editorial

La ola de disturbios que azotan a Francia y a parte de Europa llega a Barcelona: ¿cómo reaccionar?

La sospecha de injerencias de terceros países o de organizaciones con intereses espúreos requerirán cierta mesura y un debate sosegado para no caer en cierta desesperación, que ha tomado ya el debate en Francia

  • Saqueo de una tienda de informática en Barcelona, este sábado.

Francia lleva semanas experimentados disturbios que se van repitiendo por multitud de ciudades. Comenzaron como protestas educativas pero su evolución no muestra que esté en el centro de la protesta. Tampoco son los 'chalecos amarillos' que han organizado fuertes protestas que paralizaron el país en el pasado. Son disturbios que generan enfrentamientos en las calles y que han tenido como punto culmen la quema del Ayuntamiento de Limoges, aunque también decenas de colegios han sufrido daños severos. Estas protestas se están produciendo en más ciudades y este sábado por la noche llegaron a Barcelona.

Hace no tanto tiempo, las protestas con violencia o que paralizaban ciudades no eran extrañas. Se producían por razones diversas, a veces con reivindicaciones locales y otras globales. Son más infrecuentes en los últimos tiempos. La cuestión es que en este caso no está claro qué se reivindica. Y en Barcelona, por ejemplo, los responsables de estos disturbios se fueron a por tiendas de tecnología o de ropa. Tampoco es que esto sea algo del todo nuevo.

Lo que sí es evidente es que hay un descontento latente que puede guardar alguna relación con este afán, pero en sí mismo con este disturbio no se ha reclamado nada concreto. No responde a ninguna estrategia social por revertir algún tipo de injusticia o dificultad. 

De hecho, en declaraciones como las que ha hecho Salvador Illa, presidente de la Generalitat, diciendo que llegará "hasta el final" para conocer por qué sucedieron los disturbios del sábado deja entrever que hay algún tipo de razón detrás que ha pasado desapercibida. Organizada por redes como TikTok, estos llamamientos buscan a un público joven dispuesto a exponerse a cierto grado de violencia.

Y la pregunta es si están siendo espoleados por terceros países o colectivos que quieren que se genere cierta inseguridad. No es la primera vez que se producen injerencias que hagan tambalear la convivencia. De hecho, dentro de todo lo que no se sabe sobre el origen del asalto a la frontera de Ceuta, puede haber paralelismos.

Más allá de un llamamiento a llegar a conclusiones sobre los porqués y las responsabilidades de terceros en situaciones como estas, es importante estar preparados como sociedad para este tipo de cuestiones que parece que en el fondo buscan en el medio o largo plazo manipular la opinión pública por la vía de la sensación de inseguridad. Eso requeriría, de producirse ese escenario, debates serios. Los disturbios en Francia, de hecho, están generando un estado de hartazgo en muchos ciudadanos, que buscan con urgencia a los responsables. La contundencia contra los disturbios en la calle (100 detenidos en una noche no son cualquier cosa, y es lo que sucedió en Barcelona) debe ir de la mano de la mesura a la hora de analizar los porqués. 

Francia lleva semanas experimentados disturbios que se van repitiendo por multitud de ciudades. Comenzaron como protestas educativas pero su evolución no muestra que esté en el centro de la protesta. Tampoco son los 'chalecos amarillos' que han organizado fuertes protestas que paralizaron el país en el pasado. Son disturbios que generan enfrentamientos en las calles y que han tenido como punto culmen la quema del Ayuntamiento de Limoges, aunque también decenas de colegios han sufrido daños severos. Estas protestas se están produciendo en más ciudades y este sábado por la noche llegaron a Barcelona.

Hace no tanto tiempo, las protestas con violencia o que paralizaban ciudades no eran extrañas. Se producían por razones diversas, a veces con reivindicaciones locales y otras globales. Son más infrecuentes en los últimos tiempos. La cuestión es que en este caso no está claro qué se reivindica. Y en Barcelona, por ejemplo, los responsables de estos disturbios se fueron a por tiendas de tecnología o de ropa. Tampoco es que esto sea algo del todo nuevo.

Lo que sí es evidente es que hay un descontento latente que puede guardar alguna relación con este afán, pero en sí mismo con este disturbio no se ha reclamado nada concreto. No responde a ninguna estrategia social por revertir algún tipo de injusticia o dificultad. 

De hecho, en declaraciones como las que ha hecho Salvador Illa, presidente de la Generalitat, diciendo que llegará "hasta el final" para conocer por qué sucedieron los disturbios del sábado deja entrever que hay algún tipo de razón detrás que ha pasado desapercibida. Organizada por redes como TikTok, estos llamamientos buscan a un público joven dispuesto a exponerse a cierto grado de violencia.

Y la pregunta es si están siendo espoleados por terceros países o colectivos que quieren que se genere cierta inseguridad. No es la primera vez que se producen injerencias que hagan tambalear la convivencia. De hecho, dentro de todo lo que no se sabe sobre el origen del asalto a la frontera de Ceuta, puede haber paralelismos.

Más allá de un llamamiento a llegar a conclusiones sobre los porqués y las responsabilidades de terceros en situaciones como estas, es importante estar preparados como sociedad para este tipo de cuestiones que parece que en el fondo buscan en el medio o largo plazo manipular la opinión pública por la vía de la sensación de inseguridad. Eso requeriría, de producirse ese escenario, debates serios. Los disturbios en Francia, de hecho, están generando un estado de hartazgo en muchos ciudadanos, que buscan con urgencia a los responsables. La contundencia contra los disturbios en la calle (100 detenidos en una noche no son cualquier cosa, y es lo que sucedió en Barcelona) debe ir de la mano de la mesura a la hora de analizar los porqués. 

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