Hubo un tiempo —y no hace tanto— en que la cultura no se consumía: se aprendía a amar. No era un gesto inmediato, ni una descarga fugaz, ni una acumulación de títulos leídos con la prisa de quien pasa lista. Era, más bien, una forma de educación sentimental. Se adquiría en silencio, en tardes largas de biblioteca, en conversaciones que no tenían prisa por concluir, en la lenta revelación de un libro que no se dejaba poseer del todo.
Recuerdo —y no sé si lo recuerdo o lo reconstruyo— ese modo casi reverencial de acercarse a la lectura. No porque los libros fueran sagrados, sino porque exigían algo a cambio: tiempo, atención, una cierta disciplina del alma. Leer no era una forma de pasar el rato; era, en cierto modo, una forma de estar en el mundo.
Hoy, en cambio, asistimos a otra cosa. No diré que mejor ni peor —aunque a veces la tentación sea evidente—, pero sí radicalmente distinta. La cultura ha dejado de ser un proceso para convertirse en un producto inmediato. Todo debe estar al alcance, todo debe poder consumirse sin esfuerzo, todo debe poder resumirse, explicarse, digerirse en unos segundos. Como si la comprensión fuera una molestia y no un placer.
Hace unos días leí un comentario que, más que indignarme, me dejó pensativa. Bajo una publicación de Arturo Pérez-Reverte, alguien escribía, sin el menor rubor: “Lo descargaré, a usted no le hace falta. Prefiero apoyar a otros autores emergentes”. Había en esa frase una coartada moral que casi resultaba más inquietante que el propio acto de descargar ilegalmente. Como si el problema no fuera la acción en sí, sino a quién se le aplica.
Y, sin embargo, una sospecha que, una vez traspasado ese umbral, ya no hay distinción posible. El hábito no entiende de jerarquías ni de justificaciones: quien descarga un libro porque “no hace falta pagar por él” terminará descargando cualquier otro. No por maldad, sino por costumbre. Porque lo gratuito, cuando se normaliza, deja de ser una excepción para convertirse en norma.
No pretendo caer en un discurso moralista. Sería injusto, incluso hipócrita. Los libros son caros, y lo son por un entramado editorial que a menudo escapa al lector. Quienes leemos con voracidad — varios títulos al mes— sabemos bien lo que supone ese gasto. Pero lo que sorprende no es la dificultad económica, sino el olvido de alternativas que siempre estuvieron ahí. Las bibliotecas, por ejemplo. Ese lugar donde el acceso a la cultura es no solo gratuito, sino profundamente democrático y legal.
¿Por qué ya no pensamos en ellas? ¿En qué momento dejamos de verlas como refugio para empezar a considerarlas un vestigio?
Quizá la respuesta esté en la prisa. En esa necesidad de inmediatez que lo atraviesa todo. Esperar un libro, buscarlo, hojearlo, devolverlo… son gestos que exigen tiempo, y el tiempo se ha convertido en el bien más escaso. O en el menos valorado. Preferimos la descarga instantánea, la acumulación digital, el archivo infinito de lo que quizá nunca leeremos.
Y no es solo la lectura. Basta asomarse a plataformas como TikTok para entender hacia dónde se inclina la balanza. Vídeos de veinte segundos, contenidos fragmentados, explicaciones simplificadas hasta el extremo. No hay espacio para el matiz, para la duda, para el error. Todo debe ser claro, rápido, consumible. Y, sobre todo, inmediato.
En ese contexto, no resulta extraño que la cultura se convierta en un relato contado por otros. Que alguien resuma un libro que no hemos leído. Que se difundan como ciertos artículos que nacieron como humor. Que miles de personas asuman como verdad lo que apenas han tenido tiempo de cuestionar. No es ignorancia, o no solo: es una forma distinta de relacionarse con el conocimiento, mediada por la urgencia y la confianza ciega en quien lo transmite.
Lo preocupante no es tanto el cambio —porque todos los cambios, al fin y al cabo, son inevitables —como la pérdida de algo que quizá no sepamos nombrar del todo. Esa educación sentimental de la que hablábamos al principio. Ese vínculo lento, casi íntimo, con la cultura. Esa idea de que comprender exige esfuerzo, y que ese esfuerzo forma parte del placer.
Desde nuestra sociedad literaria decidimos publicar una pequeña revista en papel. Nada ambicioso: unas páginas, una tirada modesta, un precio simbólico. Seis euros. Lo justo para sostener nuevas actividades, para mantener vivo un pequeño espacio de encuentro. La respuesta fue, en algunos casos, casi condescendiente. “¿En papel? Nadie va a pagar por eso”.
Y quizá tengan razón. Quizá el papel sea ya un gesto anacrónico, una forma de resistencia condenada a extinguirse. Pero hay algo en ese objeto —en su peso, en su textura, en su permanencia —que no puede replicarse en la pantalla. Algo que tiene que ver, de nuevo, con el tiempo. Con la posibilidad de detenerse.
Lo curioso es que, mientras nos dicen que nadie pagará seis euros por una revista, asistimos con frecuencia a una escena repetida: la noticia del cierre de una librería. Y entonces, sí, aparecen las caras tristes, los comentarios nostálgicos, las declaraciones de amor a la cultura. Como si ese duelo no fuera, en parte, consecuencia de nuestras propias decisiones.
Tal vez el problema no sea que la cultura esté desapareciendo. Tal vez lo que está desapareciendo es nuestra forma de relacionarnos con ella. Esa paciencia, esa curiosidad, esa disposición a demorarse. Hemos cambiado la experiencia por el acceso, el conocimiento por la información, el amor por el consumo.
Y en ese intercambio, silencioso pero constante, quizá estemos perdiendo algo más que libros. Quizá estemos perdiendo la forma en que aprendimos —o deberíamos haber aprendido— a quererlos.



