La semana pasada leí la columna del profesor e investigador Rodríguez Illana que llevaba por título Espíritu de sacrificio para los demás, en lavozdelsur.es, donde nos presentaba poderosas razones para entender este principio como el germen, o al menos uno de ellos, del llamado neoliberalismo español.
Lejos de corregir sus afirmaciones y su exposición, me he atrevido a profundizar en ese argumento rector, que fue uno más, entre muchos, de los que se sirvieron en el pasado más oscuro del último siglo los prohombres del autodenominado nacionalcatolicismo español o patrio.
Concretamente vengo a referirme, en mi humilde condición de cristiano católico practicante y miembro, sólo eso, un miembro más de la iglesia, del uso y abuso fraudulento de los términos sacrificios y santificación con propósitos espurios, equiparando e igualando sus significados como medios para la santificación de la vida del cristiano y por ende de acercarse al Dios verdadero.
La Iglesia católica, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, no infunde doctrinas o ideales morales, donde se recurra, se mencione, o se invite, al hombre como ser, a realizar o llevar a cabo sacrificios, como entregas personales en vida, en favor de ningún bien mayor o supremo.
Y menos aún, respalda a gobernantes de naciones, dirigentes de empresas, líderes de estados, y todo el largo etcétera que el lector prefiera, donde éstos u otros cualquiera, sirviéndose de su condición profesional o social recurran a supuestos principios espirituales, apelando a las enseñanzas en vida de Jesús el Mesías, ni en las de Cristo resucitado; donde asirse para imponer, a cuento de lo que fuera, sacrificios colectivos a su ciudadanía, a su pueblo, a su nación o a sus trabajadores, en post de recompensas ya no, por supuesto en otra vida, ni tan siquiera en ésta y de carácter material. No es moral para la Iglesia.
La Iglesia católica no carga al individuo con ningún peso distinto al Amor en Cristo, si se puede decir así, en un artículo de estilo periodístico. Más a más, es así de sencillo y poderoso a la vez: no hay nada más superior al Amor, el Amor al prójimo, por tanto, no hay nada que justifique sacrificios. Porque el único sacrificio fue hecho por el Hijo a petición del Padre.
El lector puede comprobar por sí mismo lo que digo. Un ejemplo, muy sencillo de leer, dentro de la larga y brillante obra del Papa Benedicto XVI, La muerte de Cristo, meditaciones sobre la Semana Santa, y otro bastante más breve incluso, pero igualmente redactado con suma claridad, de la homilía del anterior Papa Francisco, del 27 de enero del 2015. Digo esto, porque hoy, con lo ya escrito y proclamado una y mil veces por la misma Iglesia, seguir apelando en determinados ambientes políticos a sacrificios que han de asumir personas en carne propia cómo única fórmula para obtener futuros mejores, y que esto lo hagan personalidades que se declaran católicos de manera pública, no puede ser desconocimiento.
Bien, expuesto lo anterior, sí quisiera hacer un brevísimo recorrido de lo que fue la unión orgánica alcanzada y firmada por un lado, entre un estado español que se quería construir sobre una nueva legalidad ex nova (1939-oligarquia), un ejército abiertamente corrupto en sus mandos (1936-General Franco) que transgredió las mismas leyes que legitimaban su propia existencia y razón de ser; junto con una iglesia de entonces (Obispos en España-1932) que se extralimitaron de sus obligaciones y competencias para las que fueron nombrados por el mismo Papa de Roma. De todo esto hay evidencias suficientes para no tener que referenciarlas.
Esta unión orgánica buscó apoyarse en varios constructos, a modo de una falsa fe, que le dieran legitimación, a la acción salvadora de una minoría elitista, que, por medio de la guerra y el terror, fue ocupando todos los diferentes estamentos de un estado preexistente que entonces (1936) sí gozaba de toda la legitimidad y toda la legalidad.
Y es ahí, donde “retuercen” e “inventan” que sólo a través del sacrificio personal, que fue tanto como el dolor, el sufrimiento, por la pérdida de los seres queridos, etc., se puede alcanzar algo que está reservado para los que cumplen con ese sacrificio, en definitiva, lo que os merecéis: el sustento, la alimentación y vivir en paz.
Esto fue un ideario espiritual dirigido, que para nada fue inocente. Primero, a las familias que habían sido vencidas militarmente en la guerra, y segundo, por extensión, a todos los supervivientes. De tal forma que se diera carta de naturaleza a cambios en las leyes preexistentes, que reducían o eliminaban de raíz la libertad individual, creando así un nuevo orden colectivo supremo, respaldado por el mismo ejército, la policía, la guardia civil y la iglesia, pero les faltaba el control social sobre los centros de trabajo y la familia.
Eran en esos dos ámbitos, donde el principio rector del sacrificio se empleó a fondo para moldear los desempeños individuales. Primero al hombre como género, para mostrar cómo debían mostrarse en sus trabajos, y segundo, a las mujeres dentro del hogar familiar, éstas debían de conducir las vidas de los demás; desposeyéndolas a ellas de toda voluntad propia. Eran el vivo ejemplo del sacrificio abnegado en favor del bien colectivo.
La recurrente apología al sacrificio de aquellos tiempos era utilizada para someter cualquier conato de racionalidad individual en lo que se hacía. No era necesario saber el qué, o el por qué. Solo era necesario la estricta obediencia. La extensión de la consideración del sacrificio personal como algo bueno no hizo más libres a las personas que se criaron, educaron o se formaron entonces. Las hizo más esclavas y totalmente identificadas con aquella supuesta misión salvadora y redentora de España en la que sólo unos fueron elegidos para liderarla.
Cuando Jesús visita el templo no ahuyenta el comercio, ni los impuestos que han de pagarse al Templo, ni a Roma, sino que todo lo que allí sucedía se justificase porque dijesen que era del agrado de Dios. Aquello fue, lo que Jesús rechazó. Y la Iglesia de hoy hace exactamente lo mismo.
La semana pasada leí la columna del profesor e investigador Rodríguez Illana que llevaba por título Espíritu de sacrificio para los demás, en lavozdelsur.es, donde nos presentaba poderosas razones para entender este principio como el germen, o al menos uno de ellos, del llamado neoliberalismo español.
Lejos de corregir sus afirmaciones y su exposición, me he atrevido a profundizar en ese argumento rector, que fue uno más, entre muchos, de los que se sirvieron en el pasado más oscuro del último siglo los prohombres del autodenominado nacionalcatolicismo español o patrio.
Concretamente vengo a referirme, en mi humilde condición de cristiano católico practicante y miembro, sólo eso, un miembro más de la iglesia, del uso y abuso fraudulento de los términos sacrificios y santificación con propósitos espurios, equiparando e igualando sus significados como medios para la santificación de la vida del cristiano y por ende de acercarse al Dios verdadero.
La Iglesia católica, especialmente a partir del Concilio Vaticano II, no infunde doctrinas o ideales morales, donde se recurra, se mencione, o se invite, al hombre como ser, a realizar o llevar a cabo sacrificios, como entregas personales en vida, en favor de ningún bien mayor o supremo.
Y menos aún, respalda a gobernantes de naciones, dirigentes de empresas, líderes de estados, y todo el largo etcétera que el lector prefiera, donde éstos u otros cualquiera, sirviéndose de su condición profesional o social recurran a supuestos principios espirituales, apelando a las enseñanzas en vida de Jesús el Mesías, ni en las de Cristo resucitado; donde asirse para imponer, a cuento de lo que fuera, sacrificios colectivos a su ciudadanía, a su pueblo, a su nación o a sus trabajadores, en post de recompensas ya no, por supuesto en otra vida, ni tan siquiera en ésta y de carácter material. No es moral para la Iglesia.
La Iglesia católica no carga al individuo con ningún peso distinto al Amor en Cristo, si se puede decir así, en un artículo de estilo periodístico. Más a más, es así de sencillo y poderoso a la vez: no hay nada más superior al Amor, el Amor al prójimo, por tanto, no hay nada que justifique sacrificios. Porque el único sacrificio fue hecho por el Hijo a petición del Padre.
El lector puede comprobar por sí mismo lo que digo. Un ejemplo, muy sencillo de leer, dentro de la larga y brillante obra del Papa Benedicto XVI, La muerte de Cristo, meditaciones sobre la Semana Santa, y otro bastante más breve incluso, pero igualmente redactado con suma claridad, de la homilía del anterior Papa Francisco, del 27 de enero del 2015. Digo esto, porque hoy, con lo ya escrito y proclamado una y mil veces por la misma Iglesia, seguir apelando en determinados ambientes políticos a sacrificios que han de asumir personas en carne propia cómo única fórmula para obtener futuros mejores, y que esto lo hagan personalidades que se declaran católicos de manera pública, no puede ser desconocimiento.
Bien, expuesto lo anterior, sí quisiera hacer un brevísimo recorrido de lo que fue la unión orgánica alcanzada y firmada por un lado, entre un estado español que se quería construir sobre una nueva legalidad ex nova (1939-oligarquia), un ejército abiertamente corrupto en sus mandos (1936-General Franco) que transgredió las mismas leyes que legitimaban su propia existencia y razón de ser; junto con una iglesia de entonces (Obispos en España-1932) que se extralimitaron de sus obligaciones y competencias para las que fueron nombrados por el mismo Papa de Roma. De todo esto hay evidencias suficientes para no tener que referenciarlas.
Esta unión orgánica buscó apoyarse en varios constructos, a modo de una falsa fe, que le dieran legitimación, a la acción salvadora de una minoría elitista, que, por medio de la guerra y el terror, fue ocupando todos los diferentes estamentos de un estado preexistente que entonces (1936) sí gozaba de toda la legitimidad y toda la legalidad.
Y es ahí, donde “retuercen” e “inventan” que sólo a través del sacrificio personal, que fue tanto como el dolor, el sufrimiento, por la pérdida de los seres queridos, etc., se puede alcanzar algo que está reservado para los que cumplen con ese sacrificio, en definitiva, lo que os merecéis: el sustento, la alimentación y vivir en paz.
Esto fue un ideario espiritual dirigido, que para nada fue inocente. Primero, a las familias que habían sido vencidas militarmente en la guerra, y segundo, por extensión, a todos los supervivientes. De tal forma que se diera carta de naturaleza a cambios en las leyes preexistentes, que reducían o eliminaban de raíz la libertad individual, creando así un nuevo orden colectivo supremo, respaldado por el mismo ejército, la policía, la guardia civil y la iglesia, pero les faltaba el control social sobre los centros de trabajo y la familia.
Eran en esos dos ámbitos, donde el principio rector del sacrificio se empleó a fondo para moldear los desempeños individuales. Primero al hombre como género, para mostrar cómo debían mostrarse en sus trabajos, y segundo, a las mujeres dentro del hogar familiar, éstas debían de conducir las vidas de los demás; desposeyéndolas a ellas de toda voluntad propia. Eran el vivo ejemplo del sacrificio abnegado en favor del bien colectivo.
La recurrente apología al sacrificio de aquellos tiempos era utilizada para someter cualquier conato de racionalidad individual en lo que se hacía. No era necesario saber el qué, o el por qué. Solo era necesario la estricta obediencia. La extensión de la consideración del sacrificio personal como algo bueno no hizo más libres a las personas que se criaron, educaron o se formaron entonces. Las hizo más esclavas y totalmente identificadas con aquella supuesta misión salvadora y redentora de España en la que sólo unos fueron elegidos para liderarla.
Cuando Jesús visita el templo no ahuyenta el comercio, ni los impuestos que han de pagarse al Templo, ni a Roma, sino que todo lo que allí sucedía se justificase porque dijesen que era del agrado de Dios. Aquello fue, lo que Jesús rechazó. Y la Iglesia de hoy hace exactamente lo mismo.
Comentarios