Opinión

El horizonte no es lo que era

Mientras llega el apocalipsis zombi que nos anuncian, a muchos aún nos queda el recurso de coger el sueño, entretenidos, dale que te pego, con "la sonrisa vertical"

  • Donald Trump y Pedro Sánchez, en una pasada cumbre de la OTAN. -

Yo nací en una tierra llana, completamente rodeado de horizonte. Con esos principios, vivo siempre sediento de horizontes y con fobia a las montañas. Para mí, las montañas son muros que me tapan el horizonte. Nuestro mar de la infancia era de tierra labrada, festoneada de viñas y olivos lejanos. El mar de agua, ese que visitan los turistas embadurnados en protector solar, yo lo encuentro escaso de horizonte. La playa, por amplia que sea, tiene solo un cachito de horizonte. Si te das la vuelta y miras a tu espalda, el horizonte es un hotel, un edificio de apartamentos, o una montaña. Tengo comprobado que, a las montañas, les encanta tumbarse frente al mar formando una barrera costera.

El horizonte del cine de mi infancia era en Cinemascope. El horizonte era siempre el coprotagonista de las películas. A veces se llenaba con las casacas azules del Séptimo de Caballería y otras, con las hileras de carretas en caravana, que avanzaban inexorablemente hacia el Oeste. Mi horizonte infantil, muy a menudo, también era ocupado por Don Quijote de la Mancha, aunque la verdad es que, en las ilustraciones, el inmenso horizonte manchego aparecía ensombrecido por las amenazantes aspas gigantes de los molinos. 

Pasaron los años y ahora, el horizonte real, el topográfico, una vez conquistada la luna, dejó de tener interés. El horizonte actual es urbano y ya no es horizonte. Ahora lo llaman skyline. El horizonte de ahora ya es solo metafórico. En estos días, se habla mucho del “horizonte electoral” al que caminan, hombro con hombro en distintas direcciones, dos patos cojos: un tal Trump y un tal Sánchez. Bien entendido, que cada uno de estos dos caobois, busca horizontes diferentes. Pedro Sánchez pasa sus días preocupado por saber con qué adjetivo va a pasar a la historia. Trump no piensa. No lo necesita. Él solo se ocupa de la próxima putada que va a organizar.

El horizonte es horizontal, y por eso es igualitario y al serlo, es de izquierdas. La derecha adora lo vertical. Son la Haigh Class, y gritan “arriba España”. Su lema es el crecimiento constante y la subida de los beneficios. Para la diestra visión del mundo, el futuro es necesariamente vertical y en coherencia, muchos de ellos veneran los áticos. Por el contrario, el sueño y los sueños son horizontales. Así lo eran hasta hace poco. Pero mira por dónde, de un tiempo a esta parte, el horizonte de nuestra almohada, ha sido okupado por los ovnis. Nuestro placido horizonte ha sido sustituido por el chorizonte de Iker Jiménez. Afortunadamente, mientras llega el apocalipsis zombi que nos anuncian, a muchos aún nos queda el recurso de coger el sueño, entretenidos, dale que te pego, con “la sonrisa vertical”.

Yo nací en una tierra llana, completamente rodeado de horizonte. Con esos principios, vivo siempre sediento de horizontes y con fobia a las montañas. Para mí, las montañas son muros que me tapan el horizonte. Nuestro mar de la infancia era de tierra labrada, festoneada de viñas y olivos lejanos. El mar de agua, ese que visitan los turistas embadurnados en protector solar, yo lo encuentro escaso de horizonte. La playa, por amplia que sea, tiene solo un cachito de horizonte. Si te das la vuelta y miras a tu espalda, el horizonte es un hotel, un edificio de apartamentos, o una montaña. Tengo comprobado que, a las montañas, les encanta tumbarse frente al mar formando una barrera costera.

El horizonte del cine de mi infancia era en Cinemascope. El horizonte era siempre el coprotagonista de las películas. A veces se llenaba con las casacas azules del Séptimo de Caballería y otras, con las hileras de carretas en caravana, que avanzaban inexorablemente hacia el Oeste. Mi horizonte infantil, muy a menudo, también era ocupado por Don Quijote de la Mancha, aunque la verdad es que, en las ilustraciones, el inmenso horizonte manchego aparecía ensombrecido por las amenazantes aspas gigantes de los molinos. 

Pasaron los años y ahora, el horizonte real, el topográfico, una vez conquistada la luna, dejó de tener interés. El horizonte actual es urbano y ya no es horizonte. Ahora lo llaman skyline. El horizonte de ahora ya es solo metafórico. En estos días, se habla mucho del “horizonte electoral” al que caminan, hombro con hombro en distintas direcciones, dos patos cojos: un tal Trump y un tal Sánchez. Bien entendido, que cada uno de estos dos caobois, busca horizontes diferentes. Pedro Sánchez pasa sus días preocupado por saber con qué adjetivo va a pasar a la historia. Trump no piensa. No lo necesita. Él solo se ocupa de la próxima putada que va a organizar.

El horizonte es horizontal, y por eso es igualitario y al serlo, es de izquierdas. La derecha adora lo vertical. Son la Haigh Class, y gritan “arriba España”. Su lema es el crecimiento constante y la subida de los beneficios. Para la diestra visión del mundo, el futuro es necesariamente vertical y en coherencia, muchos de ellos veneran los áticos. Por el contrario, el sueño y los sueños son horizontales. Así lo eran hasta hace poco. Pero mira por dónde, de un tiempo a esta parte, el horizonte de nuestra almohada, ha sido okupado por los ovnis. Nuestro placido horizonte ha sido sustituido por el chorizonte de Iker Jiménez. Afortunadamente, mientras llega el apocalipsis zombi que nos anuncian, a muchos aún nos queda el recurso de coger el sueño, entretenidos, dale que te pego, con “la sonrisa vertical”.

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