La penumbra de la sacristía olía a parafina, a madera rancia y a ese silencio espeso que solo habita en los rincones donde la conciencia humana decide descargarse de su propio peso. Al otro lado de la rejilla, apenas una sombra recortada contra el tenue resplandor de un cirio votivo. El penitente no venía a confesar faltas privadas, desvíos de alcoba, ni pequeñas mezquindades domésticas. Traía el mapa de la desolación pública, el catálogo completo de las inercias que gobiernan la vida civil y que habían convertido su espíritu en un páramo yermo.
—Padre, perdóname, porque he pecado, y lo peor es que lo he hecho contagiado por el ejemplo de quienes mandan —susurró el feligrés con un temblor en la voz que mezclaba el hastío y la rabia.
El sacerdote, con la paciencia acumulada tras décadas de escuchar miserias que siempre se repiten bajo disfraces distintos, ajustó su estola.
—Dime hijo. Empieza por el principio. Dios escucha, pero sobre todo exige verdad.
—Empiezo por el octavo mandamiento, padre: no levantarás falsos testimonios ni mentirás. Pero es que hoy la mentira ya no es un pecado que queme la garganta; es una herramienta de trabajo, un método de gestión, un lenguaje oficial. Se miente con una ligereza pasmosa, sin que a nadie se le mueva una ceja, sin peso ni responsabilidad alguna. Prometen cosas que saben que son imposibles, niegan evidencias que están impresas en el Boletín Oficial, cambian de criterio con la velocidad de una veleta y cuando se descubre el engaño, no hay rubor, ni dimisión, ni disculpa. Solo una pirueta dialéctica para decir que la realidad es la que ellos deciden que sea.
El sacerdote suspiró, apoyando la barbilla en las manos entrelazadas sobre el breviario.
—La mentira institucionalizada, hijo mío, es una forma de desprecio hacia el prójimo. Quien miente desde el poder no solo deforma los hechos; aniquila la confianza, que es el cemento invisible que mantiene unida a una sociedad. Cuando la palabra de un representante público deja de valer nada, la democracia entera se convierte en un mercado persa donde todo vale. ¿Y qué más te pesa en la conciencia?
—El quinto mandamiento, padre: no matarás. Pero no hablo de la muerte física, de la sangre en las manos o del plomo. Hablo de matar en vida. De la muerte civil y anímica a la que se condena a millones de ciudadanos con decisiones económicas y sociales tomadas desde la frialdad de un Excel, minusvalorando su capacidad para poder seguir tirando hacia adelante. Cuando a una familia se le asfixia con la subida constante del coste de la vida mientras se despilfarran recursos públicos en propaganda y asesores; cuando se le niega la dignidad a un joven que no puede emanciparse o a un anciano que hace cuentas con una pensión de miseria; cuando se legisla de espaldas al sufrimiento real, se está matando la esperanza. Y matar la esperanza es la forma más cruel de asesinato, porque dejas el cuerpo intacto pero le robas al ciudadano las ganas y los medios para sostenerse en pie.
Un silencio denso, interrumpido apenas por el parpadeo de la llama de la vela cercana, se instaló entre ambos. El sacerdote inclinó ligeramente la cabeza, reconociendo en aquel alegato el dolor sordo que cada día llegaba al confesionario desde la calle.
—Esa violencia de guante blanco es quizás más perniciosa que la otra —murmuró el cura—, porque no deja huellas visibles en los telediarios, pero desgasta el alma colectiva hasta dejarla hueca. ¿Hay algo más que turbe tu descanso?
—Sí, padre. La huida. La absoluta incapacidad que demuestran muchos dirigentes para asumir responsabilidades y dar la cara. Cuando se les acorrala con preguntas incómodas, con datos incontestables, con la verdad de sus propios errores, no dan la cara; dan evasivas. Responden a lo que no se les ha preguntado, desvían la atención hacia culpables fantasmales, atacan al mensajero y se escudan en argumentarios de partido que parecen redactados por un autómata sin alma. ¿Hasta cuándo, padre? ¿Hasta cuándo va a tener que seguir soportando la gente sensata este circo de cinismo, esta falta total de rendición de cuentas, este desprecio absoluto hacia la inteligencia colectiva? ¿Por qué parece que para ellos las reglas del juego democrático son inexistentes?
El sacerdote guardó unos instantes de silencio. Luego, con voz firme pero compasiva, posó la mano simbólicamente sobre la rejilla.
—Hijo, me pides cuentas de una paciencia ciudadana que parece infinita, pero la paciencia de los pueblos no es eterna; a veces es solo acumulación de silencio antes de la tormenta. Te confiesas de los pecados de otros porque los sufres como propios, y ese dolor tuyo es, en realidad, un síntoma de salud moral. No te resignes a normalizar lo intolerable.
El viejo sacerdote trazó una cruz al aire.
—Yo te absuelvo de la desesperanza, que es el único pecado mortal que hoy nos acecha. Te doy la penitencia de mantener la memoria intacta, de no dejarte anestesiar por el ruido.
La puerta de la sacristía crujió al cerrarse, dejando al hombre solo de nuevo cavilando bajo la penumbra de la iglesia. Fuera, en la calle, la maquinaria de la política seguía su curso inmutable, ajena al temblor de las conciencias y al desgaste de las palabras. Nos han gobernado tanto tiempo con la mentira y con la indolencia que hemos terminado por aceptar la indignidad como el clima natural de nuestra convivencia. La democracia no se muere por falta de votos, sino por exceso de cinismo; se ahoga en el fango de una clase dirigente que ha confundido el servicio público con un cortijo particular y la decencia como un statu quo. Y ahí seguimos, esperando una absolución que no vendrá de los altares, sino del día en que los ciudadanos decidan, de una vez por todas, dejar de aplaudir a sus propios verdugos.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
La penumbra de la sacristía olía a parafina, a madera rancia y a ese silencio espeso que solo habita en los rincones donde la conciencia humana decide descargarse de su propio peso. Al otro lado de la rejilla, apenas una sombra recortada contra el tenue resplandor de un cirio votivo. El penitente no venía a confesar faltas privadas, desvíos de alcoba, ni pequeñas mezquindades domésticas. Traía el mapa de la desolación pública, el catálogo completo de las inercias que gobiernan la vida civil y que habían convertido su espíritu en un páramo yermo.
—Padre, perdóname, porque he pecado, y lo peor es que lo he hecho contagiado por el ejemplo de quienes mandan —susurró el feligrés con un temblor en la voz que mezclaba el hastío y la rabia.
El sacerdote, con la paciencia acumulada tras décadas de escuchar miserias que siempre se repiten bajo disfraces distintos, ajustó su estola.
—Dime hijo. Empieza por el principio. Dios escucha, pero sobre todo exige verdad.
—Empiezo por el octavo mandamiento, padre: no levantarás falsos testimonios ni mentirás. Pero es que hoy la mentira ya no es un pecado que queme la garganta; es una herramienta de trabajo, un método de gestión, un lenguaje oficial. Se miente con una ligereza pasmosa, sin que a nadie se le mueva una ceja, sin peso ni responsabilidad alguna. Prometen cosas que saben que son imposibles, niegan evidencias que están impresas en el Boletín Oficial, cambian de criterio con la velocidad de una veleta y cuando se descubre el engaño, no hay rubor, ni dimisión, ni disculpa. Solo una pirueta dialéctica para decir que la realidad es la que ellos deciden que sea.
El sacerdote suspiró, apoyando la barbilla en las manos entrelazadas sobre el breviario.
—La mentira institucionalizada, hijo mío, es una forma de desprecio hacia el prójimo. Quien miente desde el poder no solo deforma los hechos; aniquila la confianza, que es el cemento invisible que mantiene unida a una sociedad. Cuando la palabra de un representante público deja de valer nada, la democracia entera se convierte en un mercado persa donde todo vale. ¿Y qué más te pesa en la conciencia?
—El quinto mandamiento, padre: no matarás. Pero no hablo de la muerte física, de la sangre en las manos o del plomo. Hablo de matar en vida. De la muerte civil y anímica a la que se condena a millones de ciudadanos con decisiones económicas y sociales tomadas desde la frialdad de un Excel, minusvalorando su capacidad para poder seguir tirando hacia adelante. Cuando a una familia se le asfixia con la subida constante del coste de la vida mientras se despilfarran recursos públicos en propaganda y asesores; cuando se le niega la dignidad a un joven que no puede emanciparse o a un anciano que hace cuentas con una pensión de miseria; cuando se legisla de espaldas al sufrimiento real, se está matando la esperanza. Y matar la esperanza es la forma más cruel de asesinato, porque dejas el cuerpo intacto pero le robas al ciudadano las ganas y los medios para sostenerse en pie.
Un silencio denso, interrumpido apenas por el parpadeo de la llama de la vela cercana, se instaló entre ambos. El sacerdote inclinó ligeramente la cabeza, reconociendo en aquel alegato el dolor sordo que cada día llegaba al confesionario desde la calle.
—Esa violencia de guante blanco es quizás más perniciosa que la otra —murmuró el cura—, porque no deja huellas visibles en los telediarios, pero desgasta el alma colectiva hasta dejarla hueca. ¿Hay algo más que turbe tu descanso?
—Sí, padre. La huida. La absoluta incapacidad que demuestran muchos dirigentes para asumir responsabilidades y dar la cara. Cuando se les acorrala con preguntas incómodas, con datos incontestables, con la verdad de sus propios errores, no dan la cara; dan evasivas. Responden a lo que no se les ha preguntado, desvían la atención hacia culpables fantasmales, atacan al mensajero y se escudan en argumentarios de partido que parecen redactados por un autómata sin alma. ¿Hasta cuándo, padre? ¿Hasta cuándo va a tener que seguir soportando la gente sensata este circo de cinismo, esta falta total de rendición de cuentas, este desprecio absoluto hacia la inteligencia colectiva? ¿Por qué parece que para ellos las reglas del juego democrático son inexistentes?
El sacerdote guardó unos instantes de silencio. Luego, con voz firme pero compasiva, posó la mano simbólicamente sobre la rejilla.
—Hijo, me pides cuentas de una paciencia ciudadana que parece infinita, pero la paciencia de los pueblos no es eterna; a veces es solo acumulación de silencio antes de la tormenta. Te confiesas de los pecados de otros porque los sufres como propios, y ese dolor tuyo es, en realidad, un síntoma de salud moral. No te resignes a normalizar lo intolerable.
El viejo sacerdote trazó una cruz al aire.
—Yo te absuelvo de la desesperanza, que es el único pecado mortal que hoy nos acecha. Te doy la penitencia de mantener la memoria intacta, de no dejarte anestesiar por el ruido.
La puerta de la sacristía crujió al cerrarse, dejando al hombre solo de nuevo cavilando bajo la penumbra de la iglesia. Fuera, en la calle, la maquinaria de la política seguía su curso inmutable, ajena al temblor de las conciencias y al desgaste de las palabras. Nos han gobernado tanto tiempo con la mentira y con la indolencia que hemos terminado por aceptar la indignidad como el clima natural de nuestra convivencia. La democracia no se muere por falta de votos, sino por exceso de cinismo; se ahoga en el fango de una clase dirigente que ha confundido el servicio público con un cortijo particular y la decencia como un statu quo. Y ahí seguimos, esperando una absolución que no vendrá de los altares, sino del día en que los ciudadanos decidan, de una vez por todas, dejar de aplaudir a sus propios verdugos.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
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