Me temo que la imagen de libreros, organizadores y autores mirando aplicaciones meteorológicas con más atención que los agricultores se está convirtiendo en símbolo involuntario de esta primavera.
Hace dos semanas escribía precisamente sobre eso, sobre el extraño miedo que provoca montar libros al aire libre cuando abril decide tomarse en serio el refrán. Y ahora me encuentro escribiendo otra vez del cielo. Empiezo a pensar que, más que una articulista cultural, voy camino de convertirme en mujer del tiempo especializada en librerías.
La jornada Literatura y Vino debía celebrarse el sábado 25 de abril, coincidiendo además con el MotoGP en Jerez. Sobre el papel, la combinación parecía perfecta: calle Larga llena, visitantes por toda la ciudad, librerías y bodegas sacando actividad a la calle. Pero apareció la lluvia. O, mejor dicho, la amenaza de lluvia. Porque esa es la cuestión.
No cayó un diluvio bíblico. Ni una tormenta apocalíptica. Lo que había era previsión de agua y un sirimiri incómodo a la hora de montar. Y claro, cuando tienes stands sin techumbre y mesas llenas de libros, el margen para hacerse el valiente disminuye bastante. Así que se canceló.
Y, como suele ocurrir con estas cosas, una hora después salió un sol fulgurante que convirtió la calle en una estampa casi veraniega. Pero ya daba igual. Nadie iba a desmontar la cancelación, volver a llamar a los participantes, reorganizar mesas y empezar de nuevo. Además, siendo una actividad que solo duraba una mañana —de once a dos— tampoco tenía mucho sentido esperar eternamente a ver qué hacía el cielo. Se trasladó todo al 2 de mayo.
Y ahí empezó la segunda parte de esta pequeña tragedia meteorológica.
Nuestra sociedad organizaba una de sus rutas literarias: Los franceses en Jerez. Había ganas. La calle Larga seguía siendo el escenario previsto y, aunque la previsión volvía a insinuar cierta posibilidad de lluvia, parecía asumible.
Yo llegué cinco minutos tarde al punto de encuentro, en la rotonda de los Casinos. Cinco minutos. Los suficientes para encontrarme la decisión tomada: nos trasladábamos a los Claustros de Santo Domingo.
Y me quedé mirando cómo la calle Larga se abría delante de nosotros, llena de luz, perfectamente transitable, mientras nosotros recogíamos rumbo al interior por miedo a un agua que todavía no existía.
Entiendo cómo funcionan estas decisiones. De verdad que lo entiendo. Nadie quiere arriesgarse a montar libros bajo una nube negra ni asumir la responsabilidad de que acabe cayendo un chaparrón. Son decisiones rápidas, incómodas, tomadas casi siempre con la sensación de que no hay tiempo para pensar demasiado.
Pero creo sinceramente que, a veces, entramos demasiado rápido en pánico meteorológico.
Porque el problema no fue solo el traslado. Fue todo lo que vino después.
La publicidad estaba hecha con calle Larga como escenario. La gente esperaba encontrarnos allí. Y entre avisar, ir a por los libros, reorganizar mesas y volver a montar, apenas hubo margen para comunicar correctamente el cambio.
Yo misma grabé un vídeo avisando de la nueva localización, pero las redes tienen sus límites y el tiempo corría más rápido que nosotros.
El resultado fue extraño. El público que realmente tuvimos en los Claustros fue, en gran medida, el que había ido a escuchar a la banda municipal, trasladada también allí porque su ubicación habitual —la plaza del Banco— corría el mismo “peligro” que nosotros.
Mientras tanto, la calle Larga estaba llena. Llena.
Y quizá eso fue lo más frustrante de toda la jornada. Salí a hacer la ruta literaria, el sol terminó imponiéndose y, cuando regresé a mi stand en los Claustros, apenas había movimiento. La ciudad estaba fuera. Nosotros, dentro. Como si nos hubiéramos escondido demasiado pronto.
No escribo esto como reproche. Bastante difícil es organizar actividades culturales al aire libre como para convertir cada decisión en un juicio público.
Pero sí creo que convendría reflexionar sobre esta especie de terror atmosférico que empieza a instalársenos cada vez que aparece una nube en el radar.
Porque el riesgo existe, claro. Pero también existe el riesgo contrario: cancelar demasiado pronto, refugiarse antes de tiempo y perder una jornada que podría haber funcionado perfectamente.
Y eso, en actividades culturales que dependen tanto del paso casual, del paseo, de la gente que se encuentra algo sin buscarlo, pesa mucho más de lo que parece.
Quizá el problema sea que abril obliga a decidir demasiado deprisa. O quizá simplemente seguimos aprendiendo a convivir con esta primavera caprichosa que nos tiene a todos —otra vez— mirando al cielo antes que a los libros.
Me temo que la imagen de libreros, organizadores y autores mirando aplicaciones meteorológicas con más atención que los agricultores se está convirtiendo en símbolo involuntario de esta primavera.
Hace dos semanas escribía precisamente sobre eso, sobre el extraño miedo que provoca montar libros al aire libre cuando abril decide tomarse en serio el refrán. Y ahora me encuentro escribiendo otra vez del cielo. Empiezo a pensar que, más que una articulista cultural, voy camino de convertirme en mujer del tiempo especializada en librerías.
La jornada Literatura y Vino debía celebrarse el sábado 25 de abril, coincidiendo además con el MotoGP en Jerez. Sobre el papel, la combinación parecía perfecta: calle Larga llena, visitantes por toda la ciudad, librerías y bodegas sacando actividad a la calle. Pero apareció la lluvia. O, mejor dicho, la amenaza de lluvia. Porque esa es la cuestión.
No cayó un diluvio bíblico. Ni una tormenta apocalíptica. Lo que había era previsión de agua y un sirimiri incómodo a la hora de montar. Y claro, cuando tienes stands sin techumbre y mesas llenas de libros, el margen para hacerse el valiente disminuye bastante. Así que se canceló.
Y, como suele ocurrir con estas cosas, una hora después salió un sol fulgurante que convirtió la calle en una estampa casi veraniega. Pero ya daba igual. Nadie iba a desmontar la cancelación, volver a llamar a los participantes, reorganizar mesas y empezar de nuevo. Además, siendo una actividad que solo duraba una mañana —de once a dos— tampoco tenía mucho sentido esperar eternamente a ver qué hacía el cielo. Se trasladó todo al 2 de mayo.
Y ahí empezó la segunda parte de esta pequeña tragedia meteorológica.
Nuestra sociedad organizaba una de sus rutas literarias: Los franceses en Jerez. Había ganas. La calle Larga seguía siendo el escenario previsto y, aunque la previsión volvía a insinuar cierta posibilidad de lluvia, parecía asumible.
Yo llegué cinco minutos tarde al punto de encuentro, en la rotonda de los Casinos. Cinco minutos. Los suficientes para encontrarme la decisión tomada: nos trasladábamos a los Claustros de Santo Domingo.
Y me quedé mirando cómo la calle Larga se abría delante de nosotros, llena de luz, perfectamente transitable, mientras nosotros recogíamos rumbo al interior por miedo a un agua que todavía no existía.
Entiendo cómo funcionan estas decisiones. De verdad que lo entiendo. Nadie quiere arriesgarse a montar libros bajo una nube negra ni asumir la responsabilidad de que acabe cayendo un chaparrón. Son decisiones rápidas, incómodas, tomadas casi siempre con la sensación de que no hay tiempo para pensar demasiado.
Pero creo sinceramente que, a veces, entramos demasiado rápido en pánico meteorológico.
Porque el problema no fue solo el traslado. Fue todo lo que vino después.
La publicidad estaba hecha con calle Larga como escenario. La gente esperaba encontrarnos allí. Y entre avisar, ir a por los libros, reorganizar mesas y volver a montar, apenas hubo margen para comunicar correctamente el cambio.
Yo misma grabé un vídeo avisando de la nueva localización, pero las redes tienen sus límites y el tiempo corría más rápido que nosotros.
El resultado fue extraño. El público que realmente tuvimos en los Claustros fue, en gran medida, el que había ido a escuchar a la banda municipal, trasladada también allí porque su ubicación habitual —la plaza del Banco— corría el mismo “peligro” que nosotros.
Mientras tanto, la calle Larga estaba llena. Llena.
Y quizá eso fue lo más frustrante de toda la jornada. Salí a hacer la ruta literaria, el sol terminó imponiéndose y, cuando regresé a mi stand en los Claustros, apenas había movimiento. La ciudad estaba fuera. Nosotros, dentro. Como si nos hubiéramos escondido demasiado pronto.
No escribo esto como reproche. Bastante difícil es organizar actividades culturales al aire libre como para convertir cada decisión en un juicio público.
Pero sí creo que convendría reflexionar sobre esta especie de terror atmosférico que empieza a instalársenos cada vez que aparece una nube en el radar.
Porque el riesgo existe, claro. Pero también existe el riesgo contrario: cancelar demasiado pronto, refugiarse antes de tiempo y perder una jornada que podría haber funcionado perfectamente.
Y eso, en actividades culturales que dependen tanto del paso casual, del paseo, de la gente que se encuentra algo sin buscarlo, pesa mucho más de lo que parece.
Quizá el problema sea que abril obliga a decidir demasiado deprisa. O quizá simplemente seguimos aprendiendo a convivir con esta primavera caprichosa que nos tiene a todos —otra vez— mirando al cielo antes que a los libros.
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