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Opinión

Andalucía: ¿entre la resignación y la esperanza?

Aunque el camino siga siendo difícil, estas elecciones también demuestran que Andalucía no es inmóvil. Que hay espacio para seguir construyendo esperanza

  • Votantes, nada más abrirse las urnas, en Jerez, este 17M. -

Las elecciones andaluzas el pasado domingo dejan muchos mensajes. Algunos preocupantes, otros esperanzadores, y quizás el más importante de todos sea que nada está escrito. El PP sigue siendo la fuerza más votada, pero pierde la mayoría absoluta que obtuvo en 2022. Y eso significa algo importante: que cuando existe trabajo, constancia y una oposición que conecta con la ciudadanía, incluso los Gobiernos más fuertes pueden empezar a desgastarse.

Porque estos resultados no aparecen de la nada. Hay detrás años de movilización, de colectivos defendiendo la sanidad pública, de personas peleando por una educación digna, de plataformas denunciando la situación de la dependencia, de jóvenes organizándose ante la precariedad y el problema de la vivienda. Hay una ciudadanía que empieza a exigir más y a resignarse menos.

También dejan una reflexión importante sobre cómo se reconstruye la confianza política. No desde el marketing ni desde las campañas vacías, sino desde la cercanía. Escuchando. Estando presentes en los barrios y en los pueblos. Hablando claro sobre los problemas reales de la gente. Con humildad, trabajo y humanidad. Cuando la política sirve para acompañar y mejorar la vida cotidiana, la ciudadanía vuelve a mirar con esperanza.

Y aun así, Andalucía sigue mostrando una contradicción enorme. En una tierra obrera, trabajadora y profundamente golpeada por la precariedad, continúa creciendo un discurso basado en una supuesta prioridad nacional que, en la práctica, no da respuesta a los problemas reales de la mayoría social. Mientras se habla constantemente de identidad y confrontación cultural, siguen deteriorándose servicios públicos esenciales como la sanidad, la educación o la dependencia.

Porque la gente no necesita discursos vacíos sobre patriotismo mientras no puede acceder a una vivienda digna, mientras los salarios no alcanzan, mientras la juventud encadena trabajos precarios o mientras hay familias esperando ayudas que llegan tarde o directamente nunca llegan.

Y quizás uno de los problemas más graves sea precisamente la rapidez con la que se normaliza el deterioro de lo público. Parece que olvidamos demasiado rápido los cribados del cáncer paralizados o retrasados, las listas de espera interminables o las personas que fallecen esperando una ayuda a la dependencia. Se olvida rápido el desgaste silencioso de los servicios públicos cuando ese desgaste no ocupa titulares todos los días.

Pero dentro de ese contexto también aparecen señales que merece la pena observar con atención. Existe una parte de la sociedad andaluza, especialmente joven, que está buscando nuevas formas de hacer política desde el andalucismo, el municipalismo y la cercanía con el territorio. Una sensibilidad que entiende que Andalucía necesita defenderse a sí misma, poner en el centro sus problemas reales y construir soluciones desde abajo.

Quizás el reto de los próximos años esté precisamente ahí: en la capacidad de las fuerzas transformadoras, soberanistas, progresistas y municipalistas para entenderse, cooperar y construir espacios amplios que vuelvan a generar ilusión. No desde las siglas ni desde los egos, sino desde la convicción de que hace falta una alternativa que vuelva a conectar con la vida cotidiana de la gente.

Porque cuando la política escucha, acompaña y pisa la calle, la ciudadanía responde. Y porque aunque el camino siga siendo difícil, estas elecciones también demuestran que Andalucía no es inmóvil. Que hay espacio para seguir construyendo esperanza.

Las elecciones andaluzas el pasado domingo dejan muchos mensajes. Algunos preocupantes, otros esperanzadores, y quizás el más importante de todos sea que nada está escrito. El PP sigue siendo la fuerza más votada, pero pierde la mayoría absoluta que obtuvo en 2022. Y eso significa algo importante: que cuando existe trabajo, constancia y una oposición que conecta con la ciudadanía, incluso los Gobiernos más fuertes pueden empezar a desgastarse.

Porque estos resultados no aparecen de la nada. Hay detrás años de movilización, de colectivos defendiendo la sanidad pública, de personas peleando por una educación digna, de plataformas denunciando la situación de la dependencia, de jóvenes organizándose ante la precariedad y el problema de la vivienda. Hay una ciudadanía que empieza a exigir más y a resignarse menos.

También dejan una reflexión importante sobre cómo se reconstruye la confianza política. No desde el marketing ni desde las campañas vacías, sino desde la cercanía. Escuchando. Estando presentes en los barrios y en los pueblos. Hablando claro sobre los problemas reales de la gente. Con humildad, trabajo y humanidad. Cuando la política sirve para acompañar y mejorar la vida cotidiana, la ciudadanía vuelve a mirar con esperanza.

Y aun así, Andalucía sigue mostrando una contradicción enorme. En una tierra obrera, trabajadora y profundamente golpeada por la precariedad, continúa creciendo un discurso basado en una supuesta prioridad nacional que, en la práctica, no da respuesta a los problemas reales de la mayoría social. Mientras se habla constantemente de identidad y confrontación cultural, siguen deteriorándose servicios públicos esenciales como la sanidad, la educación o la dependencia.

Porque la gente no necesita discursos vacíos sobre patriotismo mientras no puede acceder a una vivienda digna, mientras los salarios no alcanzan, mientras la juventud encadena trabajos precarios o mientras hay familias esperando ayudas que llegan tarde o directamente nunca llegan.

Y quizás uno de los problemas más graves sea precisamente la rapidez con la que se normaliza el deterioro de lo público. Parece que olvidamos demasiado rápido los cribados del cáncer paralizados o retrasados, las listas de espera interminables o las personas que fallecen esperando una ayuda a la dependencia. Se olvida rápido el desgaste silencioso de los servicios públicos cuando ese desgaste no ocupa titulares todos los días.

Pero dentro de ese contexto también aparecen señales que merece la pena observar con atención. Existe una parte de la sociedad andaluza, especialmente joven, que está buscando nuevas formas de hacer política desde el andalucismo, el municipalismo y la cercanía con el territorio. Una sensibilidad que entiende que Andalucía necesita defenderse a sí misma, poner en el centro sus problemas reales y construir soluciones desde abajo.

Quizás el reto de los próximos años esté precisamente ahí: en la capacidad de las fuerzas transformadoras, soberanistas, progresistas y municipalistas para entenderse, cooperar y construir espacios amplios que vuelvan a generar ilusión. No desde las siglas ni desde los egos, sino desde la convicción de que hace falta una alternativa que vuelva a conectar con la vida cotidiana de la gente.

Porque cuando la política escucha, acompaña y pisa la calle, la ciudadanía responde. Y porque aunque el camino siga siendo difícil, estas elecciones también demuestran que Andalucía no es inmóvil. Que hay espacio para seguir construyendo esperanza.

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