Fundir la izquierda de nuevo

Como persona de izquierdas sobreviviendo en un vacío ideológico estratosférico, mi cabreo no es puntual, sino acumulativo; mi fatalismo no es fingido, sino realista

20 de febrero de 2026 a las 12:52h
Gabriel Rufián, portavoz parlamentario de ERC.
Gabriel Rufián, portavoz parlamentario de ERC.

No, no es un error. No he tratado de decir fundar o refundar. Me remito a la acción reiterada de derretir o licuar un cuerpo sólido (figuradamente arruinar), o lo que temo será el subproducto del aireado evento “Disputar el presente para ganar el futuro”, una propuesta de unidad tan congruente que, en el plazo de dos días, hay otro acto paralelo con el lema “Un paso al frente”. El primero ha sido un altar de telepredicador protagonizado por Gabriel Rufián con comparsa laudatoria de Emilio Delgado y Sarah Santaolalla. El segundo es la supuesta renovación del Movimiento Sumar, Izquierda Unida, Más Madrid y los Comunes de cara también a las próximas elecciones generales.

Como persona de izquierdas sobreviviendo en un vacío ideológico estratosférico, mi cabreo no es puntual, sino acumulativo; mi fatalismo no es fingido, sino realista; mi vaticinio no es destructivo, sino razonadamente concluyente ante estas intentonas fallidas de antemano con una nulidad metodológica de pretendido éxito electoral. La liviana conciencia situacional actual ante el auge de la ultraderecha parece retomar el enésimo intento de “Refundación de la Izquierda” o versión de aquel proceso de convergencia promovido por Izquierda Unida en torno a 2008-10, intentando canalizar un movimiento político plural, transversal y anticapitalista.

Rufián se ha autoproclamado esta vez como descubridor de la piedra filosofal aspirando a una lista única por provincia para que se vote al caballo ganador, sin especificar como se decide entre las fuerzas vivas revolucionarias el "primus inter pares”, completando el esperpento con la idea de un grupo interparlamentario coordinado en el Congreso y tres o cuatro puntos programáticos en común…traducidos en una frase como dejada caer: “cada uno en su casa y antifascismo, derecho de autodeterminación y dignificación de condiciones de vida entre todos”.

El bienestar social y el rechazo a la ultraderecha lo compro y lo he defendido siempre como identidad inexcusable; la cuña casera y salir a la plaza de tu pueblo para decir que eres una nueva nación me genera tanta repulsa como la idea de una historiografía nacionalcatólica conjunta, escondiendo una bomba-trampa evidente al garantizar un puente de oro a los territorios soberanistas e independentistas para sus respectivas fuerzas ideológicas. Bildu, BNG, ERC, Compromís, Més per Mallorca o Chunta tendrían sus reinos de taifa propios, con incógnitas respecto a Comuns en Barcelona, Más Madrid o lo que se aclare en Andalucía. Supongo que los jirones restantes que queden libres de esas mordidas se repartirían al mejor postor o a inventos de nuevo cuño.

Entre la mediocridad de la casta política, Rufián se ha ganado su pugilato mediático en las sesiones parlamentarias; mordaz y con una inteligencia ampliamente impostada, ha tenido actuaciones performáticas sobre derechos sociales que recuerdan la izquierda esencial, pero solo por momentos. El primer y gigantesco problema es ser un orgulloso charnego y converso independentista que ahora se acuerda de que Algeciras está en una punta de un territorio que de momento se sigue llamando España —que él y sus semejantes pretenden dinamitar—, por lo que debería revisar contradicciones entre su egoísmo étnico y liderar un proyecto alternativo de “estado”.

Los partidos secesionistas y nacionalistas despliegan ya hace tiempo y sin pudor un profundo odio a la nación donde se insertan y utilizan un vocabulario hostil y quebrador, mientras que siguen sacando sangre estatal en forma de prebendas, competencias y dádivas de cualquier ejecutivo central. Con un gobierno de coalición que huele a pantano desde hace meses, supongo que el votante potencial pasará por alto estas cuestiones en aras de una barricada a la desesperada. Por pensar un poco, si en toda Europa se potenciara la autodeterminación de territorios levantiscos, la maraña de países potenciales haría aún más decadente el viejo continente, hoy amenazado por enemigos y antiguos aliados. En ese caso y como anécdota de implementación en materia geográfica de nuestro devaluado currículum educativo, habría que dedicar algunas sesiones extraescolares para incorporar nuevas naciones-conceptos como Lusacia, Franconia, Gagaúzia, Occitania, Padania, Jemtia o Frisia, por citar cierto elemento exótico, aparte de las clásicas reivindicaciones de “naciones oprimidas sin estado” y sin cerrar el cupo hasta el infinito.

Terminando con las aportaciones del diputado catalán, ha tenido el cuajo de citar como imprescindibles en esta nueva era a Pablo Iglesias, Irene Montero e Ione Belarra, personajes que lo mejor que podrían hacer sería abandonar la esfera política para siempre y por el bien de todos. Curiosamente, el residual Podemos ha estado callado ante la oferta proclamada y parece meditar sus escasas posibilidades, mientras su némesis Sumar todavía juega a swingers con el socialismo que fue su creador conceptual y marco referencial. Al sanchismo agónico lastrado por manos derechas corruptas, escándalos varios, amnistía, indultos, o cambios inexplicables de postura internacional (algún día se sabrá lo descubierto por Pegasus en el móvil presidencial), se le une el negacionismo interno de la disidencia, jarrones chinos que no pueden sacar mucho pecho y deberían jubilarse y una guardia pretoriana que cierra filas ante los fracasos. Pilar Alegría recoge su naufragio en Aragón y a Óscar López no se le ocurre más que una repugnante culpabilización del difunto Javier Lambán; si como Emiliano García-Page tu voz es medianamente sensata, eres un infiltrado de la derecha que deberías dejar el partido.

Me temo que un análisis racional del panorama otorga unas extraordinarias posibilidades de perder una y mil elecciones, quemando otro cartucho de esperanza en el subconsciente colectivo. Debo estar perturbado u obcecado en el desastre, pero empiezo a ver en las izquierdas rasgos genéticos autolesivos, cuando además sigue incorporando ampliación de postulados y temáticas con nivel de incompetencia prémium.

De las últimas aportaciones, se jalea la teoría del “reemplazo de fachas”, pensando que la regularización a destajo va a suponer un cambio en las urnas, faltando cierto estudio sociológico del migrante conservador (especialmente de América Latina), que viene además requemado de falsas utopías y embriagado por los cantos de sirena de un capitalismo salvaje (ahora trumpismo implacable), y que abraza formas de totalitarismo reaccionario bajo la zanahoria de la riqueza individualizada. El pueblo llano, por definición transversal, no es mejor que los pésimos políticos a los que vota y suele olvidar con facilidad al promotor de cualquier subida salarial o prestación social, tendiendo la queja a lo público por defecto y la ignorancia aislacionista como forma de pensamiento político.

Por experiencia propia y como ejemplo, no es inusual que alumnado en la universidad pública tenga dificultad comprensiva de la necesidad de los impuestos para el pago del bienestar social que disfruta, mientras muestran idolatría por influencers evasores en Andorra. Del profesorado… alguno ahora se está enterando de la mercantilización y privatización iniciada hace décadas.

Siguiendo por el margen izquierdo y sus posiciones actuales, junto a ideas loables que valoro, me sorprende la reticencia a admitir lo evidente, escudados en un buenismo populista con irrisorios paradigmas y dogmáticos preceptos. Por ejemplificar: la defensa militar-policial es una opresión innecesaria; la multirreincidencia delictiva o la inquiokupación maliciosa no es un problema real; el encapsulamiento textil religioso de una mujer es un hecho cultural respetable, cuya prohibición sería una negación de su libertad que aumentaría su no socialización (como si salir a respirar aire a la calle tras una rejilla, caminando un par de pasos atrás de su dominador, le fuera a permitir una plena integración).

Juezas y jueces, lideresas, tertulianos y progresismo estéril se presentan siempre garantes y muy concienciados, ignorando que determinadas doctrinas insertadas en la permisividad occidental, cuando se hacen hegemónicas y proporcionalmente ampliadas, reclaman su espacio e imponen al resto sus normas (Francia nos lleva ventaja porque tiene más experiencia en estas cuestiones). Puestos a comparativas de cubrición facial y corporal, cabría imaginar la implosión cognitiva de aquellos, si permitiéramos una uniformidad al estilo ICE en centros educativos, espacios administrativos, hospitalarios, restaurantes o en el ejercicio del voto, con ciudadanos portando balaclava militar, largos abrigos de corte prusiano o quizás antifaces y túnicas blancas con luminaria para algún evento nocturno. (P.D. Nuestra ley electoral en un escueto e interpretable artículo 93 vela precisamente porque no sucedan estas cuestiones).

Con todo este precipicio político, Vox está eufórico y reconfortado en su estrategia. No comete el error de pedir sillones y sí exige sus medidas reaccionarias, forzando a un PP que debe pasar muchas noches en Génova analizando su propia torpeza: si emulan posturas ultras, les sale rana; si repiten elecciones, peor; su desgaste es mayúsculo y las retracciones públicas son bochornosas, como cuando María Guardiola pasa en horas del “señoro” a “somos del mismo pensamiento feminista, de negar travestirse de Abascal a rendir pleitesía.

En política actual siempre queda el “y tú más” como recurso, y ya ni digo, ni Diego… Se cambia el guion, la partitura y el testamento vital si hace falta. Decía el politólogo Javier Sánchez: “España podría ir a una argentinización, que la gente vote para destruirlo todo”. Tiene razón —Milei suma y sigue ahora con una ley laboral neoesclavista— cuando comprobamos que los “faros de libertad” se alumbran entre ellos: Ayuso enviando medallas a un Trump hegemónico mientras le estalla la crisis de Los Pocholos y le dimite su Rasputín (sin problemas, tiene el blindaje de una derecha radical votante que lo perdona todo).

Como epílogo, me parece interesante recordar el origen del término idiota: la raíz “ἴδιος” en griego significaba “privado, de uno mismo, particular, personal”, por lo que los ciudadanos que no se preocupaban de los temas concernientes a la polis se les llamaba “ἰδιώτες” o “ciudadanos privados”, dedicados únicamente a lo suyo, “lo privado”, frente a la vida pública o “lo común”. La derivación etimológica posterior desemboca en sinónimo de inculto y, finalmente, en insulto básico. Sería preciso hacer una estadística de cuantos idiotas clásicos y actuales rondan el universo para vislumbrar nuestras sendas futuras.

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