Las primeras notas de aquel disco de Paco de Lucía me siguen recordando todavía al impredecible y recurrente vuelo del abejorro. Imprevisible porque al insecto lo maneja el cielo y constante porque nunca olvida. Sólo quiero caminar. Bicho blanco sobre fondo negro. Y detrás de aquella portada oscura, con letra cuidada por los años, se podía leer la dedicatoria de Angelita Gómez que me encomendaba a ser artista delante de una mesa rebosante de soleá, seguiriya y junio. Que nos toque algo el niño decía uno de los monstruos de la reunión. Y el niño, por ser niño, se espantaba aún con la gravedad de los bordones de las guitarras viejas. Cómo se deja de temer al abejorro me preguntaba. Cómo se deja de temer a la miel me pregunto.
Pero siempre llegaba septiembre y con el otoño regresaban mis rasgueos a San Miguel, unas veces por la Empedrada y la mayoría por el Arenal. Como piera de mi Empedrá, paraito yo aquí te espero, pá verte niña pasá. Y ya en San Miguel, a dos pasos de La Parra Vieja y delante del escaparate de la tienda de guitarra, esperaba mis clases contemplando los vinilos de mis tocaores ciertos. Borracho de silencio y con la Oración de Manolo Sanlúcar bajo mi lengua desfilaban ante mis ojos, desatados de cualquier lógica, vírgenes y cristos de cartón piedra hacia la iglesia cerrada a cal y canto. Sólo Manolo sabía que, tarde o temprano, dirigiría con sus dedos tremólicos el compás del tiempo aunque mismamente hoy, sin ayuda de usted, estuve en el principio de los tiempos. Fue agua, sol y ese ave que dicen que se hace con los corazones de los desesperanzados.
Suena la mobylette de Balao. Se encuentra a un minuto de este cristal que guarda en sus tripas invisibles a Tomatito, El Niño de Pura y a Morao. Chutes en vena y en las sienes. Arzapúa en el Polígono y picado en La Asunción. Mis dos pulmones son ahora dos corazones rojos a punto de estallar por el hierro del arroyo y el oxígeno del primer cielo. Limpia va el agua del río.
Las primeras notas de aquel disco de Paco de Lucía me siguen recordando todavía al impredecible y recurrente vuelo del abejorro. Imprevisible porque al insecto lo maneja el cielo y constante porque nunca olvida. Sólo quiero caminar. Bicho blanco sobre fondo negro. Y detrás de aquella portada oscura, con letra cuidada por los años, se podía leer la dedicatoria de Angelita Gómez que me encomendaba a ser artista delante de una mesa rebosante de soleá, seguiriya y junio. Que nos toque algo el niño decía uno de los monstruos de la reunión. Y el niño, por ser niño, se espantaba aún con la gravedad de los bordones de las guitarras viejas. Cómo se deja de temer al abejorro me preguntaba. Cómo se deja de temer a la miel me pregunto.
Pero siempre llegaba septiembre y con el otoño regresaban mis rasgueos a San Miguel, unas veces por la Empedrada y la mayoría por el Arenal. Como piera de mi Empedrá, paraito yo aquí te espero, pá verte niña pasá. Y ya en San Miguel, a dos pasos de La Parra Vieja y delante del escaparate de la tienda de guitarra, esperaba mis clases contemplando los vinilos de mis tocaores ciertos. Borracho de silencio y con la Oración de Manolo Sanlúcar bajo mi lengua desfilaban ante mis ojos, desatados de cualquier lógica, vírgenes y cristos de cartón piedra hacia la iglesia cerrada a cal y canto. Sólo Manolo sabía que, tarde o temprano, dirigiría con sus dedos tremólicos el compás del tiempo aunque mismamente hoy, sin ayuda de usted, estuve en el principio de los tiempos. Fue agua, sol y ese ave que dicen que se hace con los corazones de los desesperanzados.
Suena la mobylette de Balao. Se encuentra a un minuto de este cristal que guarda en sus tripas invisibles a Tomatito, El Niño de Pura y a Morao. Chutes en vena y en las sienes. Arzapúa en el Polígono y picado en La Asunción. Mis dos pulmones son ahora dos corazones rojos a punto de estallar por el hierro del arroyo y el oxígeno del primer cielo. Limpia va el agua del río.
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