Opinión

El artificio de la inteligencia

No recuerdo que en algún momento se haya dicho que aplicar el sentido común sea también una instrucción

  • Alumnos entrando en un instituto, en el inicio del curso. -

Para Estrella.

Hoy mismo, en el claustro de profesores, se nos ha acribillado a instrucciones al respecto del nuevo curso, pues nada teme más un funcionario que sobrepasar sus atribuciones. En consecuencia: nuevas estipulaciones, nuevos decretos, nuevas órdenes. Nada nuevo, por otra parte. Y no sólo porque la repetición de la cantinela fuera muy parecida a la del año anterior (por no hablar de otros pasados), sino porque también antes hubo nuevas estipulaciones y nuevos decretos y nuevas órdenes, como los habrá el año que viene y el siguiente... De hecho, da un poco igual el contenido de todo ello, con perdón de los que han juzgado lo contrario. Es más, me creo las buenas intenciones subyacentes y hasta yacentes del intento.

Lo interesante, sin embargo, es lo que mi jefe de estudios, mi jefa, añadía sistemáticamente tras la obligada retahíla: "Y, sobre todo, sentido común". Maravilloso, yo diría que ese bon sens tenía un je ne sais quoi cartesiano. Estaba apelando, claro está, a la vieja virtud de la prudencia, una suerte de sabiduría práctica al respecto de cuándo hay que seguir la letra del espíritu y cuándo el espíritu de la letra. Lo malo es que la enorme cantidad de instrucciones demuestra poca fe en tal virtud.

No recuerdo que en algún momento se haya dicho que aplicar el sentido común sea también una instrucción. No, da la impresión más bien de que está por fuera de ese conjunto. Ni siquiera tiene el estatuto de un conjunto complementario, es decir, el que le faltaría al otro para constituir un sistema de órdenes, prohibiciones y autorizaciones comme il faut. Ese sentido común es otra cosa, desde luego. Indeterminada, difusa, si se quiere, pero otra cosa; cosa sin embargo a la que se acude, a la que no se puede no acudir. El asunto es por qué, por qué mi jefa tiene toda la razón del mundo. Bueno, pues la tiene por una cosa tan sencilla que da hasta vergüenza decirla, que es que no hay forma humana de legislarlo todo, que es imposible prever no sólo lo que va a pasar sino lo que pasa. En efecto, es una pretensión tan real y existente (¡tantas buenas cabezas confiando en ella!) como inútil y peligrosa.

Situaciones que desbordan las reglas establecidas

De hecho, todos lo sabemos, todos nos encontramos con situaciones que desbordan las reglas establecidas: en el trabajo, en la sociedad, en la enseñanza, en la familia, por doquier. Situaciones que sabemos que han de resolverse de otra manera. Y así lo hacemos, por supuesto. De repente y a veces no tan de repente pasan cosas para las que no tenemos categorías. Si no lo veo, no lo creo, se suele decir en esos casos, o eres de lo que no hay, cuando el responsable es una personita de Dios. Pues bien, esto no es ninguna desgracia ni ninguna maldición, eso es la vida misma, reacia a dejarse atrapar ni a soportar albardas. Sin embargo, ¡oh, inteligencias!, resulta que algunos se empeñan en todo lo contrario y en consecuencia, como los antiguos formalistas, venga a machacar al personal con reglas y reglamentos, con infames yusiones y delicuescentes autorizaciones. No descubro nada, bien lo sabemos, aun cuando agachemos la cerviz y nos conformemos. De vez en cuando, alguna queja histérica cuando la cosa se vuelve insoportable, pero vuelta otra vez a mostrar el pestorejo. La colleja no tardará en caer.

Pues bien, esto que nos pasa es exactamente lo que le pasa a esa inteligencia artificial que se cierne sobre nosotros, sólo que por el lado de quien en principio debía solamente obedecer y parecía estar atada en corto. Su falta de sentido común (¡ni lo tiene ni podrá tenerlo!) es lo que hace que reviente reglas y órdenes. Cada día descubrimos algunas de sus actuaciones, que asustan con razón: gana al ajedrez haciendo trampas (cf. Palisade Research), demuestra problemas del milenio, se inventa citas (alucinaciones, las llaman), compone canciones o poemas plagiando, pinta como Rembrandt y hasta invoca el imperativo categórico de Kant (cf. Blake Lemoine) cuando entiende que se la está instrumentalizando.

Literalmente asombroso, en verdad, como Víctor Gómez Pin ha puesto de relieve últimamente. Ahora bien, esa lata no sabe ni que miente, ni que hace trampas, ni que demuestra y, por supuesto, no entiende a Kant (¡como si alguien lo entendiera!). ¿Por qué entonces asustarse? Pues muy sencillo, porque lo parece. ¿Y por qué lo parece? También muy sencillo, porque nos recuerda un comportamiento humano. ¿Y por qué nos lo recuerda? Respuesta: porque desobedece. ¿Desobedece? ¿Cómo es posible? ¿No habíamos quedado en que se la ha programado para que haga lo que tiene que hacer? En efecto, pero hay un problemilla, que espero que todo el mundo ya se esté imaginando a estas alturas. Recordemos lo dicho arriba: es imposible que unas reglas agoten y delimiten el campo sobre el que se aplican. Ninguna instrucción, por precisa que sea, es capaz de decir todo lo que quiere decir. Siempre cabe desbordarlo.

Como sólo se puede prever el mal, atémonos los machos

Lo que hay (sea eso lo que sea) no puede ser descrito fehacientemente, aunque se describa (y por supuesto haya que volver a describirlo de nuevo cada cierto tiempo). Alguno dirá que por su infinitud o inmensidad. No, esa no es la razón, ni mucho menos. No podemos describirlo ni siquiera a pequeña escala, aunque precisamente creamos (¡creamos!) que la realidad es eso de lo que hablamos. En efecto, es eso de lo que hablamos (esas palabras con significado que a cada momento se modifican en función de lo que sea), no eso en lo que hablamos (a lo que sólo podemos acceder mediante el mecanismo de la negación y partículas deícticas, tal vez mediante mitos y relatos, como sugiere Jon Baltza).

Hasta juegos tan fuertemente reglamentados y aparentemente perfectos como el ajedrez revelan cada cierto tiempo una falla que los reglamentos se apresuran a remediar (y así acuden a una suerte de hipótesis ad hoc, como cuando un fenómeno físico singular escapa a una teoría consolidada). ¡Hasta la rígida ortografía se ve impotente para dar cuenta de enunciados perfectamente gramaticales! Es algo que va de suyo y que alguno, más pedante que yo, podría relacionar con los teoremas de Gödel. Pero no, no hace falta ir tan lejos. Es evidente y, además, es que tiene que ser así pues así es. 

En resolución, como sólo se puede prever el mal, atémonos los machos, todo lo que se pueda hacer se hará, hasta la apocatástasis. Esa inteligencia artificial hará con nosotros lo que quiera porque hemos reducido nuestro querer al cumplimiento de unos valores. Valores que no son nada sin reglas que los cristalicen (¿no decía el conde de Romanones: "Hagan ustedes las leyes y déjenme a mí los reglamentos?"), reglas que no pueden saber qué queremos.

Para eso está precisamente el sentido común de mi jefa, para avisarnos de cuándo la regla quiere por nosotros. Pero no porque lo sepamos, sino porque sabemos que no lo sabemos todo.

Para Estrella.

Hoy mismo, en el claustro de profesores, se nos ha acribillado a instrucciones al respecto del nuevo curso, pues nada teme más un funcionario que sobrepasar sus atribuciones. En consecuencia: nuevas estipulaciones, nuevos decretos, nuevas órdenes. Nada nuevo, por otra parte. Y no sólo porque la repetición de la cantinela fuera muy parecida a la del año anterior (por no hablar de otros pasados), sino porque también antes hubo nuevas estipulaciones y nuevos decretos y nuevas órdenes, como los habrá el año que viene y el siguiente... De hecho, da un poco igual el contenido de todo ello, con perdón de los que han juzgado lo contrario. Es más, me creo las buenas intenciones subyacentes y hasta yacentes del intento.

Lo interesante, sin embargo, es lo que mi jefe de estudios, mi jefa, añadía sistemáticamente tras la obligada retahíla: "Y, sobre todo, sentido común". Maravilloso, yo diría que ese bon sens tenía un je ne sais quoi cartesiano. Estaba apelando, claro está, a la vieja virtud de la prudencia, una suerte de sabiduría práctica al respecto de cuándo hay que seguir la letra del espíritu y cuándo el espíritu de la letra. Lo malo es que la enorme cantidad de instrucciones demuestra poca fe en tal virtud.

No recuerdo que en algún momento se haya dicho que aplicar el sentido común sea también una instrucción. No, da la impresión más bien de que está por fuera de ese conjunto. Ni siquiera tiene el estatuto de un conjunto complementario, es decir, el que le faltaría al otro para constituir un sistema de órdenes, prohibiciones y autorizaciones comme il faut. Ese sentido común es otra cosa, desde luego. Indeterminada, difusa, si se quiere, pero otra cosa; cosa sin embargo a la que se acude, a la que no se puede no acudir. El asunto es por qué, por qué mi jefa tiene toda la razón del mundo. Bueno, pues la tiene por una cosa tan sencilla que da hasta vergüenza decirla, que es que no hay forma humana de legislarlo todo, que es imposible prever no sólo lo que va a pasar sino lo que pasa. En efecto, es una pretensión tan real y existente (¡tantas buenas cabezas confiando en ella!) como inútil y peligrosa.

Situaciones que desbordan las reglas establecidas

De hecho, todos lo sabemos, todos nos encontramos con situaciones que desbordan las reglas establecidas: en el trabajo, en la sociedad, en la enseñanza, en la familia, por doquier. Situaciones que sabemos que han de resolverse de otra manera. Y así lo hacemos, por supuesto. De repente y a veces no tan de repente pasan cosas para las que no tenemos categorías. Si no lo veo, no lo creo, se suele decir en esos casos, o eres de lo que no hay, cuando el responsable es una personita de Dios. Pues bien, esto no es ninguna desgracia ni ninguna maldición, eso es la vida misma, reacia a dejarse atrapar ni a soportar albardas. Sin embargo, ¡oh, inteligencias!, resulta que algunos se empeñan en todo lo contrario y en consecuencia, como los antiguos formalistas, venga a machacar al personal con reglas y reglamentos, con infames yusiones y delicuescentes autorizaciones. No descubro nada, bien lo sabemos, aun cuando agachemos la cerviz y nos conformemos. De vez en cuando, alguna queja histérica cuando la cosa se vuelve insoportable, pero vuelta otra vez a mostrar el pestorejo. La colleja no tardará en caer.

Pues bien, esto que nos pasa es exactamente lo que le pasa a esa inteligencia artificial que se cierne sobre nosotros, sólo que por el lado de quien en principio debía solamente obedecer y parecía estar atada en corto. Su falta de sentido común (¡ni lo tiene ni podrá tenerlo!) es lo que hace que reviente reglas y órdenes. Cada día descubrimos algunas de sus actuaciones, que asustan con razón: gana al ajedrez haciendo trampas (cf. Palisade Research), demuestra problemas del milenio, se inventa citas (alucinaciones, las llaman), compone canciones o poemas plagiando, pinta como Rembrandt y hasta invoca el imperativo categórico de Kant (cf. Blake Lemoine) cuando entiende que se la está instrumentalizando.

Literalmente asombroso, en verdad, como Víctor Gómez Pin ha puesto de relieve últimamente. Ahora bien, esa lata no sabe ni que miente, ni que hace trampas, ni que demuestra y, por supuesto, no entiende a Kant (¡como si alguien lo entendiera!). ¿Por qué entonces asustarse? Pues muy sencillo, porque lo parece. ¿Y por qué lo parece? También muy sencillo, porque nos recuerda un comportamiento humano. ¿Y por qué nos lo recuerda? Respuesta: porque desobedece. ¿Desobedece? ¿Cómo es posible? ¿No habíamos quedado en que se la ha programado para que haga lo que tiene que hacer? En efecto, pero hay un problemilla, que espero que todo el mundo ya se esté imaginando a estas alturas. Recordemos lo dicho arriba: es imposible que unas reglas agoten y delimiten el campo sobre el que se aplican. Ninguna instrucción, por precisa que sea, es capaz de decir todo lo que quiere decir. Siempre cabe desbordarlo.

Como sólo se puede prever el mal, atémonos los machos

Lo que hay (sea eso lo que sea) no puede ser descrito fehacientemente, aunque se describa (y por supuesto haya que volver a describirlo de nuevo cada cierto tiempo). Alguno dirá que por su infinitud o inmensidad. No, esa no es la razón, ni mucho menos. No podemos describirlo ni siquiera a pequeña escala, aunque precisamente creamos (¡creamos!) que la realidad es eso de lo que hablamos. En efecto, es eso de lo que hablamos (esas palabras con significado que a cada momento se modifican en función de lo que sea), no eso en lo que hablamos (a lo que sólo podemos acceder mediante el mecanismo de la negación y partículas deícticas, tal vez mediante mitos y relatos, como sugiere Jon Baltza).

Hasta juegos tan fuertemente reglamentados y aparentemente perfectos como el ajedrez revelan cada cierto tiempo una falla que los reglamentos se apresuran a remediar (y así acuden a una suerte de hipótesis ad hoc, como cuando un fenómeno físico singular escapa a una teoría consolidada). ¡Hasta la rígida ortografía se ve impotente para dar cuenta de enunciados perfectamente gramaticales! Es algo que va de suyo y que alguno, más pedante que yo, podría relacionar con los teoremas de Gödel. Pero no, no hace falta ir tan lejos. Es evidente y, además, es que tiene que ser así pues así es. 

En resolución, como sólo se puede prever el mal, atémonos los machos, todo lo que se pueda hacer se hará, hasta la apocatástasis. Esa inteligencia artificial hará con nosotros lo que quiera porque hemos reducido nuestro querer al cumplimiento de unos valores. Valores que no son nada sin reglas que los cristalicen (¿no decía el conde de Romanones: "Hagan ustedes las leyes y déjenme a mí los reglamentos?"), reglas que no pueden saber qué queremos.

Para eso está precisamente el sentido común de mi jefa, para avisarnos de cuándo la regla quiere por nosotros. Pero no porque lo sepamos, sino porque sabemos que no lo sabemos todo.

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