Ediciones:

Seguir en Discover

Opinión

Más allá de la 'Odisea'. Hacia la construcción de la paz

La 'Ilíada' y la 'Odisea' eran consideradas por sus compatriotas griegos como grandes expresiones del saber

  • Un fotograma de 'El regreso de Ulises'.

Donde lo terrenal y lo divino se entrelazan tejiendo las historias, la Ilíada y la Odisea eran consideradas por sus compatriotas griegos como grandes expresiones del saber. Recursos habituales en los recitales de los rapsodas, estos relatos gozaban de gran popularidad en los espacios públicos de la Hélade. Legisladores como Solón (allá por el siglo VI a.E.C.) buscaban consolidar a Atenas como gran centro cultural, promulgando leyes para uniformar la transmisión las historias homéricas (a través del decreto del orden de recitación de los poemas atendiendo a la cronología de los eventos); que más adelante completaría el tirano Pisístrato auspiciando la redacción de una única versión compilando todos los relatos homéricos en un mismo texto.

Este cuerpo de filólogos convocado por los gobernadores estandarizó e institucionalizó el relato de la Guerra de Troya proyectado desde la polis ateniense para el conjunto de los griegos. En este, se cuenta como los aqueos y entre ellos el rey de Ítaca, Odiseo, combatieron y tomaron la ciudad de Troya. Durante los diez años de contienda, los héroes vivieron en una continua pugna por el honor y el prestigio. Una sociedad de clases que se encontraba en crisis y orientaba sus esfuerzos hacia el conflicto bélico contra pueblos extranjeros justificado desde la más absoluta misoginia.

Solo un soldado, un hombre común, quien fue presentado por Homero sin linaje o filiación, con deformidad acusada y afilada oratoria que, lejos de seguir a la masa, planteó una deserción colectiva ante el sinsentido de la guerra impulsado por la codicia de los comandantes aqueos y su rey Agamenón; atisbo que terminó con el castigo de Odiseo y la burla de sus iguales. Conocido como Tersites, este personaje pasaría a la historia como la primera representación del “hombre del común”.

“Volvamos a casa y dejemos a este hombre en Troya con sus honores y privilegios y que vea si le somos de ayuda o no”. Homero, Ilíada, Canto II.

No sería hasta su llegada al Hades, años después de la Guerra de Troya y en pleno viaje de regreso a casa, cuando Odiseo tiene un reencuentro con el espectro de su viejo camarada Aquiles. Para sorpresa de su amigo, Odiseo no se encontró a un Aquiles que se vanagloriaba de su posición en el Inframundo; el que fuese el campeón y jefe de los mirmidones, ya caído en combate, se presentaba ante sus ojos como una sombra vulnerable y melancólica que rompía con entronización de la guerra y la fama inmortal. Un héroe que, lejos de su hogar, paulatinamente experimentó una transformación que culminó un sentimiento de empatía hacia el propio enemigo troyano a raíz de un mismo sufrimiento compartido a causa de la guerra. Misma guerra que terminaría consigo y tantos de sus compatriotas. Misma guerra que provocó que del contingente de mil quinientos soldados repartidos en doce naves que encabezó Odiseo, viente años después, quedase reducido a él como único superviviente.

“No digas una sola palabra a favor de la muerte; preferiría ser un criado en casa de un hombre pobre y estar en la tierra, que reinar entre los muertos”. Homero, Odisea, Canto XI.

Y es que, en los veinte años que Odiseo estuvo fuera de su hogar, el reino de Ítaca experimentó un gobierno de paz regido por Penélope, quien destacó como astuta negociadora y estratagema sosteniendo el pulso al continuo asedio de los pretendientes y las aspiraciones golpistas de su hijo Telémaco con una hábil e inteligente diplomacia. A través de la confección de un sudario, Penélope tejió una verdadera red de espionaje e influencias al mismo tiempo que gestionaba los recursos comunes de la isla alejándose de los señores y élites de la guerra desde una administración civil carente de ejército.

“A través de mi administrador, compraba provisiones, y pronto me gané la reputación de astuta negociadora, A través de mi capataz, supervisaba las granjas y los rebaños (…) A medida que fui adquiriendo experiencia, empecé a disfrutar con las conversaciones sobre estos temas tan burdos y ordinarios”. Margaret Atwood, La versión de Penélope. Capítulo La Espera.

Si bien la reina nunca llegaría a ejercer un gobierno formal de la misma manera que los hombres de la época, el propio Odiseo elogió su autoridad y buen gobierno en su ausencia dentro de un acto que no dejó de ser hipócrita y que derivaría en la posterior ejecución de sus consejeras de gobierno bajo acusaciones de traición. Una experiencia política que veía su fin y materializaba ese mismo discurso incómodo que el propio Tersites señalaba tiempo atrás frente a los reyes griegos contra la acumulación de riquezas en manos de una élite privilegiada. Con su caída, tristemente Penélope quedaría de nuevo aislada, sumida en la culpa y relegada a un segundo plano ante la ceguera patriarcal del héroe homérico que siempre confundió autoridad con violencia.

La vuelta al viejo orden con Odiseo no fue más que el reclamo de las propiedades privadas por parte de su amo. Una misma pugna que llevó a los propios aqueos y troyanos a una guerra fratricida durante años por el control de las rutas comerciales y que terminaría con pueblos enteros y silenciando a quienes desde la asamblea o el telar proponían alternativas pacíficas. La misma pugna que, a día de hoy, mantiene el mundo en vilo y no es capaz de mirar a quienes tienen por bandera, al igual que el soldado Tersites y la reina Penélope, la más absoluta de las paces.

“Tu fama llega al mismísimo firmamento del cielo, eres como un rey piadoso y justo que gobierna un gran país: la tierra da trigo y cebada, los árboles están cargados de fruta, las ovejas dan corderos, y el mar es abundante en peces por razón de sus virtudes y sus súbditos hacen grandes cosas bajo su mando”. Homero, Odisea, Canto XIX.

Donde lo terrenal y lo divino se entrelazan tejiendo las historias, la Ilíada y la Odisea eran consideradas por sus compatriotas griegos como grandes expresiones del saber. Recursos habituales en los recitales de los rapsodas, estos relatos gozaban de gran popularidad en los espacios públicos de la Hélade. Legisladores como Solón (allá por el siglo VI a.E.C.) buscaban consolidar a Atenas como gran centro cultural, promulgando leyes para uniformar la transmisión las historias homéricas (a través del decreto del orden de recitación de los poemas atendiendo a la cronología de los eventos); que más adelante completaría el tirano Pisístrato auspiciando la redacción de una única versión compilando todos los relatos homéricos en un mismo texto.

Este cuerpo de filólogos convocado por los gobernadores estandarizó e institucionalizó el relato de la Guerra de Troya proyectado desde la polis ateniense para el conjunto de los griegos. En este, se cuenta como los aqueos y entre ellos el rey de Ítaca, Odiseo, combatieron y tomaron la ciudad de Troya. Durante los diez años de contienda, los héroes vivieron en una continua pugna por el honor y el prestigio. Una sociedad de clases que se encontraba en crisis y orientaba sus esfuerzos hacia el conflicto bélico contra pueblos extranjeros justificado desde la más absoluta misoginia.

Solo un soldado, un hombre común, quien fue presentado por Homero sin linaje o filiación, con deformidad acusada y afilada oratoria que, lejos de seguir a la masa, planteó una deserción colectiva ante el sinsentido de la guerra impulsado por la codicia de los comandantes aqueos y su rey Agamenón; atisbo que terminó con el castigo de Odiseo y la burla de sus iguales. Conocido como Tersites, este personaje pasaría a la historia como la primera representación del “hombre del común”.

“Volvamos a casa y dejemos a este hombre en Troya con sus honores y privilegios y que vea si le somos de ayuda o no”. Homero, Ilíada, Canto II.

No sería hasta su llegada al Hades, años después de la Guerra de Troya y en pleno viaje de regreso a casa, cuando Odiseo tiene un reencuentro con el espectro de su viejo camarada Aquiles. Para sorpresa de su amigo, Odiseo no se encontró a un Aquiles que se vanagloriaba de su posición en el Inframundo; el que fuese el campeón y jefe de los mirmidones, ya caído en combate, se presentaba ante sus ojos como una sombra vulnerable y melancólica que rompía con entronización de la guerra y la fama inmortal. Un héroe que, lejos de su hogar, paulatinamente experimentó una transformación que culminó un sentimiento de empatía hacia el propio enemigo troyano a raíz de un mismo sufrimiento compartido a causa de la guerra. Misma guerra que terminaría consigo y tantos de sus compatriotas. Misma guerra que provocó que del contingente de mil quinientos soldados repartidos en doce naves que encabezó Odiseo, viente años después, quedase reducido a él como único superviviente.

“No digas una sola palabra a favor de la muerte; preferiría ser un criado en casa de un hombre pobre y estar en la tierra, que reinar entre los muertos”. Homero, Odisea, Canto XI.

Y es que, en los veinte años que Odiseo estuvo fuera de su hogar, el reino de Ítaca experimentó un gobierno de paz regido por Penélope, quien destacó como astuta negociadora y estratagema sosteniendo el pulso al continuo asedio de los pretendientes y las aspiraciones golpistas de su hijo Telémaco con una hábil e inteligente diplomacia. A través de la confección de un sudario, Penélope tejió una verdadera red de espionaje e influencias al mismo tiempo que gestionaba los recursos comunes de la isla alejándose de los señores y élites de la guerra desde una administración civil carente de ejército.

“A través de mi administrador, compraba provisiones, y pronto me gané la reputación de astuta negociadora, A través de mi capataz, supervisaba las granjas y los rebaños (…) A medida que fui adquiriendo experiencia, empecé a disfrutar con las conversaciones sobre estos temas tan burdos y ordinarios”. Margaret Atwood, La versión de Penélope. Capítulo La Espera.

Si bien la reina nunca llegaría a ejercer un gobierno formal de la misma manera que los hombres de la época, el propio Odiseo elogió su autoridad y buen gobierno en su ausencia dentro de un acto que no dejó de ser hipócrita y que derivaría en la posterior ejecución de sus consejeras de gobierno bajo acusaciones de traición. Una experiencia política que veía su fin y materializaba ese mismo discurso incómodo que el propio Tersites señalaba tiempo atrás frente a los reyes griegos contra la acumulación de riquezas en manos de una élite privilegiada. Con su caída, tristemente Penélope quedaría de nuevo aislada, sumida en la culpa y relegada a un segundo plano ante la ceguera patriarcal del héroe homérico que siempre confundió autoridad con violencia.

La vuelta al viejo orden con Odiseo no fue más que el reclamo de las propiedades privadas por parte de su amo. Una misma pugna que llevó a los propios aqueos y troyanos a una guerra fratricida durante años por el control de las rutas comerciales y que terminaría con pueblos enteros y silenciando a quienes desde la asamblea o el telar proponían alternativas pacíficas. La misma pugna que, a día de hoy, mantiene el mundo en vilo y no es capaz de mirar a quienes tienen por bandera, al igual que el soldado Tersites y la reina Penélope, la más absoluta de las paces.

“Tu fama llega al mismísimo firmamento del cielo, eres como un rey piadoso y justo que gobierna un gran país: la tierra da trigo y cebada, los árboles están cargados de fruta, las ovejas dan corderos, y el mar es abundante en peces por razón de sus virtudes y sus súbditos hacen grandes cosas bajo su mando”. Homero, Odisea, Canto XIX.

Comentarios