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Opinión

El caso del Teatro del Parque (o caso Pemán)

El debate sobre el teatro José María Pemán trasciende la biografía del escritor y apunta al uso del espacio público, la memoria democrática y el consenso político

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  • Flores en la casa del escritor José María Pemán.

La reapertura del teatro del Parque Genovés ha reavivado una polémica recurrente en nuestra  ciudad: ¿es aceptable que el principal espacio cultural al aire libre de Cádiz siga llevando el nombre  de José María Pemán? La discusión se ha librado casi por completo en el ámbito de la biografía de  Pemán, como si la respuesta dependiera exclusivamente de ello. Sin duda, dicho ámbito es no sólo  legítimo, sino también muy necesario —la sociedad democrática tiene una obligación de justicia y  memoria con quienes sufrieron los años de plomo del franquismo—, pero reducir el debate a esa  disyuntiva deja fuera dos cuestiones que están en juego y que no debemos olvidar: qué relación  debe tener la ciudad con su propio espacio público, y si decisiones de este calado no deberían  buscar el consenso entre las fuerzas políticas con representación, en lugar de ser una decisión  unilateral del equipo de gobierno. 

Se ha llegado a plantear si una sentencia reciente favorable a familiares de Pemán —referida al  título de Hijo Predilecto, no al nombre del teatro— "blinda" o no la denominación (en realidad  parece que no a la luz del Artículo 35 de la ley 20/2022 -más reciente- de Memoria Democrática).  Se discute si el homenaje de 1964 obedeció a méritos literarios o a méritos políticos. Se discute, en  definitiva, qué pensaba o qué hizo Pemán hace noventa años. Y mientras se discute eso, se elude la  pregunta que de verdad importa: qué sentido tiene, en 2026, que una ciudad como Cádiz —con una  composición social, unas referencias culturales y una sensibilidad democrática radicalmente  distintas a las de mediados del siglo pasado— siga vinculando su teatro principal al aire libre a esa  figura. 

Conviene no confundir los planos. Que José María Pemán fue un publicista beligerante de la sublevación de 1936, que presidió la Comisión de Cultura y Enseñanza encargada de depurar al  profesorado español, y que prestó durante años su pluma y su voz a la legitimación ideológica del  franquismo, no es una cuestión de opinión: es un hecho documentado ampliamente por la  historiografía, desde Paul Preston hasta Ángel Viñas. Discutir eso a estas alturas es, sencillamente,  perder el tiempo. 

Pero tampoco es ese el terreno exclusivo en el que haya que plantear el debate. Cargar todo el  argumento sobre la trayectoria política de Pemán invita a la réplica fácil: que también fue un  escritor de éxito, que en sus últimos años aceptó el pluralismo político, que recibió el honor por su  obra literaria y no por sus ideas políticas. Es exactamente el argumento que ya empleó el Ayuntamiento de 1964 al nombrar el teatro, y es el mismo que ahora se repite para defender que  nada debe cambiar. Combatirlo solo con más historia es entrar en un terreno donde siempre cabe  matizar, donde siempre hay una década más tolerante o una cita más amable que oponer al rechazo. 

Hay un argumento más sencillo, y a la vez más relevante para la cosa pública: el de la vigencia del  legado de Pemán. La retórica de Pemán, su estética nacionalcatólica, su universo de "cruzada" y de  "bestias y ángeles", no solo resultan moralmente inaceptables; resultan, ante todo, ajenas. Ajenas a  una ciudad que hoy se reconoce en su pluralismo, en su memoria liberal y democrática y,  especialmente, en la riqueza de su cultura popular y su vínculo histórico con el constitucionalismo  de 1812, que Pemán consideraba el origen de los males de la patria (algo que, por cierto, casa muy  mal con la etiqueta de "Ciudad Constitucional" que el Ayuntamiento subliminalmente nos recuerda  en las marquesinas de las paradas de autobuses). Mantener su nombre en la fachada del teatro no es  solo un problema de memoria histórica: es un anacronismo cultural, una reliquia que ya no dice  nada de lo que Cádiz quiere ser ni de a quién quiere parecerse. 

Cincuenta años después del final de la dictadura, la pregunta no debería ser si en 1964 hubo o no  intención de exaltación de un icono cultural del régimen franquista —algo de lo que, en todo caso, 

es difícil dudar—. La pregunta es si, hoy, una ciudad que ya ha dejado atrás aquel paisaje cultural  necesita seguir homenajeando a quien lo encarnó y a sus valores. Y la respuesta a esa pregunta no la  va a dar ningún tribunal, porque no es una pregunta jurídica. Es una pregunta que recae sobre la  ciudadania y las instituciones que la representan, y tiene que ver con la necesidad de consensos en  política y con qué idea queremos transmitir de la cultura; y a eso solo le corresponde responder a  quienes tienen la responsabilidad de gobernar en el Ayuntamiento de nuestra ciudad, ojalá con el  consenso de todas las fuerzas que en ella tienen representación.

La reapertura del teatro del Parque Genovés ha reavivado una polémica recurrente en nuestra  ciudad: ¿es aceptable que el principal espacio cultural al aire libre de Cádiz siga llevando el nombre  de José María Pemán? La discusión se ha librado casi por completo en el ámbito de la biografía de  Pemán, como si la respuesta dependiera exclusivamente de ello. Sin duda, dicho ámbito es no sólo  legítimo, sino también muy necesario —la sociedad democrática tiene una obligación de justicia y  memoria con quienes sufrieron los años de plomo del franquismo—, pero reducir el debate a esa  disyuntiva deja fuera dos cuestiones que están en juego y que no debemos olvidar: qué relación  debe tener la ciudad con su propio espacio público, y si decisiones de este calado no deberían  buscar el consenso entre las fuerzas políticas con representación, en lugar de ser una decisión  unilateral del equipo de gobierno. 

Se ha llegado a plantear si una sentencia reciente favorable a familiares de Pemán —referida al  título de Hijo Predilecto, no al nombre del teatro— "blinda" o no la denominación (en realidad  parece que no a la luz del Artículo 35 de la ley 20/2022 -más reciente- de Memoria Democrática).  Se discute si el homenaje de 1964 obedeció a méritos literarios o a méritos políticos. Se discute, en  definitiva, qué pensaba o qué hizo Pemán hace noventa años. Y mientras se discute eso, se elude la  pregunta que de verdad importa: qué sentido tiene, en 2026, que una ciudad como Cádiz —con una  composición social, unas referencias culturales y una sensibilidad democrática radicalmente  distintas a las de mediados del siglo pasado— siga vinculando su teatro principal al aire libre a esa  figura. 

Conviene no confundir los planos. Que José María Pemán fue un publicista beligerante de la sublevación de 1936, que presidió la Comisión de Cultura y Enseñanza encargada de depurar al  profesorado español, y que prestó durante años su pluma y su voz a la legitimación ideológica del  franquismo, no es una cuestión de opinión: es un hecho documentado ampliamente por la  historiografía, desde Paul Preston hasta Ángel Viñas. Discutir eso a estas alturas es, sencillamente,  perder el tiempo. 

Pero tampoco es ese el terreno exclusivo en el que haya que plantear el debate. Cargar todo el  argumento sobre la trayectoria política de Pemán invita a la réplica fácil: que también fue un  escritor de éxito, que en sus últimos años aceptó el pluralismo político, que recibió el honor por su  obra literaria y no por sus ideas políticas. Es exactamente el argumento que ya empleó el Ayuntamiento de 1964 al nombrar el teatro, y es el mismo que ahora se repite para defender que  nada debe cambiar. Combatirlo solo con más historia es entrar en un terreno donde siempre cabe  matizar, donde siempre hay una década más tolerante o una cita más amable que oponer al rechazo. 

Hay un argumento más sencillo, y a la vez más relevante para la cosa pública: el de la vigencia del  legado de Pemán. La retórica de Pemán, su estética nacionalcatólica, su universo de "cruzada" y de  "bestias y ángeles", no solo resultan moralmente inaceptables; resultan, ante todo, ajenas. Ajenas a  una ciudad que hoy se reconoce en su pluralismo, en su memoria liberal y democrática y,  especialmente, en la riqueza de su cultura popular y su vínculo histórico con el constitucionalismo  de 1812, que Pemán consideraba el origen de los males de la patria (algo que, por cierto, casa muy  mal con la etiqueta de "Ciudad Constitucional" que el Ayuntamiento subliminalmente nos recuerda  en las marquesinas de las paradas de autobuses). Mantener su nombre en la fachada del teatro no es  solo un problema de memoria histórica: es un anacronismo cultural, una reliquia que ya no dice  nada de lo que Cádiz quiere ser ni de a quién quiere parecerse. 

Cincuenta años después del final de la dictadura, la pregunta no debería ser si en 1964 hubo o no  intención de exaltación de un icono cultural del régimen franquista —algo de lo que, en todo caso, 

es difícil dudar—. La pregunta es si, hoy, una ciudad que ya ha dejado atrás aquel paisaje cultural  necesita seguir homenajeando a quien lo encarnó y a sus valores. Y la respuesta a esa pregunta no la  va a dar ningún tribunal, porque no es una pregunta jurídica. Es una pregunta que recae sobre la  ciudadania y las instituciones que la representan, y tiene que ver con la necesidad de consensos en  política y con qué idea queremos transmitir de la cultura; y a eso solo le corresponde responder a  quienes tienen la responsabilidad de gobernar en el Ayuntamiento de nuestra ciudad, ojalá con el  consenso de todas las fuerzas que en ella tienen representación.

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