Con el inicio de este nuevo curso escolar, hay datos que deberían obligarnos a una seria reflexión sobre en qué les hemos fallado a nuestros menores y a sus docentes mientras asistimos a una transformación tecnológica que está cambiando radicalmente la forma de aprender, enseñar y relacionarnos y que avanza a una velocidad vertiginosa. Una nueva era llena de oportunidades, pero también de enormes riesgos, ante la que las administraciones siguen sin responder con la suficiente determinación.
Adaptar la educación a las nuevas necesidades de la sociedad y cumplir lo que ya establece la legislación no puede seguir siendo una asignatura pendiente. No hay tiempo. Aunque parezca misión imposible, ha llegado el momento de dejar a un lado las trincheras políticas y preguntarnos qué estamos haciendo con la educación de nuestros hijos.
El último informe PISA ha puesto negro sobre blanco una realidad que desde hace tiempo venimos advirtiendo quienes trabajamos en educación y bienestar digital: España ha obtenido sus peores resultados históricos en matemáticas, lectura y ciencias. En 2025, el alumnado español obtiene 451 puntos en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, en los tres casos por debajo de la media de la OCDE. Respecto a 2022, la caída es de 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias. Cerca de uno de cada tres alumnos no alcanza siquiera el nivel básico de competencia en lectura y matemáticas.
Un fracaso en toda regla en un momento en el que uno de los mayores riesgos es que las nuevas generaciones terminen dependiendo de la IA por falta de una formación que les enseñe a utilizarla de forma segura, saludable, ética y responsable. Una formación que les permita comprender sus riesgos y consecuencias y, sobre todo, aprender a poner la inteligencia artificial a su servicio, sin convertirla en un sustituto de su propio pensamiento, aprendizaje y capacidad de decisión.
No se trata de alarmar, sino de ocuparse y eso pasa por actuar en el origen preparando a nuestros menores para un mundo en el que las personas estén en el centro. Algo que parece obvio, sin embargo, no lo es.
No creo que el informe PISA deba convertirse en el único termómetro para medir nuestro sistema educativo., pero tampoco podemos mirar hacia otro lado cuando los datos muestran un deterioro tan importante. Un deterioro en el aprendizaje del que vienen alertando los expertos desde que comenzó una revolución tecnológica sin precedentes que no se termina de tomar en serio en el caso de la educación.
Es hora de dar una respuesta contundente a la pregunta: ¿necesitamos otra ley educativa o necesitamos, de una vez por todas, un pacto de Estado por la Educación?
España no puede continuar sometiendo su sistema educativo al vaivén de cada Gobierno. Hoy nuestros hijos viven en una sociedad que poco tiene que ver con la de hace veinte años. La inteligencia artificial está transformando el mercado laboral, la economía de los datos crece a una velocidad extraordinaria y las plataformas digitales forman parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, seguimos intentando adaptar la educación a la revolución tecnológica muchas veces desde una lógica equivocada: digitalizar no es llenar las aulas de ordenadores, tabletas o pantallas.
Digitalizar tampoco significa sustituir un libro por una pantalla, significa preparar al alumnado para vivir, aprender, relacionarse, trabajar y ejercer sus derechos en una sociedad digital.
Y eso exige poner en práctica de una forma ambiciosa el derecho a la educación digital en el aula.
Hace ya ocho años que la Ley Orgánica 3/2018 reconoció, en su artículo 83, el derecho a la educación digital. La norma establece que el sistema educativo debe garantizar la plena inserción del alumnado en la sociedad digital y el aprendizaje de un uso de los medios digitales que sea seguro y respetuoso con los derechos fundamentales. No estamos, por tanto, reclamando un lujo ni una asignatura de moda. Estamos hablando de un derecho reconocido por ley.
Sin embargo, ¿lo estamos garantizando realmente?
La respuesta no puede depender de la comunidad autónoma en la que viva un alumno, del centro educativo al que acuda o de que encuentre un profesor especialmente sensibilizado con esta cuestión.
Necesitamos incorporar de forma real y homogénea la alfabetización mediática, digital y en inteligencia artificial al currículo escolar. Nuestros hijos saben deslizar el dedo sobre una pantalla, pero eso no significa que sepan utilizar la tecnología.
Necesitan aprender a distinguir información de desinformación, a comprender cómo funcionan los algoritmos, a proteger su privacidad y su identidad digital, a reconocer la manipulación y la persuasión, a utilizar la inteligencia artificial de manera crítica y ética, a detectar los riesgos del ciberacoso, la violencia digital o la pérdida de intimidad y, sobre todo, a saber, cuándo una tecnología les ayuda y cuándo empieza a controlarles.
Y hay algo que no podemos olvidar en esta carrera tecnológica: lo analógico sigue siendo imprescindible. Leer en profundidad, comprender lo que se lee, pensar, escribir, razonar, conversar, memorizar, concentrarse, resolver problemas, desarrollar pensamiento crítico, esperar e incluso aburrirse es más necesario que nunca.
La educación no puede consistir en elegir entre el libro y la pantalla. Necesitamos encontrar el equilibrio. Es necesario valorar su utilidad en cada momento, a qué edad y, sobre todo, tomarse muy en serio que nuestros menores aprendan a utilizarla para hacer un uso seguro, saludable, ético y responsable.
El último PISA debería hacernos reflexionar precisamente sobre esto. El descenso de los resultados no puede atribuirse de manera simplista a las pantallas, porque intervienen muchos factores y la propia OCDE señala un fenómeno de deterioro del rendimiento que afecta a numerosos países. Pero sí sabemos que el uso intensivo de dispositivos, la pérdida de concentración y determinados hábitos digitales forman parte de un problema que debemos estudiar y abordar.
Por eso, la pregunta no debería ser si queremos tecnología en las aulas. La pregunta debería ser para qué, cuándo, cómo y con qué formación queremos utilizarla.
Hemos cometido un error si pensamos que entregar dispositivos es educar digitalmente. Hemos llevado la tecnología a los colegios y a los hogares, pero no siempre hemos acompañado esa llegada con la formación necesaria para utilizarla de manera responsable, crítica, ética y saludable.
Mientras tanto, Europa también nos está señalando el camino. El informe del grupo de expertos de la Comisión Europea sobre seguridad infantil en línea reclama integrar la educación mediática, digital y en inteligencia artificial en el currículo escolar, al tiempo que exige una mayor responsabilidad a las plataformas.
Porque la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las familias. Ni únicamente sobre los profesores. Ni únicamente sobre los menores. También corresponde a las administraciones y a las grandes plataformas tecnológicas.
Y, precisamente, por eso necesitamos coordinación. Necesitamos reducir la brecha digital entre centros educativos y entre comunidades autónomas. Necesitamos formación permanente para los docentes. Necesitamos criterios comunes. Necesitamos recursos. Necesitamos investigación. Necesitamos evaluar qué tecnologías mejoran realmente el aprendizaje y cuáles simplemente aumentan el tiempo de exposición a una pantalla.
Y necesitamos hacerlo sin demonizar la tecnología. Porque la tecnología no es el enemigo. El problema es entrar en una nueva era sin haber preparado a las personas para vivir en ella.
Hablamos de un momento muy serio para la humanidad, aunque pueda parecer exagerado, de la formación de nuestros menores depende el futuro más inmediato de todos.
Y, quizá, esa sea la verdadera revolución educativa que tenemos pendiente. No se trata de elegir entre lo analógico y lo digital. Se trata de educar para saber utilizar lo mejor de ambos mundos.
Después de los datos de PISA, ya no deberíamos preguntarnos si España necesita un pacto de Estado por la Educación. Deberíamos preguntarnos cuánto tiempo más podemos permitirnos no tenerlo.
Con el inicio de este nuevo curso escolar, hay datos que deberían obligarnos a una seria reflexión sobre en qué les hemos fallado a nuestros menores y a sus docentes mientras asistimos a una transformación tecnológica que está cambiando radicalmente la forma de aprender, enseñar y relacionarnos y que avanza a una velocidad vertiginosa. Una nueva era llena de oportunidades, pero también de enormes riesgos, ante la que las administraciones siguen sin responder con la suficiente determinación.
Adaptar la educación a las nuevas necesidades de la sociedad y cumplir lo que ya establece la legislación no puede seguir siendo una asignatura pendiente. No hay tiempo. Aunque parezca misión imposible, ha llegado el momento de dejar a un lado las trincheras políticas y preguntarnos qué estamos haciendo con la educación de nuestros hijos.
El último informe PISA ha puesto negro sobre blanco una realidad que desde hace tiempo venimos advirtiendo quienes trabajamos en educación y bienestar digital: España ha obtenido sus peores resultados históricos en matemáticas, lectura y ciencias. En 2025, el alumnado español obtiene 451 puntos en comprensión lectora, 457 en matemáticas y 477 en ciencias, en los tres casos por debajo de la media de la OCDE. Respecto a 2022, la caída es de 23 puntos en lectura, 16 en matemáticas y 8 en ciencias. Cerca de uno de cada tres alumnos no alcanza siquiera el nivel básico de competencia en lectura y matemáticas.
Un fracaso en toda regla en un momento en el que uno de los mayores riesgos es que las nuevas generaciones terminen dependiendo de la IA por falta de una formación que les enseñe a utilizarla de forma segura, saludable, ética y responsable. Una formación que les permita comprender sus riesgos y consecuencias y, sobre todo, aprender a poner la inteligencia artificial a su servicio, sin convertirla en un sustituto de su propio pensamiento, aprendizaje y capacidad de decisión.
No se trata de alarmar, sino de ocuparse y eso pasa por actuar en el origen preparando a nuestros menores para un mundo en el que las personas estén en el centro. Algo que parece obvio, sin embargo, no lo es.
No creo que el informe PISA deba convertirse en el único termómetro para medir nuestro sistema educativo., pero tampoco podemos mirar hacia otro lado cuando los datos muestran un deterioro tan importante. Un deterioro en el aprendizaje del que vienen alertando los expertos desde que comenzó una revolución tecnológica sin precedentes que no se termina de tomar en serio en el caso de la educación.
Es hora de dar una respuesta contundente a la pregunta: ¿necesitamos otra ley educativa o necesitamos, de una vez por todas, un pacto de Estado por la Educación?
España no puede continuar sometiendo su sistema educativo al vaivén de cada Gobierno. Hoy nuestros hijos viven en una sociedad que poco tiene que ver con la de hace veinte años. La inteligencia artificial está transformando el mercado laboral, la economía de los datos crece a una velocidad extraordinaria y las plataformas digitales forman parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, seguimos intentando adaptar la educación a la revolución tecnológica muchas veces desde una lógica equivocada: digitalizar no es llenar las aulas de ordenadores, tabletas o pantallas.
Digitalizar tampoco significa sustituir un libro por una pantalla, significa preparar al alumnado para vivir, aprender, relacionarse, trabajar y ejercer sus derechos en una sociedad digital.
Y eso exige poner en práctica de una forma ambiciosa el derecho a la educación digital en el aula.
Hace ya ocho años que la Ley Orgánica 3/2018 reconoció, en su artículo 83, el derecho a la educación digital. La norma establece que el sistema educativo debe garantizar la plena inserción del alumnado en la sociedad digital y el aprendizaje de un uso de los medios digitales que sea seguro y respetuoso con los derechos fundamentales. No estamos, por tanto, reclamando un lujo ni una asignatura de moda. Estamos hablando de un derecho reconocido por ley.
Sin embargo, ¿lo estamos garantizando realmente?
La respuesta no puede depender de la comunidad autónoma en la que viva un alumno, del centro educativo al que acuda o de que encuentre un profesor especialmente sensibilizado con esta cuestión.
Necesitamos incorporar de forma real y homogénea la alfabetización mediática, digital y en inteligencia artificial al currículo escolar. Nuestros hijos saben deslizar el dedo sobre una pantalla, pero eso no significa que sepan utilizar la tecnología.
Necesitan aprender a distinguir información de desinformación, a comprender cómo funcionan los algoritmos, a proteger su privacidad y su identidad digital, a reconocer la manipulación y la persuasión, a utilizar la inteligencia artificial de manera crítica y ética, a detectar los riesgos del ciberacoso, la violencia digital o la pérdida de intimidad y, sobre todo, a saber, cuándo una tecnología les ayuda y cuándo empieza a controlarles.
Y hay algo que no podemos olvidar en esta carrera tecnológica: lo analógico sigue siendo imprescindible. Leer en profundidad, comprender lo que se lee, pensar, escribir, razonar, conversar, memorizar, concentrarse, resolver problemas, desarrollar pensamiento crítico, esperar e incluso aburrirse es más necesario que nunca.
La educación no puede consistir en elegir entre el libro y la pantalla. Necesitamos encontrar el equilibrio. Es necesario valorar su utilidad en cada momento, a qué edad y, sobre todo, tomarse muy en serio que nuestros menores aprendan a utilizarla para hacer un uso seguro, saludable, ético y responsable.
El último PISA debería hacernos reflexionar precisamente sobre esto. El descenso de los resultados no puede atribuirse de manera simplista a las pantallas, porque intervienen muchos factores y la propia OCDE señala un fenómeno de deterioro del rendimiento que afecta a numerosos países. Pero sí sabemos que el uso intensivo de dispositivos, la pérdida de concentración y determinados hábitos digitales forman parte de un problema que debemos estudiar y abordar.
Por eso, la pregunta no debería ser si queremos tecnología en las aulas. La pregunta debería ser para qué, cuándo, cómo y con qué formación queremos utilizarla.
Hemos cometido un error si pensamos que entregar dispositivos es educar digitalmente. Hemos llevado la tecnología a los colegios y a los hogares, pero no siempre hemos acompañado esa llegada con la formación necesaria para utilizarla de manera responsable, crítica, ética y saludable.
Mientras tanto, Europa también nos está señalando el camino. El informe del grupo de expertos de la Comisión Europea sobre seguridad infantil en línea reclama integrar la educación mediática, digital y en inteligencia artificial en el currículo escolar, al tiempo que exige una mayor responsabilidad a las plataformas.
Porque la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre las familias. Ni únicamente sobre los profesores. Ni únicamente sobre los menores. También corresponde a las administraciones y a las grandes plataformas tecnológicas.
Y, precisamente, por eso necesitamos coordinación. Necesitamos reducir la brecha digital entre centros educativos y entre comunidades autónomas. Necesitamos formación permanente para los docentes. Necesitamos criterios comunes. Necesitamos recursos. Necesitamos investigación. Necesitamos evaluar qué tecnologías mejoran realmente el aprendizaje y cuáles simplemente aumentan el tiempo de exposición a una pantalla.
Y necesitamos hacerlo sin demonizar la tecnología. Porque la tecnología no es el enemigo. El problema es entrar en una nueva era sin haber preparado a las personas para vivir en ella.
Hablamos de un momento muy serio para la humanidad, aunque pueda parecer exagerado, de la formación de nuestros menores depende el futuro más inmediato de todos.
Y, quizá, esa sea la verdadera revolución educativa que tenemos pendiente. No se trata de elegir entre lo analógico y lo digital. Se trata de educar para saber utilizar lo mejor de ambos mundos.
Después de los datos de PISA, ya no deberíamos preguntarnos si España necesita un pacto de Estado por la Educación. Deberíamos preguntarnos cuánto tiempo más podemos permitirnos no tenerlo.
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