El 10 de mayo de 1995 es una fecha imborrable para Aragón. Aquel día y tras el mítico gol de Nayim, el Real Zaragoza se hizo con la Recopa de Europa frente al todopoderoso Arsenal. El cenit de la trayectoria de los aragoneses llegó hace ahora 31 años. El tres y el uno. Desde entonces, el equipo aún tuvo buenos momentos, y llegó a ganar dos Copas del Rey más —ya tenía cuatro— a comienzos de los 2000. Poco después empezó su caída a los infiernos. Una caída que parece no tener límites. Tras idas y venidas entre Primera y Segunda, el último descenso de los zaragocistas a la categoría de plata se consumó el 2 de junio de 2013, tras perder uno a tres contra el Atlético de Madrid en el estadio de La Romareda durante la última jornada de Liga. Hace hoy casi trece años. Y perdió uno a tres.
A lo largo de su historia, el club aragonés ha disputado un total de cuatro temporadas en Tercera División, todas en la década de 1940, una de las épocas más convulsas para la entidad. Nunca ha jugado en la antigua Segunda B, pero ahora todo apunta a que lo hará en su equivalente: la Primera Federación. El Zaragoza está a dos partidos de firmar su descenso a la tercera categoría del fútbol español. Ahora mismo es el último clasificado de Segunda, con menos puntos en su haber que partidos jugados y un saldo de goles en contra que da entre miedo y sonrojo. Esta campaña ha perdido contra casi todos sus rivales, incluido hasta el filial de un equipo de Primera. No juega a nada, no tiene ni siquiera rabia. Sus aficionados, de los más fieles que conozco, llevan décadas de penuria y desilusión. Un caso curioso como pocos de anemoia —de la nostalgia por una época no vivida— es la que experimentan los veinteañeros mañicos que jamás han presenciado la grandeza de su club, pero que aun así lo veneran. Los admiro por ello. Y también los compadezco.
El domingo pasado, el Real Zaragoza perdió en casa contra el Sporting de Gijón uno a tres. Aún no es matemático, pero parece que no hay opciones de mantener la categoría. Y ahí seguirá su gente. Como el actor que sabe que nunca llegará a primero del cartel, pero también sabe que no lo dejará nunca porque lo ama; preso de una maldita pasión, de una "maravillosa condena", como afirma el gran Pepe Melero.
Empatizo mucho con el sufrimiento de los blanquillos porque he crecido con aquella frase de mi abuelo que una peña del barrio inmortalizó en un almanaque: "El Betis no es un equipo de Primera, Segunda o Tercera. Es un sentimiento nacido para disfrute del mundo y para sufrimiento de los béticos". Él, que vio a su Betis siete años seguidos en Tercera y también lo vio ganar la Liga, sabía de verdad lo que se decía. Sabía del pesar que hoy, por estas cosas que el fútbol da y quita, invade a los leones del noreste. El domingo pasado, el Real Betis perdió tres a uno contra el Barcelona, en la temporada en la que, veintiún años más tarde, ha conseguido retornar a lo más alto, a la Champions League. Tres a uno. Hoy sonreímos en verde, pero ahí seguiremos cuando vuelvan las malas, presos de sus trece barras y del manquepierda; presos de nuestra condena maravillosa.
El 10 de mayo de 1995 es una fecha imborrable para Aragón. Aquel día y tras el mítico gol de Nayim, el Real Zaragoza se hizo con la Recopa de Europa frente al todopoderoso Arsenal. El cenit de la trayectoria de los aragoneses llegó hace ahora 31 años. El tres y el uno. Desde entonces, el equipo aún tuvo buenos momentos, y llegó a ganar dos Copas del Rey más —ya tenía cuatro— a comienzos de los 2000. Poco después empezó su caída a los infiernos. Una caída que parece no tener límites. Tras idas y venidas entre Primera y Segunda, el último descenso de los zaragocistas a la categoría de plata se consumó el 2 de junio de 2013, tras perder uno a tres contra el Atlético de Madrid en el estadio de La Romareda durante la última jornada de Liga. Hace hoy casi trece años. Y perdió uno a tres.
A lo largo de su historia, el club aragonés ha disputado un total de cuatro temporadas en Tercera División, todas en la década de 1940, una de las épocas más convulsas para la entidad. Nunca ha jugado en la antigua Segunda B, pero ahora todo apunta a que lo hará en su equivalente: la Primera Federación. El Zaragoza está a dos partidos de firmar su descenso a la tercera categoría del fútbol español. Ahora mismo es el último clasificado de Segunda, con menos puntos en su haber que partidos jugados y un saldo de goles en contra que da entre miedo y sonrojo. Esta campaña ha perdido contra casi todos sus rivales, incluido hasta el filial de un equipo de Primera. No juega a nada, no tiene ni siquiera rabia. Sus aficionados, de los más fieles que conozco, llevan décadas de penuria y desilusión. Un caso curioso como pocos de anemoia —de la nostalgia por una época no vivida— es la que experimentan los veinteañeros mañicos que jamás han presenciado la grandeza de su club, pero que aun así lo veneran. Los admiro por ello. Y también los compadezco.
El domingo pasado, el Real Zaragoza perdió en casa contra el Sporting de Gijón uno a tres. Aún no es matemático, pero parece que no hay opciones de mantener la categoría. Y ahí seguirá su gente. Como el actor que sabe que nunca llegará a primero del cartel, pero también sabe que no lo dejará nunca porque lo ama; preso de una maldita pasión, de una "maravillosa condena", como afirma el gran Pepe Melero.
Empatizo mucho con el sufrimiento de los blanquillos porque he crecido con aquella frase de mi abuelo que una peña del barrio inmortalizó en un almanaque: "El Betis no es un equipo de Primera, Segunda o Tercera. Es un sentimiento nacido para disfrute del mundo y para sufrimiento de los béticos". Él, que vio a su Betis siete años seguidos en Tercera y también lo vio ganar la Liga, sabía de verdad lo que se decía. Sabía del pesar que hoy, por estas cosas que el fútbol da y quita, invade a los leones del noreste. El domingo pasado, el Real Betis perdió tres a uno contra el Barcelona, en la temporada en la que, veintiún años más tarde, ha conseguido retornar a lo más alto, a la Champions League. Tres a uno. Hoy sonreímos en verde, pero ahí seguiremos cuando vuelvan las malas, presos de sus trece barras y del manquepierda; presos de nuestra condena maravillosa.
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