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50 años del colegio Cervantes en Los Palacios: la educación más allá de las leyes

También el CEIP Palenque cumple 25 años, y ambos centros son perfectos ejemplos de que, a pesar del continuo cambio legislativo sobre una materia que merecería un pacto de estado, miles de docentes con increíble vocación sostienen la barca de la educación en ese tormentoso mar de los caprichosos bandazos normativos

  • La directora del colegio Miguel de Cervantes de Los Palacios, Cristina Caro, flanqueada por el alcalde en el acto inaugural de los 50 años del centro.

Arranca este curso escolar con sendas efemérides en dos colegios públicos de mi pueblo: 50 años que empiezan a celebrarse del Miguel de Cervantes y 25 años que acaban de festejarse del Palenque. Bodas de oro y bodas de plata, como suelen calificarse estos compromisos después de tal cantidad de años, aunque el tango nos recuerde que veinte años no es nada. Lo cierto es que medio siglo, o al menos un cuarto de siglo, sí lo es, porque durante todo ese tiempo han sido miles de ciudadanos los que han pasado por estas aulas absorbiendo y rebosando vida.

Paralela y misteriosamente, la vida ha cambiado. El pueblo ha cambiado. También la forma de educar, como refleja el ingenioso cartel diseñado por el maestro Javier Salguero en el que Don Quijote porta un lápiz en vez de una espada y Sancho Panza avanza en su burro con un portátil encima, ambos a este lado de la emblemática valla amarilla que por fin va a ser sustituida, y sin perder de vista el molino de viento que nunca falta como símbolo de nuestros afanes. “Si a Sancho lo subes en un patinete eléctrico, lo bordas ya”, bromeó el alcalde en la puesta de largo de esta semana.

Estos hitos tan señalados siempre sirven para el reencuentro, no solo de maestros jubilados con los que todavía ejercen, sino de alumnos que ya son padres y madres y se asocian y siguen teniendo a sus hijos aquí; de conserjes que pasaron por allí; y hasta del personal de cocina de centros que, como en el caso del Cervantes, llevan tanto tiempo con el privilegio de contar con una propia, aromando de sabor el día a día de las clases.

Yo no estuve en ninguno de esos dos colegios, ni en el Cervantes ni en el Palenque, pero de ambos guardo hermosos recuerdos delegados, a través de amigos que sí estudiaron en sus aulas o por inolvidables referencias sociales.

  • Logo de la conmemoración, obra del maestro Javier Salguero.
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Del Cervantes, inaugurado al año siguiente de la muerte de Franco, recuerdo el interés de todas las familias del pueblo por querer matricular allí a sus hijos. Sus directores, como Manuel Herrera o Antonio Cruzado, habían sido o iban a ser alcaldes del pueblo; muchos de sus maestros demostraron innovaciones pedagógicas que no se estilaban hasta entonces y que incluían un amor por el flamenco fuera de lo común; otros docentes consiguieron normalizar un horno de alfarería del que salieron coloridas cerámicas; y otros compañeros insistieron tanto en la importancia de manejar la misma lengua del ingenioso hidalgo que terminaron consolidando no solo un certamen literario de altísimo nivel, sino incluso la costumbre de regalar al pueblo una representación teatral que nos dejaba turulatos. Precisamente este curso, tan señalado, la obra prevista la firma nada menos que Alfonso Zurro, pareja de la inolvidable maestra Julia.

Del Palenque guardo recuerdos más directos porque, cuando yo era alumno del Juan José Baquero, aquel colegio no era más que una delegación, como el Romero Murube al que popularmente todo el mundo conocía entonces como el Instituto Viejo. Al Palenque, en aquella época -antes de segregarse, independizarse y partir de cero como colegio independiente- no quería ir nadie. A las familias bien se les formaba un nudo en el estómago de solo pensar que sus hijos iban a convivir con otra chiquillería mucho más indómita en un colegio plagado de charcos y cuyo patio ni siquiera estaba delimitado por una valla, de modo que los niños entraban y salían al albur de algunas abuelas que les llevaban un bocadillo o los llamaban para el almuerzo. Ha llovido desde entonces, sobre todo en aquella época en la que llovía muchísimo más. Había inviernos que parecían el diluvio, y la marisma se adivinaba borrascosa y salvaje al otro lado de los muros de contención...

…Ha llovido desde entonces, y ha sido la apuesta por la Educación pública la que ha equilibrado las aguas para que, a día de hoy, todos los colegios de mi pueblo sean, sin distinción, una referencia educativa. Y hay diez: nueve públicos y uno concertado, en perfecta armonía.

Hoy el Palenque es un colegio muy distinto del que yo conocí hace varias décadas. Cuenta con una plantilla fija de maestros locales que van a su trabajo como a su segunda casa, gozan de una ratio por aula que raramente sobrepasa los quince alumnos y miman un proyecto musical de un modo tan brillante, que cualquier actividad dentro o fuera del centro la barnizan con la elegancia del clasicismo polifónico.

  • El salón de actos del Cervantes estuvo el lunes abarrotado en la presentación de los actos conmemorativos.
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El año 2026 lo están viviendo ambos centros con el orgullo de los deberes debidamente hechos durante 25 o 50 años. Y tantas veces, como recordó el otro día la directora del Cervantes, Cristina Caro, no gracias a las leyes educativas, sino a pesar de ellas. A pesar del continuo cambio legislativo sobre una materia que merecería un solemne y eficiente pacto de una puñetera vez, miles de profesionales de la docencia que derrochan una increíble vocación sostienen la barca de la educación en ese tormentoso mar de los caprichosos cambios normativos.

  • Julio Mayo, Curro Begines y José Luis Pérez protagonizaron la mesa redonda para recordar la historia del colegio.
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Y a ellos hay que agradecerles que la educación siga teniendo esa doble acepción dentro y fuera de las aulas, la del civismo y la de la formación, incluso en una época en la que la inteligencia artificial pretende ganarle el pulso a la inteligencia emocional y humana. En el acto inaugural del pasado lunes dieron valioso testimonio de ello docentes de la talla de Curro Begines o José Luis Pérez, tan distintos pero tan convencidos de que, como dijo el moderador del acto, el archivero municipal Julio Mayo –y exalumno del Cervantes-, “sin niños no hay colegios, sin colegios no hay educación y sin educación no habrá futuro”.

Arranca este curso escolar con sendas efemérides en dos colegios públicos de mi pueblo: 50 años que empiezan a celebrarse del Miguel de Cervantes y 25 años que acaban de festejarse del Palenque. Bodas de oro y bodas de plata, como suelen calificarse estos compromisos después de tal cantidad de años, aunque el tango nos recuerde que veinte años no es nada. Lo cierto es que medio siglo, o al menos un cuarto de siglo, sí lo es, porque durante todo ese tiempo han sido miles de ciudadanos los que han pasado por estas aulas absorbiendo y rebosando vida.

Paralela y misteriosamente, la vida ha cambiado. El pueblo ha cambiado. También la forma de educar, como refleja el ingenioso cartel diseñado por el maestro Javier Salguero en el que Don Quijote porta un lápiz en vez de una espada y Sancho Panza avanza en su burro con un portátil encima, ambos a este lado de la emblemática valla amarilla que por fin va a ser sustituida, y sin perder de vista el molino de viento que nunca falta como símbolo de nuestros afanes. “Si a Sancho lo subes en un patinete eléctrico, lo bordas ya”, bromeó el alcalde en la puesta de largo de esta semana.

Estos hitos tan señalados siempre sirven para el reencuentro, no solo de maestros jubilados con los que todavía ejercen, sino de alumnos que ya son padres y madres y se asocian y siguen teniendo a sus hijos aquí; de conserjes que pasaron por allí; y hasta del personal de cocina de centros que, como en el caso del Cervantes, llevan tanto tiempo con el privilegio de contar con una propia, aromando de sabor el día a día de las clases.

Yo no estuve en ninguno de esos dos colegios, ni en el Cervantes ni en el Palenque, pero de ambos guardo hermosos recuerdos delegados, a través de amigos que sí estudiaron en sus aulas o por inolvidables referencias sociales.

  • Logo de la conmemoración, obra del maestro Javier Salguero.
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Del Cervantes, inaugurado al año siguiente de la muerte de Franco, recuerdo el interés de todas las familias del pueblo por querer matricular allí a sus hijos. Sus directores, como Manuel Herrera o Antonio Cruzado, habían sido o iban a ser alcaldes del pueblo; muchos de sus maestros demostraron innovaciones pedagógicas que no se estilaban hasta entonces y que incluían un amor por el flamenco fuera de lo común; otros docentes consiguieron normalizar un horno de alfarería del que salieron coloridas cerámicas; y otros compañeros insistieron tanto en la importancia de manejar la misma lengua del ingenioso hidalgo que terminaron consolidando no solo un certamen literario de altísimo nivel, sino incluso la costumbre de regalar al pueblo una representación teatral que nos dejaba turulatos. Precisamente este curso, tan señalado, la obra prevista la firma nada menos que Alfonso Zurro, pareja de la inolvidable maestra Julia.

Del Palenque guardo recuerdos más directos porque, cuando yo era alumno del Juan José Baquero, aquel colegio no era más que una delegación, como el Romero Murube al que popularmente todo el mundo conocía entonces como el Instituto Viejo. Al Palenque, en aquella época -antes de segregarse, independizarse y partir de cero como colegio independiente- no quería ir nadie. A las familias bien se les formaba un nudo en el estómago de solo pensar que sus hijos iban a convivir con otra chiquillería mucho más indómita en un colegio plagado de charcos y cuyo patio ni siquiera estaba delimitado por una valla, de modo que los niños entraban y salían al albur de algunas abuelas que les llevaban un bocadillo o los llamaban para el almuerzo. Ha llovido desde entonces, sobre todo en aquella época en la que llovía muchísimo más. Había inviernos que parecían el diluvio, y la marisma se adivinaba borrascosa y salvaje al otro lado de los muros de contención...

…Ha llovido desde entonces, y ha sido la apuesta por la Educación pública la que ha equilibrado las aguas para que, a día de hoy, todos los colegios de mi pueblo sean, sin distinción, una referencia educativa. Y hay diez: nueve públicos y uno concertado, en perfecta armonía.

Hoy el Palenque es un colegio muy distinto del que yo conocí hace varias décadas. Cuenta con una plantilla fija de maestros locales que van a su trabajo como a su segunda casa, gozan de una ratio por aula que raramente sobrepasa los quince alumnos y miman un proyecto musical de un modo tan brillante, que cualquier actividad dentro o fuera del centro la barnizan con la elegancia del clasicismo polifónico.

  • El salón de actos del Cervantes estuvo el lunes abarrotado en la presentación de los actos conmemorativos.
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El año 2026 lo están viviendo ambos centros con el orgullo de los deberes debidamente hechos durante 25 o 50 años. Y tantas veces, como recordó el otro día la directora del Cervantes, Cristina Caro, no gracias a las leyes educativas, sino a pesar de ellas. A pesar del continuo cambio legislativo sobre una materia que merecería un solemne y eficiente pacto de una puñetera vez, miles de profesionales de la docencia que derrochan una increíble vocación sostienen la barca de la educación en ese tormentoso mar de los caprichosos cambios normativos.

  • Julio Mayo, Curro Begines y José Luis Pérez protagonizaron la mesa redonda para recordar la historia del colegio.
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Y a ellos hay que agradecerles que la educación siga teniendo esa doble acepción dentro y fuera de las aulas, la del civismo y la de la formación, incluso en una época en la que la inteligencia artificial pretende ganarle el pulso a la inteligencia emocional y humana. En el acto inaugural del pasado lunes dieron valioso testimonio de ello docentes de la talla de Curro Begines o José Luis Pérez, tan distintos pero tan convencidos de que, como dijo el moderador del acto, el archivero municipal Julio Mayo –y exalumno del Cervantes-, “sin niños no hay colegios, sin colegios no hay educación y sin educación no habrá futuro”.

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