos preocupa mañana? La de Manuela", responden sin lugar a dudas. Manuela Segovia es la que Ana llama “la mamma”, la madre que parió a Ana, Alejandra y Rocío, las niñas que un día dijeron que querían ser artistas. Falta Alejandra, que en este montaje queda como responsable de producción, dándose un parón tras el estrés infinito de viajes y bolos por todos los rincones de la península y más allá.
Cuando recibió el título de Hija Adoptiva, Ana López Segovia publicó: "Hoy algunas personas se han enterado de que soy una farsante. No nací en Cádiz, no soy una niña de Cádiz. Soy hija de una linense emigrante y de un cordobés ferroviario que se casaron en Zaragoza, donde tuvieron a tres de sus hijos. Mis padres, cuando yo aún no tenía cinco años, volvieron a su tierra, porque querían que sus hijos fuéramos andaluces. Vivimos en Jerez, en la Sierra de Córdoba… y finalmente Cádiz. Yo tenía 11 años, y el conocimiento suficiente para comprender que había encontrado mi lugar en el mundo. Lo que nunca imaginé es todo lo que me iba a dar Cádiz".
Y Cádiz le dio este pasado miércoles por la noche una nueva puerta grande en el FIT, ante la mirada de propios y extraños; muchos de esos extraños son también propios: programadores latinoamericanos, aficionados porteños, teatreros y teatreras irredentos. "Uy, me acabo de acordar de que hay que sacar los programas de mano", interrumpe Ana, enfrascada, como en cualquier compañía modesta, en lo grueso y en lo fino.
Las Niñas de Cádiz, antes de saltar a escena.
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JUAN CARLOS TORO
"Aquí la gente sabe"
Ana ha perdido la cuenta de las veces que ha pisado estas tablas. Con La Zaranda, con Chirigóticas, con Las Niñas… "Actuando, entre ocho y nueve veces...", calcula. Con Chirigóticas y su Juanita calamidad ya inauguraron hace más de una década el FIT. Y, aun así, los nervios son los de la primera vez: "Yo estoy atacada", insiste. De niña, reconoce, no se podía imaginar algo así.
Rocío pone palabras a lo que impone el Falla. “Es un teatro que Cádiz tiene como gran institución. La gente viene con mucho cariño a vernos, pero a la vez hay algo de no quererles defraudar", explica. El escenario del Concurso de Agrupaciones en época de Carnaval pesa: aquí siempre hay una especie de evaluación, "porque la gente de aquí sabe. Siempre están esperando el triple salto mortal". Y, sobre todo, escucha. "Es un público muy apasionado, que se involucra mucho. Creo que en ningún sitio se escucha como se escucha aquí. Está vivo y late".
Alicia Rodríguez también conoce la casa. Ha actuado tres veces en el Falla, la primera con una función infantil en inglés, de la compañía en la que pasó años haciendo teatro para niños. Guarda un recuerdo de plena pandemia: “Había un momento de la función en el que se escuchaba el mar. Se creaba un silencio y lo oímos. Se me puso el vello de punta. La realidad se acababa de hacer verdad en la mentira del teatro", reflexiona la actriz sevillana, integrada en Las Niñas tras pasar por la compañía La Estampida, liderada por el también actor, director y dramaturgo gaditano José Troncoso.
Rocío López Segovia: "(en el Falla) Siempre están esperando el triple salto mortal; la gente de aquí sabe"
El Shakespeare de Las Niñas
Pero volvamos a este Shakespeare de Las Niñas. La semilla de La reina brava la plantó hace años una amiga, Violeta Hernández: "Ana, ¿cuándo vas a hacer un Shakespeare?". "Y yo le decía: hombre, Shakespeare son palabras mayores, entre otras cosas por el nivel de profundidad psicológica", rememora. La respuesta llegó con un documental sobre el asesinato de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, tiroteada en 2014 en una pasarela de la ciudad. "Eran personajes de Shakespeare. Todos. En el juicio, medio locos… La ambición, la fuerza de las pasiones. Pero claro, esto pasa en España, y no es como en Shakespeare: es esperpéntico. La que lían por una oposición, la madre y la hija… Es Berlanga. Superan a Valle-Inclán. Y dije: pues aquí tenemos el Shakespeare de Las Niñas". Y así parió este texto que es sátira, tragicomedia y ópera bufa en la métrica carnavalera del tres por cuatro.
Así nace este drama satírico ibérico, con tintes shakesperianos y ecos del romancero castellano, reza la sinopsis. "La historia del asesinato de una reina a la que todos odian, pero a la que nadie se atreve a enfrentar. Solo una madre será capaz de saltarse todas las normas para dar muerte, sin misericordia, a la mujer que ha destrozado la vida de su hija. Después vendrán el revuelo, la conmoción, un juicio vergonzante en el que todos mienten y una implacable condena al olvido".
Hija adoptiva de Cádiz, en el patio de butacas del Gran Teatro Falla.
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JUAN CARLOS TORO
"Lo que no sabía era el lío en el que me metía", confiesa esta licenciada en Filología Hispánica amante del romancero en Carnaval y de las tardes de verano en las playas de Cádiz. "De entrada lo vi fácil, pero ha sido muy difícil construir el espectáculo, sobre todo dejar la historia original y dar el salto a algo más atemporal". El caso real obligaba a medir cada paso. "Es una señora que te caerá mejor o peor, pero a la que asesinaron a balazos en un puente. Vamos con mucho respeto. Sin caer en la parodia, pero la farsa, la sátira… Al final, lo que nos rodea nos lleva a eso". Y lo que rodea es, entre otras cosas, la corrupción, que recorre toda la obra y que, lamenta, "está otra vez de plena actualidad. Lo que estamos viviendo supera la ficción una vez más".
No es la primera vez que la compañía encuentra la risa dentro de la tragedia. En 2021, con El viento es salvaje, Ana lo explicaba en estas páginas sin rodeos: la tragedia griega, decía, es una telenovela, y si le das la vuelta con perspectiva, claro que puede tener humor. Ese humor negro, tan gaditano y tan flamenco, que te hace reír mientras te tapas la boca, es el mismo que late en esta corte de intrigas.
En la compañía todas hacen un poco de todo. López Segovia coloca los programas de mano en el vestíbulo del Falla, este pasado miércoles.
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JUAN CARLOS TORO
La actriz, directora y dramaturga conversa con lavozdelsur.es con la función por hacer.
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JUAN CARLOS TORO
60 funciones y un chiste nuevo
La reina brava llega al FIT más que rodada, y eso da tranquilidad. Los espectáculos, explica Ana, crecen con las funciones. "Cuando llevas 20 bolos dices: esto ya está. Y de pronto vas por el 30 y dices: no, ahora es cuando está". Como directora, ha ido ajustando sobre la marcha. "Es imposible que una cosa esté desde el principio. Tiene que ir haciéndose poco a poco: este movimiento no, vamos a reformular esto… Algunas cosas sí he tocado, pero en lo esencial, sobre todo el texto, es prácticamente el mismo del estreno. Cuando se trabaja con versos es más difícil tocar texto".
Lo que sí entra y sale es la actualidad. "Aunque a veces parezca que no, en el fondo no perdemos el carnaval, que hace muchas alusiones a la realidad inmediata. Sin caer en lo vulgar y en lo fácil… o eso pretendemos. Igual somos vulgares y chabacanas, qué sé yo", se ríe. "Un guiño a la actualidad nos da el punch, y al público lo agarras. Le estás hablando de algo que le interpela". Sin ir más lejos, el otro día metieron un chiste nuevo, sin revelar cuál.
Tres reinas bravas
"Esta producción es un poquito más especial. Es la primera vez que no están Teresa Quintero ni Alejandra", cuenta Ana. Alejandra se ha tomado un año sabático. Teresa, atrapada por sus papeles en televisión, no podía ni ir a los ensayos ni garantizar que estaría en las funciones. "Termina reventada de grabar entre semana, y luego el fin de semana irse de bolos..., con lo cansado que es eso”. Así que se liaron la manta a la cabeza las tres. Esta noche, Teresa estará en el patio de butacas. "Yo creo que es sano parar un poco a veces, pero por otra parte, es muy doloroso. Y más para ellas, supongo".
La compañía va camino de la década, aunque a ellas les cueste creérselo. "Todavía tenemos la idea de que somos una compañía joven, comparada con Chirigóticas. Pero de nueva nada: diez años". ¿Y cómo se sobrevive a tanto tiempo juntas? Aquí no hay golpes de Estado… ni decapitaciones, como en Juego de Tronos. "Hay que tener mucha delicadeza".
Alicia no llega de nuevas. Había sido cover de Teresa muchas veces, ya desde Chirigóticas; había trabajado con ellas en ayudantías de dirección y en la compañía de Troncoso. Los lazos vienen incluso de lejos: cuando Ana dejó un piso compartido en Madrid, fue Alicia quien se quedó con su habitación. "Ya teníamos ahí problemas con la vivienda", bromean, en un guiño directo a la actualidad.
Con su participación en la compañía, resume Alicia, "estoy encantada, una experiencia increíble". Ana no escatima elogios: "Es una actriz de muchos quilates. Una verdadera actriz". Porque ella dirige, dice, pero también observa: "Hay mucho de ver cómo respira el actor y decir: a ver qué me ofrece".
Rocío, la pequeña de las hermanas, encarna en esta obra a la niña buena y ambiciosa, "a la que todo le sale bien y de pronto hay algo que le sale mal". A dos horas de salir a escena, confiesa estar "muy nerviosa". "Y además se me ha olvidado todo el texto", suelta entre risas.
"Me doy cachetadas: vivo de esto"
Hace años, en una entrevista en una cafetería junto al Teatro Pavón en Madrid, la pregunta a Ana López Segovia era si resultaba más difícil ser autónoma que artista. Una década después, la actriz gaditana vive de lo que le apasiona. "Tenemos una suerte… Yo me levanto por las mañanas y me doy cachetadas. Digo: esto que está sucediendo es verdad. Es que yo vivo de esto".
Parte del mérito, quiere subrayar, también es de su distribuidor, César Arias Barrientos. Al principio decían que sí a todo: un día en Gijón y al siguiente en Almería. Ahora pueden permitirse elegir. "Ya nos llaman de los sitios, ya nos esperan. Y te puedes permitir decir: este fin de semana no, que no nos vamos a pegar la paliza, mételo más adelante".
La mujer en la escena: "Ahora ves una pandilla de niñas de 30, de 35, de 40 años que vienen con otra actitud. No vienen pidiendo permiso. ¡Qué lección!"
El FIT, le recordaba hace unos días su directora, Mónica Yuste, es también un trampolín, y al otro lado del Atlántico Latinoamérica espera a Las Niñas. "Ojalá". El camino ya está abierto: Las Bingueras de Eurípides se ha representado durante dos temporadas en Buenos Aires, en una adaptación porteña a cargo de una compañía local. Pero Ana sueña con llevar allí El viento es salvaje. “Tengo la paranoia de Buenos Aires con El viento. Cuando conoces Buenos Aires ves el sello de los exiliados, la relación tan profunda que hay, aunque La reina brava también encajaría. Allí no andan mal de corrupción, ¿eh?", ironiza.
Ana López Segovia, en los momentos previos a la función.
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JUAN CARLOS TORO
Bea Francos supervisa la escena.
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JUAN CARLOS TORO
Sin pedir permiso
En diez o quince años, el papel de la mujer al frente de la escena ha cambiado radicalmente, y Ana lo ha vivido en carne propia. "Me he dado cuenta de lo supermachista que yo era. Primero, por no permitirme a mí misma dar este paso. Siempre piensas que un hombre lo va a hacer mejor que tú". Cuando iba al teatro, sus referentes eran siempre masculinos. Llevaba años escribiendo, en el carnaval y fuera de él, pero el teatro no entraba en sus planes. "Yo decía: no, yo soy actriz. Y de hecho sigo sintiéndome actriz. Pero en tu cabeza no cabe eso. Tienes la predisposición, te sale, pero no te haces mucho caso".
Hoy mira con admiración, y algo de envidia sana, a las creadoras que llegan detrás. "Ahora ves una pandilla de niñas de 30, de 35, de 40 años que vienen con otra actitud. No vienen pidiendo permiso. ¡Qué lección!". ¿Tiempo perdido? "Esa es la sensación que tengo, pero las cosas llegan cuando tienen que llegar. He tenido la suerte de trabajar con los mejores, con los más grandes maestros. Ha sido un tiempo de aprendizaje".
Recogimiento, concentración y una ayuda para la garganta.
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JUAN CARLOS TORO
Imponente aspecto del teatro gaditano, horas antes de la función.
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JUAN CARLOS TORO
Las estampas y los vasos de chupito, en el camerino.
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JUAN CARLOS TORO
Santa Librada y las causas imposibles
Antes de despedirnos, el altar. Cada estampa tiene su historia. La de Santa Librada viene de un paseo por Sevilla, por la calle Córdoba, junto a El Salvador: una puertecita, un patio de aire mozárabe y, al fondo, lo que Ana creyó un Cristo crucificado. “Conforme me iba acercando digo: que no es un Cristo, que es una mujer crucificada. Me impactó tanto… Y me encomendé”. Junto a ella, la Virgen de Grazalema y, en lugar de honor, San Judas Tadeo, el de las causas imposibles. Siempre presente. Por si acaso.
Suena el primer timbre. Ana ya ha sacado los programas de mano, Bea Francos tiene todo a punto y en algún lugar del patio de butacas esperan Teresa y Manuela, las críticas que más importan. En La reina brava, a la soberana a la que nadie se atreve a enfrentar le aguardan un juicio en el que todos mienten y una implacable condena al olvido. A estas otras reinas, bravas y gaditanas, Cádiz les reserva justo lo contrario: un teatro que escucha como ningún otro y un trono que nadie les disputa con una ovación cerrada y la reverencia de la eterna irreverencia tan gaditanísima.
La puerta trasera del Gran Teatro Falla es un ir y venir, un salir y entrar, dos horas y media antes de que comience la función. No es una noche cualquiera. Arranca la 41.ª edición del Festival Iberoamericano de Teatro (FIT) de Cádiz y levanta el telón a lo grande: dos noches consecutivas con La reina brava, la última producción de Las Niñas de Cádiz. Apenas han quedado entradas ni para este pasado miércoles ni para la tarde-noche de este jueves. Dos millares de almas de Cadi, Cadi, y de quienes vienen a Cádiz cada año persiguiendo la mágica experiencia de convivir y asistir a un festival único, capaz de tender puentes y de hacer dialogar los más diversos acentos y territorios.
Nos recibe Ana López Segovia (Zaragoza, 1974; Hija Adoptiva de Cádiz desde el pasado julio). "Estoy acojonati", es lo primero que le sale al recibir a lavozdelsur.es a la autora y directora de una compañía que va camino de la década de existencia. Un grupo teatral andaluz que tomó el quiñonesco testigo de Chirigóticas y que mantiene unas constantes vitales y una identidad tan marcada como reconocible, pero al tiempo capaz de reinventarse en cada texto (aquí, un Shakespeare contemporáneo) y en cada puesta en escena (un salón del trono a punto de verse salpicado de sangre).
Recorren los pasillos hacia el camerino Rocío Segovia (Cádiz, 1986) y Alicia Rodríguez (Sevilla, 1975), las otras integrantes de este trío que ha hecho de la sátira, el esperpento y el ingenio esencialmente gaditano un género teatral propio. Antes pisamos el escenario. Bea Francos, que entre otras cosas diseña las luces del espectáculo, marca la cuenta atrás: cuándo y cómo sonará el timbre, cuándo entrará el público... y ruega puntualidad. "Joe, será para lo único que somos puntuales en Cádiz…", suelta una de estas Niñas, curtidas ya por unos 60 bolos con este último trabajo. Un espectáculo que, desde su estreno en mayo del año pasado, se ha alzado con el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Teatro Vegas Bajas y con dos galardones en los Premios José Estruch 2026: Mejor Autoría (Ana López Segovia) y Mejor Actriz (Alicia Rodríguez).
"Tráete todas las gomillas que puedas…", pide Rocío por teléfono. La plancha, las botellas de agua, el vestuario, las bombillas de los espejos del camerino, la voz calentando y una ventana abierta que deja ver la calle trasera del Gran Teatro Falla de Cádiz. Bajo uno de los espejos, un reguero de estampas de Vírgenes y Cristos junto a la botella de Anís del Mono que sirve siempre para terminar de calentar la garganta. El ritual de Las Niñas incluye unos minutos de recogimiento ante las imágenes, un ‘matraquito’ de anís con un brindis y una retahíla de "mucha mierda, señoras" entre unas y otras.
Por los pasillos del Falla, con las últimas indicaciones.
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JUAN CARLOS TORO
"¿La crítica que más nos preocupa mañana? La de Manuela", responden sin lugar a dudas. Manuela Segovia es la que Ana llama “la mamma”, la madre que parió a Ana, Alejandra y Rocío, las niñas que un día dijeron que querían ser artistas. Falta Alejandra, que en este montaje queda como responsable de producción, dándose un parón tras el estrés infinito de viajes y bolos por todos los rincones de la península y más allá.
Cuando recibió el título de Hija Adoptiva, Ana López Segovia publicó: "Hoy algunas personas se han enterado de que soy una farsante. No nací en Cádiz, no soy una niña de Cádiz. Soy hija de una linense emigrante y de un cordobés ferroviario que se casaron en Zaragoza, donde tuvieron a tres de sus hijos. Mis padres, cuando yo aún no tenía cinco años, volvieron a su tierra, porque querían que sus hijos fuéramos andaluces. Vivimos en Jerez, en la Sierra de Córdoba… y finalmente Cádiz. Yo tenía 11 años, y el conocimiento suficiente para comprender que había encontrado mi lugar en el mundo. Lo que nunca imaginé es todo lo que me iba a dar Cádiz".
Y Cádiz le dio este pasado miércoles por la noche una nueva puerta grande en el FIT, ante la mirada de propios y extraños; muchos de esos extraños son también propios: programadores latinoamericanos, aficionados porteños, teatreros y teatreras irredentos. "Uy, me acabo de acordar de que hay que sacar los programas de mano", interrumpe Ana, enfrascada, como en cualquier compañía modesta, en lo grueso y en lo fino.
Las Niñas de Cádiz, antes de saltar a escena.
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JUAN CARLOS TORO
"Aquí la gente sabe"
Ana ha perdido la cuenta de las veces que ha pisado estas tablas. Con La Zaranda, con Chirigóticas, con Las Niñas… "Actuando, entre ocho y nueve veces...", calcula. Con Chirigóticas y su Juanita calamidad ya inauguraron hace más de una década el FIT. Y, aun así, los nervios son los de la primera vez: "Yo estoy atacada", insiste. De niña, reconoce, no se podía imaginar algo así.
Rocío pone palabras a lo que impone el Falla. “Es un teatro que Cádiz tiene como gran institución. La gente viene con mucho cariño a vernos, pero a la vez hay algo de no quererles defraudar", explica. El escenario del Concurso de Agrupaciones en época de Carnaval pesa: aquí siempre hay una especie de evaluación, "porque la gente de aquí sabe. Siempre están esperando el triple salto mortal". Y, sobre todo, escucha. "Es un público muy apasionado, que se involucra mucho. Creo que en ningún sitio se escucha como se escucha aquí. Está vivo y late".
Alicia Rodríguez también conoce la casa. Ha actuado tres veces en el Falla, la primera con una función infantil en inglés, de la compañía en la que pasó años haciendo teatro para niños. Guarda un recuerdo de plena pandemia: “Había un momento de la función en el que se escuchaba el mar. Se creaba un silencio y lo oímos. Se me puso el vello de punta. La realidad se acababa de hacer verdad en la mentira del teatro", reflexiona la actriz sevillana, integrada en Las Niñas tras pasar por la compañía La Estampida, liderada por el también actor, director y dramaturgo gaditano José Troncoso.
Rocío López Segovia: "(en el Falla) Siempre están esperando el triple salto mortal; la gente de aquí sabe"
El Shakespeare de Las Niñas
Pero volvamos a este Shakespeare de Las Niñas. La semilla de La reina brava la plantó hace años una amiga, Violeta Hernández: "Ana, ¿cuándo vas a hacer un Shakespeare?". "Y yo le decía: hombre, Shakespeare son palabras mayores, entre otras cosas por el nivel de profundidad psicológica", rememora. La respuesta llegó con un documental sobre el asesinato de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León, tiroteada en 2014 en una pasarela de la ciudad. "Eran personajes de Shakespeare. Todos. En el juicio, medio locos… La ambición, la fuerza de las pasiones. Pero claro, esto pasa en España, y no es como en Shakespeare: es esperpéntico. La que lían por una oposición, la madre y la hija… Es Berlanga. Superan a Valle-Inclán. Y dije: pues aquí tenemos el Shakespeare de Las Niñas". Y así parió este texto que es sátira, tragicomedia y ópera bufa en la métrica carnavalera del tres por cuatro.
Así nace este drama satírico ibérico, con tintes shakesperianos y ecos del romancero castellano, reza la sinopsis. "La historia del asesinato de una reina a la que todos odian, pero a la que nadie se atreve a enfrentar. Solo una madre será capaz de saltarse todas las normas para dar muerte, sin misericordia, a la mujer que ha destrozado la vida de su hija. Después vendrán el revuelo, la conmoción, un juicio vergonzante en el que todos mienten y una implacable condena al olvido".
Hija adoptiva de Cádiz, en el patio de butacas del Gran Teatro Falla.
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JUAN CARLOS TORO
"Lo que no sabía era el lío en el que me metía", confiesa esta licenciada en Filología Hispánica amante del romancero en Carnaval y de las tardes de verano en las playas de Cádiz. "De entrada lo vi fácil, pero ha sido muy difícil construir el espectáculo, sobre todo dejar la historia original y dar el salto a algo más atemporal". El caso real obligaba a medir cada paso. "Es una señora que te caerá mejor o peor, pero a la que asesinaron a balazos en un puente. Vamos con mucho respeto. Sin caer en la parodia, pero la farsa, la sátira… Al final, lo que nos rodea nos lleva a eso". Y lo que rodea es, entre otras cosas, la corrupción, que recorre toda la obra y que, lamenta, "está otra vez de plena actualidad. Lo que estamos viviendo supera la ficción una vez más".
No es la primera vez que la compañía encuentra la risa dentro de la tragedia. En 2021, con El viento es salvaje, Ana lo explicaba en estas páginas sin rodeos: la tragedia griega, decía, es una telenovela, y si le das la vuelta con perspectiva, claro que puede tener humor. Ese humor negro, tan gaditano y tan flamenco, que te hace reír mientras te tapas la boca, es el mismo que late en esta corte de intrigas.
En la compañía todas hacen un poco de todo. López Segovia coloca los programas de mano en el vestíbulo del Falla, este pasado miércoles.
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JUAN CARLOS TORO
La actriz, directora y dramaturga conversa con lavozdelsur.es con la función por hacer.
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JUAN CARLOS TORO
60 funciones y un chiste nuevo
La reina brava llega al FIT más que rodada, y eso da tranquilidad. Los espectáculos, explica Ana, crecen con las funciones. "Cuando llevas 20 bolos dices: esto ya está. Y de pronto vas por el 30 y dices: no, ahora es cuando está". Como directora, ha ido ajustando sobre la marcha. "Es imposible que una cosa esté desde el principio. Tiene que ir haciéndose poco a poco: este movimiento no, vamos a reformular esto… Algunas cosas sí he tocado, pero en lo esencial, sobre todo el texto, es prácticamente el mismo del estreno. Cuando se trabaja con versos es más difícil tocar texto".
Lo que sí entra y sale es la actualidad. "Aunque a veces parezca que no, en el fondo no perdemos el carnaval, que hace muchas alusiones a la realidad inmediata. Sin caer en lo vulgar y en lo fácil… o eso pretendemos. Igual somos vulgares y chabacanas, qué sé yo", se ríe. "Un guiño a la actualidad nos da el punch, y al público lo agarras. Le estás hablando de algo que le interpela". Sin ir más lejos, el otro día metieron un chiste nuevo, sin revelar cuál.
Tres reinas bravas
"Esta producción es un poquito más especial. Es la primera vez que no están Teresa Quintero ni Alejandra", cuenta Ana. Alejandra se ha tomado un año sabático. Teresa, atrapada por sus papeles en televisión, no podía ni ir a los ensayos ni garantizar que estaría en las funciones. "Termina reventada de grabar entre semana, y luego el fin de semana irse de bolos..., con lo cansado que es eso”. Así que se liaron la manta a la cabeza las tres. Esta noche, Teresa estará en el patio de butacas. "Yo creo que es sano parar un poco a veces, pero por otra parte, es muy doloroso. Y más para ellas, supongo".
La compañía va camino de la década, aunque a ellas les cueste creérselo. "Todavía tenemos la idea de que somos una compañía joven, comparada con Chirigóticas. Pero de nueva nada: diez años". ¿Y cómo se sobrevive a tanto tiempo juntas? Aquí no hay golpes de Estado… ni decapitaciones, como en Juego de Tronos. "Hay que tener mucha delicadeza".
Alicia no llega de nuevas. Había sido cover de Teresa muchas veces, ya desde Chirigóticas; había trabajado con ellas en ayudantías de dirección y en la compañía de Troncoso. Los lazos vienen incluso de lejos: cuando Ana dejó un piso compartido en Madrid, fue Alicia quien se quedó con su habitación. "Ya teníamos ahí problemas con la vivienda", bromean, en un guiño directo a la actualidad.
Con su participación en la compañía, resume Alicia, "estoy encantada, una experiencia increíble". Ana no escatima elogios: "Es una actriz de muchos quilates. Una verdadera actriz". Porque ella dirige, dice, pero también observa: "Hay mucho de ver cómo respira el actor y decir: a ver qué me ofrece".
Rocío, la pequeña de las hermanas, encarna en esta obra a la niña buena y ambiciosa, "a la que todo le sale bien y de pronto hay algo que le sale mal". A dos horas de salir a escena, confiesa estar "muy nerviosa". "Y además se me ha olvidado todo el texto", suelta entre risas.
"Me doy cachetadas: vivo de esto"
Hace años, en una entrevista en una cafetería junto al Teatro Pavón en Madrid, la pregunta a Ana López Segovia era si resultaba más difícil ser autónoma que artista. Una década después, la actriz gaditana vive de lo que le apasiona. "Tenemos una suerte… Yo me levanto por las mañanas y me doy cachetadas. Digo: esto que está sucediendo es verdad. Es que yo vivo de esto".
Parte del mérito, quiere subrayar, también es de su distribuidor, César Arias Barrientos. Al principio decían que sí a todo: un día en Gijón y al siguiente en Almería. Ahora pueden permitirse elegir. "Ya nos llaman de los sitios, ya nos esperan. Y te puedes permitir decir: este fin de semana no, que no nos vamos a pegar la paliza, mételo más adelante".
La mujer en la escena: "Ahora ves una pandilla de niñas de 30, de 35, de 40 años que vienen con otra actitud. No vienen pidiendo permiso. ¡Qué lección!"
El FIT, le recordaba hace unos días su directora, Mónica Yuste, es también un trampolín, y al otro lado del Atlántico Latinoamérica espera a Las Niñas. "Ojalá". El camino ya está abierto: Las Bingueras de Eurípides se ha representado durante dos temporadas en Buenos Aires, en una adaptación porteña a cargo de una compañía local. Pero Ana sueña con llevar allí El viento es salvaje. “Tengo la paranoia de Buenos Aires con El viento. Cuando conoces Buenos Aires ves el sello de los exiliados, la relación tan profunda que hay, aunque La reina brava también encajaría. Allí no andan mal de corrupción, ¿eh?", ironiza.
Ana López Segovia, en los momentos previos a la función.
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JUAN CARLOS TORO
Bea Francos supervisa la escena.
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JUAN CARLOS TORO
Sin pedir permiso
En diez o quince años, el papel de la mujer al frente de la escena ha cambiado radicalmente, y Ana lo ha vivido en carne propia. "Me he dado cuenta de lo supermachista que yo era. Primero, por no permitirme a mí misma dar este paso. Siempre piensas que un hombre lo va a hacer mejor que tú". Cuando iba al teatro, sus referentes eran siempre masculinos. Llevaba años escribiendo, en el carnaval y fuera de él, pero el teatro no entraba en sus planes. "Yo decía: no, yo soy actriz. Y de hecho sigo sintiéndome actriz. Pero en tu cabeza no cabe eso. Tienes la predisposición, te sale, pero no te haces mucho caso".
Hoy mira con admiración, y algo de envidia sana, a las creadoras que llegan detrás. "Ahora ves una pandilla de niñas de 30, de 35, de 40 años que vienen con otra actitud. No vienen pidiendo permiso. ¡Qué lección!". ¿Tiempo perdido? "Esa es la sensación que tengo, pero las cosas llegan cuando tienen que llegar. He tenido la suerte de trabajar con los mejores, con los más grandes maestros. Ha sido un tiempo de aprendizaje".
Recogimiento, concentración y una ayuda para la garganta.
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JUAN CARLOS TORO
Imponente aspecto del teatro gaditano, horas antes de la función.
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JUAN CARLOS TORO
Las estampas y los vasos de chupito, en el camerino.
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JUAN CARLOS TORO
Santa Librada y las causas imposibles
Antes de despedirnos, el altar. Cada estampa tiene su historia. La de Santa Librada viene de un paseo por Sevilla, por la calle Córdoba, junto a El Salvador: una puertecita, un patio de aire mozárabe y, al fondo, lo que Ana creyó un Cristo crucificado. “Conforme me iba acercando digo: que no es un Cristo, que es una mujer crucificada. Me impactó tanto… Y me encomendé”. Junto a ella, la Virgen de Grazalema y, en lugar de honor, San Judas Tadeo, el de las causas imposibles. Siempre presente. Por si acaso.
Suena el primer timbre. Ana ya ha sacado los programas de mano, Bea Francos tiene todo a punto y en algún lugar del patio de butacas esperan Teresa y Manuela, las críticas que más importan. En La reina brava, a la soberana a la que nadie se atreve a enfrentar le aguardan un juicio en el que todos mienten y una implacable condena al olvido. A estas otras reinas, bravas y gaditanas, Cádiz les reserva justo lo contrario: un teatro que escucha como ningún otro y un trono que nadie les disputa con una ovación cerrada y la reverencia de la eterna irreverencia tan gaditanísima.
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