Lleva ocurriendo, desde un tiempo a esta parte, la proliferación de comunicados oficiales. En un tiempo para nada pretérito, un comunicado oficial era garante de algo serio y respetuoso.
Hoy, sin embargo, el raído tejido de la realidad ha dado paso al triple salto mortal de lo absurdo. Tanto, que cualquiera con una cuenta de Canva y unas mínimas nociones de decoro estético se cree el CM de la Moncloa.
Estamos empachados —yo al menos— de esta burda escenificación burocrática. Hemos roto los moldes del narcisismo corporativo y personal.
La democratización del comunicado ha arramblado con todo. Convirtiéndose en algo tan frágil que se deshace en las primeras palabras. Una devaluación tan severa que cualquiera se cree en la potestad de verter un contenido que merece ser consumido o leído.
Lo que empezó en estamentos oficiales ha ido divergiendo en empresas, clubes deportivos, agrupaciones artísticas, cuentas personales y me malicio que pronto, muy pronto, lo veremos (como sacado de una película de Berlanga) en comunidades de vecinos.
El problema de fondo es que padecemos una inflación galopante de la relevancia. Vivimos bajo la adicción del "foco sobre mí". Hoy en día, todo el mundo cree que su microverso es de vital importancia para el resto del planeta. Nos da pánico ser irrelevantes, admitir que a nadie fuera de nuestro círculo íntimo le importamos un bledo.
Asumámoslo: la situación es ridícula. Nos estamos ahogando en un mar de pomposidad barata. Conviene detenerse, hacer un llamamiento ahogado a la cordura. Volvamos al lenguaje de los mortales. Qué digo el lenguaje de los mortales: volvamos a la normalidad. ¿Tanto cuesta? Si tienes algo que contar, cuéntalo, y deja de dar la brasa.
De no querer, el panorama invita a seguir hundiéndonos en este lodazal de solemnidad artificial, esperando el próximo boletín oficial que nos aclare, con membrete y tipografía Comic Sans (que ya hay que tener mal gusto), que el bar de la esquina hoy tampoco abre. Y empezar la mañana sin un buen café es una cosa muy trágica.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
Lleva ocurriendo, desde un tiempo a esta parte, la proliferación de comunicados oficiales. En un tiempo para nada pretérito, un comunicado oficial era garante de algo serio y respetuoso.
Hoy, sin embargo, el raído tejido de la realidad ha dado paso al triple salto mortal de lo absurdo. Tanto, que cualquiera con una cuenta de Canva y unas mínimas nociones de decoro estético se cree el CM de la Moncloa.
Estamos empachados —yo al menos— de esta burda escenificación burocrática. Hemos roto los moldes del narcisismo corporativo y personal.
La democratización del comunicado ha arramblado con todo. Convirtiéndose en algo tan frágil que se deshace en las primeras palabras. Una devaluación tan severa que cualquiera se cree en la potestad de verter un contenido que merece ser consumido o leído.
Lo que empezó en estamentos oficiales ha ido divergiendo en empresas, clubes deportivos, agrupaciones artísticas, cuentas personales y me malicio que pronto, muy pronto, lo veremos (como sacado de una película de Berlanga) en comunidades de vecinos.
El problema de fondo es que padecemos una inflación galopante de la relevancia. Vivimos bajo la adicción del "foco sobre mí". Hoy en día, todo el mundo cree que su microverso es de vital importancia para el resto del planeta. Nos da pánico ser irrelevantes, admitir que a nadie fuera de nuestro círculo íntimo le importamos un bledo.
Asumámoslo: la situación es ridícula. Nos estamos ahogando en un mar de pomposidad barata. Conviene detenerse, hacer un llamamiento ahogado a la cordura. Volvamos al lenguaje de los mortales. Qué digo el lenguaje de los mortales: volvamos a la normalidad. ¿Tanto cuesta? Si tienes algo que contar, cuéntalo, y deja de dar la brasa.
De no querer, el panorama invita a seguir hundiéndonos en este lodazal de solemnidad artificial, esperando el próximo boletín oficial que nos aclare, con membrete y tipografía Comic Sans (que ya hay que tener mal gusto), que el bar de la esquina hoy tampoco abre. Y empezar la mañana sin un buen café es una cosa muy trágica.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
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