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desde la plazuela

El portón de los milagros

Veo mar, veo huertos con frutas que no nacen en mi tierra

  • La puerta de San Miguel.

La puerta mira al norte. Yo prefiero la calor recitan los franceses que se parieron, una generación anterior, en España. No me gusta el frío me canta el chorlitejo barbateño mientras alimenta a sus crías paridas en las dunas del sur.

Los escalones de la puerta de la iglesia de San Miguel, los que dan al norte, los teníamos los alumnos de guitarra para esperar en la sombra. El sol, diría el andaluz, para la raíz y la tristeza. El viento sin nombre nos trae quejas dulces desde el interior de una de las habitaciones del hostal. Todos los cuartos dan a la plazoleta. Toda verdad da a la felicidad. Sobre los gemidos flotan la urgencia y ese olor a azúcar quemada que acompaña a los bollos de leche. Las falsetas de Miguel Burrull nos hacían soñar que todo era posible. Tú ya tienes hechos unos sueños. Ahora, amor, déjame tener los míos susurra unos de los angelillos del pórtico. El arcángel está hecho de óleo y de tiras de mis entrañas. Gracias. De otras manos brotan acordes de Parrilla y de una boca, sin milagros para el cante, un chiste malo de Lepe. Opá, qué está más lejos, Huelva o la Luna, Tú puedes ver Huelva ni ná.

  • Una playa.

Del hostal, henchida de rojos y azules, sale la muchacha. Su sonrisa viste todas las edades del mundo. Veo mar, veo huertos con frutas que no nacen en mi tierra. Veo en su rostro poesías que no he leído ni sabré interpretar. Contemplo, desde mi niñez, una paz en sus ojos que no hemos disfrutado en este desierto desde Caín. La amaré toda mi vida exclama la veleta al observar su alegría. Desde siempre rezó el hierro por ser aire. La joven tiene el índice agotado de dibujar arabescos y animales en la piel de su amante. Hay ballenas que viven siglos. Se sabe que es así por sus heridas.

La soleá sale de mis adentros cuando siempre he tenido la fortuna de sentirme amado pero Se aprende más sufriendo que gozando dicen los putos manuales de entonces. Sale el cura desde lo oscuro de su iglesia. Son las cuatro y media. Callaos, un poco de respeto a los feligreses. La orden nos lleva a meter las guitarras en lo más profundo de nuestras fundas de trapo. El grito del párroco detiene a la chica. Por arte de mi propia voluntad hago desaparecer todo lo estéril que me rodea. Sólo ella y yo. Me observa con curiosidad, desde el otro lado de la historia. La fuente de la plazoleta nos regala, milagrosamente, el sonido vivo del agua cuando la mayoría de los días es silencio y pájaros volando a otras partes. Hoy no. Hoy es vida. Y veo una cueva habitada con el primer amor. Ese que nunca te dejará solo.

La puerta mira al norte. Yo prefiero la calor recitan los franceses que se parieron, una generación anterior, en España. No me gusta el frío me canta el chorlitejo barbateño mientras alimenta a sus crías paridas en las dunas del sur.

Los escalones de la puerta de la iglesia de San Miguel, los que dan al norte, los teníamos los alumnos de guitarra para esperar en la sombra. El sol, diría el andaluz, para la raíz y la tristeza. El viento sin nombre nos trae quejas dulces desde el interior de una de las habitaciones del hostal. Todos los cuartos dan a la plazoleta. Toda verdad da a la felicidad. Sobre los gemidos flotan la urgencia y ese olor a azúcar quemada que acompaña a los bollos de leche. Las falsetas de Miguel Burrull nos hacían soñar que todo era posible. Tú ya tienes hechos unos sueños. Ahora, amor, déjame tener los míos susurra unos de los angelillos del pórtico. El arcángel está hecho de óleo y de tiras de mis entrañas. Gracias. De otras manos brotan acordes de Parrilla y de una boca, sin milagros para el cante, un chiste malo de Lepe. Opá, qué está más lejos, Huelva o la Luna, Tú puedes ver Huelva ni ná.

  • Una playa.

Del hostal, henchida de rojos y azules, sale la muchacha. Su sonrisa viste todas las edades del mundo. Veo mar, veo huertos con frutas que no nacen en mi tierra. Veo en su rostro poesías que no he leído ni sabré interpretar. Contemplo, desde mi niñez, una paz en sus ojos que no hemos disfrutado en este desierto desde Caín. La amaré toda mi vida exclama la veleta al observar su alegría. Desde siempre rezó el hierro por ser aire. La joven tiene el índice agotado de dibujar arabescos y animales en la piel de su amante. Hay ballenas que viven siglos. Se sabe que es así por sus heridas.

La soleá sale de mis adentros cuando siempre he tenido la fortuna de sentirme amado pero Se aprende más sufriendo que gozando dicen los putos manuales de entonces. Sale el cura desde lo oscuro de su iglesia. Son las cuatro y media. Callaos, un poco de respeto a los feligreses. La orden nos lleva a meter las guitarras en lo más profundo de nuestras fundas de trapo. El grito del párroco detiene a la chica. Por arte de mi propia voluntad hago desaparecer todo lo estéril que me rodea. Sólo ella y yo. Me observa con curiosidad, desde el otro lado de la historia. La fuente de la plazoleta nos regala, milagrosamente, el sonido vivo del agua cuando la mayoría de los días es silencio y pájaros volando a otras partes. Hoy no. Hoy es vida. Y veo una cueva habitada con el primer amor. Ese que nunca te dejará solo.

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