Opinión

Educación y prosperidad

Y por eso hoy, uno, ya con más pelos (o menos, según se mire) que en aquel 2011, ve con un ojo la valentía de los miles de jóvenes que acampan en Sol, entre otros lugares, mientras que con el otro observa, con desesperanza y tristeza, la otra cara de la moneda

  • Acampada, por la vivienda en la plaza del Palillero, Cádiz -

Cuando tenía unos dieciséis años, y tras doce en un colegio de monjas, lo único que tenía claro es que, después de todo, no creía en dios. También era relativamente consciente de cómo trabajaba mi padre para pagar la nevera y la universidad venidera, y de que este tenía algún que otro jefe nada recomendable. Sin saberlo, se iba forjando una conciencia de clase que explotó a finales de primero de Bachillerato, cuando una profesora (que seguramente esté leyendo esto) de la enseñanza pública me hizo entender, en pocas horas de clase, qué lado del relato era el nuestro.

Y, aunque su ideología siempre estuvo bastante clara (tampoco la escondió nunca), jamás lo hizo adoctrinando. Nos explicó el 15M, que tenía lugar simultáneamente en aquel mayo de 2011, desde sus entrañas y desde unas entendederas que nosotros, aún menores de edad, todavía estábamos forjando. Nos hablaba de la historia de España (su asignatura), del peligro de que se repitiera y de lo triste, injusto y doloroso que era usar símbolos franquistas en los tiempos que corrían (de su boca escuché por primera vez eso de "la bandera del pollo").

Nos hablaba de todo, de la importancia de la lucha en la calle y más allá de las urnas, de eso de "escuela pública de tod@s y para tod@s", del inconformismo ante el abuso, de la igualdad, de la inclusividad y del rechazo a todo lo que oliera a cerrado. Nos enseñó a pensar, incluso a aquellos alumnos que entendían el movimiento ciudadano del 15M como una sentada de porretas sin oficio ni beneficio. No solo nos enseñó a pensar, sino que nos hizo tener ganas de hacerlo. Y eso, a unas edades en las que las hormonas, los videojuegos y los botellones son los absolutos protagonistas, ya era un avance considerable.

Desde entonces he seguido dudando de miles de cosas, pero nunca he dudado de que debemos luchar por las cosas que de verdad importan, aunque muramos en la utopía. Y no solo por nosotros, sino hasta por los que no se meten en la lucha. Por todos y todas, por la clase trabajadora y por los más desfavorecidos, independientemente de cual sea nuestra posición en este momento, a esta hora. Solidaridad, resistencia y ayuda mutua para hacer ya no un mundo mejor, sino, como poco, un entorno más accesible para cualquiera.

Y por eso hoy, uno, ya con más pelos (o menos, según se mire) que en aquel 2011, ve con un ojo la valentía de los miles de jóvenes que acampan en Sol, entre otros lugares, mientras que con el otro observa, con desesperanza y tristeza, la otra cara de la moneda. Esos chavales y chavalas, aún menores edad, con banderas y consignas franquistas y ultraconservadoras, se ríen de quienes solo buscan un futuro mejor para todos, incluidos ellos mismos. Jóvenes que, tras gritar todo lo que se les pasa por la cabeza con una sonrisa en la cara de no saber ni por dónde les viene el aire, son capaces mañana de seguir diciendo que vivimos en una dictadura.

La educación nunca es la misma en cada aula, y solo los buenos maestros y maestras, pacientes regadores de las mentes de la juventud, parecen tener la llave que abra esas entendederas que parecen tan cerradas. Porque en casa está claro que no la tienen, y porque no se explica, de ninguna otra forma, que un niño pase de soltar un juguete a tratar de reventar una movilización que mira también por su porvenir.

Cuando tenía unos dieciséis años, y tras doce en un colegio de monjas, lo único que tenía claro es que, después de todo, no creía en dios. También era relativamente consciente de cómo trabajaba mi padre para pagar la nevera y la universidad venidera, y de que este tenía algún que otro jefe nada recomendable. Sin saberlo, se iba forjando una conciencia de clase que explotó a finales de primero de Bachillerato, cuando una profesora (que seguramente esté leyendo esto) de la enseñanza pública me hizo entender, en pocas horas de clase, qué lado del relato era el nuestro.

Y, aunque su ideología siempre estuvo bastante clara (tampoco la escondió nunca), jamás lo hizo adoctrinando. Nos explicó el 15M, que tenía lugar simultáneamente en aquel mayo de 2011, desde sus entrañas y desde unas entendederas que nosotros, aún menores de edad, todavía estábamos forjando. Nos hablaba de la historia de España (su asignatura), del peligro de que se repitiera y de lo triste, injusto y doloroso que era usar símbolos franquistas en los tiempos que corrían (de su boca escuché por primera vez eso de "la bandera del pollo").

Nos hablaba de todo, de la importancia de la lucha en la calle y más allá de las urnas, de eso de "escuela pública de tod@s y para tod@s", del inconformismo ante el abuso, de la igualdad, de la inclusividad y del rechazo a todo lo que oliera a cerrado. Nos enseñó a pensar, incluso a aquellos alumnos que entendían el movimiento ciudadano del 15M como una sentada de porretas sin oficio ni beneficio. No solo nos enseñó a pensar, sino que nos hizo tener ganas de hacerlo. Y eso, a unas edades en las que las hormonas, los videojuegos y los botellones son los absolutos protagonistas, ya era un avance considerable.

Desde entonces he seguido dudando de miles de cosas, pero nunca he dudado de que debemos luchar por las cosas que de verdad importan, aunque muramos en la utopía. Y no solo por nosotros, sino hasta por los que no se meten en la lucha. Por todos y todas, por la clase trabajadora y por los más desfavorecidos, independientemente de cual sea nuestra posición en este momento, a esta hora. Solidaridad, resistencia y ayuda mutua para hacer ya no un mundo mejor, sino, como poco, un entorno más accesible para cualquiera.

Y por eso hoy, uno, ya con más pelos (o menos, según se mire) que en aquel 2011, ve con un ojo la valentía de los miles de jóvenes que acampan en Sol, entre otros lugares, mientras que con el otro observa, con desesperanza y tristeza, la otra cara de la moneda. Esos chavales y chavalas, aún menores edad, con banderas y consignas franquistas y ultraconservadoras, se ríen de quienes solo buscan un futuro mejor para todos, incluidos ellos mismos. Jóvenes que, tras gritar todo lo que se les pasa por la cabeza con una sonrisa en la cara de no saber ni por dónde les viene el aire, son capaces mañana de seguir diciendo que vivimos en una dictadura.

La educación nunca es la misma en cada aula, y solo los buenos maestros y maestras, pacientes regadores de las mentes de la juventud, parecen tener la llave que abra esas entendederas que parecen tan cerradas. Porque en casa está claro que no la tienen, y porque no se explica, de ninguna otra forma, que un niño pase de soltar un juguete a tratar de reventar una movilización que mira también por su porvenir.

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