¿Has visitado una oficina de objetos perdidos? Las pocas veces que lo hice (una en Santa Cruz de Tenerife), me quedé asombrada de la variedad y cantidad de cosas que las personas dejamos descuidadas por ahí.
El encargado muy amablemente me explicó también su asombro por la disparidad de artículos que almacenaba. Tenerife es una isla turística por lo cual es muy improbable que los olvidadizos retornen de su destino a re-encontrar sus enseres.
Innumerables son las horas que dedicamos a buscar las cosas que perdemos o creemos haber perdido. Suele ocurrir que, cuando dejamos de rebuscar en los armarios, como por arte de magia, aparece por fin la tan ansiada llave, la prenda de vestir o aquella libreta con las notas importantes.
Perder y encontrar…y no sólo con respecto a los objetos. Este movimiento basculante de encuentro y desencuentro se produce en lo fundamental con las personas, las situaciones, las vivencias. El año terrible de la pandemia hemos aprendido con fórceps lecciones de pérdidas múltiples.
Uno de los motivos más frecuentes de conflicto en las parejas o simplemente entre convivientes está en la ubicación de las cosas: “¿dónde está la tijera?” “¿alguien ha usado el destornillador?” Orden y desorden, caos o descontrol de la cosas. Cada persona considera que “su orden” es el más adecuado, y muchas incluso sienten el caos como elemento imprescindible para poder ejercer su trabajo o la creación artística.
El estado de los objetos: ordenados, o no, perdidos temporal o definitivamente representa en gran medida el momento emocional.
Podemos hacer una pequeña historia de la relación que las personas establecemos con las cosas. Hemos visto a un niño pequeño llorar desconsoladamente por la pérdida o rotura de un juguete, o simplemente porque su pequeño amigo se lo ha arrebatado por un momento. El cochecito, el oso, la muñeca, son estrujados entre las manos infantiles. Pocas son las medidas que pueden tomar los padres para conseguir que los suelten un instante. El juguete es entonces indivisible del cuerpo infantil, de la identidad.
Salvo contadas excepciones, la adolescencia es la época del desorden: ropa y zapatos por todas partes, mezclados sin concierto alguno. Ilustra la pauta de los cambios internos en la personalidad del joven, la búsqueda de objetivos, los distintos matices de su identidad. Entre ese revoltillo encontramos símbolos inequívocos de modelos a seguir: ídolos de cómic o de video juegos, estrellas del deporte.
Algunos chicos se aficionan a las marcas de moda, pero la mayoría otorgan a cualquier detalle (sin importancia a los ojos adultos) un valor incalculable, que se transforma en irremplazable. Muchos adolescentes “exigen” a sus padres que no ordenen ni accedan a su habitación, que constituye su mundo emocional particular.
En la juventud suele estabilizarse esta cuestión porque se han adquirido elementos de identidad más o menos constantes en cuanto a rasgos de carácter, entre otros.
Cuando se accede a la vejez el tema de los objetos vuelve a tener una gran preponderancia. La inseguridad por la pérdida de memoria o la paulatina disminución de la misma hace que se produzcan ciertas obsesiones. Recuperar ciertas reliquias familiares o una fruslería antigua puede ocupar largas horas del día.
Uno de los síntomas más significativos de la demencia es la pérdida de memoria lo que trae como consecuencia gran malestar en relación a las cosas cercanas, habituales, familiares.
¿Y los cambios de casa? En cualquier momento de la vida, todos hemos experimentado ansiedad ante la búsqueda inútil entre cajas y paquetes de los enseres más elementales.
Perder y encontrar, buscar, una vez, y otra más, interminablemente… Es el camino humano para acceder en los otros y en las cosas, distintos aspectos de nosotros mismos. Es también la esperanza, el deseo de caminos nuevos.
¿Has visitado una oficina de objetos perdidos? Las pocas veces que lo hice (una en Santa Cruz de Tenerife), me quedé asombrada de la variedad y cantidad de cosas que las personas dejamos descuidadas por ahí.
El encargado muy amablemente me explicó también su asombro por la disparidad de artículos que almacenaba. Tenerife es una isla turística por lo cual es muy improbable que los olvidadizos retornen de su destino a re-encontrar sus enseres.
Innumerables son las horas que dedicamos a buscar las cosas que perdemos o creemos haber perdido. Suele ocurrir que, cuando dejamos de rebuscar en los armarios, como por arte de magia, aparece por fin la tan ansiada llave, la prenda de vestir o aquella libreta con las notas importantes.
Perder y encontrar…y no sólo con respecto a los objetos. Este movimiento basculante de encuentro y desencuentro se produce en lo fundamental con las personas, las situaciones, las vivencias. El año terrible de la pandemia hemos aprendido con fórceps lecciones de pérdidas múltiples.
Uno de los motivos más frecuentes de conflicto en las parejas o simplemente entre convivientes está en la ubicación de las cosas: “¿dónde está la tijera?” “¿alguien ha usado el destornillador?” Orden y desorden, caos o descontrol de la cosas. Cada persona considera que “su orden” es el más adecuado, y muchas incluso sienten el caos como elemento imprescindible para poder ejercer su trabajo o la creación artística.
El estado de los objetos: ordenados, o no, perdidos temporal o definitivamente representa en gran medida el momento emocional.
Podemos hacer una pequeña historia de la relación que las personas establecemos con las cosas. Hemos visto a un niño pequeño llorar desconsoladamente por la pérdida o rotura de un juguete, o simplemente porque su pequeño amigo se lo ha arrebatado por un momento. El cochecito, el oso, la muñeca, son estrujados entre las manos infantiles. Pocas son las medidas que pueden tomar los padres para conseguir que los suelten un instante. El juguete es entonces indivisible del cuerpo infantil, de la identidad.
Salvo contadas excepciones, la adolescencia es la época del desorden: ropa y zapatos por todas partes, mezclados sin concierto alguno. Ilustra la pauta de los cambios internos en la personalidad del joven, la búsqueda de objetivos, los distintos matices de su identidad. Entre ese revoltillo encontramos símbolos inequívocos de modelos a seguir: ídolos de cómic o de video juegos, estrellas del deporte.
Algunos chicos se aficionan a las marcas de moda, pero la mayoría otorgan a cualquier detalle (sin importancia a los ojos adultos) un valor incalculable, que se transforma en irremplazable. Muchos adolescentes “exigen” a sus padres que no ordenen ni accedan a su habitación, que constituye su mundo emocional particular.
En la juventud suele estabilizarse esta cuestión porque se han adquirido elementos de identidad más o menos constantes en cuanto a rasgos de carácter, entre otros.
Cuando se accede a la vejez el tema de los objetos vuelve a tener una gran preponderancia. La inseguridad por la pérdida de memoria o la paulatina disminución de la misma hace que se produzcan ciertas obsesiones. Recuperar ciertas reliquias familiares o una fruslería antigua puede ocupar largas horas del día.
Uno de los síntomas más significativos de la demencia es la pérdida de memoria lo que trae como consecuencia gran malestar en relación a las cosas cercanas, habituales, familiares.
¿Y los cambios de casa? En cualquier momento de la vida, todos hemos experimentado ansiedad ante la búsqueda inútil entre cajas y paquetes de los enseres más elementales.
Perder y encontrar, buscar, una vez, y otra más, interminablemente… Es el camino humano para acceder en los otros y en las cosas, distintos aspectos de nosotros mismos. Es también la esperanza, el deseo de caminos nuevos.
Comentarios