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Opinión

En busca de la Reina Blanca

Esto, pues, no es una crítica, sino un desahogo. Porque casi me ahogo viendo una obra que calificaría ya, de entrada, como obra maestra

  • El estreno de La Reina Blanca en Córdoba.

Dejé la crítica flamenca hace unos años y llevaba al menos tres sin sentarme en la butaca de un teatro para ver un espectáculo y ejercer luego de analista. Me cansé de decirles a los flamencos cómo tienen que hacer la seguiriya del Loco Mateo, la rondeña de Montoya o las llamadas por alegrías de Matilde Coral. Un crítico de flamenco es lo menos que se despecha en periodismo y la crítica se hace por vocación o afición. Ayer fui a ver el estreno mundial de La Reina Blanca, al Gran Teatro de Córdoba, porque era una obra del Festival de la Guitarra para homenajear a una de las grandes del baile, Dicen que retirada, pero, visto los visto anoche, es como los grandes toreros: mientras más se retira más se arrima.

Uno puede hacer muchas cosas por la gente a la que quiere y se deben hacer siempre porque salgan del corazón y no para impresionar a nadie. Me senté en el patio de butacas, con Blanca del Rey y sus dos hijos, Juan Manuel y Armando, dispuesto a disfrutar de un buen espectáculo, pero sin ningún sentido crítico. Esto, pues, no es una crítica, sino un desahogo. Porque casi me ahogo viendo una obra que calificaría ya, de entrada, como obra maestra.

Estuve dos horas sin respirar, embobado con lo que estaba viendo y oyendo en el escenario. Nunca me había pasado, sinceramente. Era una mezcla de interés flamenco, amor por el arte y la belleza, adoración por la buena música y, por último, veneración por lo bien hecho. O sea, por lo que solo un hombre del talento y los conocimientos de Paco López puede hacer. Un barco no puede llegar a buen puerto sin alguien que conozca bien la navegación y el estado del mar.

Ver en un mismo escenario, con una buena producción y buena música, a artistas del baile como David Coria, Eduardo Guerrero, Florencia Oz, Marco Flores, Manuel Liñán, Marta Gálvez, Olga Pericet y Úrsula López, es algo que no ocurre muchas veces. Y si encima, el cante, la música, la ponen el maestro jerezano David Lagos, Rafa del Calli, Rocío Luna, Isidora O’ryan, Javier Ibáñez, José Tomás, Lolo Plantón y el maestro Paco Serrano, la obra maestra era algo alcanzable. Y tanto. Un derroche de talento, ingenio, elegancia, gracia y profesionalidad. Pero cuando parecía que ya podría volver a respirar para no espicharla en una enjuta butaca del Gran Teatro, apareció la maestra, Blanca del Rey, la homenajeada, para demostrarnos que el baile no tiene por qué ser un ejercicio atlético ni circense, sino, sencillamente, un arte.

Algo natural, elegante, con sabor y más colores que la paleta de un pintor impresionista. Qué generosidad de Blanca y Paco López recordando a los grandes maestros, como Gades, Mario, La Tomata o Manolo Sanlúcar. Si esto fuera una crítica al uso, que no lo es, habría dicho ya algunas gilipolleces. No fui a Córdoba en busca de la Reina Blanca para decir tonterías bonitas. Fui para saber si aún seguía vivo, si todavía me podía emocionar el arte, si podía aguantar la respiración durante dos horas. Y sí, cuando llegué al hotel, con una flojera de piernas de mil demonios, por los orgasmos, me miré al espejo y me dije: “Manolito, este ha sido el polvo del siglo”. Me acosté y dormí como un gatito chico hasta por la mañana. Señores gobernantes de la Cultura, déjense de tonterías y lleven esta obra maestra por el mundo.

Dejé la crítica flamenca hace unos años y llevaba al menos tres sin sentarme en la butaca de un teatro para ver un espectáculo y ejercer luego de analista. Me cansé de decirles a los flamencos cómo tienen que hacer la seguiriya del Loco Mateo, la rondeña de Montoya o las llamadas por alegrías de Matilde Coral. Un crítico de flamenco es lo menos que se despecha en periodismo y la crítica se hace por vocación o afición. Ayer fui a ver el estreno mundial de La Reina Blanca, al Gran Teatro de Córdoba, porque era una obra del Festival de la Guitarra para homenajear a una de las grandes del baile, Dicen que retirada, pero, visto los visto anoche, es como los grandes toreros: mientras más se retira más se arrima.

Uno puede hacer muchas cosas por la gente a la que quiere y se deben hacer siempre porque salgan del corazón y no para impresionar a nadie. Me senté en el patio de butacas, con Blanca del Rey y sus dos hijos, Juan Manuel y Armando, dispuesto a disfrutar de un buen espectáculo, pero sin ningún sentido crítico. Esto, pues, no es una crítica, sino un desahogo. Porque casi me ahogo viendo una obra que calificaría ya, de entrada, como obra maestra.

Estuve dos horas sin respirar, embobado con lo que estaba viendo y oyendo en el escenario. Nunca me había pasado, sinceramente. Era una mezcla de interés flamenco, amor por el arte y la belleza, adoración por la buena música y, por último, veneración por lo bien hecho. O sea, por lo que solo un hombre del talento y los conocimientos de Paco López puede hacer. Un barco no puede llegar a buen puerto sin alguien que conozca bien la navegación y el estado del mar.

Ver en un mismo escenario, con una buena producción y buena música, a artistas del baile como David Coria, Eduardo Guerrero, Florencia Oz, Marco Flores, Manuel Liñán, Marta Gálvez, Olga Pericet y Úrsula López, es algo que no ocurre muchas veces. Y si encima, el cante, la música, la ponen el maestro jerezano David Lagos, Rafa del Calli, Rocío Luna, Isidora O’ryan, Javier Ibáñez, José Tomás, Lolo Plantón y el maestro Paco Serrano, la obra maestra era algo alcanzable. Y tanto. Un derroche de talento, ingenio, elegancia, gracia y profesionalidad. Pero cuando parecía que ya podría volver a respirar para no espicharla en una enjuta butaca del Gran Teatro, apareció la maestra, Blanca del Rey, la homenajeada, para demostrarnos que el baile no tiene por qué ser un ejercicio atlético ni circense, sino, sencillamente, un arte.

Algo natural, elegante, con sabor y más colores que la paleta de un pintor impresionista. Qué generosidad de Blanca y Paco López recordando a los grandes maestros, como Gades, Mario, La Tomata o Manolo Sanlúcar. Si esto fuera una crítica al uso, que no lo es, habría dicho ya algunas gilipolleces. No fui a Córdoba en busca de la Reina Blanca para decir tonterías bonitas. Fui para saber si aún seguía vivo, si todavía me podía emocionar el arte, si podía aguantar la respiración durante dos horas. Y sí, cuando llegué al hotel, con una flojera de piernas de mil demonios, por los orgasmos, me miré al espejo y me dije: “Manolito, este ha sido el polvo del siglo”. Me acosté y dormí como un gatito chico hasta por la mañana. Señores gobernantes de la Cultura, déjense de tonterías y lleven esta obra maestra por el mundo.

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