viéndolas venir

Óscar Puente, si quieres te hacemos la ola

Vivimos en una sociedad tan del revés, que cualquier obligación la convertimos en virtud; cualquier deber, en heroísmo. Y cuando un ministro dimite porque no tiene más remedio que dimitir, enseguida se activa la maquinaria propagandística con la consigna del 'y tú más'. Lamentable.

  • Óscar Puente en el programa de Marc Giro.

Es posible que dimitir sea un extraño nombre ruso que aquí no se lleva. Pero cuando un ministro dimite porque tiene más de cien muertos sobre la mesa en menos tiempo del que tarda en concebirse una sola vida humana, su gesto no es de heroísmo, sino de necesidad. Otra cosa bien distinta es que la falta histórica de dignidad política nos haya acostumbrado a sorprendernos de estas dimisiones que no convencen, sin embargo, a quienes sueñan con que dimita Pedro Sánchez. Ya sabemos que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Cuando llegábamos a casa con algún examen que nos había salido maravillosamente bien, mamá lo celebraba al estilo de las mamás, con muchas alharacas y arrumacos. Miraba el ejercicio por delante y por detrás y nos medio prometía algún regalito de más cuando llegase la hora, decía, aunque la hora no terminase de llegar casi nunca, pero eso era siempre lo de menos. El caso es que luego llegaba papá, destrozado del trabajo, a deshoras, cuando habíamos hecho ya el sacrificio de ayunar para esperarlo y comer todos juntos casi a las cuatro de la tarde, y también a él le enseñábamos el examen. Papá lo miraba apenas de reojo y nos preguntaba, sin ver la nota siquiera, si había salido bien o no. Le decíamos que sobresaliente, y entonces él sentenciaba que no habíamos hecho más que lo que teníamos que hacer.

Punto. Lo que teníamos que hacer. Lo que debíamos. Ni más ni menos. Aquel comentario paterno se volvió tan recurrente con el tiempo, que mi hermana y yo terminamos bromeando cuando llegábamos algunos de los dos con algún maravilloso examen. Nos decíamos uno al otro, adelantándonos a papá: no has hecho más que lo que tienes que hacer, y nos desternillábamos de la risa. Un diez, he sacado un diez, decía alguno de nosotros. No has hecho más que lo que tienes que hacer. Estudiar es tu oficio. Tú solo te dedicas a eso, decíamos, imitando a papá. Y cuando él llegaba y nos lo decía así, literalmente, nos partíamos de risa.

Sin embargo, con el tiempo, me he visto yo mismo reproduciendo la misma frase aquella con mis hijos. Me he parecido un tanto cruel con el comentario, frío, exagerado. Pero solo porque vivimos, ahora mucho más que entonces, en una sociedad tan del revés que cualquier obligación la convertimos en virtud; cualquier deber, en heroísmo. Y se nos ha inculcado de una manera tan perversa la costumbre del “y tú más”, que la única ocurrencia cuando un ministro como Puente dimite es pensar en cuántos otros ministros anteriores, sobre todo de otros partidos, no dimitieron en circunstancias similares. El trabajo de los sumisos periodistas a las órdenes del gobierno es hoy elaborar completísimas tablas digitales en las que se luzcan todos aquellos casos, desde los tiempos de Maricastaña, en los que fulanito y menganita no dimitieron con más muertos incluso que Óscar Puente con sus dos accidentes de este año.

Es lamentable que cuando un altísimo cargo dimite porque no tiene más remedio que dimitir, porque no tuvo gracia su intervención en aquel humorístico programa de la tele de hace dos semanas, porque son demasiados muertos en un transporte que parecía segurísimo en un país más que desarrollado como el nuestro -porque él no tendrá la culpa, evidentemente, pero era el máximo responsable de que los trenes fueran seguros- tenga que echar a andar ahora toda una potente maquinaria propagandística no para decirle que no ha hecho más que lo que tenía que hacer, sino para convertirlo en una especie de héroe nacional solo porque hubo otros ministros que no cumplieron con su deber. A mí lo que les digan o hagan otras madres a sus hijos no me importa, nos hubiera dicho mi madre entonces. Mi hijo eres tú. Pero eran otros tiempos. 

Es posible que dimitir sea un extraño nombre ruso que aquí no se lleva. Pero cuando un ministro dimite porque tiene más de cien muertos sobre la mesa en menos tiempo del que tarda en concebirse una sola vida humana, su gesto no es de heroísmo, sino de necesidad. Otra cosa bien distinta es que la falta histórica de dignidad política nos haya acostumbrado a sorprendernos de estas dimisiones que no convencen, sin embargo, a quienes sueñan con que dimita Pedro Sánchez. Ya sabemos que todo en la vida es sueño y los sueños, sueños son.

Cuando llegábamos a casa con algún examen que nos había salido maravillosamente bien, mamá lo celebraba al estilo de las mamás, con muchas alharacas y arrumacos. Miraba el ejercicio por delante y por detrás y nos medio prometía algún regalito de más cuando llegase la hora, decía, aunque la hora no terminase de llegar casi nunca, pero eso era siempre lo de menos. El caso es que luego llegaba papá, destrozado del trabajo, a deshoras, cuando habíamos hecho ya el sacrificio de ayunar para esperarlo y comer todos juntos casi a las cuatro de la tarde, y también a él le enseñábamos el examen. Papá lo miraba apenas de reojo y nos preguntaba, sin ver la nota siquiera, si había salido bien o no. Le decíamos que sobresaliente, y entonces él sentenciaba que no habíamos hecho más que lo que teníamos que hacer.

Punto. Lo que teníamos que hacer. Lo que debíamos. Ni más ni menos. Aquel comentario paterno se volvió tan recurrente con el tiempo, que mi hermana y yo terminamos bromeando cuando llegábamos algunos de los dos con algún maravilloso examen. Nos decíamos uno al otro, adelantándonos a papá: no has hecho más que lo que tienes que hacer, y nos desternillábamos de la risa. Un diez, he sacado un diez, decía alguno de nosotros. No has hecho más que lo que tienes que hacer. Estudiar es tu oficio. Tú solo te dedicas a eso, decíamos, imitando a papá. Y cuando él llegaba y nos lo decía así, literalmente, nos partíamos de risa.

Sin embargo, con el tiempo, me he visto yo mismo reproduciendo la misma frase aquella con mis hijos. Me he parecido un tanto cruel con el comentario, frío, exagerado. Pero solo porque vivimos, ahora mucho más que entonces, en una sociedad tan del revés que cualquier obligación la convertimos en virtud; cualquier deber, en heroísmo. Y se nos ha inculcado de una manera tan perversa la costumbre del “y tú más”, que la única ocurrencia cuando un ministro como Puente dimite es pensar en cuántos otros ministros anteriores, sobre todo de otros partidos, no dimitieron en circunstancias similares. El trabajo de los sumisos periodistas a las órdenes del gobierno es hoy elaborar completísimas tablas digitales en las que se luzcan todos aquellos casos, desde los tiempos de Maricastaña, en los que fulanito y menganita no dimitieron con más muertos incluso que Óscar Puente con sus dos accidentes de este año.

Es lamentable que cuando un altísimo cargo dimite porque no tiene más remedio que dimitir, porque no tuvo gracia su intervención en aquel humorístico programa de la tele de hace dos semanas, porque son demasiados muertos en un transporte que parecía segurísimo en un país más que desarrollado como el nuestro -porque él no tendrá la culpa, evidentemente, pero era el máximo responsable de que los trenes fueran seguros- tenga que echar a andar ahora toda una potente maquinaria propagandística no para decirle que no ha hecho más que lo que tenía que hacer, sino para convertirlo en una especie de héroe nacional solo porque hubo otros ministros que no cumplieron con su deber. A mí lo que les digan o hagan otras madres a sus hijos no me importa, nos hubiera dicho mi madre entonces. Mi hijo eres tú. Pero eran otros tiempos. 

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