Un botón descosido, un cuadro torcido, un desconchón en la pintura, un cordón desatado, un rastro de saliva en el labio de quien nos habla. Cuando recibimos un impacto traumático, la mente busca una salida. A veces la encuentra en un lugar absurdo. Una pequeña mancha en la camisa, un bolígrafo sin tinta, una falta de ortografía. En psicología, recibe el nombre de “efecto túnel”, y se manifiesta en la toma de control de la amígdala - nuestro sistema de alerta - cuando sufrimos un choche emocional potente. Entonces, el cerebro reduce su campo de atención y se concentra en exceso en un único estímulo. A veces, ese punto es directamente el foco del peligro, pero otras, es un objeto cualquiera. Una mosca que revolotea, un tono de voz familiar, un anuncio de la tele. Ese anclaje a lo sencillo evita el colapso cognitivo, porque, a diferencia de lo que estamos viviendo, sí es fácil de entender.
Estos días pensaba en el efecto túnel cuando leía que España encabeza la lista de los países con más estrés, una patología que la Organización Mundial de la Salud ha clasificado como la epidemia de salud del siglo XXI. Vivimos con tensión perenne, sobredimensionando las pequeñas tragedias del día a día y haciendo un mundo de lo que no lo merece. Llorando de rabia, de pena, de enfado. Sintiendo esa ansiedad que no nos deja dormir, que nos genera dolor, que nos desordena la tripa, la cabeza y las entrañas. En esta pequeña gran tormenta cotidiana van pasando nuestros días. Hasta que algo nos atraviesa, hasta que la verdad atropella, irrumpe, hasta que la vida se para. Y va en serio.
Desde hace dos días estamos atravesados. Buscamos respuestas, buscamos consuelo, buscamos sin éxito algo de lógica. Como Ana, una joven que vive en Sevilla y que se iba a casar mañana. Su madre había cogido un tren de alta velocidad en Atocha este miércoles para estar en su boda. No aparece. Hace dos noches, Ana hablaba de su madre en televisión. Explicaba cómo no figura entre los hospitalizados de Toledo, ni de Ciudad Real, ni de Madrid. Relataba cómo no tiene noticias suyas y no sabe dónde encontrarla. Para solicitar la colaboración ciudadana, empezó a describir a su madre: es castaña clara, mide 1.65, tiene sesenta y ocho años, y es de complexión “gordita”. Eso dijo.
El relato de Ana me sumió en mi propio efecto túnel. En medio del desconsuelo y de la saturación informativa, mi sistema de alerta tomó el control. Aquella palabra tierna y la dulzura con la que fue pronunciada me calaron hasta los huesos. Pensé en mi madre. Pensé en todo lo querido, pensé en lo humano, pensé en la ausencia. Pensé en la suerte. Pensé en la cantidad de detalles nimios en los que la atención se centra para esquivar el dolor. Pensé en la vida y en lo inexplicable. Pero, sobre todo, pensé en el color del vestido que iba en una funda a bordo de ese tren. El vestido de la madre de la novia. Pensé en los brazos de un cuerpo que no conocía, en sus caderas, en su cintura, en la longitud de sus dedos. Pensé en cómo las palabras son amor y en cómo esa fuerza es la más poderosa que existe.
Un botón descosido, un cuadro torcido, un desconchón en la pintura, un cordón desatado, un rastro de saliva en el labio de quien nos habla. Cuando recibimos un impacto traumático, la mente busca una salida. A veces la encuentra en un lugar absurdo. Una pequeña mancha en la camisa, un bolígrafo sin tinta, una falta de ortografía. En psicología, recibe el nombre de “efecto túnel”, y se manifiesta en la toma de control de la amígdala - nuestro sistema de alerta - cuando sufrimos un choche emocional potente. Entonces, el cerebro reduce su campo de atención y se concentra en exceso en un único estímulo. A veces, ese punto es directamente el foco del peligro, pero otras, es un objeto cualquiera. Una mosca que revolotea, un tono de voz familiar, un anuncio de la tele. Ese anclaje a lo sencillo evita el colapso cognitivo, porque, a diferencia de lo que estamos viviendo, sí es fácil de entender.
Estos días pensaba en el efecto túnel cuando leía que España encabeza la lista de los países con más estrés, una patología que la Organización Mundial de la Salud ha clasificado como la epidemia de salud del siglo XXI. Vivimos con tensión perenne, sobredimensionando las pequeñas tragedias del día a día y haciendo un mundo de lo que no lo merece. Llorando de rabia, de pena, de enfado. Sintiendo esa ansiedad que no nos deja dormir, que nos genera dolor, que nos desordena la tripa, la cabeza y las entrañas. En esta pequeña gran tormenta cotidiana van pasando nuestros días. Hasta que algo nos atraviesa, hasta que la verdad atropella, irrumpe, hasta que la vida se para. Y va en serio.
Desde hace dos días estamos atravesados. Buscamos respuestas, buscamos consuelo, buscamos sin éxito algo de lógica. Como Ana, una joven que vive en Sevilla y que se iba a casar mañana. Su madre había cogido un tren de alta velocidad en Atocha este miércoles para estar en su boda. No aparece. Hace dos noches, Ana hablaba de su madre en televisión. Explicaba cómo no figura entre los hospitalizados de Toledo, ni de Ciudad Real, ni de Madrid. Relataba cómo no tiene noticias suyas y no sabe dónde encontrarla. Para solicitar la colaboración ciudadana, empezó a describir a su madre: es castaña clara, mide 1.65, tiene sesenta y ocho años, y es de complexión “gordita”. Eso dijo.
El relato de Ana me sumió en mi propio efecto túnel. En medio del desconsuelo y de la saturación informativa, mi sistema de alerta tomó el control. Aquella palabra tierna y la dulzura con la que fue pronunciada me calaron hasta los huesos. Pensé en mi madre. Pensé en todo lo querido, pensé en lo humano, pensé en la ausencia. Pensé en la suerte. Pensé en la cantidad de detalles nimios en los que la atención se centra para esquivar el dolor. Pensé en la vida y en lo inexplicable. Pero, sobre todo, pensé en el color del vestido que iba en una funda a bordo de ese tren. El vestido de la madre de la novia. Pensé en los brazos de un cuerpo que no conocía, en sus caderas, en su cintura, en la longitud de sus dedos. Pensé en cómo las palabras son amor y en cómo esa fuerza es la más poderosa que existe.
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