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Opinión

Vivir viviendo

Donde yo vivo, por no haber no hay ni extranjeros. Es una forma de hablar, pues en realidad el paisaje humano de la sierra cordobesa está formado por autóctonos, por forasteros —entre los que me encuentro— y extranjeros

  • Extracto de la portada del libro 'El viaje de mi padre', de Julio Llamazares.

El viaje de mi padre, de Julio Llamazares, es un libro de memorias sobre la figura del padre que en su recorrido, página a página, se torna en libro de viajes a la manera de los viajeros ilustrados, o los noventayochistas y los viajeros del primer tercio del siglo pasado, que retratan una Castilla árida, sepultada por su historia de grandeza amarillenta y agonizante. Hay, entre aquella Castilla de hace más de un siglo y la actual, una gran diferencia: no son los autóctonos quienes cuidan de estos pueblos, sino inmigrantes extranjeros. Ellos recogen las cosechas (de manzanas, trigo y uvas habla Llamazares), mantienen en pie edificios y regentan negocios. A ellos debemos que las ciudades sigan abastecidas de alimentos básicos y fundamentales y que el comercio cuente con excedentes para vender fuera de nuestras fronteras.

Como le ocurría a otro de nuestros viajeros, el hispanista Cees Nooteboom, también Llamazares se desvía del propósito que le hizo partir un día. Rehacer la ruta que su padre recorrió en 1938, entre La Mata de la Bérbula (en León) y el campo de batalla por Teruel, acaba convirtiéndose en una crónica de la despoblación que hoy sufren las zonas rurales de nuestro país. Sirve el viaje para registrar las quejas de los lugareños que lamentan el olvido de los gobiernos, los mismos que se acuerdan de las zonas rurales cuando necesitan espacio donde instalar aerogeneradores —o macrogranjas en mi tierra—. En su viaje, atraviesa pueblos donde no se ve a nadie por la calle, aunque puedes cruzarte con alguien trabajando en el campo, o con algún paseante emigrado a la ciudad que vuelve a su pueblo los fines de semana y con los viejos que recuerdan el bullicio de cuando aún había trenes.

Donde yo vivo, por no haber no hay ni extranjeros. Es una forma de hablar, pues en realidad el paisaje humano de la sierra cordobesa está formado por autóctonos, por forasteros —entre los que me encuentro— y extranjeros. Aunque, sin embargo, esta riqueza visual y cultural no implica un futuro halagüeño: son pueblos que van abandonándose a una velocidad preocupante.

Me refiero a una preocupación económica, no solo social o cultural, generada por un desequilibrio en la distribución de la población y una ausencia de planificación a largo plazo. Así que a las dificultades de vivienda en las urbes, privatización de la educación y de la sanidad, y otros problemas que crecen por no atajarlos, sumaría el del abandono de las zonas agrarias del norte y sur de España. Un olvido íntimamente unido a un fenómeno de concentración desmesurada e inviable de la población en unas pocas ciudades.

De alguna manera habría que facilitar que los pueblos volvieran a ser ocupados. De alguna manera tendríamos que hacer ver que también en los pueblos de hoy día (bien comunicados por carreteras, fibra óptica o transporte público) se vive bien viviendo, porque también allí ha llegado el siglo XXI. Es preciso fomentar estudios de profesiones adecuadas a la economía agraria, mantener centros médicos y educativos. Si los pueblos están habitados, donde hay un ganadero, habrá veterinarios, electricistas, informáticos… que tendrán familias e hijos, luego, médicos y maestros. Habrá tiendas, bares, algún cine, un teatro, empresas que abastezcan a esa creciente población. Lo sé, suena al cuento de la lechera con final feliz.

Pero no hablo de nostalgia, no se trata de recuperar una España perdida y reinventada en parques temáticos para recibir a los turistas de la ciudad. Que si el ficticio día de la matanza, que si la feria del queso y un sinfín de puestos con baratijas supuestamente medievales. No hablo de limosna para mantener una especie humana en extinción. Me refiero a plantarle cara a un problema nacional que de seguir ignorándolo crecerá y nos aplastará. Urge resolverlo y no es suficiente con acciones individuales o altruistas. Requiere de un plan ambicioso y viable con un objetivo definido: redistribuir la población de forma equilibrada y adecuada a la realidad, para beneficio de las ciudades y los pueblos. Contamos con un extenso territorio que, por el momento, sigue siendo rural, es decir, habitado, por lo que no es todavía un páramo ni un bosque salvaje. Como Llamazares entendió en su viaje, no es posible repetir el mismo trayecto que su padre ni coger el mismo tren de hace hoy 88 años porque las vías están desmanteladas y los pueblos se han transformado, pero el viaje es posible. Un viaje con nuevos ojos. Tal vez por eso encontró lo que buscaba: vivir viviendo.

 

El viaje de mi padre, de Julio Llamazares, es un libro de memorias sobre la figura del padre que en su recorrido, página a página, se torna en libro de viajes a la manera de los viajeros ilustrados, o los noventayochistas y los viajeros del primer tercio del siglo pasado, que retratan una Castilla árida, sepultada por su historia de grandeza amarillenta y agonizante. Hay, entre aquella Castilla de hace más de un siglo y la actual, una gran diferencia: no son los autóctonos quienes cuidan de estos pueblos, sino inmigrantes extranjeros. Ellos recogen las cosechas (de manzanas, trigo y uvas habla Llamazares), mantienen en pie edificios y regentan negocios. A ellos debemos que las ciudades sigan abastecidas de alimentos básicos y fundamentales y que el comercio cuente con excedentes para vender fuera de nuestras fronteras.

Como le ocurría a otro de nuestros viajeros, el hispanista Cees Nooteboom, también Llamazares se desvía del propósito que le hizo partir un día. Rehacer la ruta que su padre recorrió en 1938, entre La Mata de la Bérbula (en León) y el campo de batalla por Teruel, acaba convirtiéndose en una crónica de la despoblación que hoy sufren las zonas rurales de nuestro país. Sirve el viaje para registrar las quejas de los lugareños que lamentan el olvido de los gobiernos, los mismos que se acuerdan de las zonas rurales cuando necesitan espacio donde instalar aerogeneradores —o macrogranjas en mi tierra—. En su viaje, atraviesa pueblos donde no se ve a nadie por la calle, aunque puedes cruzarte con alguien trabajando en el campo, o con algún paseante emigrado a la ciudad que vuelve a su pueblo los fines de semana y con los viejos que recuerdan el bullicio de cuando aún había trenes.

Donde yo vivo, por no haber no hay ni extranjeros. Es una forma de hablar, pues en realidad el paisaje humano de la sierra cordobesa está formado por autóctonos, por forasteros —entre los que me encuentro— y extranjeros. Aunque, sin embargo, esta riqueza visual y cultural no implica un futuro halagüeño: son pueblos que van abandonándose a una velocidad preocupante.

Me refiero a una preocupación económica, no solo social o cultural, generada por un desequilibrio en la distribución de la población y una ausencia de planificación a largo plazo. Así que a las dificultades de vivienda en las urbes, privatización de la educación y de la sanidad, y otros problemas que crecen por no atajarlos, sumaría el del abandono de las zonas agrarias del norte y sur de España. Un olvido íntimamente unido a un fenómeno de concentración desmesurada e inviable de la población en unas pocas ciudades.

De alguna manera habría que facilitar que los pueblos volvieran a ser ocupados. De alguna manera tendríamos que hacer ver que también en los pueblos de hoy día (bien comunicados por carreteras, fibra óptica o transporte público) se vive bien viviendo, porque también allí ha llegado el siglo XXI. Es preciso fomentar estudios de profesiones adecuadas a la economía agraria, mantener centros médicos y educativos. Si los pueblos están habitados, donde hay un ganadero, habrá veterinarios, electricistas, informáticos… que tendrán familias e hijos, luego, médicos y maestros. Habrá tiendas, bares, algún cine, un teatro, empresas que abastezcan a esa creciente población. Lo sé, suena al cuento de la lechera con final feliz.

Pero no hablo de nostalgia, no se trata de recuperar una España perdida y reinventada en parques temáticos para recibir a los turistas de la ciudad. Que si el ficticio día de la matanza, que si la feria del queso y un sinfín de puestos con baratijas supuestamente medievales. No hablo de limosna para mantener una especie humana en extinción. Me refiero a plantarle cara a un problema nacional que de seguir ignorándolo crecerá y nos aplastará. Urge resolverlo y no es suficiente con acciones individuales o altruistas. Requiere de un plan ambicioso y viable con un objetivo definido: redistribuir la población de forma equilibrada y adecuada a la realidad, para beneficio de las ciudades y los pueblos. Contamos con un extenso territorio que, por el momento, sigue siendo rural, es decir, habitado, por lo que no es todavía un páramo ni un bosque salvaje. Como Llamazares entendió en su viaje, no es posible repetir el mismo trayecto que su padre ni coger el mismo tren de hace hoy 88 años porque las vías están desmanteladas y los pueblos se han transformado, pero el viaje es posible. Un viaje con nuevos ojos. Tal vez por eso encontró lo que buscaba: vivir viviendo.

 

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