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El error

El franquismo es algo muy genérico y no cogía el teléfono, no confeccionaba listas, no cargó un fusil, eso lo hicieron hombres con nombres y apellidos

  • Tumba de Queipo de Llano y de su esposa, Genoveva Martí Tovar, en la Basílica de la Macarena.

Quiero comenzar este escrito agradeciendo a Francisco Vigueras (Periodista y escritor. Coordinador de Granada Abierta. Portavoz de la Asociación Granadina, Verdad, Justicia y Reparación, su trabajo constante al frente de El último paseo, el homenaje que cada 18 de agosto recuerda a los asesinados en el Barranco de Víznar y reivindica algo tan elemental como justo: recuperar sus restos y devolverlos a sus familias.

¿Y si nos hubiéramos equivocado? Llevamos -todos- muchos años intentando abrir las cunetas y buscando cadáveres.

Hemos escrito mucho de García Lorca y de Blas Infante; hemos escrito de Madre Carmela, de Carmen Hombre y de Manuel Fernández-Montesinos. Reconstruimos sus últimos días, averiguamos a quién amaban, qué soñaban para Andalucía. Hacemos exposiciones, vemos sus fotos y cuando llega agosto recorremos los caminos que los llevaron hacia la muerte.

Pero apenas hablamos de Queipo de Llano, de Emilio Mola, Manuel Díaz Criado o Juan Yagüe, ¿Quiénes fueron Antonio Castejón, Bruno Ibáñez o José Valdés? Los hemos ido dejando desaparecer lentamente.

Deberíamos hablar más de Queipo. Explicar quién era, qué decía y que quería de Andalucía (no para Andalucía). Deberíamos contarle a nuestros jóvenes quién fue Mola, qué pensaba Yagüe, qué hacían Valdés y sus hombres en la Granada de 1936.

Porque también ellos formaron parte de nuestra historia, es más, eran los auténticos protagonistas, sin ellos no estaríamos hablando de todo esto, ellos golpearon y eliminaron un sistema democrático.

Ojo, no estoy proponiendo levantarles estatuas, ni que pongamos de nuevo sus nombres a las calles, lo que digo es justo lo contrario: que nos hemos equivocado al permitir que desaparezcan.

Nos hemos empeñado, con toda razón, en recuperar la memoria de quienes fueron torturados y asesinados, de las que fueron violadas y asesinadas y hemos dejado que quienes organizaron aquella carnicería se refugiaran detrás de una palabra: franquismo.

El franquismo es algo muy genérico y no cogía el teléfono, no confeccionaba listas, no cargó un fusil, eso lo hicieron hombres con nombres y apellidos.

Dadle café, mucho café” le dijo Queipo de Llano a José Valdés cuando este le preguntó qué hacían con Federico García Lorca. Café. Qué manera tan criminal de esconder un asesinato. Como si estuvieran en una reunión de amigos entre risas y no firmando sentencias de muerte.

Ese mismo ¿hombre? era el que cada noche se ponía detrás de un micrófono en la radio y soltaba proclamas como esta:

"Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen".

Andalucía tiene esa antigua y mala costumbre de querer más a sus muertos que de pedir cuentas a sus verdugos, y una cosa no quita la otra.

Pero una memoria construida solamente con víctimas corre el peligro de convertirse en una colección de estampas. Federico “el poeta asesinado”, Blas Infante “el de los andalucistas”, y miles de jornaleros, maestros, concejales, obreros y mujeres quedan convertidos en una multitud de inocentes sobre la que descendió una desgracia inexplicable.

Pero no fue una desgracia, fue una obra humana, una desgracia es un terremoto, un incendio, un accidente.

Hablamos de algo que tuvo arquitectos, capataces y albañiles. Por eso hay que hablar de Queipo. Y de Mola. Y de Yagüe. Y de Díaz Criado. Y de Castejón. Y de Bruno Ibáñez. Y de Valdés. Hay que conocer sus biografías, sus órdenes, sus discursos, sus responsabilidades y el mundo que pretendían construir. Hay que abrir los archivos y enseñar sus fotografías, para que nadie pueda decir que aquello ocurrió porque fue una guerra o porque, como suele decirse cuando faltan argumentos, «todos hicieron lo mismo», pero no todos hicieron lo mismo y, sobre todo, no todo ocurrió por casualidad.

La represión tuvo organización. Andalucía no amaneció una mañana llena de fosas por un capricho de la historia o por una “desgracia”. Para llenar una fosa primero hace falta alguien que decida quién debe ocuparla y eso es lo que quizá hemos explicado poco.

La memoria no puede quedarse sólo en el dolor. Debe servir también para entender, hace falta conocer bien a quienes torturaron y asesinaron ¿Perdón y conciliación? no estamos hablando de un pisotón en el transporte público.

Quiero artículos sobre Queipo de Llano, investigaciones sobre Díaz Criado, libros sobre Valdés, páginas enteras dedicadas a Mola y a Yagüe. Quiero saber qué dijeron y qué ordenaron.

A Federico seguiremos llevándole flores. A Blas Infante seguiremos llamándolo por su nombre. A quienes permanecen bajo la tierra habrá que seguir buscándolos hasta que no quede una familia esperando delante de una fosa.

Pero a los otros también habrá que sacarlos de donde se han escondido. Porque una tierra que recuerda a sus asesinados pero olvida quién los asesinó sólo conoce la mitad de su historia.

Y con media historia, tarde o temprano los herederos de los asesinos pueden recuperar el espacio que perdieron, no hay concordia para los asesinos.

Quiero comenzar este escrito agradeciendo a Francisco Vigueras (Periodista y escritor. Coordinador de Granada Abierta. Portavoz de la Asociación Granadina, Verdad, Justicia y Reparación, su trabajo constante al frente de El último paseo, el homenaje que cada 18 de agosto recuerda a los asesinados en el Barranco de Víznar y reivindica algo tan elemental como justo: recuperar sus restos y devolverlos a sus familias.

¿Y si nos hubiéramos equivocado? Llevamos -todos- muchos años intentando abrir las cunetas y buscando cadáveres.

Hemos escrito mucho de García Lorca y de Blas Infante; hemos escrito de Madre Carmela, de Carmen Hombre y de Manuel Fernández-Montesinos. Reconstruimos sus últimos días, averiguamos a quién amaban, qué soñaban para Andalucía. Hacemos exposiciones, vemos sus fotos y cuando llega agosto recorremos los caminos que los llevaron hacia la muerte.

Pero apenas hablamos de Queipo de Llano, de Emilio Mola, Manuel Díaz Criado o Juan Yagüe, ¿Quiénes fueron Antonio Castejón, Bruno Ibáñez o José Valdés? Los hemos ido dejando desaparecer lentamente.

Deberíamos hablar más de Queipo. Explicar quién era, qué decía y que quería de Andalucía (no para Andalucía). Deberíamos contarle a nuestros jóvenes quién fue Mola, qué pensaba Yagüe, qué hacían Valdés y sus hombres en la Granada de 1936.

Porque también ellos formaron parte de nuestra historia, es más, eran los auténticos protagonistas, sin ellos no estaríamos hablando de todo esto, ellos golpearon y eliminaron un sistema democrático.

Ojo, no estoy proponiendo levantarles estatuas, ni que pongamos de nuevo sus nombres a las calles, lo que digo es justo lo contrario: que nos hemos equivocado al permitir que desaparezcan.

Nos hemos empeñado, con toda razón, en recuperar la memoria de quienes fueron torturados y asesinados, de las que fueron violadas y asesinadas y hemos dejado que quienes organizaron aquella carnicería se refugiaran detrás de una palabra: franquismo.

El franquismo es algo muy genérico y no cogía el teléfono, no confeccionaba listas, no cargó un fusil, eso lo hicieron hombres con nombres y apellidos.

Dadle café, mucho café” le dijo Queipo de Llano a José Valdés cuando este le preguntó qué hacían con Federico García Lorca. Café. Qué manera tan criminal de esconder un asesinato. Como si estuvieran en una reunión de amigos entre risas y no firmando sentencias de muerte.

Ese mismo ¿hombre? era el que cada noche se ponía detrás de un micrófono en la radio y soltaba proclamas como esta:

"Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen".

Andalucía tiene esa antigua y mala costumbre de querer más a sus muertos que de pedir cuentas a sus verdugos, y una cosa no quita la otra.

Pero una memoria construida solamente con víctimas corre el peligro de convertirse en una colección de estampas. Federico “el poeta asesinado”, Blas Infante “el de los andalucistas”, y miles de jornaleros, maestros, concejales, obreros y mujeres quedan convertidos en una multitud de inocentes sobre la que descendió una desgracia inexplicable.

Pero no fue una desgracia, fue una obra humana, una desgracia es un terremoto, un incendio, un accidente.

Hablamos de algo que tuvo arquitectos, capataces y albañiles. Por eso hay que hablar de Queipo. Y de Mola. Y de Yagüe. Y de Díaz Criado. Y de Castejón. Y de Bruno Ibáñez. Y de Valdés. Hay que conocer sus biografías, sus órdenes, sus discursos, sus responsabilidades y el mundo que pretendían construir. Hay que abrir los archivos y enseñar sus fotografías, para que nadie pueda decir que aquello ocurrió porque fue una guerra o porque, como suele decirse cuando faltan argumentos, «todos hicieron lo mismo», pero no todos hicieron lo mismo y, sobre todo, no todo ocurrió por casualidad.

La represión tuvo organización. Andalucía no amaneció una mañana llena de fosas por un capricho de la historia o por una “desgracia”. Para llenar una fosa primero hace falta alguien que decida quién debe ocuparla y eso es lo que quizá hemos explicado poco.

La memoria no puede quedarse sólo en el dolor. Debe servir también para entender, hace falta conocer bien a quienes torturaron y asesinaron ¿Perdón y conciliación? no estamos hablando de un pisotón en el transporte público.

Quiero artículos sobre Queipo de Llano, investigaciones sobre Díaz Criado, libros sobre Valdés, páginas enteras dedicadas a Mola y a Yagüe. Quiero saber qué dijeron y qué ordenaron.

A Federico seguiremos llevándole flores. A Blas Infante seguiremos llamándolo por su nombre. A quienes permanecen bajo la tierra habrá que seguir buscándolos hasta que no quede una familia esperando delante de una fosa.

Pero a los otros también habrá que sacarlos de donde se han escondido. Porque una tierra que recuerda a sus asesinados pero olvida quién los asesinó sólo conoce la mitad de su historia.

Y con media historia, tarde o temprano los herederos de los asesinos pueden recuperar el espacio que perdieron, no hay concordia para los asesinos.

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