Algunas imágenes se repiten cada cierto tiempo y provocan siempre la misma reacción: una caja de libros junto a un contenedor, un lote de volúmenes apilados en el suelo, una fotografía compartida en redes con ese tono indignado que no necesita explicación. “Están tirando libros de una biblioteca pública”. Y, a partir de ahí, el escándalo.
Lo entiendo. A cualquiera que le gusten los libros le duele verlos fuera de lugar, abandonados, como si hubieran dejado de importar. Hay algo casi simbólico en esa escena: el conocimiento en la basura, la cultura despreciada, la imagen perfecta para alimentar un discurso que ya tenemos medio construido.
Pero no. No es eso lo que está pasando. Y quizá convenga explicarlo, porque el malentendido es frecuente y, además, injusto con el trabajo que hay detrás de una biblioteca. Lo que vemos en esas imágenes suele tener un nombre bastante menos dramático: expurgo.
El expurgo es una operación técnica. No un capricho, una decisión arbitraria o una limpieza improvisada. Es, básicamente, la evaluación de la colección de una biblioteca para decidir qué ejemplares siguen cumpliendo su función y cuáles no.
Dicho así suena frío, pero es necesario. Porque una biblioteca no es un almacén infinito ni un museo donde todo deba conservarse sin criterio. Es un organismo vivo, y como tal necesita adaptarse a quienes la usan. A sus lectores. A su comunidad.
La finalidad de los libros en una biblioteca es clara: que se consulten o se presten. Que circulen. Que tengan vida. Cuando dejan de hacerlo —porque están desactualizados, porque hay ediciones más recientes, porque ya no responden al interés de los usuarios— la biblioteca tiene que tomar una decisión. Y esa decisión no siempre pasa por conservarlos. A veces se trasladan a depósitos. Otras, se eliminan de la colección. Y esto último no significa despreciar. Significa asumir que ese ejemplar concreto ha dejado de cumplir su función dentro de ese espacio concreto.
A partir de ahí, el recorrido del libro puede ser muy distinto. En muchos casos, la propia biblioteca lo pone a disposición de los usuarios. Seguro que habéis visto esas mesas —a veces discretas, a veces claramente señalizadas— donde hay libros que se pueden coger libremente. Sin préstamo, sin devolución. Para siempre. Es una segunda vida.
Otras veces se ofrecen a otras bibliotecas. Lo que en un sitio no tiene demanda, en otro puede tenerla. No todas las comunidades leen lo mismo ni necesitan lo mismo, y ahí el expurgo también cumple una función de redistribución. Y, sí, en última instancia, algunos ejemplares acaban reciclados. Que es, quizá, la parte que más cuesta aceptar.
Pero incluso ahí hay que introducir un matiz incómodo: no todos los libros son valiosos por el hecho de ser libros. No todos tienen un interés permanente, ni un contenido vigente, ni una calidad que justifique su conservación indefinida. Hay manuales obsoletos, ediciones deterioradas, textos que ya no cumplen ningún propósito práctico. Y mantenerlos ocupa espacio. Un espacio que podría estar destinado a otros libros que sí van a ser leídos.
Porque de eso va todo esto. De elegir. De construir una colección que tenga sentido para quienes la utilizan en ese momento. No para una idea abstracta de lo que debería ser una biblioteca ideal, sino para una realidad concreta, cambiante, a veces imprevisible.
El expurgo forma parte de ese proceso. Y, sí, es incómodo. Tiene mala prensa, también. Y genera imágenes que, fuera de contexto, parecen un atentado contra la cultura. Pero en realidad es justo lo contrario. Es una forma de cuidarla. De mantenerla útil. De evitar que las estanterías se conviertan en un archivo muerto donde los libros se acumulan sin que nadie los abra.
Hay, además, una manera muy sencilla de saber si ese libro que vemos en una foto ya no pertenece a la biblioteca. Basta con abrirlo. En su interior encontraremos un contrasello de expurgo. A veces solo esa palabra. A veces acompañada del sello de otra biblioteca, si ha sido transferido.
Ese pequeño gesto —ese sello— es el que marca la diferencia entre un libro en circulación y un libro que ha salido definitivamente de la colección. Y, con él, cambia también la interpretación de la imagen. Ya no es un libro tirado. Es un libro que ha terminado su recorrido en ese lugar. Que puede empezar otro en otro sitio. O que, simplemente, ha cumplido su función.
Quizá el problema no sea el expurgo en sí, sino nuestra dificultad para aceptar que incluso los libros tienen un ciclo. Que no todo puede —ni debe— conservarse indefinidamente. Que la cultura también implica tomar decisiones, priorizar, dejar espacio. No es una idea cómoda. Pero pocas lo son cuando se miran de cerca.





