Alguna vez me he preguntado adónde van las cosas que caen en saco roto. No sé si al salirse del lugar al que estaban destinadas adquieren una categoría propia, la de aquello con lo que nos vamos tropezando de tanto en tanto y sin cuya capacidad de estorbar no sabríamos vivir.
Con esta cualidad tenemos la correspondencia; tan inusual y tan desacostumbrada en tiempos de correo electrónico, un vestigio de otros tiempos que aún reclama su espacio. O revistas y periódicos, que demandan una atención urgente con caducidad de 24 horas, transcurridas las cuales, se instalan en una silla, trepan por ella, descienden por el suelo y acaban siendo como un muestrario de papeles pintados para una reforma que nunca haremos.
Mención aparte merecen las camisas planchadas, esas prendas que representaban el orgullo de quien las lavaba y planchaba y el status de quienes las vestían. Una camisa sin arrugas era en tiempos pasados el termómetro del recién estrenado matrimonio, la carta de presentación para el primer trabajo y la prueba evidente de que el esmero con el que llevamos a cabo algunas acciones es inversamente proporcional al cariño con el que se reciben y al tiempo que duran su esplendor. Las camisas planchadas en la silla pueden acabar siendo una frontera, un desaire y –lo peor– enfrentándose a las que, desde el otro lado, se resignan al purgatorio de no estar para lavar, pero tampoco para lucir.
El saco roto es una entidad propia, un agujero negro en la existencia cotidiana al que también van a parar los planes con amigos de la infancia, los desayunos con cuñados y las reparaciones domésticas, esas que siempre postergamos y en las que el tiempo acaba dándonos la razón; para eso está la obsolescencia programada.
Al saco roto van nuestras indefiniciones: ¿lo tiro o lo conservo por si acaso? También nuestras incertidumbres: ¿para qué dije yo que iba a servirme aquel artículo de no sé qué autora?
En el saco roto duerme esa vida que nunca sabremos si queríamos, la representación de miles de cosas que no estamos seguros de desear (aunque nos enseñaron que sí) y la vergonzosa sensación de llegar tarde a donde nadie nos espera ya.



