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Un mamut, lo privado y lo público

Montones de años viviendo en el sueño de que lo público sea el dios que todo lo apañe. Cuando lo público llega, los funcionarios y sus dirigentes se relajan y se corrompen

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  • Un cuadro de Napoleón.

Érase una vez alguien que tenía necesidad de cazar un mamut para sobrevivir. Y como el bicho era muy grande se unió a otras personas para lograr sus fines. No se unió porque quisiera a esas personas por encima de sí mismo sino porque a quien quería y amaba era a él (o a ella), a sí mismo o misma en su mismidad y, como mucho, a su progenie.

Entre todos cazaron el mamut y se repartieron sus restos. Había sido un acto público consumado por personas privadas unidas por la iniciativa de todos y de ninguno o, ¿tal vez por iniciativa de uno o una al que siguió el resto? ¿Cómo separar lo público de lo privado? ¿Cómo no tener en cuenta la iniciativa privada y la jerarquía que han existido desde siempre y, ya con las civilizaciones, tenemos ejemplos como el del señor don Alejandro Magno que conquistó lo habido y por haber y cuando se murió su imperio se fue poco a poco a la chingadera?

Una de romanos

Pasaron los siglos y el cuento prosiguió. Érase en otra vez un imperio llamado romano que se vino abajo después de haber tenido momentos hipergloriosos brutales -como se dice ahora- sobre todo de la mano privada de grandes emperadores. Claro, pero es que si los emperadores no llegan a tener legiones no hay esplendor. Sí, pero también si no hay director de orquesta hay desafino y caos. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina? ¿La persona que empuja y se arriesga o la masa que lo completa?

El imperio romano se hundió en Occidente -¿por iniciativa pública o los “barbaros” tenían líderes que los dirigían?- y, tras la hecatombe, mientras en el campo comenzó a levantarse el mundo feudal -atado a la tierra y a las culturas serviles y caballerescas del honor y la cristiandad-, en las ciudades -en los burgos- nacían y se desarrollaban los burgueses, unas personas dedicadas a la protoindustia y al protocomercio.

Una de burgueses

Siguieron transcurriendo los siglos y aquellos burgueses atesoraron riquezas materiales mientras que los feudos quedaban bastante estancados, lo sembraron todo de barreras, de fronteras, de señoríos y de eso, de feudos, y exigían impuestos para que los comerciantes pasaran por todos esos territorios transportando los objetos que fabricaban con sus trabajadores. ¿Eran públicos o privados los objetos? ¿De quién o quiénes fue la iniciativa de fabricarlos? ¿De los públicos, todos a una como en Fuenteovejuna, o de individuos o pequeños grupos de individuos “tiraos p’alante”? ¿Quién era el más importante emprendedor en el taller de arte de Murillo o de Zurbarán, ellos o sus trabajadores-discípulos?

El chocazo

El tiempo avanzaba y desde las ciudades se seguía desarrollando un poder mercantil al que le estorbaban las fronteras múltiples de los caminos, de las veredas, de los mares. Fue inevitable que la evolución humana provocara el choque violento entre burguesía y nobleza. La burguesía traía algo más que riquezas y codicias para dar y tomar: traía ideas nuevas, abiertas, traía el no al mundo donde el pensamiento y los actos se dictaban desde el Vaticano, por ejemplo. El humano quería pensar por sí mismo, ¿todos al mismo tiempo? ¿Entre todos al unísono crearon la rebelión y las revoluciones? No, unos más que otros, creo que fueron iniciativas privadas que, para desarrollarse, necesitaban de la masa, de lo público y lo público de ellas.

 

 

Renacieron las ciudades, el siglo XIX fue básico porque engendró naciones y consolidó otras, avanzó mucho la ciencia, la medicina. Una minoría se hizo con el poder económico y político. ¿Eso es malo? No, eso es evolución de una especie, lo bueno y lo malo es un imaginario, se deriva de inventos éticos y la ética es una en un lugar y lo contrario en otro.

Pero la mentada minoría abusó tanto de sus privilegios y de sus iniciativas privadas que en lo público creó a una masa de infelices a los que llamamos proletarios, parias. Y, como decía Hegel, cuando la Historia necesita algo, lo crea. Esas creaciones se llamaron Napoleón y Marx, por ejemplo. El primero extendió las nuevas ideas, el segundo celebró esas ideas, pero no que sus creadores se hubieran corrompido y estuvieran masacrando a sus semejantes.

Oh, parias, uníos

A la implantación de los nuevos ideales individualistas que se horrorizaban del monopolio y el paternalismo de la Iglesia y la religión en general se unió la solución de Marx: proletarios de todos los países, uníos, echad abajo a la ayer clase burguesa emprendedora y construid otro mundo donde gobierne el paria, lo público.

Marx tuvo algunos éxitos en su tiempo pero sobre todo en el siglo XX, momento en que se le unieron Lenin, Mao, Fidel Castro, etc. El país “público” de Lenin se vino abajo en setenta años, el de Mao se dio cuenta e inventó una mescolanza extraña que veremos adónde llega. El de Fidel se enquistó y le echó toda la culpa a la reacción de los burgueses que lo bloqueaban.

La sociedad de consumo

Lo privado siguió adelante, a Marx lo leyeron más los privados que los públicos, algunos privados se percataron de que el barbudo podría ganar y que había que soltar lastre: crearon derechos muy lindos y tras ellos la sociedad de consumo, ya no sólo podían comprar coches los “ricos” sino que, si les subes el sueldo a los públicos, también ellos pueden adquirirlos a plazos y largarse al campo a practicar el ocio. Otros privados se dieron cuenta de que con tanta gente por esos campos y playas podían levantar chiringuitos de todo tipo.

Los privados inventaron numerosos artilugios diversos que escupían miles de objetos en serie y cuando se dieron cuenta habían creado la sociedad del macroconsumo a la que con entusiasmo se sumaron los públicos. Hubo que convencer a la gente de que poseer muchos productos era signo de poder, de acercarse a los dioses ancestralmente alabados, ¿a quién no le iba a gustar eso? Tanto gustó que lo producido poseyó las consciencias de productores y consumidores.

Las sociedades públicas resultaron ser un sofisma, carecían de colores, de alegrías, los humanos eran yo, yo y yo, les gustaba ir a su bola y joderse y que los jodieran sin que se dieran cuenta; todos juntos o cada uno a su bola, pero con caleidoscopios, aromas y fiestas más o menos libres, les gustaban las ilusiones de libertad, no la rigidez ni el pensamiento y menos trascendental y/o único. Se sentían atraídos por el lujo, no les bastaba con la riqueza de la pobreza. Las sociedades públicas se vinieron abajo o ya no las conocían ni los padres y madres que las parieron.

Mientras, los burgueses no sólo sobrevivían sino que se venían arriba en sus codicias sin que nadie les pusiera veto hasta el punto de que desde sus mismas filas surgían otros burgueses que deseaban detener sus nuevos abusos. Desde que el feudalismo cayó en crisis el mundo no ha hecho más que derribar fronteras y si las vuelve a levantar por el mal comportamiento de unos individuos burgueses ya es demasiado tarde, los negocios se han mezclado tanto, se ha colocado tanto la codicia por encima de lo que llamamos ética y solidaridad que las empresas son plurales en su interior, minoritarias, y unas minorías pugnan contra otras. Estallan montones de guerras y en una de ellas hasta se lanzan dos artefactos que matan en un santiamén a miles de criaturas.

Todo esto, ¿es público o privado? Libertad, igualdad, fraternidad, ¿es algo público o privado? ¿Surge de “las masas”? ¿Las masas se mueven solas? ¿Todas a un tiempo? El pueblo, el pueblo, ¿qué es eso? Los ilustrados liberales puntualizan: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.

Viviendo en el sueño

Montones de años viviendo en el sueño de que lo público sea el dios que todo lo apañe. Cuando lo público llega, los funcionarios y sus dirigentes se relajan y se corrompen. Como todo es de todos, nada es de nadie. Cuando aparece lo privado, también hay corrupción, aunque sea otra clase de corrupción. Desde aquella caza del mamut -y desde mucho antes- se está persiguiendo la bondad de lo público hasta convertir ese deseo en otro negocio más, en otra iniciativa privada que se sirve de él para intentar lograr seguidores y esclavos aparentemente libres.

Y ahí seguimos, como el caballo que persigue la zanahoria, creyéndonos que fuimos a cazar el mamut de común acuerdo y en pro de lo público mientras olvidábamos lo privado cuando en realidad sólo lo habíamos guardado hasta que llegó nuestro momento, no el momento de todos sino el de unas pocas personas privadas que, para lograr mandar, les hicieron creer a los demás que todo el animal era de todos y hasta les compraron ordenadores para que jugaran a la caza del mamut y añadieron una Inteligencia Artificial para que cazara por ellos.

Érase una vez alguien que tenía necesidad de cazar un mamut para sobrevivir. Y como el bicho era muy grande se unió a otras personas para lograr sus fines. No se unió porque quisiera a esas personas por encima de sí mismo sino porque a quien quería y amaba era a él (o a ella), a sí mismo o misma en su mismidad y, como mucho, a su progenie.

Entre todos cazaron el mamut y se repartieron sus restos. Había sido un acto público consumado por personas privadas unidas por la iniciativa de todos y de ninguno o, ¿tal vez por iniciativa de uno o una al que siguió el resto? ¿Cómo separar lo público de lo privado? ¿Cómo no tener en cuenta la iniciativa privada y la jerarquía que han existido desde siempre y, ya con las civilizaciones, tenemos ejemplos como el del señor don Alejandro Magno que conquistó lo habido y por haber y cuando se murió su imperio se fue poco a poco a la chingadera?

Una de romanos

Pasaron los siglos y el cuento prosiguió. Érase en otra vez un imperio llamado romano que se vino abajo después de haber tenido momentos hipergloriosos brutales -como se dice ahora- sobre todo de la mano privada de grandes emperadores. Claro, pero es que si los emperadores no llegan a tener legiones no hay esplendor. Sí, pero también si no hay director de orquesta hay desafino y caos. ¿Qué es antes, el huevo o la gallina? ¿La persona que empuja y se arriesga o la masa que lo completa?

El imperio romano se hundió en Occidente -¿por iniciativa pública o los “barbaros” tenían líderes que los dirigían?- y, tras la hecatombe, mientras en el campo comenzó a levantarse el mundo feudal -atado a la tierra y a las culturas serviles y caballerescas del honor y la cristiandad-, en las ciudades -en los burgos- nacían y se desarrollaban los burgueses, unas personas dedicadas a la protoindustia y al protocomercio.

Una de burgueses

Siguieron transcurriendo los siglos y aquellos burgueses atesoraron riquezas materiales mientras que los feudos quedaban bastante estancados, lo sembraron todo de barreras, de fronteras, de señoríos y de eso, de feudos, y exigían impuestos para que los comerciantes pasaran por todos esos territorios transportando los objetos que fabricaban con sus trabajadores. ¿Eran públicos o privados los objetos? ¿De quién o quiénes fue la iniciativa de fabricarlos? ¿De los públicos, todos a una como en Fuenteovejuna, o de individuos o pequeños grupos de individuos “tiraos p’alante”? ¿Quién era el más importante emprendedor en el taller de arte de Murillo o de Zurbarán, ellos o sus trabajadores-discípulos?

El chocazo

El tiempo avanzaba y desde las ciudades se seguía desarrollando un poder mercantil al que le estorbaban las fronteras múltiples de los caminos, de las veredas, de los mares. Fue inevitable que la evolución humana provocara el choque violento entre burguesía y nobleza. La burguesía traía algo más que riquezas y codicias para dar y tomar: traía ideas nuevas, abiertas, traía el no al mundo donde el pensamiento y los actos se dictaban desde el Vaticano, por ejemplo. El humano quería pensar por sí mismo, ¿todos al mismo tiempo? ¿Entre todos al unísono crearon la rebelión y las revoluciones? No, unos más que otros, creo que fueron iniciativas privadas que, para desarrollarse, necesitaban de la masa, de lo público y lo público de ellas.

 

 

Renacieron las ciudades, el siglo XIX fue básico porque engendró naciones y consolidó otras, avanzó mucho la ciencia, la medicina. Una minoría se hizo con el poder económico y político. ¿Eso es malo? No, eso es evolución de una especie, lo bueno y lo malo es un imaginario, se deriva de inventos éticos y la ética es una en un lugar y lo contrario en otro.

Pero la mentada minoría abusó tanto de sus privilegios y de sus iniciativas privadas que en lo público creó a una masa de infelices a los que llamamos proletarios, parias. Y, como decía Hegel, cuando la Historia necesita algo, lo crea. Esas creaciones se llamaron Napoleón y Marx, por ejemplo. El primero extendió las nuevas ideas, el segundo celebró esas ideas, pero no que sus creadores se hubieran corrompido y estuvieran masacrando a sus semejantes.

Oh, parias, uníos

A la implantación de los nuevos ideales individualistas que se horrorizaban del monopolio y el paternalismo de la Iglesia y la religión en general se unió la solución de Marx: proletarios de todos los países, uníos, echad abajo a la ayer clase burguesa emprendedora y construid otro mundo donde gobierne el paria, lo público.

Marx tuvo algunos éxitos en su tiempo pero sobre todo en el siglo XX, momento en que se le unieron Lenin, Mao, Fidel Castro, etc. El país “público” de Lenin se vino abajo en setenta años, el de Mao se dio cuenta e inventó una mescolanza extraña que veremos adónde llega. El de Fidel se enquistó y le echó toda la culpa a la reacción de los burgueses que lo bloqueaban.

La sociedad de consumo

Lo privado siguió adelante, a Marx lo leyeron más los privados que los públicos, algunos privados se percataron de que el barbudo podría ganar y que había que soltar lastre: crearon derechos muy lindos y tras ellos la sociedad de consumo, ya no sólo podían comprar coches los “ricos” sino que, si les subes el sueldo a los públicos, también ellos pueden adquirirlos a plazos y largarse al campo a practicar el ocio. Otros privados se dieron cuenta de que con tanta gente por esos campos y playas podían levantar chiringuitos de todo tipo.

Los privados inventaron numerosos artilugios diversos que escupían miles de objetos en serie y cuando se dieron cuenta habían creado la sociedad del macroconsumo a la que con entusiasmo se sumaron los públicos. Hubo que convencer a la gente de que poseer muchos productos era signo de poder, de acercarse a los dioses ancestralmente alabados, ¿a quién no le iba a gustar eso? Tanto gustó que lo producido poseyó las consciencias de productores y consumidores.

Las sociedades públicas resultaron ser un sofisma, carecían de colores, de alegrías, los humanos eran yo, yo y yo, les gustaba ir a su bola y joderse y que los jodieran sin que se dieran cuenta; todos juntos o cada uno a su bola, pero con caleidoscopios, aromas y fiestas más o menos libres, les gustaban las ilusiones de libertad, no la rigidez ni el pensamiento y menos trascendental y/o único. Se sentían atraídos por el lujo, no les bastaba con la riqueza de la pobreza. Las sociedades públicas se vinieron abajo o ya no las conocían ni los padres y madres que las parieron.

Mientras, los burgueses no sólo sobrevivían sino que se venían arriba en sus codicias sin que nadie les pusiera veto hasta el punto de que desde sus mismas filas surgían otros burgueses que deseaban detener sus nuevos abusos. Desde que el feudalismo cayó en crisis el mundo no ha hecho más que derribar fronteras y si las vuelve a levantar por el mal comportamiento de unos individuos burgueses ya es demasiado tarde, los negocios se han mezclado tanto, se ha colocado tanto la codicia por encima de lo que llamamos ética y solidaridad que las empresas son plurales en su interior, minoritarias, y unas minorías pugnan contra otras. Estallan montones de guerras y en una de ellas hasta se lanzan dos artefactos que matan en un santiamén a miles de criaturas.

Todo esto, ¿es público o privado? Libertad, igualdad, fraternidad, ¿es algo público o privado? ¿Surge de “las masas”? ¿Las masas se mueven solas? ¿Todas a un tiempo? El pueblo, el pueblo, ¿qué es eso? Los ilustrados liberales puntualizan: “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.

Viviendo en el sueño

Montones de años viviendo en el sueño de que lo público sea el dios que todo lo apañe. Cuando lo público llega, los funcionarios y sus dirigentes se relajan y se corrompen. Como todo es de todos, nada es de nadie. Cuando aparece lo privado, también hay corrupción, aunque sea otra clase de corrupción. Desde aquella caza del mamut -y desde mucho antes- se está persiguiendo la bondad de lo público hasta convertir ese deseo en otro negocio más, en otra iniciativa privada que se sirve de él para intentar lograr seguidores y esclavos aparentemente libres.

Y ahí seguimos, como el caballo que persigue la zanahoria, creyéndonos que fuimos a cazar el mamut de común acuerdo y en pro de lo público mientras olvidábamos lo privado cuando en realidad sólo lo habíamos guardado hasta que llegó nuestro momento, no el momento de todos sino el de unas pocas personas privadas que, para lograr mandar, les hicieron creer a los demás que todo el animal era de todos y hasta les compraron ordenadores para que jugaran a la caza del mamut y añadieron una Inteligencia Artificial para que cazara por ellos.

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