La extinción de los gorriones

Nuestro quehacer diario no son más que un cúmulo de decisiones continuadas que implican desde la estantería de un supermercado a si tenemos que llenar el depósito de nuestro vehículo

26 de marzo de 2026 a las 10:50h
Gorrión.
Gorrión. Sergio Villalba Jiménez

Técnicamente el ejemplar de la imagen sería Ein Spatz, porque el encuentro e intercambio de impresiones fue en Berlín hace ya unos años, cerca de la Alte Nationalgalerie. Desde 1998 se ha perdido el 20% de los gorriones comunes en España, unos 7,5 millones de ejemplares. Es un indicador del estado ambiental de los ecosistemas habituales, además de una buena metáfora para reflexión sobre la eliminación de una forma de vivir sencilla, tranquila, gregaria y sostenible.

Mi padre me llamaba a veces por ese gentilicio ornitológico y todavía cuando lo veo escrito en un mensaje o me saludan de unas sevillanas formas que ya se pierden (¿qué hase, gorrión?), me despierta una serenidad plena, equivalente al chirriar primaveral de golondrinas, aviones y vencejos, a oler a puchero o carne en salsa al pasar por una calle, o a contemplar como un pintor de brocha gorda -es un elogio- se recrea con el esmalte en los hierros de una ventana. Ese mundo se acaba y se cambia por un permanente estado de crispación e incertidumbre. Incluso si un ciudadano medio tiene la persistencia en la conciencia situacional de la realidad que vive y mantiene su espíritu crítico en los márgenes que puede, nos movemos entre la indefensión más cercenadora y la ocupación permanente de una serie de tareas cotidianas que rozan el absurdo.

Tratando de sacar ánimos para abordar un análisis del escalofriante escenario global en el que nos encontramos, recordaba la teoría del psicólogo norteamericano Barry Schwartz sobre la “paradoja de la elección” (texto de 2004), que viene a decir que existe una relación directa entre infelicidad humana y la disponibilidad de múltiples alternativas para cada elección o gestión personal. Nuestro quehacer diario no son más que un cúmulo de decisiones continuadas que implican desde la estantería de un supermercado a si tenemos que llenar el depósito de nuestro vehículo porque acontece el enésimo anuncio del fin de la humanidad. Los dos ejemplos mencionados van de lo banal a lo trascendente, siendo más abundantes los primeros con el objetivo de saturar la comprensión de los más esenciales.

El resultado es un agotamiento de nuestra batería mental que desemboca en el reconocimiento implícito de no encontrar soluciones a las grandes problemáticas...pensamiento débil y pensamiento único que dicen los sociólogos. La consecuencia de estos procesos propiciados por los grandes demiurgos del poder -como concepto abstracto- son dos clases de individuos: la mayoría aborda su día a día centrados en lo cercano y ausentes de cualquier trascendencia externa, con flexibilidad laxa en la coherencia de sus principios y variando el medidor de angustia personal en función de sus posibilidades de confort, riqueza y problemáticas personales; el otro sector, minoritario y en extinción, intenta entender la realidad circundante, aporta granitos de arena frente a la incontenible marejada y trata de mantener una dignidad ética intacta, siendo no otra la consecuencia que una profunda ansiedad periódica, una estabilidad emocional precaria y una terrible desesperación cuando la perspectiva es a largo plazo. Es una paradoja, pero apoyarse en la razón y la dialéctica provoca inestabilidad, sobre todo cuando ves que a tus semejantes parece importarle relativamente poco todo lo estructural y vital para el bien común.

Me apasiona la expresión escrita y la disección de síntesis y análisis complementaria, pero necesito de una serenidad operativa para poder tener la lucidez de su desarrollo. Mientras en estas semanas la máxima preocupación para muchos es si el paso procesional de su hermandad lleva este año claveles rojos o lirios morados, intentaba propiciar otro “sesudo análisis” de la situación, origen y previsiones del conflicto actual en Oriente Medio, cuando un absurdo cúmulo de incidencias cotidianas -a semejanza de una bomba GBU-72 de 5.000 libras- volatizaba los propósitos de emulador ilustrado.

Mi PC decidía por cuenta propia torturarme al desorganizar de forma cruel todas las carpetas de favoritos que, junto a miles de imágenes y textos físicos o digitalizados, constituyen la base documental de un conocimiento organizado metódicamente, encajado en extenuantes horas de conformación y clasificado por centenares de temáticas, asuntos y conceptos que de pronto no son más que piezas inconexas de un ejército inerme ante la adversidad. Por un momento los pensamientos me llevan al Beirut en el que paseaba hace un par de meses, y me pregunto qué se debe sentir al ver el esqueleto de tu casa junto a enseres y recuerdos diseminados, añadidos a una orden de expulsión.

Vuelvo a mi realidad y el intento de solución es una tarde desperdiciada buscando en la red distintas soluciones técnicas, restauración de puntos temporales anteriores, tutoriales infumables y lecturas informáticas soporíferas que hacen añorar décadas pasadas donde se podía vivir sin tanta dependencia artificiosa y tecnificada. Pido frustrado el libro de reclamaciones del tiempo que me ha tocado vivir, mientras me llegan tres mails que no he pedido de mi compañía telefónica…una encuesta de satisfacción, una oferta de terminal aparentemente gratis (a plazos, en la letra pequeña), y una ejemplificación del “buen uso” que se le puede dar a la IA para aquellos con hijos bajo su tutela.

Hago una retrospectiva del tiempo y acciones obligadas que desperdiciamos cada día y resulta humillante y soez el yugo que se nos impone y se acepta. Hastiado: de trabajar para mi banco haciendo las transferencias, comprobando operaciones y asumiendo la responsabilidad de cada apunte; de tener una página escrita con cuarenta claves, nombre de usuario, entidad y contraseñas con múltiples condicionantes de aprobación que recomiendan su cambio periódico; de ser maltratado por una operadora de ventas sin ética que me llama a destajo cuando intento descansar; de bloquear números y borrar correos que tengo que decidir y juzgar sin son sospechosos o no; de mensajes por múltiples canales, de descargar archivos y firmar en mil sitios contratos que no puedes leer en su totalidad.

De excusas de reclamaciones y estafas que no llegan a ningún lado; de la campanita o el pitido distinto del SMS, WhatsApp o Telegram; del hipócrita mensaje empresarial de pasar a la digitalización para ahorrar papel; del aviso del paquete en reparto, de la alternativa del sitio de recogida, de la confirmación una vez recepcionado; del padrón digital, de la cita previa, del formulario descargable, de la aplicación recomendable por obligación; de buscar en la web de mi universidad un teléfono o un contacto para realizar una gestión que antes era directa cara a cara; de tener que instalar VPN o doble autenticación; del curso forzosamente online de prevención de riesgos laborales; de mirar cuando caduca el DNI, el pasaporte, el carnet de conducir, la tarjeta bancaria o la revisión del coche; del seguro de hogar que lo suben sin motivos y de los sesenta puñeteros tulipanes de descuento que no te avisan y luego no aplican.

De plazos y garantías, de folletos, de procedimientos, de tickets guardados, de ofertas, de consultas, de valoraciones de calidad con o sin emoticonos; del wifi en el hotel o en el aeropuerto, de los asientos de tortura en un transporte de ganado aéreo; del Bluetooth, de la geolocalización, de la IA, de las mil formas del USB; de tener discos duros con copias de seguridad de otros discos duros, de la nube predeterminada que no uso; de no tener radio ni lector de CD en un vehículo actual, del navegador que dirige como un cabestro, de los avisos por si aparco, por si me salgo de las líneas de la carretera o supero la velocidad permitida; de la obsolescencia programada, de la automatización…del futuro.

Una de las pocas razones para añorar una fortuna ilimitada (la avaricia no es uno de mis pecados capitales), sería tener a mi servicio un consigliere como Tom Hagen en El Padrino (interpretado por Robert Duvall); un consejero o asesor que se encargue de resolver todos los asuntos de miseria humana habitual, de denunciar por vía legal y resolver litigios con todos los sinvergüenzas que te encuentras en la vida, de solucionar problemas de forma discreta y efectiva. Resulta cómica la fragilidad de intentar un pretendido orden personal cuando una serie de impactos certeros caen sobre el mismo objetivo y desbarata el habitual Tetris diario, tratando de encajar el trabajo, la dependencia mutua de los seres queridos, el ejercicio físico, el mantenimiento del hogar, el disfrute del deseado ocio, la contabilidad de gastos-ingresos y el activismo remanente. A muchos les parece interesante o insustituible este tipo de vida multitarea…discrepo, aunque no importe. Otro gorrión y filósofo coreano (Byung-Chul Han), recomienda quedarse en casa como la forma más lúcida de resistencia. Buscar el silencio para poder escucharte, tener la libertad de no ser autoexplotado o estar hiperconectado. El capitalismo contemporáneo, según Han, “odia el vacío y el silencio”. El poder económico necesita nuestro control y dominio, añado.

La cultura y el cine es uno de los pocos salvavidas que podría ejercer de acción redentora para esta tortura existencial, pero ofende la necedad bobalicona de influencers floreros justificando su presencia de retratada y arrogante ignorancia frente a profesionales de la industria en la alfombra roja del Festival de Málaga…”está justificado” dicen los organizadores porque atraen público…el mismo calibre en otra heroína de las redes que “atrapada y desamparada” en Dubái, andaba pidiendo que no se paguen impuestos porque no le hemos mandado un estol de la Fuerza de Guerra Naval Especial a rescatarla (por favor, un decreto ley que tipifique que esa condición no es una profesión ni un don, añadiendo un curso gratuito en un campo de reeducación para estas personas).

Suma y sigue de nivelazo social con diez minutos de noticias sobre colectivos que se identifican como un animal, más publirreportajes y entrevistas laudatorias por las que Torrente, presidente sea un éxito de taquilla y un referente cultural para el cazurreo ultra. Si quieren antídoto, emociona el documental Mr. Nobody Against Putin (David Borenstein y Pavel Ilyich Talankin, 2025), o como un profesor con una ética encomiable se enfrenta al sistema de propaganda y represión ruso por la invasión de Ucrania en una escuela de Karabash, una ciudad perdida minera en los Urales. No se encuentra mucho personal con ese nivel de valentía.

Terminemos en tono agridulce recordando a Woody Allen en Annie Hall (1977) con aquella genialidad digna de tesis doctoral en filosofía: "¿Conocen este chiste? Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña y dice una: “Vaya, aquí la comida es realmente terrible”. Y contesta la otra: “Sí, y además las raciones son tan pequeñas”. Pues, básicamente, así es como me parece la vida. Llena de soledad, miseria, sufrimiento, tristeza… Y sin embargo se acaba demasiado deprisa".

Lo más leído