—Buenas tardes. Venía a por algo para las náuseas, que se me ha hecho una bola con las noticias de hoy.
—Buenas tardes, caballero. A ver, cuénteme, ¿qué tipo de indisposición padecemos? ¿Es la molestia clásica o es más bien esa pesadez sorda que produce la actualidad nacional?
—Lo segundo, farmacéutico, lo segundo. Es que ya no puedo abrir una red social sin que lo pongan vestido de limpio, encender la televisión o simplemente bajar al bar a tomar un café sin que alguien me lance un sermón. Parece que hoy en día todo el mundo ha bajado de un monte con las tablas de la ley bajo el brazo.
—¡Ah! Entiendo perfectamente. Lo que usted padece es una exposición prolongada a la gran plaga de nuestro siglo. No se preocupe, no es el único. Tengo la rebotica llena de pacientes con los mismos síntomas. La gente viene buscando consejos, remedios caseros, pero lo que realmente necesitan es otra cosa. Espere un momento…
—Aquí lo tiene. Lo último del laboratorio sociológico: Dogmatil.
—¿Dogmatil? Pero oiga, ¿eso no era un fármaco de toda la vida para el vértigo y las digestiones pesadas?
—El antiguo sí, estimado cliente. Pero esta es la versión reformulada para la era moderna. Este Dogmatil no cura el vértigo físico, sino el mareo que produce vivir en una sociedad donde la gente ya no opina: pontifica. Donde la discrepancia se ha vuelto una declaración de guerra. Fíjese bien en el prospecto, no tiene desperdicio.
—Déjeme ver... “Dogmatil 500 mg. Indicado para el tratamiento agudo de la soberbia intelectual, el sectarismo rampante y la incapacidad patológica para escuchar al prójimo”. Oiga, esto suena milagroso.
—Y tanto. Mire la sección de posología: “Especialmente recomendado para aquellos individuos que sostienen la máxima inquebrantable de: O lo mío va a misa, o estás contra mí”.
—¡Esa es! ¡Esa es exactamente la frase! No hay término medio. Si digo que me gusta el café con leche, me acusan de colaborar con la explotación ganadera. Si digo que prefiero el té, soy un elitista antipatriota. Da igual el tema: la tortilla de patatas, el cambio climático, la política municipal o el peinado de un futbolista. Todo se reduce a una trinchera. O comulgas con mi dogma al cien por cien o te conviertes automáticamente en mi enemigo mortal.
El farmacéutico asiente condescendiente.
—Es agotador. Y dígame, ¿cómo funciona este Dogmatil? ¿Se toma con agua bendita o vale la embotellada?
—Se administra por vía oral, pero requiere que el paciente ponga de su parte.
—Bueno, pues deme una caja grande. Es más, deme tres. Una para mí, otra para mi vecino del tercero y otra para el grupo de WhatsApp de la familia.
—Hace bien, pero recuerde: el Dogmatil no hace efecto si solo se lo administra a los demás. El secreto de este tratamiento reside en empezar tomándoselo uno mismo antes de probarlo con otros.
—Me ha pillado, farmacéutico. Me llevo la caja. ¿Cuánto le debo?
—Nada, va con receta. Tenga buen día, caballero.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
—Buenas tardes. Venía a por algo para las náuseas, que se me ha hecho una bola con las noticias de hoy.
—Buenas tardes, caballero. A ver, cuénteme, ¿qué tipo de indisposición padecemos? ¿Es la molestia clásica o es más bien esa pesadez sorda que produce la actualidad nacional?
—Lo segundo, farmacéutico, lo segundo. Es que ya no puedo abrir una red social sin que lo pongan vestido de limpio, encender la televisión o simplemente bajar al bar a tomar un café sin que alguien me lance un sermón. Parece que hoy en día todo el mundo ha bajado de un monte con las tablas de la ley bajo el brazo.
—¡Ah! Entiendo perfectamente. Lo que usted padece es una exposición prolongada a la gran plaga de nuestro siglo. No se preocupe, no es el único. Tengo la rebotica llena de pacientes con los mismos síntomas. La gente viene buscando consejos, remedios caseros, pero lo que realmente necesitan es otra cosa. Espere un momento…
—Aquí lo tiene. Lo último del laboratorio sociológico: Dogmatil.
—¿Dogmatil? Pero oiga, ¿eso no era un fármaco de toda la vida para el vértigo y las digestiones pesadas?
—El antiguo sí, estimado cliente. Pero esta es la versión reformulada para la era moderna. Este Dogmatil no cura el vértigo físico, sino el mareo que produce vivir en una sociedad donde la gente ya no opina: pontifica. Donde la discrepancia se ha vuelto una declaración de guerra. Fíjese bien en el prospecto, no tiene desperdicio.
—Déjeme ver... “Dogmatil 500 mg. Indicado para el tratamiento agudo de la soberbia intelectual, el sectarismo rampante y la incapacidad patológica para escuchar al prójimo”. Oiga, esto suena milagroso.
—Y tanto. Mire la sección de posología: “Especialmente recomendado para aquellos individuos que sostienen la máxima inquebrantable de: O lo mío va a misa, o estás contra mí”.
—¡Esa es! ¡Esa es exactamente la frase! No hay término medio. Si digo que me gusta el café con leche, me acusan de colaborar con la explotación ganadera. Si digo que prefiero el té, soy un elitista antipatriota. Da igual el tema: la tortilla de patatas, el cambio climático, la política municipal o el peinado de un futbolista. Todo se reduce a una trinchera. O comulgas con mi dogma al cien por cien o te conviertes automáticamente en mi enemigo mortal.
El farmacéutico asiente condescendiente.
—Es agotador. Y dígame, ¿cómo funciona este Dogmatil? ¿Se toma con agua bendita o vale la embotellada?
—Se administra por vía oral, pero requiere que el paciente ponga de su parte.
—Bueno, pues deme una caja grande. Es más, deme tres. Una para mí, otra para mi vecino del tercero y otra para el grupo de WhatsApp de la familia.
—Hace bien, pero recuerde: el Dogmatil no hace efecto si solo se lo administra a los demás. El secreto de este tratamiento reside en empezar tomándoselo uno mismo antes de probarlo con otros.
—Me ha pillado, farmacéutico. Me llevo la caja. ¿Cuánto le debo?
—Nada, va con receta. Tenga buen día, caballero.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
Comentarios