Cuando el futuro solo parece una amenaza necesitamos una épica que nos ayude a la reconstrucción del deseo de vivir una vida mejor. Toda épica, no lo olvidemos, necesita de una heroína o héroe, que la haga posible. En el caso de Lula, él mismo es el héroe, que ganó cuatro elecciones, que vivió la persecución y la prisión. Que se rehízo a sí mismo, desafió a los titanes, acometió los Trabajos de Hércules y, cómo él, logró la inmortalidad. Los trabajos de Lula consistieron en vencer los deseos imperiales amenazadores de Trump, las constantes amenazas de golpismo de la familia Bolsonaro; ganarse la voluntad de la sociedad, la cosecha de 10 millones de votos, y quedar ungido por “el dedo de dios”.
Lula, como narrador del relato épico, describió a las heroínas y a los héroes a quienes decidió servir con solo nueve dedos: las mujeres y los hombres que trabajan y a los que no les alcanza para alimentarse ni habitar una casa digna, a les niñes que deben poder ir, todos, a la escuela y comer tres veces al día. A los jóvenes a los que los odiadores quieren condenar al futuro como una amenaza.
Lula vence y sabe que no vence solo, ni solo con sus generales y su sala de comandantes. Vence con todos sus soldados y sin violencia: con los soldados de los votos. Vence capitalista, con un vicepresidente liberal socialdemócrata, pero un capitalista redistribuidor de la riqueza, convencido de que la estructura económica de la sociedad debe asumir la distribución del 70/30, y no la inversa deseada por las viejas y las nuevas oligarquías. Se trata de impedir con reglas fiscales y de disponibilidad de las riquezas naturales que solo el 30% de la población maneje el total de la riqueza y hacer posible que sea el 70% quien pueda vivir y consumir lo que precisa para la vida, Así se logra un reparto de la riqueza y el aumento de esta a través del consumo, que ofrece creación de empresas, ocupación y un bienestar más amplio.
Lula vence porque se salió de su esquema de izquierda ortodoxa y pacta, cada vez que sea preciso, pero no para el objetivo del engaño a las mayorías sociales y mantenerse en el poder, sino para lograr que unas mayorías sociales alcancen el bienestar que traiga mayor bienestar para incluir a todos. Lula no promete el paraíso ni asaltar los cielos, a diferencia de tantos intelectuales de salón que pronostican que solo la destrucción completa de una sociedad disuelta en la pobreza haría posible la victoriosa la aparición del paraíso. Es esto, precisamente, en lo que más temen las ultraderechas y las oligarquías, las antiguas y las tecnológicas, la épica de Lula y de la justicia social. Y es esta la lección principal que habría de extraerse de la incontestable victoria electoral de Lula y de la sociedad brasileña: ha puesto un dique al avance fascista, en América, liderado por Trump y sus adláteres, porque ha devuelto la ilusión de un futuro con posibilidades y no solo como amenaza.
En primera línea, la defensa de un bienestar compartido por la mayor cantidad de personas. La defensa de lo propio y no excluir lo ajeno, la reivindicación y el respeto por la diversidad. El establecimiento de reglas que hagan posible una sociedad en paz, lo más horizontal. La comprensión sagaz de la diferencia dinámica entre lo deseable, lo posible y lo irrenunciable, todo basado en la honestidad y alejado de los trucos.
La victoria de Lula es la victoria de una actitud, la actitud honesta que permite que todos puedan vivir con medios suficientes, con respeto suficiente, con alegría suficiente, y dejarse de felicidades entonadas por cantos de sirenas. La política de lo concreto, el propósito de servicio a la sociedad, la vocación de justicia social. Lula cambia la estética del actuar humano y nos devuelve el gusto por la justicia social: dedicarse a lo que sea con el objetivo final de hacer para el bienestar concreto de la inmensa mayoría.
Cuando el futuro solo parece una amenaza necesitamos una épica que nos ayude a la reconstrucción del deseo de vivir una vida mejor. Toda épica, no lo olvidemos, necesita de una heroína o héroe, que la haga posible. En el caso de Lula, él mismo es el héroe, que ganó cuatro elecciones, que vivió la persecución y la prisión. Que se rehízo a sí mismo, desafió a los titanes, acometió los Trabajos de Hércules y, cómo él, logró la inmortalidad. Los trabajos de Lula consistieron en vencer los deseos imperiales amenazadores de Trump, las constantes amenazas de golpismo de la familia Bolsonaro; ganarse la voluntad de la sociedad, la cosecha de 10 millones de votos, y quedar ungido por “el dedo de dios”.
Lula, como narrador del relato épico, describió a las heroínas y a los héroes a quienes decidió servir con solo nueve dedos: las mujeres y los hombres que trabajan y a los que no les alcanza para alimentarse ni habitar una casa digna, a les niñes que deben poder ir, todos, a la escuela y comer tres veces al día. A los jóvenes a los que los odiadores quieren condenar al futuro como una amenaza.
Lula vence y sabe que no vence solo, ni solo con sus generales y su sala de comandantes. Vence con todos sus soldados y sin violencia: con los soldados de los votos. Vence capitalista, con un vicepresidente liberal socialdemócrata, pero un capitalista redistribuidor de la riqueza, convencido de que la estructura económica de la sociedad debe asumir la distribución del 70/30, y no la inversa deseada por las viejas y las nuevas oligarquías. Se trata de impedir con reglas fiscales y de disponibilidad de las riquezas naturales que solo el 30% de la población maneje el total de la riqueza y hacer posible que sea el 70% quien pueda vivir y consumir lo que precisa para la vida, Así se logra un reparto de la riqueza y el aumento de esta a través del consumo, que ofrece creación de empresas, ocupación y un bienestar más amplio.
Lula vence porque se salió de su esquema de izquierda ortodoxa y pacta, cada vez que sea preciso, pero no para el objetivo del engaño a las mayorías sociales y mantenerse en el poder, sino para lograr que unas mayorías sociales alcancen el bienestar que traiga mayor bienestar para incluir a todos. Lula no promete el paraíso ni asaltar los cielos, a diferencia de tantos intelectuales de salón que pronostican que solo la destrucción completa de una sociedad disuelta en la pobreza haría posible la victoriosa la aparición del paraíso. Es esto, precisamente, en lo que más temen las ultraderechas y las oligarquías, las antiguas y las tecnológicas, la épica de Lula y de la justicia social. Y es esta la lección principal que habría de extraerse de la incontestable victoria electoral de Lula y de la sociedad brasileña: ha puesto un dique al avance fascista, en América, liderado por Trump y sus adláteres, porque ha devuelto la ilusión de un futuro con posibilidades y no solo como amenaza.
En primera línea, la defensa de un bienestar compartido por la mayor cantidad de personas. La defensa de lo propio y no excluir lo ajeno, la reivindicación y el respeto por la diversidad. El establecimiento de reglas que hagan posible una sociedad en paz, lo más horizontal. La comprensión sagaz de la diferencia dinámica entre lo deseable, lo posible y lo irrenunciable, todo basado en la honestidad y alejado de los trucos.
La victoria de Lula es la victoria de una actitud, la actitud honesta que permite que todos puedan vivir con medios suficientes, con respeto suficiente, con alegría suficiente, y dejarse de felicidades entonadas por cantos de sirenas. La política de lo concreto, el propósito de servicio a la sociedad, la vocación de justicia social. Lula cambia la estética del actuar humano y nos devuelve el gusto por la justicia social: dedicarse a lo que sea con el objetivo final de hacer para el bienestar concreto de la inmensa mayoría.
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