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Opinión

Y la tarde se partió en mil pedazos

Compartimos impresiones de nuestro entorno más cercano y nos enredamos en el tonto ejercicio de arreglar un mundo imposible de arreglar

  • Un hombre observando una puesta de sol.

El pasado viernes la fría guillotina de la muerte sesgó una vida joven. La muerte, tan caprichosa como descarnada, golpeó con la dureza con la que suele: haciendo gala de una crueldad extrema, aterradora; fracturando la realidad de quienes nos quedamos en este plano. La maldita muerte nos condenó a la pena capital de tener que decir adiós a un compañero de profesión, a un técnico de emergencias, que, huyendo de etiquetas y por encima de todo, era un extraordinario ser humano. Hablo de Jesús L., un hombre cuya partida deja un vacío denso, de esos que te hacen jirones en el alma y te obligan a detener el ritmo frenético y asincopado de nuestros días para tratar de encontrar una explicación a lo incomprensible.

No voy a mentir ni voy a colgarme medallas que no me corresponden: coincidí con Jesús L. tan solo en algunas ocasiones contadas. Sin embargo, fue de esas personas que se asientan en las distancias cortas y solidifican los espacios temporales breves. Esas cuatro veces mal contadas fueron más que suficientes para saber que aquel tipo grandote, risueño, cachondo y de afables maneras era todo un universo por descubrir. Hoy, con la perspectiva dolorosa que otorga su ausencia, me descubro maldiciendo que solo hubieran sido cuatro ocasiones y no más. Porque el bueno de Jesús era, de manera inequívoca, una persona luminosa que, a su forma y manera, desarmaba con su bondad y sencillez.

Tuve el inmenso privilegio de compartir una última conversación con él apenas veinticuatro horas antes de su partida. Fue el preludio trágico e inconsciente a aquel viernes trágico que partió la tarde en mil pedazos y que, con el mismo golpe seco, destrozó las entrañas de todos los que, de una manera u otra, le teníamos en estima.

La conversación discurrió por los cauces de esas charlas triviales, plagadas de banalidades que a menudo menospreciamos: la cotidianidad de nuestros días, compartimos impresiones de nuestro entorno más cercano y nos enredamos en el tonto ejercicio de arreglar un mundo imposible de arreglar.

Y es que, bajo aquellas apariencias de tiarrón tatuado, de hombre robusto y de prominente presencia física, recuerdo perfectamente su sonrisa tímida ante la batería de ocurrencias. Jesús era exactamente eso: un tío con la capacidad innata de convertir en oro cualquier tema insustancial. En una profesión tan contagiada por la prisa y el estrés, encontrar a alguien capaz de sosegar una charla ordinaria y transformarla en un espacio confortable era un auténtico oasis.

Durante su funeral, tuve la oportunidad de hablar con su primo Koke (alguien muy querido por mí). Ambos coincidimos en la asombrosa marea humana que se había congregado para darle ese último adiós. Degustamos el sabor a hiel de una certeza descorazonadora: qué doloroso resulta que alguien se marche dejando atrás a tanta gente querida.

El vacío que deja Jesús es enorme, irremplazable. El verdadero legado de nuestro compañero se escribe con la forma curvilínea de su sonrisa. Esa curva capaz de enderezar los días más torcidos.

A nosotros, nos queda ahora la difícil tarea —diría que titánica— de imitarle. Nos toca mirar al mundo con su bondad, a lucir esa timidez generosa propia de alguien que no necesita empequeñecer a nadie para brillar.

La tarde se rompió, es verdad, y sus pedazos aún cortan al tocarlos. Pero entre esos fragmentos rotos, Jesús seguirá resplandeciendo en el recuerdo de todos los que tuvimos la inmensa fortuna de cruzarnos en su camino. Descanse en paz, compañero.

El pasado viernes la fría guillotina de la muerte sesgó una vida joven. La muerte, tan caprichosa como descarnada, golpeó con la dureza con la que suele: haciendo gala de una crueldad extrema, aterradora; fracturando la realidad de quienes nos quedamos en este plano. La maldita muerte nos condenó a la pena capital de tener que decir adiós a un compañero de profesión, a un técnico de emergencias, que, huyendo de etiquetas y por encima de todo, era un extraordinario ser humano. Hablo de Jesús L., un hombre cuya partida deja un vacío denso, de esos que te hacen jirones en el alma y te obligan a detener el ritmo frenético y asincopado de nuestros días para tratar de encontrar una explicación a lo incomprensible.

No voy a mentir ni voy a colgarme medallas que no me corresponden: coincidí con Jesús L. tan solo en algunas ocasiones contadas. Sin embargo, fue de esas personas que se asientan en las distancias cortas y solidifican los espacios temporales breves. Esas cuatro veces mal contadas fueron más que suficientes para saber que aquel tipo grandote, risueño, cachondo y de afables maneras era todo un universo por descubrir. Hoy, con la perspectiva dolorosa que otorga su ausencia, me descubro maldiciendo que solo hubieran sido cuatro ocasiones y no más. Porque el bueno de Jesús era, de manera inequívoca, una persona luminosa que, a su forma y manera, desarmaba con su bondad y sencillez.

Tuve el inmenso privilegio de compartir una última conversación con él apenas veinticuatro horas antes de su partida. Fue el preludio trágico e inconsciente a aquel viernes trágico que partió la tarde en mil pedazos y que, con el mismo golpe seco, destrozó las entrañas de todos los que, de una manera u otra, le teníamos en estima.

La conversación discurrió por los cauces de esas charlas triviales, plagadas de banalidades que a menudo menospreciamos: la cotidianidad de nuestros días, compartimos impresiones de nuestro entorno más cercano y nos enredamos en el tonto ejercicio de arreglar un mundo imposible de arreglar.

Y es que, bajo aquellas apariencias de tiarrón tatuado, de hombre robusto y de prominente presencia física, recuerdo perfectamente su sonrisa tímida ante la batería de ocurrencias. Jesús era exactamente eso: un tío con la capacidad innata de convertir en oro cualquier tema insustancial. En una profesión tan contagiada por la prisa y el estrés, encontrar a alguien capaz de sosegar una charla ordinaria y transformarla en un espacio confortable era un auténtico oasis.

Durante su funeral, tuve la oportunidad de hablar con su primo Koke (alguien muy querido por mí). Ambos coincidimos en la asombrosa marea humana que se había congregado para darle ese último adiós. Degustamos el sabor a hiel de una certeza descorazonadora: qué doloroso resulta que alguien se marche dejando atrás a tanta gente querida.

El vacío que deja Jesús es enorme, irremplazable. El verdadero legado de nuestro compañero se escribe con la forma curvilínea de su sonrisa. Esa curva capaz de enderezar los días más torcidos.

A nosotros, nos queda ahora la difícil tarea —diría que titánica— de imitarle. Nos toca mirar al mundo con su bondad, a lucir esa timidez generosa propia de alguien que no necesita empequeñecer a nadie para brillar.

La tarde se rompió, es verdad, y sus pedazos aún cortan al tocarlos. Pero entre esos fragmentos rotos, Jesús seguirá resplandeciendo en el recuerdo de todos los que tuvimos la inmensa fortuna de cruzarnos en su camino. Descanse en paz, compañero.

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