Casi seguro que la conocen, me refiero a la fábula de los dos conejos. Lo que seguro que no saben es si definitivamente se trataba de galgos o de podencos. Por si alguien no la recordase se la resumo:
Un conejo corría desesperado, a tope, por el monte, perseguido por unos perros; al pasar por delante de una madriguera se asomó un colega que le preguntó a dónde iba con tanta prisa; le contestó el primero, sin aliento, que escapaba de la persecución de dos galgos; se irguió el segundo para asomar la cabeza entre las matas y dijo: Ya los veo, sí, pero no son galgos. ¿Pues qué son? Le preguntó sorprendido el primero. Son podencos, respondió. ¿Podencos? Son galgos muy galgos, que los tengo bien vistos. Y se enzarzaron en una discusión que no hubiera tenido final si no fuera porque llegaron los perros y pillaron a los dos conejos concentrados en defender, cada uno, su postura, sin llegar a un acuerdo sobre tema de tan particular trascendencia.
Lo contaba mucho mejor, en verso medido y rimado, D. Tomás Iriarte, que vivió allá por la segunda mitad del siglo XVIII.
Últimamente, en los foros que sobre el sector oleícola se dan en Jaén, sea el tema que sea el que origina la convocatoria, es habitual que la mayor parte del tiempo se dedique a debatir sobre la PAC (la famosa Política Agraria Común), en concreto sobre los fondos que llegan al olivar jiennense, aquellos que la Unión Europea distribuye para complementar la renta de agricultores y ganaderos (se ve que el “dios mercado” no acaba de cumplir adecuadamente su cometido y necesita un poco de colaboración). Ya sea por las medidas en uso o sobre las que llegarán tras la próxima reforma (siempre hay una reforma en marcha y la que se espera para 2028 parece que va a ser contundente). Como se trata de política europea, las medidas afectan a todo el país (en nuestro caso a España entera, sin distinguir comunidades autónomas y, mucho menos, provincias) y si el presupuesto no se incrementa -que es lo normal- y se cambian los criterios de reparto, pudiera ocurrir que las cantidades que lleguen al olivar jiennense -que hasta ahora eran desiguales, pero algunas bien sustanciosas- no sean las mismas. Lo que se teme, claro, es que sean menores.
Como parece lógico, todos los actores que se reúnen estos foros (me refiero a las organizaciones profesionales agrarias, administraciones, sindicatos, patronal, universidades, denominaciones de origen, etc.) desean que al olivar de Jaén le llegue la mayor cantidad posible de euros. Pero las posturas no son del todo unánimes, se presentan algunos matices que son los que generan y dan contenido a esos interminables debates.
Simplificando bastante se podría resumir en dos posiciones de partida: Unos defienden que se cambie el mínimo necesario para que todo siga igual, o sea que Jaén siga percibiendo, al menos, los mismos fondos que hasta ahora (“derechos históricos” que se establecieron en un momento en lo que se primaba la producción); y otros que -sin querer que se pierda- anteponen la conveniencia de una distribución más justa, que apoye a aquellos agricultores que más lo necesitan, admitiendo esto pueda suponer alguna reducción -la menor posible, por supuesto- de los fondos.
No dudo de la importancia de la “política agraria común”, ni de la necesidad del apoyo económico que sus fondos suponen para la renta de los agricultores y ganaderos europeos en general y para los olivareros de Jaén (aceituneros altivos) en particular, pero…
El olivar de Jaén recibe anualmente alrededor de 320 millones de euros de la PAC, de los que corresponden a la ayuda básica a la renta -que es el concepto al que más tiempo se dedica en los debates- el 57% :182 millones, en números redondos. (Datos tomados de los precisos estudios que ha realizado el equipo dirigido por D. Manuel Parras de la Universidad de Jaén).
En la provincia de Jaén se producen de media unas 400.000 toneladas de aceite por campaña (400 millones de kilos). Aceite, de calidades diversas, que va saliendo al mercado a un determinado ritmo, más o menos razonable, con unos precios que deberían suponer remuneración suficiente por el trabajo y el capital empleado en su producción, aunque está claro que casi nunca es así para todos los olivareros, hay muchos que siempre se quedan por debajo. El mercado responde a una lógica diferente (ajena a aquellos debates), el precio en origen del aceite oscila, sube alguna vez y baja muchas veces, la caída de medio euro (50 céntimos) en el precio en origen, en una campaña media, supone una disminución de 200 millones en esa genérica cuenta del olivar giennense, 18 millones más más que toda la tan debatida “ayuda básica a la renta” de la PAC.
Al final de la fábula nos quedamos sin saber si eran galgos o podencos; creo que a D. Tomás no le preocupaba en absoluto la identificación de la raza canina, lo que buscaba -como en casi todas las fábulas- era mandar un mensaje que, por si alguien no lo capta a la primera, lo concreta al final en forma de moraleja: “Los que por cuestiones/ de poco momento/ dejan lo que importa/ llévense este ejemplo”. (Dos siglos y medio después parece que sigue teniendo vigencia).
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